-¿Quién
sos?
-Vení,
seguime...
Caminan.
¡Qué raro se viste! –piensa ella- Todavía
no lo entiendo. Mirá esas facciones, ese gesto. No frunce la
sien, sus ojos están abiertos, ¿cómo huevos fritos?
¿Porqué? ¿Qué piensa? ¿Qué
quiere producir? Igual lo sigo. Me gusta cómo se viste, y algo
de cómo mira... sus ojos...
(Tu
pollera de plush... cortita... esas medias... ¿Can-Can, no?)
En
realidad estoy algo cansada. ¿Qué le pasará a éste?
-Tomá,
ves, en realidad es vieja, ya no soy el mismo. En ese entonces para
el verano eran helados, chocolate, dulce de leche, menta granizada.
Se
enredó un poco, se fue para la minucia pero lo que quería
era distender. Si le decía a ella algo de poca importancia quitaría
sentido a la pregunta que abrió el encuentro. Pero el desvarío
se reflejó en el rostro de su interlocutora como un camino desafortunado.
Entonces se dijo “vuelvo”.
-Ya
no tengo más el pelo largo y ahora mi cara está un poco
más crispada. No mucho más que eso, sólo algunos
años.
Yo
también cambié –pensó ella. Y mis padres
estaban más cerca. Y jugaba con mis hermanas. Lara y yo aún
nos parecíamos. Pero no dijo nada de eso.
-Sí,
veo. ¿Pero porqué me trajiste acá?, ¿me
invitás una cerveza al menos?
-No,
cerveza no tengo. ¿Wiskey tomás?
-No,
wiskey no tomo. ¿Qué tenés?
-Sentate
mientras. Te preparo algún jugo, y unas gotas de vodka.
Si
pienso dos veces, le digo tres que es un idiota, que me trajo al pedo,
pero no pienso más que una y me siento. Me cruzo de piernas y
espero. Días así, noches como ésta tenemos todos.
Así vamos, de repente, sin saber porqué, y pensamos casi
una sola vez, si hay suerte. Es que una fuerza que no somos nosotros
nos lleva y nos trae. Inercia, se dice a veces, pero la inercia no mueve.
Sólo lo seguí. A este que me dijo, andá a saber
porqué, que lo siga. Pero no, no vayas a saberlo, seguro tampoco
él lo sepa. ¿Porqué le pregunté quién
era? Por un lado ya lo sabía, era obvio, por otro aún
no me interesaba. Es presuntuoso, no me gusta su estilo, aunque claro,
estilo tiene. Lo espero y no viene. Tiene enigma, se suspende. Claro,
¿quién es?. Más allá de lo que Eliza diga,
¿porqué él es él?. Así, desinteresado,
pero no, interesado. Se acercó, no me miró, habló
para todos, se sentó, bebió, fumó, habló
algo, aunque en realidad prefiró reservarse (“prefirió”
porque se lo veía atento y se lo veía hilar conclusiones,
en el gesto) Y luego, así, así de repente, me mira. –Me
gustás, tus ojos, quiero hablar con vos... ¿Quién
sos? Pienso, y espero piernas cruzadas.
Exprimo
naranjas, el vodka se enfría. Ella espera. No es punk pero sí
es etérea. Sus ojos no son azules pero sí su cariz es
aristocrática. Esas medias, en invierno. Fogwill tiene algo,
empezando por su título, Muchacha punk. Siempre quise
una punk, pero sus cuentos no me gustan demasiado. Algo falta, y algo
sobra. Escritor es, pero no es suficiente. Aunque en realidad tiene
un buen nombre, y no es poco. Pero sí, su narrador hacía
dos años no cogía y se sentó en la mesa, “la
suya. Aún no lo habían mirado”. Lo pensé
trez veces. La primera dije sí, la segunda dije no, la tercera
me senté. Qué estupideces había que escuchar...
–A mí los caballos no me gustan –A mí sí
–A mí me gusta esquiar – No, esquiar es snob y caro
–A mí si –A mí jugar al futbol hoy no me parece
pop pero es sensacional. Corrés la pelota, gritás, le
pegás, apuntás, errás, la pasás, saltás,
te cansás, descansás, luego corrés, y él
corre, y él, y la pelota, y vos, y el arquero, y bla bla bla
–El rugby en ESPM es lo más –El deporte es insalubre,
te hace doler -Te hace doler porque vos no hacés deporte –Para
mí lo mejor es estar junto a una estufa, a una ventana, y mirar
-¿Qué, y no leés? –No, los periódicos
me parecen vanos y la literatura es siempre redundante, prefiero la
ventana -¿Y la tele? –Sí, la tele también,
es como la ventana –Yo alquilo pelis, es una adicción.
–No, pelis no, el cable es lo mejor porque ves sin parar la porquería
que te pongan –Yo también, la porquería que me pongan
siempre es mejor y las de Chuk Norris son lo más. –No,
lo más es el golf porque el viento te da en la cara y vos vas
con todo -¡Uy qué emoción! ¿y coger no te
gusta? –Sí, un poco sí, sobre todo cuando te olvidás
de que las coordenadas no cambian. –Ah, o sea que preferís
coger en una cama –Bueno, prefiero un velerito, pero yo no tengo
-A mí me gusta el cine -¡Qué bueno! ¡qué
original!, debe ser pura emoción -Sí, claro, el cine es
lo más –Yo siempre quise ir al cine, pero en las Leñas
hay mucha cola, siempre -A mí ayer me cogieron y fue como volar.
Su pija era yo y yo su pija, y de repente eramos un miembro eyectado
hacia el cielo, algo así como una nube. Mi concha y su pija eran
su pija y yo pura emoción. Una vez esquié pero nada que
ver. Prefiero volar –la literatura es redundante, pero es como
el hombre, siempre desea lo mismo, y así va muriendo entre palabras,
mientras el tiempo pasa como disimulo, mientras nosotros charlamos y
sin decirlo nos movemos, fumamos cigarrillos, tomamos bebidas, nos miramos,
pensamos cosas que no decimos, por ejemplo: yo recién pensé
que Cami me excitaba y al mismo tiempo, en realidad, Cami me excitaba.
Si no hablara de los pensamientos no lo diría porque sólo
decirlo resultaría infructuoso y Cami y ustedes, nuestros amigos,
pensarían mal. En cambio, si lo digo al referirme a las profundidades
de la conciencia retorcida del hombre todo es diferente. –Si,
tenés razón, fijate en los sueños qué estúpidos
son, qué retorcidos y cuánto significado tienen. Sí,
obvio, vos te preguntás (lo vi en tu gesto) qué habré
soñado yo para decir esto, pero no importa el significado particular
de mi sueño, y sí, igual, si querés te digo. –No,
no quiero, los sueños son boyshit, son sólo pasar la noche,
andá a saber porqué –Vos decís eso y pensás
que lo sabés todo pero yo tenía un amigo que lo único
que quería de su vida eran los sueños. ¿Porqué?
me dicen ustedes con su cara, porque decía este pibe, la vida
era aburrida, nada podía sorprender mucho, “sirve para
comer, cagar y tener un hijo que pueda también soñar”,
decía, y en cambio los sueños sirven para vivir, para
que Argentina por ejemplo, sea un mundo de palomas en una plaza llena
de montañas de maíz, y también un cielo gigante,
hasta Saturno, con aeroplanos y personas planeantes, o un mar universal
lleno de ballenas amigas y nadadores ventrícolos a base de ondas
submarinas con antenas inalámbricas para defecar no contaminantes
–Ah! Tu amigo era muy poético y sabía lo que quería,
por lo que contás –Para eso prefiero ser un escritor y
decirlo todo –Sí sí, eso quiero yo, quiero comprar
libros que me digan cosas sobre mundos que todavía no conozco.
-Me
gustan tus ojos, dijo, él, mientras dirigía una mirada
impenetrable, una luz, un rayo, de mirada, fatal, exquisita, a los ojos,
de ella. –Quiero hablar con vos, le dijo.
Ella
quedó helada, como una heladera con motor on y trabajando. ¿Quién
era ella? ¿porqué se paró y lo siguió?
Vamos
–le dijo.
¿Adónde?
–dijo él al ver que ella estaba ahí.
¿Quién
sos vos?- pensó y dijo ella y, sin decir, pensó “te
sigo”. Y caminaron. Él, indescifrable, como la línea
oscura de un libro exegético, ahí estaba, delante. Caminó
sin voltear, salió, el frío, las medias de ella. Muchacha
punk, qué título!, qué mujer que siempre quise
–pensó- y caminó, en el frío. ¿La
amo?, ¿hay que amar?, ¿es necesario?, y si no la amo,
¿tengo derecho? Pero su pollera me enamora, en este frío,
y esas medias... ¿me vuelven loco? ¿es locura esto? ¡Ay!
¡Cómo me gusta esta chica! Y sí, está ahí,
me sigue, la quiero, la quiero.
Querer
no es lo mismo que amar. Querer es desear, querer tener, ¿un
objeto?. Sí, algo así. Pero amar es amar, es como el mar,
infinito, es como que el objeto y el que lo quiere se aman y entonces
son lo mismo, lo mismo, sin fronteras.
-Sí,
sí, la quiero. ¿Es suficiente? ¿debería
amarla?. Esa pollera, esas medias, el invierno, los árboles pelados,
la calle en la noche, sí, desierta. Y ella me sigue y yo camino,
cómo la quiero!. ¿Hacia dónde vamos? ¿hacia
dónde voy que ella camina detrás de mí?. Sí!
sí! detrás de mí!
Qué
inspirado estaba, pese a no saberlo todo! Y ella lo seguía...
y así llegaron, uno detrás del otro, a esa casa para él
acogedora, propia, suya, en la que tantos momentos, diversos, sí,
hay que decirlo, había pasado; y para ella, nueva, irreconocible,
¿irreconciliable?, a la que aún no comprendía:
esa biblioteca, ese sillón, el cuarto, esa cama, esas paredes
peladas, ¿qué significaba todo eso? ¿porqué?
¿quién era él? ¿porqué todo era así?
¿porqué ella era así? ¿porqué no
habían caminado juntos, sino, uno (sin hablar, los dos pensando)
detrás del otro? Uno y el otro y ahora los dos ahí, en
esa casa, extraña, carente de significados por el momento. Estoy
sentada acá, con las piernas cruzadas, y él allá
haciendo un jugo, ¿con vodka?, mientras yo lo espero, ¿porqué?.
Todo eso ella pensaba. Intentó distraerse, recordar otros momentos,
otros hechos, porque el jugo tardaba, y esperaba y sí, pensaba,
¿y qué sentía? ¿qué sentís,
vos, ella, personaje?
-Estoy
sentada, no sé porqué, acá estoy, trato de recordar
y lo que hago, pese, es pensar, que acá estoy, y espero, y no
se porqué, me levanté y lo seguí, y lo cierto es
que, la claridad es poca. Casi no sé nada, ni quién soy,
yo, ni quién sos, vos, que me preguntás, y me hacés
pensar todo esto. Pero si me forzás te digo que cuando era niña,
una vez, hace tiempo, un hombre, en una plaza, se acercó, y me
dijo, que mis ojos, que eran lindos, merecían un helado, y madre
que era buena y que siempre me había dicho que no siguiera a
los extraños no estaba, y entonces, yo, sola, en la plaza, me
fui, de los juegos, y lo seguí, al hombre, porque mis ojos, que
me dijo, eran lindos, merecían un helado, y yo que quería
un helado, nuevo, justo en esa plaza, la de siempre, cuando mi madre
no estaba por un momento, tenía sed, porque era verano, ese día,
lo seguí, y el hombre caminó, y el helado no fue el que
yo esperaba. Ese día... mi plaza de la infancia... Ya no vivo
más en ese barrio pero a veces y cada vez lo hago diferente,
vuelvo a mi plaza (subrayá mi por favor, porque es mía
pero no lo es) y allá encuentro las hamacas, el tobogán,
los trepadores, el tambor, y la arena que juro que no es la misma. Ya
la miro como extraña a la plaza, porque es mía (ya te
dije) pero de verdad ya no sé si es la misma, aunque las hamacas
no cambiaron y son las únicas a las que todavía me puedo
subir.
-Mientras,
él hacía el jugo, para un trago, para ella, que esperaba.
¿Quién era ella?, en ese momento, y ¿quién
era él?, en ese momento.
El
sabía más que ella quién era. Había leído
un montón de páginas y libros esos últimos días
y entonces, acerca de los misterios y las sorpresas del ser,
pese, o más allá, del saber, sabía porque se reconocía
un poco, o algo, en otros. Muchacha punk y su narrador, la primera pesona
de Tizón, en la Casa y el viento, algo falaz e imbrincada
por cierto, Saer en lo Imborrable y ese narrador, algo negro,
al estilo Chandler pero en un policial de la subjetividad porteña
sin crimen, o con crímenes múltiples de la vida singular
media intelectual en el día dictatorial, algo de los rusos también,
un montón en realidad, últimamente, Gógol y esos
mapas de la femineidad al estilo La avenida Nievski: mujer
ideal o mujer prostituta y un flaneur ingenuo detrás
de Ella, algo de Dostoievski en Memorias del subsuelo, él
y la puta. En realidad, él sabía de su ser que sabía
poco de su hacer porque leía algunas cosas, pero ¿qué
es lo que sabía? Sí, sólo leía, y en ese
momento sólo ¿era? algún saber tenía. Mientras
hacía el jugo y ella que lo seguía, esperaba cuando sólo
sentía.
Oh! Ese jugo!
-Tomá
hermosa –se lo dijo! Se lo dijo!
-¿Qué
es esto?, el vodka no me gusta –después de probarlo, mintiendo,
ella decía.
No me dice la verdad- pensó él.
-Tomá,
te va a gustar.
-El
vodka no me gusta.
-Probalo,
te va a gustar.
Ella
bebió, con mal gesto, con asco, pero gustaba, y estaban ahí,
los dos, y la mesa, y lo demás.
Está
bebiendo, le gusta...
©Martín
Glozman