Una
hipérbole implosiva, término que presento sin
ocultar su evidente contradicción, pues, por una parte, la hipérbole
se entiende como exageración, como el movimiento que consiste
en la violencia in crescendo, vertiginosa, expansiva, del discurso narrativo
o la temática abordada en el evento textual, se entiende, en
fin, como una suerte de explosión y, por otra parte, la implosión,
que define la disminución del tamaño, que consiste en
una ruptura hacia adentro que no crece ni se expande, que, por el contrario,
cede lugar al otro en proporción directa y simultánea
al lugar propio que pierde.
Aquí,
hipérbole implosiva quiere ser, más que una contradicción,
un oxímoron, que también significa contradicción,
pero contradicción simultánea, en tensión.
Desde
mi punto de vista, Bartleby, el escribiente es el desarrollo
inacabado, eterno, hiperbolizado y explosivo, de una implosión,
la implosión del sujeto Bartleby, el amanuense. Esta “explosión
de la implosión” que Melville ha plasmado en el cuento
efectivamente prefigura a Kafka y, en mi opinión, no solamente
en lo que concierne a la definición de un género, como
señala Borges, que se compone de “las fantasías
de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas”(1),
sino también en cuanto a la obsesión y el mecanismo del
“regresus in infinitum” que también observa Borges,
pero en Mardi, novela que publica Melville en 1849, y no en
Bartleby, el escribiente. A diferencia de Borges, creo que
también este cuento, como Mardi, anticipa de alguna
manera las narraciones de El castillo, de El proceso
y de América y, sobre todo, de La metamorfosis.
Tal anticipación consiste en el proceso infinito e hiperbolizado
de la implosión de Bartleby, ruptura hacia adentro que reduce
su yo interminablemente en un achicamiento de la “humanidad”
del individuo en pos del reducimiento del volumen de dolor y que, como
en Kafka, se lleva a cabo a través de un devenir (léase
América o La metamorfosis) que jamás
encuentra su punto de fuga, ni siquiera con la muerte o el fin de la
lectura.
La
“hipérbole implosiva” o la “explosión
de la implosión” que se lleva a cabo en Bartleby, el
escribiente conjuga, en su tensión de oxímoron, en
su confluencia, dos figuras a priori antagónicas: el aumento
y la reducción.
El
aumento, acrecentamiento o extensión de algo, es el
resultado inevitable del “regresus in infinitum”, procedimiento
que Borges explicó que hacía Kafka de alguna forma con
la literatura y que, desde mi perspectiva, también opera en este
cuento. El “regresus in infinitum”, derivado de las paradojas
que Zenón de Elea enseñaba en Grecia, consiste en una
postergación infinita en las distancias tanto temporales como
espaciales por el fraccionamiento interminable: la mitad de la mitad
de la mitad de la mitad... Semejante fraccionamiento resulta en un aumento
proporcional de la cantidad de mojones que el individuo debe atravesar
en su viaje antes de llegar a la meta. Como la cantidad de mojones es
infinita, el viaje también lo es y la meta se convierte en una
utopía inalcanzable.
La
reducción, acción y efecto de reducir o reducirse,
que también es, en su definición fenomenológica,
la operación que consiste en eliminar de una vivencia y de su
objeto toda toma de posición acerca de su realidad, así
como de la existencia del sujeto(2), es el resultado
dinámico de la actitud implosiva de Bartleby(3).
Alguien
podrá cuestionar aquí que Bartleby sí toma posición
acerca de su realidad con su “preferiría no hacerlo”
y que, en todo caso, la eliminación de esa posición se
efectúa recién en los tramos finales del cuento cuando
Bartleby ya no habla y se ha convertido en una especie de mueble catatónico.
Sin embargo, es mi intención sostener que el alejamiento de la
realidad (que hasta el momento configuraba su realidad) que Bartleby
realiza para lanzarse al propio abismo interior y, en consecuencia,
a una nueva realidad, a otra realidad, ya se está produciendo
en su lacónico preferiría no hacerlo. Porque,
¿qué es exactamente lo que Bartleby prefiere no
hacer? ¿Acaso se trata de no examinar copias? ¿Se trata
simplemente de no hacer o decir determinadas cosas por simple derecho
de libre albedrío? Suponer el libre albedrío de Bartleby
implica dar a preferir no el estatuto de una negación
y, por lo tanto, de una elección voluntaria del sujeto en cuanto
a las acciones que podría o no realizar en su contexto. Pero
esto no es así, puesto que elegir supone la presunción,
la presunción de que algo, ya sea un acontecimiento, ya un objeto,
ya una persona, es más o menos favorable que lo otro. La elección
implica una previa presunción de futuro, el futuro que deparará
al individuo el resultado de su decisión. Sin embargo, no parece
éste el significado que el texto da a la palabra preferir:
“Era
hombre de preferencias, no de presunciones.”(4)
Es
decir, preferir no implica ni significa presunción alguna
y, en consecuencia, no implica ni significa elegir. De esto se desprende
que “preferir no” tampoco establece en el texto
una negación de parte de Bartleby. Gilles Deleuze señala:
“...la
fórmula, I prefer not to, no es una afirmación ni una
negación. Bartleby no rehusa, pero tampoco acepta, avanza y retrocede
en este avance...”(5)
Podría
igualmente cuestionarse “la eliminación de toda toma de
posición acerca de su realidad” que implica mi concepto
de reducción aplicado a la implosión de Bartleby,
ya no en cuanto a una elección derivada de un probable sentido
de negación de “preferiría no” que
acabaría de refutar apoyándome en las afirmaciones de
Deleuze, sino en lo concerniente al acto de habla en sí de Bartleby
que, a priori, podría significar una toma de posición
frente a una situación social en la que estaría incluido
por la simple razón de decidirse a hacer uso del lenguaje, base
de las relaciones y la comunicación entre las personas. Deleuze
refuta también esta posibilidad al poner en evidencia la agramaticalidad
de la fórmula:
“La
fórmula desarticula cualquier acto de habla, al tiempo que convierte
a Bartleby en un ser excluido puro al que ninguna situación social
puede serle ya atribuida (...) Como destaca Mathieu Lindon, la “fórmula”
desconecta las palabras y las cosas, las palabras y las acciones, pero
también los actos y las palabras: separa el lenguaje de cualquier
referencia, siguiendo la voluntad de absoluto de Bartleby, ser un hombre
sin referencias, el que surge y desaparece, sin referencia a sí
mismo ni a otra cosa. Debido a ello, pese a su apariencia correcta,
la fórmula funciona como una auténtica agramaticalidad”.(6)
Así
pues, la pregunta nuevamente es ¿qué es exactamente lo
que Bartleby prefiere no hacer?
Preferiría
no dar esa respuesta, sin embargo responderé otra pregunta:
¿Qué es exactamente lo que Bartleby prefiere hacer?
Daré mi respuesta: Bartleby, el oxímoron, prefiere tocar
el infinito.
Y
entiéndase como infinito el término que la geometría
proyectiva designa como punto de contacto de las paralelas. Hacia ese
lugar se dirige Bartleby. Pero el infinito de la geometría proyectiva
sólo es posible en la observación, jamás puede
alcanzarse. Se trata de un lugar a mirar pero no a tocar. Bartleby anhela
ese lugar de confluencia entre la vida y la muerte, punto de reunión
de la existencia y la no-existencia, que consiste, en otras palabras,
en un nuevo oxímoron: la existencia sin dolor(7),
y se dirige velozmente hacia allí, está deviniendo a-ese-lugar,
lo está mirando, pero indefectiblemente, por regresus in infinitum,
su viaje será eterno, será su infierno, la ruta de su
tribulación y su angustia, de su inacabado escape al final del
arco iris donde lo espera la olla repleta de bizcochos de jengibre que
jamás podrá alcanzar.
De
este modo, la implosión de Bartleby jamás logra la total
destrucción del yo ni acaba con su dolor, se trata de una implosión
que paradójicamente explota en infinitas esquirlas-mojones que
el viajero-suicida deberá atravesar antes de llegar a su meta.
“Oh Bartleby! ¡Oh Humanidad!”
José
Pablo Feinmann afirma: “Bartleby es un relato sobre la ausencia
de sentido”(8). En mi opinión, nada
más alejado del texto. Afirmo, en cambio, “Bartleby
es un relato sobre el sentido de la ausencia”. Porque
es la ausencia de algo la que rige el avance, el movimiento, y, por
lo tanto, la que imprime un fuerte sentido al relato. Ese algo es el
dolor y es justamente la ausencia de ese dolor, que se encuentra en
el infinito y que Bartleby persigue y que se convierte en una presencia
tan fuerte, el sentido motor de todo este “viaje” o “devenir”(9).
La ausencia de dolor implica también una ausencia de la existencia
considerada en términos convencionales. La nueva existencia,
que Bartleby observa pero que jamás podrá alcanzar, se
encuentra efectivamente en el infinito, unión de las paralelas,
ying-yang, oxímoron donde confluyen la vida y la muerte, tercer
elemento que reúne en su síntesis la tesis y la antítesis,
que hace posible, en fin, la existencia sin dolor. De este modo, la
existencia “actual” de Bartleby está sujeta al viaje
que está realizando. Este viaje es una transformación,
una metamorfosis, un devenir a-la-nueva-existencia, un devenir al-infinito.
Un
nuevo y probable cuestionamiento sobre mi análisis: Alguien podría
poner en tela de juicio que Bartleby busque una existencia sin dolor
y no simplemente una no-existencia, donde tampoco hay dolor. La respuesta
está en la actitud de Bartleby, que prefiere el devenir, la transformación.
Si Bartleby hubiera preferido la muerte, la no-existencia, donde tampoco
hay dolor, simplemente se hubiera suicidado de alguna manera tradicional,
se hubiera pegado un tiro. Pero no, Bartleby no busca la muerte o la
no-existencia, Bartleby, por el contrario, se aferra desesperadamente
a la vida y busca en ella misma la salida a través de su transformación.
Bartleby no busca una salida de la vida, Bartleby busca una
salida del dolor. Por eso se dirige al infinito. Lo que busca
Bartleby es la eliminación de su “humanidad”, de
su yo-humano para lograr así pasar a otro estado donde perdurar
sin dolor. De esta manera, Bartleby no está considerado como
el ateo, sino como el rebelde, pues es evidente que mi análisis
presupone de manera implícita en el texto la existencia de Dios
al dotar a Bartleby de “humanidad”. No creo que la existencia
de Bartleby esté configurada de manera sartreana donde no hay
naturaleza humana porque no existe ningún Dios que la haya concebido
en su esencia. Creo, por el contrario, que el dolor de Bartleby es el
dolor de su naturaleza humana (“¡Oh Bartleby! ¡Oh
Humanidad!”) y, en consecuencia, el dolor que le ha sido
asignado en su esencia por Dios. Bartleby no repite, como observa Feinmann,
la sentencia nietzcheana ¡Dios ha muerto!, no, porque Bartleby,
el rebelde, no niega a Dios, pues al tratar de escapar de Él
lo reafirma, lo supone. Bartleby, el rebelde, como Jonás, quiere
huir de Dios, huir del dolor, pero Éste lo devorará como
el pez, lo lanzará al vientre de los infiernos cuyo descenso
es infinito, donde la existencia sin dolor, la existencia sin “humanidad”,
la existencia sin Dios, es el final del viaje que jamás, jamás,
jamás, podrá alcanzar. Bartleby, el castigado, sólo
puede ver la utopía, pero jamás comulgará con ella.
(“¡Oh Bartleby! ¡Oh Humanidad!”)
Si
tenemos en cuenta que cuanto más volumen tiene el sujeto víctima,
mayor es el volumen de dolor que surge del padecimiento de la agresión,
entonces podremos comprender por qué el devenir de Bartleby consiste
en una transformación que busca el reducimiento de su “humanidad”.
En otras palabras, cuanto más humano sea Bartleby, mayor dolor
experimentará.
Dos
procedimientos utiliza Melville para llevar a cabo la representación
de este reducimiento de la “humanidad” de Bartleby, de esta
implosión o ruptura hacia adentro de su yo-humano:
El
primer procedimiento es la progresiva pérdida del habla, su camino
hacia el “silencio”, que pasa por la repetitiva y agramatical
fórmula “preferiría no hacerlo” hasta
llegar al hombre callado que perdura inmutable en la cárcel.
“¿Está
buscando al hombre callado? —Dijo otro guardián, cruzándose
conmigo—.”(10)
Todas
las oraciones que Bartleby podría haber pronunciado como respuestas
a las innumerables preguntas que se le han hecho a lo largo del relato
conforman verdaderos pedazos de su existencia textual que han sido eliminados.
Esa existencia eliminada consiste de palabras que, por un lado, eran
la voz del hombre, del ser humano incluido en un mundo social, y por
otro lado, eran el cuerpo o la parte material en el papel, es decir,
la cantidad física de escritura que el personaje Bartleby podría
haber ocupado a lo largo del cuento. Pero todo Bartleby se está
reduciendo, quizá en un momento ya no podamos verlo o lo confundamos
con la parte blanca de la hoja, pero allí está, en su
inframundo infernal donde la distancia crece proporcionalmente (por
regresus in infinitum) al viaje que está realizando, el viaje
implosivo-explosivo.
El
segundo procedimiento que representa la pérdida de “humanidad”
del sujeto es la cosificación de Bartleby. Si en La metamorfosis,
Gregor Samsa ha devenido en un enorme insecto, aquí Bartleby,
anticipándose, está deviniendo en un objeto:
“Sí,
Bartleby, quédate ahí, detrás del biombo, pensé;
no te perseguiré más; eres inofensivo y silencioso como
una de esas viejas sillas.”(11)
Tanto
la cosificación que utiliza Melville como la animalización
que utiliza Kafka son procedimientos deformadores que no sólo
producen efecto en la representación de los personajes Bartleby
o Gregor Samsa, sino también sobre toda una cosmovisión,
donde la realidad está sujeta a otra cosa. Esta otra cosa podríamos
definirla como angustia y dolor. La realidad produce angustia y esa
angustia produce una realidad, otra realidad. En esta otra
realidad “viaja” Bartleby en busca de su infinito. Esta
otra realidad es el espacio de la frontera intermedia donde
está condenado, la frontera entre el punto de partida, la realidad
que implica su naturaleza humana, y el punto a llegar, la meta inalcanzable,
el infinito compuesto por la existencia sin dolor, sin “humanidad”.
De este modo, podemos pensar que Bartleby, el rebelde, quiere ser Dios,
quiere usurparlo. Huye de Él para ser Él.
Pues
mientras haya “humanidad” en Bartleby, habrá Dios
en él, habrá dolor, estará subordinado a su esencia,
la esencia que la mente de Dios ha concebido prefigurando su existencia
humana antes de crearlo.(12)
“Soy
lo que soy” dijo Dios a Moisés(13). ¡Bartleby!,
mientras haya “humanidad” en ti, sólo podrás
decir “soy lo que no soy”. Por lo tanto, para ser lo que
eres deberás quitarte a Dios de encima, sólo así
serás tú mismo, serás en tanto no tengas “naturaleza
humana”, serás por fin, Bartleby, quien ahora se convierta
en Dios, en la existencia sin dolor. “To be or not to be: That’s
the question.”
La
“naturaleza humana” de Bartleby es su dolor, su angustia,
Bartleby es “el más triste de los hombres”.
Así pues, Bartleby busca una salida al dolor y no repite de ninguna
manera, como afirma Feinmann, una y otra vez ¡Dios ha muerto!,
sino todo lo contrario, Bartleby repite una y otra vez ¡Dios está
vivo! Dios está en mí, Dios me duele.
Entonces
Bartleby hace implosión.
Pero
el castigo divino no se hace esperar, la implosión paradójicamente
explota (por regresus in infinitum) y el evento jamás, como en
Kafka, se consuma. Ni siquiera con la muerte. La muerte aquí
es sólo una segmentación para el observador, para el narrador
y también para el lector, pero no configura un cambio subjetivo.
La dirección de la línea donde Bartleby “viaja”,
“deviene”, sigue proyectándose de la misma manera.
En otras palabras, la muerte no quiebra ni cambia el sentido de la línea,
y tampoco se convierte en el anhelado punto de fuga, pues éste
ha sido proyectado más allá de la muerte y del fin de
las páginas del cuento, está en el infinito donde las
paralelas se unen. Bartleby, siendo tan diferente al capitán
Ahab, en un punto correrá la misma suerte que éste: A
pesar de la muerte seguirá atado a su ballena por los siglos
de los siglos.
En
cuanto a las posibles relaciones que pueden establecerse entre Moby
Dick y Bartleby, el escribiente, Borges observa lo siguiente:
“Hay,
entre ambas ficciones una afinidad secreta y central. En la primera,
la monomanía de Ahab perturba y finalmente aniquila a todos los
hombres del barco; en la segunda, el cándido nihilismo de Bartleby
contamina a sus compañeros y aún al estólido señor
que refiere su historia y que le abona sus imaginarias tareas. Es como
si Melville hubiera escrito: “Basta que sea irracional un solo
hombre para que lo sea el universo””.(14)
Creo
que efectivamente en ambas obras existe el “contagio”.
En
Moby Dick:
“—(...)
¡Alabad estos cálices asesinos! Entregadlos, ahora que
ya sois partes de una alianza indisoluble. (...) Bebed y jurad, hombres
que tripuláis la mortal proa asesina de la lancha ballenera:
¡Muerte a Moby Dick! ¡Dios nos dé caza a todos si
no damos caza a Moby Dick hasta matarla!
Los largos y afilados vasos de acero se elevaron; y con gritos y maldiciones
contra la ballena blanca, la bebida fue simultáneamente engullida
con un chirrido. (...) Una vez más, la última vez, el
recipiente de nuevo lleno dio la vuelta entre la frenética tripulación...”.(15)
En
Bartleby, el escribiente:
“No
sé cómo, últimamente, yo había contraído
la costumbre de usar la palabra preferir. Temblé pensando que
mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi
estado mental. ¿Qué otra y quizás más honda
aberración podría traerme?"(16)
Más
adelante “la palabra” es utilizada también por otro
de los escribientes, el señor Turkey. El narrador le dice:
“—Parece
que usted también ha adoptado la palabra”.
Luego,
Turkey le contestará:
“—¡Ah!
¿preferir? Ah, sí, curiosa palabra. Yo nunca la uso. Pero
señor, como iba diciendo, si prefiriera...”(17)
Sin
embargo, a diferencia de Borges, creo que este “contagio”
es similar en el proceso o desarrollo de los relatos, pero distinto
en su culminación. Se trata de dos versiones diferentes del libro
de Jonás, en cuyas páginas está escrito:
“Luego,
levantaron a Jonás, lo arrojaron al mar, y enseguida se aplacó
la furia del mar”.(18)
El
caso del capitán Ahab es la historia de un Jonás que no
ha sido lanzado del barco y por eso lleva la destrucción al resto
de la tripulación.
El
caso de Bartleby es diferente, pues él sí es un Jonás
bíblico que será lanzado del “barco”, es decir
de la oficina y el trabajo, cortándose de esta manera el contagio
y salvando al resto de los personajes de la destrucción a la
que sólo quedará sometido Bartleby.
En
conclusión, Bartleby, el escribiente es, en
mi opinión, el relato sobre el sentido de la ausencia. Esa ausencia
es una añoranza tan fuerte que se convierte en una presencia.
Se trata de existir sin Dios, de quitarse su esencia de encima, de quitarse
la “humanidad” que el sujeto carga y que significa dolor.
La salida al dolor no será buscada en la muerte o la no-existencia,
sino en la misma existencia a través de un devenir a otro estado.
Ese estado se encuentra en el infinito, lugar donde confluyen la vida
y la muerte, lugar de la existencia sin dolor donde el individuo podrá
escapar de la subordinación a Dios y ocupar su lugar. Mientras
el devenir sucede, la “humanidad” del sujeto se va reduciendo,
el yo-humano hace implosión, se rompe hacia adentro, pero, por
regresus in infinitum, ese evento jamás logra consumarse, pues
el fraccionamiento interminable en las distancias temporales y espaciales
se desencadena simultáneamente y, de esta forma, la implosión
entra en contradicción y explota en infinitas esquirlas-mojones
que deberán atravesarse antes de alcanzar la meta, el infinito.
Esta implosión que explota, o implosión que se hiperboliza,
es el oxímoron que configura el proceso que Bartleby está
realizando. De este modo, Bartleby queda condenado a perdurar en la
tensión de una síntesis que jamás se resuelve,
que implota y explota, que se compone de elementos antagónicos
en eterna lucha, haciéndolo avanzar y retroceder, confinándolo
a la frontera infernal que media entre el punto de partida y el punto
de llegada. La paradoja que se desprende es que el oxímoron Bartleby
(explosión-implosión) añora otro oxímoron:
El infinito que reúne la vida y la muerte, la existencia y la
no-existencia, es decir, la existencia sin dolor, estado existencial
divino y no humano.
¡Oh
Bartleby!, cuanto más asciende en su quijotesca empresa a través
de su tribulación y su santificación al Reino de los Cielos,
más desciende a la interminable agonía del infierno, “solo
absolutamente solo en el universo. Algo como un despojo...”(19)
¡Oh
Bartleby! “El Abismo está desnudo ante él, y
nada cubre a la Perdición”.(20)
©Juan
Diego Incardona
NOTAS
(1)Jorge Luis Borges, Prólogo a Bartleby,
el escribiente, Buenos Aires, Marymar Ediciones, 1976. Todas las
citas corresponden a esta edición.
(2)Las definiciones de aumento y reducción
han sido extraídas del diccionario de la Real Academia Española.
(3)La reducción es resultado dinámico
y no estático, pues se está haciendo en el devenir
generado por la actitud de Bartleby, que evoluciona progresivamente
en el desarrollo de una implosión de su yo que no tiene fin,
ni siquiera con la muerte.
(4)Herman Melville, Bartleby, el escribiente,
Buenos Aires, Marymar Ediciones, 1976, (pág. 49). Todas las citas
corresponden a esta edición.
(5)Gilles Deleuze, Bartleby o la fórmula
en Crítica y clínica, Barcelona, Editorial
Anagrama, 1996. Todas las citas corresponden a esta edición.
(6)Ob. cit.
(7)La ausencia de dolor sólo es posible en la
paralela de la muerte o la no-existencia, salvo en el infinito, donde
la no-existencia = ausencia de dolor hace contacto con la otra paralela:
la existencia. De este modo, el infinito, en su síntesis, hace
posible la existencia sin dolor.
(8)José Pablo Feinmann, Bartleby, Dios ha
muerto, http://ar.geocities.com/veaylea2000/feinmann/bartlebly9-10-99.html
(9)Todo devenir o proceso de cambio puede considerarse,
en mi opinión, una suerte de “viaje” entre una condición,
situación, categoría, lugar o tiempo anterior y una condición,
situación, etc. posterior.
(10)Herman Melville, Ob. cit. (pág. 71)
(11)Ob. cit., (pág. 56).
(12)En mi análisis el relato funciona exactamente
al revés de lo que sostiene el existencialismo ateo de Sartre.
(13)Éxodo
III, 14.
(14)Jorge Luis Borges, Ob. cit.
(15)Herman Melville, Moby Dick, España,
Editorial Planeta, 2000, (pág. 196).
(16)Herman Melville, Bartleby, el escribiente,
Ob. cit., (pág. 43).
(17)Ob. cit. (pág. 43-44).
(18)Jonás, I, 16.
(19)Ob. cit. (pág. 46)
(20)Job, XXVI, 6.