Las anguilas
eran las mensajeras del rey, tenían el dominio absoluto
del agua en todas sus formas, ya fueran las tuberías del palacio,
el limo de los ríos o las zanjas de los jardines imperiales.
Eran una raza sabia y noble, nacida la primera de los dedos cortados
de una antigua princesa que sentía horror por sus manos. Guardaban
la calma y majestuosidad de esas manos, aunque con los siglos se habían
vuelto menos lujuriosas.
Sus
ciudades se movían con el fluir de la marea, la influencia de
los monzones de verano o el desplazamiento mismo de la tierra. Quienes
las vieron, cuentan que soñaron con éstas por el resto
de sus días, pero que entonces se les aparecían como tormentas
eléctricas o laberintos hechos de escamas. Hablaban un lenguaje
parecido al de las estatuas o santos de procesión: mezcla de
suspiro, reproche y panal de avispas. No adoraban a ningún Dios
ni héroe destrozado por carrozas, tampoco a diminutas bellezas
inmaculadas, pero creían que a la muerte le sucedía la
inmovilidad absoluta y así se imaginaban el cielo, y así
también se imaginaban el infierno.
Se
les rendía reverencia construyéndoles altares de magnolias
en los estanques, derrochando cosechas enteras de miel para perfumar
el agua y barcos de papel translúcido con sus nombres adentro.
Un
día una luz hecha de todas las noches trajo una mujer que había
estado vagando por el bosque. Sus pies se habían convertido en
enredaderas y su pelo enhebrado en una aguja hubiese hilado el vestido
de una reina. El color de su piel cambiaba con el paso de las horas
y su voz era tinta derramada.
Sus
dedos eran más suaves que las alas de las mariposas.
Quienes
la vieron llegar cuentan que sintieron gusto a luciérnagas muertas
en la boca y que los ojos les ardían como si los hubiesen tenido
abiertos demasiado tiempo; parpadear era como intentar morderlos.
La
primera infracción que cometió fue sumergir sus pies de
enredadera en el agua de los canales, hundiéndolos en el barro
húmedo y cálido de sus paredes, volviéndola de
una materia turbia, como de tormenta, como de respiro de ahogado.
La
segunda infracción que cometió fue llevarse a la boca
las flores de los santuarios y comerlas como si fuesen pájaros,
destrozando primero las alas, después las plumas, después
los huesos.
La
tercera infracción que cometió fue conocer sus pasos hasta
el rey, besar sus manos y su frente y perderlo de ahí en más
en una noche más inmensa de la que ella misma había surgido,
sólo para devolverlo ceremoniosamente a sí.
El
rey tenía la majestuosidad de los huesos, era de una plateada
arquitectura.
El
rey tenía manos de campesino, de constructor, de geisha, de semi-dios,
de pájaro ciego, de fuego, del guerrero que hunde sus cuchillos
como toca el arpa.
Los
cuatro puntos cardinales eran la voz del rey: del norte, el desierto
plagado de leones; del oeste, mil legiones sanguinarias y melancólicas;
del este, las catedrales flotantes de bambú; del sur, un río
de garzas y flores de loto.
Los
presagios funestos se fueron anunciando uno detrás del otro,
el cielo se convirtió en un enorme cono invertido y la tierra
se deshacía bajo los pies de animales y hombres hundiéndolos
entre sus raíces; los árboles sagrados aullaban y el reino
entero parecía haber sido sumergido en agua.
Las
anguilas callaban.
Se
movían como fetos impacientes. Nunca estuvieron tan brillantes
sus escamas, tan parecidas a escudos y a pequeñas bocas dentadas.
Y sus caras, tan inmóviles y hermosas que daban ganas de llorar.
Si alguien hubiera visto sus ojos, todos crepúsculos, una plaga
de ellos.
La reina murió entre sueños de precipicios, melodías
de vientos que la enterraban y pulmones florecientes de insectos.
El
rastro de las anguilas se vio en el color extraordinariamente azul que
había adquirido su cuerpo, en los restos de arcilla, hojas y
algas.