Salí
al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad
del almacén. Alguien que no reconocí me despidió
con un extraño ademán. Recordé confusamente que
debía tomar un tren.
Pocos
días antes me había sido enviada una carta en la que
se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril,
que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación
en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del
sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de
averiguar quién era el remitente de tan curioso envío,
ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino.
Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto semejante?
¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre
nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio
ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía
hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había
tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.
Así,
poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero
intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había
utilizado una vez) metí en una maleta adquirida dos días
antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación,
dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento
helado que hería inclemente las esquinas, los árboles,
y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez
las avenidas.
A
causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado
a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy
pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio
de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana,
partiendo raudos en busca de otros pasajeros, de otras historias.
Antes
de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva
sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado
la debida atención a algún ínfimo detalle, de
ésos que luego resultan ser trascendentales, pero, no siendo
capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí
de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de
rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre
dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
Ya
en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo,
más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que
la llovizna había traído consigo allá afuera.
Al fondo, al otro lado de las ventanillas ante las que el gentío
formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en
la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor
se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las
conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas,
de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas.
A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país,
cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias
surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose
y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más
recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico
indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto
y el número del andén correspondiente. De cuando en
cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto
una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida
de algún tren. Podían verse entonces algunas personas
corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras
mecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia
frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico,
y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes
que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la
sala espaciosa.
No
dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras
ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que
se veía a través de grandes cristales, y en el cual
podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus
bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban
con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban;
sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban
a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda
risa es forzada; toda alegría, aparente?) Enajenándome
a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en
el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba,
puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada,
sino tomar un tren.
Sí,
subir a ese vagón que el destino había puesto en mi
camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada.
Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia
alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto
había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé
a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme
nave y me senté en él, situándome frente al letrero
en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas
palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo
de algo quizá maravilloso y excitante.
A
mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más
allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión
de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural.
Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé
por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: No denotaban
la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de
los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban
jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable
y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito,
no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse
un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales
saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo
no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de
aquel lugar, de este lugar en el que ahora estoy sentado y escribiendo
estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra
vez en mi atormentada mente!)
Sonó
la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz
de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas.
Escuché con atención, sólo para comprobar que
tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar
el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar
un tren equivocado solía acarrear, según había
oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores,
e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión,
se hacía prácticamente imposible regresar a la estación
de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún
día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red
ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación
de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más
que un vago recuerdo y las certezas no existen) Sin embargo, no es
menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil
equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las
informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de
horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones,
se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso
de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas
electrónicas que resplandecían frente a ella. Después
respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo
desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia.
Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó
sin protocolo alguno:
—¿Ha
salido ya el tren hacia D.?
—No
puedo estar seguro —contesté con amabilidad—. Lo
único que puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy
aquí —no dije nada más, tratando de rehuir el
diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó
un punto su sonrisa y dijo:
—Entonces
¿Llegó usted hace poco?
Iba
a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi
escasa predisposición a entablar una conversación intranscendente,
cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran
descortesía, increpó a la mujer:
—¡Estás
loca! —Gritó. Después se dirigió a mí
en otro tono—. Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió
hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando
sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto —se
volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó:
—Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
—Calla,
viejo idiota —dijo ella entre sollozos—. Tratas de confundirme.
Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado.
Yo sé que llegará y me marcharé en él,
mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando
y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance.
A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación
o la locura.
—Yo
nada espero. Eso es cierto —aceptó él con un tono
más calmado—. Hace tiempo que comprendí mi derrota.
Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una
larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no
quedan trenes que tu puedas coger, no hay destino que te reclame,
ni andén que pueda llevarte hacia la luz.
—¡Cállate!
—Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego,
mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo:
—Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre
ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único
fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí
su odio de viejo egoísta, su desesperación de hombre
abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones.
No importa dónde vaya, allí está él para
seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo
día, de acá para allá. No sé si tendré
fuerzas para seguir esperando mucho más.
Algo
en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que,
por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación
irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria.
Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión,
miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
—¿No
le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso
carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor
que le causa con sus palabras?
Tras
unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar
la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
—Tú
también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses
estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más
cruel —su tono fue subiendo poco a poco—. ¿Qué
derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida,
y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy
pronto y te marcharás, como tantos otros, sin recordar nunca
más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no
tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito,
pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti?
Acabas de llegar y ya crees saberlo todo —su voz adquirió
un tonillo irónico— pero no tienes la menor idea... Está
bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás.
Yo me voy a otro lado.
Presa
de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó
de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad
hacia otro banco próximo, desde el que también podía
ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue
subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente
de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba
con dureza las copas de los árboles y también a los
pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro
se notaban, de cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire
fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura.
Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación
se iba abriendo paso en mi interior.
La
mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las
lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando
en mi oído:
—Tal
vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras
me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo
a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía,
consiguieron adormecerme.
En
el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando,
saliendo, cambiando de vía. Vi trenes lanzados a toda velocidad,
galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían
interminablemente, máquinas que arrastraban un número
infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos
de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte
entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá
en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño,
antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído
por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero
una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados
remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren
y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba
soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en
el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas,
sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía
sin haber llegado a la estación.
Sentí
un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su
lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome
con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
—¿Qué
ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
—De
ningún modo —respondió él, sonriendo con
amargura—. Ese tren ya pasó y nunca regresan —hizo
una breve pausa—. Yo traté de avisarla cuando sucedió,
pero se burló de mí, me insultó y desoyó
mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo
más probable es que esté en la cafetería, tratando
de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío,
todo el mundo trata de resguardarse.
Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible
certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda
razón. La increíble sospecha que se había ido
asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba
a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos
de la pesadilla:
—Se
dice que allá arriba no hace frío y que la gente es
más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe
cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería
capaz de subir dos peldaños —al decir esto, remangó
sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes
y, sin duda, enfermas—. Es por la humedad que viene cada noche
desde los andenes y quizá también por las caminatas.
—¿Caminatas?
—Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando
más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
—Sí.
Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo contrario,
se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé
que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine,
camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados
tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las
debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre,
pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
—¿Sugiere
usted que hay personas que pasan aquí la noche? —Dije.
Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo.
No era posible. Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación,
entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría,
me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
—Muchos
días y muchas noches —respondió él con
cierto desaliento—. Hace años que espero, obstinado,
la llegada de ese tren en el que ya no creo. Pero no conozco otro
camino.
—Sin
embargo, yo no puedo esperar. Debo...
—Nadie
puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere.
No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En
muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces.
Trate de no dormirse. Sea amable con los funcionarios, y ellos le
corresponderán gestionando con rapidez los trámites
de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad.
Nada sucede antes de tiempo.
—Pero
es que debería regresar antes del lunes...
—¿Regresar?
¿Cómo ha de regresar?
—Tengo
que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
—¡Vamos!
¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación.
Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva
en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No
arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues
claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos, sabedores de que no
hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién
tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes
la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión
de la derrota. ¿No es, en rigor, la más completa verdad
cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo
a mí?
Me
sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza,
admití:
—Sí...
Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo
esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario,
el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible,
pero todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia,
un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que
no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras,
puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén
y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
—¡De
ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo
lugar. Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera
dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado.
Además, sepa que si baja al andén es muy posible que
no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente
imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé
en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí.
Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales
no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una
de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con
nuestras palabras, compartiendo nuestros pensamientos, hasta los más
íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o
lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas,
marionetas cuyos hilos...) Preferí no pensar más, escuchar
en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea
infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había
conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos
para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía
una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo pensamiento:
No puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles.
Pero mi mente dudaba, y acaso...
La
mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción
oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi
lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose,
sin duda, a dormir un rato. Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero
mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se
abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel
electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.
El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay
momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible
que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá
los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome
y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente
por una vía muerta.
Como
todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos,
he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para
terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre
me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo
banco, con los ojos cansados de tanto mirar en la misma dirección,
con el corazón atormentado y apagándose.
Miles
de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y
el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo.
Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado
a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se
nos va llevando sin concedernos una segunda oportunidad.
Pero
también los demás han ido diluyéndose hasta dejar
vacía la estación. Los niños y sus fingidos juegos
son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían
estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han
emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío,
donde quizá haya limosnas.
La
cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última
esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo
ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó.
Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción
de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras
la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas,
que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y
la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie,
melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario.
Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo
por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y
alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces aun creo que acaso
sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como
si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras
realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques
de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y
sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué
no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que
mi espera ha de ser forzosamente estéril. Pienso que un viento
frío, una de estas noches, apagará para siempre mis
esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá
completado y la estación perderá definitivamente su
razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día
hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió,
una sórdida invención de mi cansado corazón urbano;
porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un
pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie
y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía.
Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí,
igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos,
esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un
destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es
inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero
he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco
de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo
que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta
vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el
que está entrando con poderosa lentitud en la estación
abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también
la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo
semblante del empleado. Asombrado aún, con las piernas temblando
de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente
para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora
que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en
el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando
hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y
corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente
a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.