Vuelta
y vuelta.
El giro sobre sí misma le da la sensación de completud
que ha buscado durante toda su vida. La música interna la arrulla
y la guía en su danza. Tiene una calesita en el corazón.
Dentro del pecho, encerrada. Suya, solamente. Propia y auténtica.
Resuenan las campanas, hay como dos mil. Un tintineo armónico
que acompasa el ritmo de su propio cuerpo.
Él
abre la puerta y la música se desvanece. Llega como siempre a
interrumpir una ceremonia secreta. Y es que ese hombre no puede formar
parte del ritual, de la danza, de la armonía, de la paz. Si la
viera cada tarde enredarse entre las cortinas, reaparecer y esquivar
muebles, adorarse en los espejos, saltar por las alfombras, colgarse
de la araña; si la viera, la mataría, no hay dudas. Es
un hombre cerrado. Es un hombre estúpido. Es un hombre. No entiende
la danza, el baile, el ruego, la imploración a los dioses, los
cantos sagrados. No entiende nada, ni la tabla del siete.
Él
camina hacia el centro de la habitación y se deja caer en el
sillón. Si no fuera tan cobarde, iría ahora a la cocina,
abriría el cajón de arriba, sacaría el cuchillo
de carnicero y lo mataría allí mismo. Pero prefiere esperar
a que esté un poco más borracho para hacerlo. Más
inconsciente, también ella. Ambos necesitan tomar algo.
Ahora
hay una lluvia borrosa dentro suyo. Como un canto continuo y amargado.
Un chelo rasgado con el arco de su cuerpo. Ahora un piano ágil,
agitado, que se eleva. Se pone en puntas de pie y va hacia la cocina.
Él ha entrado hace quince minutos y todavía no ha dicho
una sola palabra. Y así podrían pasar meses. Toma dos
vasos y saca hielo del congelador. Un pedazo macizo y compacto. Sufre
una inclinación maniática a entablar analogías
rápidas: él, sentado en su sillón, callado, es
como un bloque de hielo impenetrable. Quizás debería,
al igual que al hielo, partirlo en varios pedazos con el martillo que
ahora sostiene con su mano derecha. Ha pensado tantas veces en matarlo,
que ante cada nueva ocurrencia, celebra el ejercicio de la imaginación,
la perseverancia en la construcción de una escena perfecta y
final.
Ahora
suena un acordeón. Quizás francés, que tan bien
combina con su peinado nuevo. Pero el acordeón también
es triste, y ella piensa que hoy es un día azul y ella querría
que fuera verde y rojo. La mujer le canta al cielo de París,
ella mira por la ventana y se imagina una sobreimpresión: su
cielo oculto bajo el de la mujer, en el que todo puede pasar.
¿Morirá
hoy él?
Llena
los vasos de hielo y después vierte el licor en un chorro fino,
que alarga al elevar la botella hasta la altura de su mentón.
Desde ahí puede observar el líquido marrón, tornasolado
al reflejo de los últimos rayos de sol que entran por la ventana,
desde su cielo de Buenos Aires. Vuelve al comedor y se para detrás
de él. Su cabeza pelada queda a la altura de su pelvis. Se acerca
despacio aunque sabe que él ya la escuchó. Apoya sus piernas
en el respaldo del sillón, anidando su cabeza en el hueco más
fructífero de su cuerpo. Él puede sentir un calor que
lo llama desde adentro, desde el otro cuerpo. Ella toma su licor de
una sola vez. Él la escucha y alza su mano para que apoye allí
su vaso. Ella amenaza con un gesto, casi cumple el pedido, pero se le
ocurre una mejor idea. Refrescante. Alza el vaso por sobre la cabeza
pelada y vierte el licor, muy despacio, sabiendo que el frío
lo recorre desde el centro de su cabeza y desciende por su cara, se
pierde en su camisa, llega lejano hasta su pantalón y apenas
lo moja. Lástima. Él apenas se mueve. La mira por el espejo
que tienen enfrente. Ella le sonríe. ¿Morirás hoy,
mi amor? ¿Hablarás hoy, mi amor?
Ella
inclina su cabeza y comienza a lamer las gotas que todavía resisten
en la superficie lisa, blanca, resbaladiza. Mon petit Homeron, susurra.
Y un escalofrío lo recorre. Su lengua se desliza por la cabeza
ya lustrosa, no queda una sola gota que juntar. Desciende al cuello
y sabe que pronto comenzarán los temblores, porque se acerca
a una zona peligrosa. Desliza su lengua por su cuello y puede oír
como su respiración se acelera, sus manos se crispan, su pierna
derecha se estira. De un salto se ubica enfrente de él y le sonríe.
Él tiene la mirada perdida en algo que se refleja en el espejo.
Esto la enoja, la enfurece. Por eso le salta encima. No porque lo ame
o lo desee. Puro odio la mueve. Y una pregunta.
Le
desabrocha la camisa y comienza ahora a lamerle el pecho. Odia sus pelos
enrulados que se le enredan en la lengua. Detesta que él esté
tan orgulloso de ellos. Después de un rato de pasear su lengua,
se asquea y mete la mano en el bolsillo. Él no se sorprende de
que saque una tijera y comience a cortarle los pelos del pecho. Una
poda completa que llega hasta el ombligo. Él está excitado
pero trata de no dar señales claras, se mantiene indiferente,
como si delante suyo alguien cantara el himno.
Al
llegar al ombligo entiende que deberá seguir adelante, porque
el líquido se ha escurrido debajo del pantalón y porque
allí más pelos la esperan y, ambos lo saben, cuando comienza
una cosa simplemente no puede dejar de hacerla. Desabrocha los botones
del pantalón y él se acomoda. Una media sonrisa se dibuja
en ambas caras, hacia lados opuestos, por razones opuestas. Comienza
a estirar las piernas y recuesta la cabeza sobre el sillón. Suspira.
Ella mete la mano en sus calzoncillos y busca su pene. Pasea su mano
por una zona plana y escarpada. Acaricia los pelos deleitándose
en la idea de cortarlos uno por uno. Busca el miembro que la esperará
ansioso. Es un pobre animalito asustado que está a punto de meterse
en la boca del lobo. Introduce más la mano dentro del calzoncillo
porque evidentemente su brazo es muy corto, o el calzoncillo es demasiado
largo o el pene está más abajo de lo que recordaba. Él
suspira una vez. Dos. La tercera es de fastidio. Ella observa el bulto
que arma el pantalón apenas abierto y percibe el obstáculo.
Con toda su fuerza, tira del pantalón hacia abajo hasta dejar
el calzoncillo al descubierto. Haber bulto hay, pero su búsqueda
manual ha resultado infructuosa. Decide no confiar en las manos y dejarle
el trabajo a los ojos. Abre el calzoncillo y observa desde arriba, pero
no alcanza a ver nada. Él y su mirada perdida creerán
tal vez que este es un nuevo juego de seducción. Algo así
como espíe al pajarito. Pero ella no ve nada. Quizás la
oscuridad. Prueba entonces un nuevo punto de vista: la entrepierna.
Los boxers de él le permiten, al estar abiertas las piernas,
espiar la abertura que queda a los lados de cada pierna. Mueve la izquierda
primero y mira con atención. Nada por aquí. Quizás
esté del otro lado. Pierna derecha hacia un costado, espía,
guiña un ojo, cierra los dos y los vuelve a abrir. Nada por allá.
En
este punto de la tarde, ella se para y apoya las manos sobre su cintura.
Él la mira ido, entregado. Ella está absorta en su entrepierna.
Tiene miedo de encontrar lo que hasta ahora cada búsqueda indica.
Junta valor, lo mira a los ojos y le baja el calzoncillo. Apenas alcanzan
sus manos para tapar el gran agujero que forma su boca. Allí
donde durante casi treinta años había anidado un pene
respetable, no majestuoso ni minúsculo, respetable, allí
donde ella había puesto primero sus miedos, luego sus fantasías
y finalmente sus perversidades, allí, en ese lugar sagrado, no
hay más que pelo. Ni rastro del fiel amigo. Ni huella del último
lazo que la mantiene aferrada a él.
Lo
mira desolada, como desamparada, pero él no le devuelve la mirada.
Lo sacude entonces un poco para que reaccione: toma su cara entre sus
manos y le dice, casi en un grito ahogado: ¡¿No tenés
más pene?! ¿Dónde está?
Él
levanta los ojos despacio, como tratando de enfocar una idea, buscando
algo en la negrura de su estupidez. Abre la boca lentamente y la vuelve
a cerrar. Mira hacia abajo, tuerce el cuello, se dobla en dos. Al desdoblarse
la mira compungido. Levanta los hombros al mismo tiempo que las comisuras
de sus labios descienden. Es el payaso lagrimita. La mira desorientado.
—Vos tampoco tenés —dijo mirándola con desgano—
y yo no me quejo tanto.