A
qui me louer ? Quelle bête faut-il adorer ?
Quelle sainte image attaque-t-on ? Quels cœurs briserai-je ?
Quel mensonge dois-je tenir ? Dans quel sang marcher?
Jean Arthur Rimbaud
Sabía
que era culpa mía que Bordeaux estuviera postrado en
una cama; bajo las sábanas que cubrían las quemaduras
y jugaban a ser el abrazo que ni yo, ni ninguno de nosotros le habíamos
dado nunca. ¿Si se lo merecía? Quizás sí.
El sistema funcionaba de manera que los culpables fueran tales mientras
que alguien los culpara; y no había margen de defensa para el
pobre Bordeaux que además de utópico era mudo.
Vivíamos
debajo del Puente Catedral, entre una seguidilla de villas miserias
y oficinas de gobierno; de uno y otro lado del puente un poco de todo,
miseria política, burocracia villera.
Nos
gustaba llamar aquelarre a la casa porque de alguna manera nos sentíamos
un poco magos, un poco perros, un poco bichos. Callois dormía
de día, en el catre del comedor junto a la puerta, donde alguna
vez Bordeaux también durmiera. Antonio Viejo tenía el
privilegio de la única habitación del aquelarre por su
adicción a las mujeres desnudas, de paso, de cartón o
de alquiler. Horacio y yo dormíamos en la biblioteca, nuestra
especie de orgullo tercermundista que ofrecía desde una copia
bastante cara de El Capital hasta un manual del estudiante
Kapelusz de sexto grado. La habíamos armado con ladrillo hueco
y tablones de madera verdes que Antonio Viejo había encontrado
en el pequeño fondo abierto del aquelarre. Poníamos los
libros sobre lo que alguna vez había sido una puerta, y la linterna
en lo hueco de algún ladrillo que alguna vez había soñado
con ser materia de pared.
Pobre
Bordeaux; hasta había llegado a escribir que nos quería.
Alguna
vez me había tocado la habitación; dormir ocasionalmente
con Antonio Viejo tenía sus privilegios y creo que hasta disfrutaba
sentirme una mujer de paso cada tanto. Bordeaux no lo había entendido;
lo confundía que nuestra furia se materializara así, tan
rudimentariamente. No comprendía que éramos animales,
que Callois podía escribir una novela en trece días y
a la vez darme de puñetazos en la espalda por haberle robado
un adjetivo –maldita perra, devolvémelo ya–
para después pedirme, de buena manera, claro, que le pusiera
dos de azúcar a su café ó le prestara mi aliento
para limpiar los anteojos.
Antes
de Bordeaux éramos bastante menos y más sanos; especulábamos
más con nuestra propia mierda y jugábamos a ser dios cuando
nos cansábamos de jugar a las cartas y fumar cualquier clase
de cosas con bombilla. Antonio Viejo pintaba que era una delicia, odiaba
la naturaleza y por eso prefería su animalada muerta;
el perro con las tripas a la intemperie y los ojos abiertos en medio
de una avenida del centro –podría haber sido un hombre
pero quién notaría la diferencia.
Callois
y Antonio Viejo tenían sus lindas peleas; a veces creíamos
que uno de ellos terminaría en el hospital como, tiempo después,
Bordeaux. Buscaban una excusa para molerse a palos, buena o no tanto,
y siempre la encontraban. Callois era alérgico al óleo
y miraba los cuadros de Antonio Viejo desde lejos, no obstante siempre
le encontraba defectos, detalles minúsculos y el benjamín
se agarraba cada odio –Encima de chicato y alérgico
al arte, este hijo de puta no me da respiro.
Entonces
empezaban los golpes, los aullidos, las corridas, la locura y era por
eso que no teníamos televisor, ni radio, ni vasos ni espejos
ni nada que se atreviera a correr el riesgo de ponerse en el camino
de las bestias.
Después
terminaban abrazados, se reían como locos y tomaban vino tinto
de la botella (repito, no teníamos vasos y aunque los tuviéramos…)
mientras se limpiaban mutuamente la sangre. Para pelearse conmigo, Antonio
Viejo me arrastraba hacia la habitación y hacíamos el
amor como animales. Era la mejor forma que tenía él de
agredirme, yo de ausentarme de Callois por un rato deseando, sin embargo,
que el líquido en mi espalda fuera tinta de pluma en lugar de
aquel óleo abusivo.
Después
de dormir con Antonio Viejo corría al comedor como una loca,
y Callois me leía poesía de Mallarmé, Rimbaud,
Artaud, y Baudelaire en francés y me decía que eso
era el amor, aquello que yo no entendía y sos hermosa; una
puta triste y culta.
Horacio
le hacía el amor a las cuerdas mucho mejor que a las mujeres.
Bordeaux habría dicho, tiempo después, que la metáfora
no era válida por cuanto el violín no tenía manera
de fingir orgasmos o quejarse de nada.
Yo
también leía y escribía, y por eso las tantas peleas
con Callois, aunque todos sabíamos (inclusive Bordeaux)
que yo garabateaba poesía para no aburrirme, acostarme con Antonio
Viejo o salir a trabajar, que era prácticamente la misma cosa.
Digamos que con el tiempo yo había adoptado el vicio, más
que nada por Bordeaux, que se sentía mi tutor intelectual y me
obligaba a leer tres libros por semana y escribir, al menos, seis páginas
por día.
El
aquelarre nos quedaba grande cuando estábamos tristes, y eso
ya era decir mucho de nuestro pequeño cubículo con delirio
de casa; parecíamos hormigas temerosas, ninguno se alejaba de
ese montón que creábamos ad hoc de la tristeza.
De
a ratos la soledad era terrible pero los cuatro juntos la ignorábamos
en la medida de lo posible, pasándonos un mate asquerosamente
frío por no poder dejar de sentir que la cocina estaba más
al sur que las Islas Malvinas. La soledad y la tristeza de Bordeaux
eran otra cuestión, mucho más trágica que la nuestra.
Pero eso es el final de la historia.
Cuando
conocimos a Bordeaux hacía ya más de cuatro años
que vivíamos todos juntos en el aquelarre, Callois, Antonio Viejo,
Horacio y yo. Seguíamos igualmente sin acostumbrarnos a ir pareciéndonos
de a poco, en los vicios, el léxico, las manías y esa
serie de cosas. Horacio era el más centrado de todos, un tipo
callado y un tanto introvertido que sólo podía relacionarse
efectivamente con las señoras cuerdas. Hablaba poco y antes de
Bordeaux, era el mayor. Nos habíamos conocido en una plaza con
feria donde él tocaba los domingos y yo vendía cachorros
de raza a un precio inigualable. Después de tocar se sentaba
a contar las monedas y a comer semillas de girasol en el pasto. Creo
que me acerqué a él porque estaba cansada de monologar
con los perros y debo decir que fue un buen sustituto. Horacio me escuchaba
por horas y me miraba las piernas, las que nunca se atrevió a
tocarme por respeto. Estaba enamorado de mí, siempre lo supe;
como también sabía que jamás habría de confesarlo.
Nunca fui una buena mujer y todos éramos concientes de. –Bordeaux
también lo sabía aunque no quisiera creerlo–.
Era por eso, por no ser buena mujer, que estaba en el aquelarre en primer
lugar, enamorada de Callois, sus letras y sus golpes, el juego de seducción
con Horacio que lo llevaba a tocar el violín cada vez más
doliente y durmiendo con Antonio Viejo, quien rara vez recordaba mi
nombre.
A
Antonio Viejo lo conocimos en la misma plaza, cuando uno de los beagles
que yo había vendido ese domingo hallara su final debajo de la
rueda de una rastrojera colorada en medio de la calle. Ya me lo habían
pagado, pero tuve que acercarme a la escena del crimen a mostrar consternación
ante su estúpida dueña y el resto de los preciosos perros,
todos hermanos, limpios y disponibles a un precio inigualable. Ahí
lo vimos, el bicho destrozado en plena avenida y Antonio Viejo a medio
metro, dibujándolo. No tardó mucho en terminar la obra
en lápiz y se acercó a nosotros como si nos conociera
de toda la vida. Más allá de su nombre era menor que yo.
Así fue que los domingos era fija, Horacio tocaba el violín
y contaba monedas y comía semillas, Antonio Viejo dibujaba bocetos
de pájaros bajados con gomera, cucarachas aplastadas, señoritas
frígidas, sonrientes y esa serie de cosas y yo, prestaba más
atención a quien le vendía mis cachorros.
Lo
de Callois merece algunas líneas de contemplación extra
por varias razones. En primer lugar era el único que trabajaba
antes del aquelarre y eso marcaba una gran diferencia del resto de nosotros,
que hacíamos piruetas financieras con cuanta ganga se nos cruzara
en el camino, horrorosamente divorciados de la estabilidad laboral.
También tenía una casa con familia incluida; padre, madre,
hermanos, cuñadas y tías molestas, todos vivos. Uno de
sus méritos mayores era ser escritor, porque según dicen
los entendidos, para ser un buen escritor hay que ser un buen lector
y Callois tenía hipermetropía, una enfermedad que causa
grandes dificultades para la lectura y los trabajos de vista próximos
debido a que “la imagen se forma detrás de la retina”
(cosa que jamás entendimos pero él repetía
constantemente) –la imagen se forma detrás de la retina,
gente. RE – TI – NA. ¡Antonio, viejo, retina!
Se
llamaba Juan Andrés de Benedicto, y Callois era un seudónimo
que vaya a saber uno de dónde lo había sacado; seguramente
había sido algún escritor famoso, quizás francés.
Bordeaux le había dolido; después de él, Callois
se había convertido en otra cosa, mucho más abovedada
en la sutileza de su ser y de su estar. Lo conocimos el día que
nos estábamos mudando y seguramente él andaba por el barrio
buscando que lo maten de un tiro o le roben el nombre.
Éramos
usurpadores de muchas cosas, entre otras del aquelarre, una casa pequeña
a medio construir, hermética y rodeada de ladrones, institucionalizados
y no, cacos y burócratas, una joyita. Nos habíamos enterado
por el barba que estaba deshabitada hacía tiempo, que
no había nadie, que era tierra de nadie; y no había nadie
más nadie que nosotros, que hacía tiempo vivíamos
de prestado en pensiones baratas del centro creyéndonos artistas.
Creo que me enamoré de Callois cuando lo vi, caminando en una
especie de ciclotimia rítmica como quien camina por primera vez,
entre las piedras y con sandalias chatas. Tenía unos anteojos
enormes y aunque pudiera ver bien de cerca supongo que hubiera decidido
no hacerlo para no verse, tan de cerca, tan inapetente de sí
mismo.
No
se sorprendió cuando corrí hacia él y lo llevé
al aquelarre sin decirle ni una sola palabra. -Vos dormís
acá, junto a la puerta– comentó Antonio Viejo.
Y así fue que nos desconocimos por primera vez.
Bordeaux
creía en nosotros porque nos había observado por varios
meses, excelente razón para descreer de nosotros, temernos e
inclusive odiarnos de sobremanera. Nos sabíamos escoria, miseria
urbana; y era cómodo saberse así, de manera que no tuviéramos
que dar explicaciones de ningún tipo por nuestros actos, hechos
y desechos existires. Jugábamos a ser artistas para no llorar
de más, en una especie de euforia que nos mantenía vivos
y unidos. Pero eso era antes de Bordeaux.
Si
dijera que Bordeaux sucedió un 28 de julio estaría diciendo
la verdad y mintiendo al mismo tiempo. Eran alrededor de las seis, Callois
dormía, Horacio se comía las uñas de los dedos
de los pies y Antonio Viejo y yo nos besábamos como si nos quisiéramos.
Bordeaux apareció en el aquelarre con un pedazo de papel al mejor
estilo espera de aeropuerto -Bienvenidos a mi casa-. Antonio
Viejo me seguía besando a dos metros de distancia; Horacio despertó
a Callois de un golpe.
Era
un tipo relativamente bajo, con una barba repleta de canas y los ojos
pequeños y difusos. Se sentó delante de mí. Horacio
se acercó, seguido de Antonio Viejo y de Callois, quien permanecía
en un letargo asmático y confuso. Fue con él, sin embargo,
con quien Bordeaux mantuvo la primera conversación, una epistolar
de más de veinte hojas de papel. Fue con su silencio que aprendimos
a hablar y también a callar, a ser más y menos extraños
que antes; tuvimos conciencia de ojos, de piel, de clase, de vivir y
la muerte.
Bordeaux
estaba horrorizado y entusiasmado a la vez –quiero decir con
nosotros–; nos miraba como si estuviésemos escondiendo
algo, algo maravilloso, algo que a su criterio sólo él
podría sacar a relucir. Callois leía y el viejo lo miraba;
Callois, que poco veía y el viejo, qué poco veía.
Y como piedad había sido siempre un vocablo ajeno a nuestro andar
–Bordeaux finalmente lo había comprendido–
simulaba contagiarse nuestra furia, rompiendo lápices y crayones
para hablarnos, repitiendo en cada trozo de papel aquella palabra que,
tiempo después, comprenderíamos. Ceci n’est
pas une maison d’artistes, c’est un chienlit. Est-ce que
vous pensez que ceci est la vraie vie? No, mes amies, c’est un
chienlit!
Callois
afirmaba con la cabeza, condescendientemente, pero todos sabíamos
que había pasado horas intentando descifrar el contenido del
mensaje, atacando diccionarios como un desquiciado en busca de la definición
de aquella palabra que, según Bordeaux, definiría lo que
éramos. Hacía ya varios meses que Bordeaux visitaba su
casa con traje de espía, aguardando nuestras ausencias para leer
lo que Callois y yo dejábamos sobre la mesa y observar los cuadros
de Antonio Viejo; sentándose a oír a Horacio desde el
patio trasero.
Nos
sabía demasiado, pobre Bordeaux, que tanto mejor le hubiera ido
sin nosotros.
Su
peor error fue alentarnos a creer que podíamos trascender, quitarnos
ese traje de perdedores natos y vestirnos de reyes, nosotros, que nada
sabíamos de coronas ni reinos. Escribía el español
bastante bien, aunque lo realmente importante lo comentaba con Callois
en francés. Después de Bordeaux yo me encargaba de juntar
las charlas de papel diseminadas por todo el aquelarre, y ahí
fue cuando supe que había pasado su juventud en la universidad
de Nanterre, entre trotskistas, maoístas y anarquistas.
Antonio Viejo también las leía y a partir de ahí
nombraba sus obras -el septiembre alemán, el marzo danés-.
Horacio prefería que yo se las contara, obviando los motivos
para.
Bordeaux
había empezado a dejar carteles en todas las habitaciones, varios
para cada uno de nosotros. Jacobo de Barbari y su perdiz mutilada
te envían saludos y las gracias por continuar con su trabajo.
Antonio Viejo fue el primero en odiarlo por creer en su obra, confiar
demasiado en su talento y en él, un hombre de poca gente. Bordeaux
había llegado a presentarlo en importantes concursos nacionales
de pintura y eso lo agobiaba, obligándolo a ser mejor pintor
que el día anterior y mejor persona de lo que había sido
en toda su vida.
El
viejo demandaba más y más cuadros, más y más
ideas, un Nuevo Antonio Viejo más comprometido con la causa.
La excusa era perfecta; tenía el título de propiedad del
aquelarre y en la medida en que no fuéramos capaces de crear
constantemente debíamos buscar otro lugar donde vivir. –Si
sos artista, te quiero ver-.
Horacio,
eventualmente, dejó de hablar, mimetizándose con la mudez
de nuestro gran mecenas. Así pasó a dedicar la mayoría
del día y gran parte de la noche a ensayar convulsivamente, memorizar
partituras, tocar en conciertos de música de cámara, leer
de puño y letra de Bordeaux que era “la reencarnación
de Paganini”. Callois cada vez leía más
y veía menos; había llegado a golpearme de más
por haber manchado un manuscrito de Bordeaux con un poco de té
–Se puede leer igual, no seas fatalista, ¿no ves que
dice “epígrafe”?
Bordeaux
era cada vez más difícil de complacer, más ahora
que estaba molesto por estar obligado a permanecer acostado en el catre
a causa de una caída, que no habiendo sido terrible le había
jodido la cadera. Los tres hombres vivían en una órbita
de arte frenético, pendientes únicamente de las notas
que el viejo escribía como si fuesen los evangelios escritos
por Jesús para sus credos. Supongo que para mí era más
fácil por ser mujer y no ser buena. Seis meses después
de Bordeaux seguíamos viviendo en el aquelarre, Horacio no comía
ni dormía, Antonio Viejo había despedazado todas las imágenes
de mujeres desnudas y me había dejado un ojo negro por haberle
clavado un zapato de taco en la rodilla o por haberle mezclado las notas
de Bordeaux, no lo sé. Callois se chocaba la mesa más
de veintiséis veces por días, tropezaba con todo, incluyendo
su propio catre y no salía de la casa ni para reparar las lentes
que Antonio Viejo le había quebrado de un sopapo. O quizás
fui yo.
Y
chienlit que no aparecía en los diccionarios, y Callois
que maldecía en francés con la boca y las manos temblorosas,
mille fois mèrde y cómo puede uno atreverse a
no comprenderlo, a Él, a su mensaje. Caminaba hipnotizado por
el aire que no respiraba, balbuceando como poseído por la palabra
y de su boca florecían a raudales oraciones enteras y no, secuencias
verborrágicas que recitaba frente a mí y yo, que no entendía,
claro, claro que no, y Callois que le mot; c’est tout mon
avoir / Chien / perro / lit / cama / y el maestro ve la casa como una
cucha, cucha de perro, casa de animales, nosotros. ¡Es una cucha!
Y cómo no haber pensado antes en lo literal, la vida literal,
que quiere decir exactamente lo que dice.
Así,
medio ciego y medio idiota se debatía entre arreglar las paredes
o ser un poco más humano. Ninguno se creía realmente un
artista pero debían de serlo, naturalmente, si eso era lo que
Bordeaux decía. Él es el que sabe, él es quien
educa. Nosotros somos los elegidos de hoy y no los bohemios de ayer.
No
éramos felices. No éramos nosotros. No éramos los
animales de antes sino otros, mucho peores intentando ser buenos para
algo, ser buenos para alguien. Pobre Bordeaux; pensó que todos
éramos criaturas domesticables y esa mañana me creí
redentor. Con mi manual del estudiante Kapelusz de sexto grado bajo
el brazo, habiendo recurrido al lugar donde los seudo genios no recurren
por falta de destreza o miedo, la simpleza, había descubierto
el mensaje. Chienlit: vocablo creado por De Gaulle, presidente de
la quinta República Francesa, que significaría de forma
peyorativa 'desorden’, caos.
Miré
a Bordeaux. Por primera vez, estábamos de acuerdo. C’est
un chienlit.
Prendí
un cigarrillo –mi primer cigarrillo– y eché
el fósforo prendido sobre las notas de Bordeaux para Callois,
que aún dormía, junto al viejo que intentaba pararse inútilmente.
Prendí
otro cigarrillo –mi segundo cigarrillo– y eché
el fósforo prendido sobre las notas de Bordeaux para Antonio
Viejo, que ya no recordaba mi nombre ni mi rostro.
Prendí
otro cigarrillo –mi último cigarrillo– y
eché el fósforo prendido sobre las notas de Bordeaux para
Horacio, que limpiaba el violín con su camisa.
Sabía
que era culpa mía que Bordeaux estuviera postrado en una cama;
bajo las sábanas que cubrían las quemaduras y jugaban
a ser el abrazo que ni yo, ni ninguno de nosotros le habíamos
dado y jamás le daríamos. Pero no podía culparme
–aunque quisiera– de que los artistas, en su desesperación,
sólo rescataran un violín, diez pinturas y ochenta manuscritos
de las llamas.
la
Maga
©Mara
Aguirre