Mi
Psiquiatra murió. Ya está. Lo dije.
I:
Palermo
Bar.
Tragos, tiempo muerto. El tipo que tengo enfrente mío es una
mezcla de Boy Olmi y Rep.
Hace
muchas páginas, en un taller literario, Antonio Dalmasetto me
dijo: ¿Qué es eso de tener rulos “a la Tarantini”?
Ahora me diría: ¿Quién se va a acordar en el futuro
quiénes eran Boy Olmi o Rep? Pero, ¿Cuál es el
problema? El texto tendrá pocos lectores ¿Y? Tengo pocos
amigos.
Leí
mi último cuento en el taller. Provocó silencio, irritación
e indiferencia. No me animé a confesar que era todo verdad. Leí
el texto bajo los efectos de la medicación. Temblé igual.
El hombre de bigotes chaplinescos que lidera el taller me interrumpió
en el medio del relato y bajó a decirle algo a la dueña
de la librería. En realidad bajó para llamar a los bomberos
y paramédicos, listos para recibirme en una colchoneta en la
vereda cuando, después de leer mi texto, abriera la ventana y
me arrojara al vacío. Ahhhhhhhhhhhhh. Pero no me arrojé.
Pessoa me enseñó que cada acto debe tener su estética,
su dignidad, una forma que me represente. Yo puedo tirarme, sí,
quiero tirarme, sí, pero aún no sé tirarme por
la ventana de una forma que estéticamente diga: ése, el
que se tira, sin dudas es Jorge.
Qué
lejos de coger estaba todo eso. Qué actividad asexuada la de
escribir.
II.
San Isidro
En
mi casa me esperaba sentado en los sillones del living un hombre de
barba blanca, colita, calvicie incipiente y túnicas holgadas.
Nada más, ni nada menos, que mi padre biológico, (¿O
habré querido poner diabólico?). Preocupado, me preguntó
por los chicos, por Caro y por mi trabajo. Dije: en lo de mis suegros,
me dejó, ya no tengo. Lo único que no preguntó
fue por mi psiquiatra. Que está muerta, que está muerta,
que está muerta. Luego me sentenció otra frase de su venerado
maestro Suzuki en el mismo instante en el que dos de los discípulos
de mi padre se aparecieron desde la cocina masticando unas rojas, deliciosas,
arenosas manzanas. Mi padre sentencio: “Lo más importante
es expresarse tal cual se es sin ningún esfuerzo intencional
o afectado para adaptarse”. Rápido de reflejos le respondí:
“La vida es la búsqueda de lo imposible a través
de lo inútil”. Pessoa viejo nomás.
Papá
me miró desafiante; me avisó: nos vamos de gira. Tenía
tantas ganas de decirle que no, tantos motivos, excusas y argumentos
que entonces le contesté: Armo el bolso y estoy listo.
III.
Oriente
Tokio.
Kyoto. El tren bala. Pekín. Shangai. La Gran Muralla. Bangok.
Calcuta. Katmandú. Los viajes sólo merecen ser contados
en tiempo presente. Mi viejo, 5 discípulos y yo. Somos pocos
para una secta. Somos muchos para un cuarto de hotel. Defeco una vez
cada tres días. Veo noticieros en los idiomas locales hasta las
tres de la mañana. Me masturbo en la ducha. Leo a Pessoa antes
de dormirme. Todas las mañanas alguno de los discípulos
me toca la puerta, me alcanza el itinerario para el día y me
dice otra de las frases de Suzuki. Por ejemplo: “Debemos lograr
la existencia perfecta por medio de la existencia imperfecta”.
Y se me queda parado ahí en la puerta, como esperando propina
o no sé qué. Le vomito rápido un Pessoa para que
se vaya: “Una opinión es una porquería. Incluso
cuando no es sincera.” El disci se va. Yo me acercó a la
ventana, veo la pileta del hotel allá abajo, vacía, azul,
y me doy cuenta de que simplemente estoy ahí parado y no puedo
saber, reconocer, intuir o percibir si eso que siento es bueno o malo.
Incluso parece algo que puede sentir un seguidor de Suzuki, lo que me
molesta, pero me dan unas incontrolables ganas de defecar, Suzuki viejo
carajo.
(Nota:
tal vez la historia deba incluir una escueta mención sobre mi
madre. Su encierro en el altillo, sus pinturas al óleo y una
cabellera larga y ondulada. Pero si hago eso casi todos dirán:
ah, la madre está loca. Muy pocos pensarán: la madre pinta
y es hermosa.)
Desde
Bangkok llamo a mis hijos. La más grande dice que no me extraña
y que corta mi cabeza en todas las fotos. El más chico no quiere
hablar conmigo. Mi suegra me corta antes que le pueda preguntar por
Caro. Hago otro llamado: marco el número de mi psiquiatra. Me
sobresalto cuando atiende una mujer. ¿Cecilia?, pregunto, excitado
ante la posibilidad de que ella haya resucitado. No, soy María,
la hija, me clarifica. ¿Cómo murió tu madre?, pregunto.
Ella se quitó la vida, me contesta. Dejo el teléfono descolgado
y me voy hasta la ventana. Ya no se ve la pileta, todo es oscuridad
salvo un mozo cruzando por un camino de piedritas con una bandeja en
la mano. Mi psiquiatra se ha suicidado. Y a mí me dan ganas de
que me den ganas de algo. Pero nada.
Bajo
a la piscina del hotel, me como un emparedado y hubiera aparcado mi
auto de tener uno. Da lo mismo, las palabras, las formas, los estilos.
Así de mal me siento pinche cabrón. Subo a mi cuarto:
hay una mucama haciendo mi cama. Me desnudo. Me ubico detrás
de ella a centímetros mientras la mujer tailandesa me ignora
y termina de hacer la cama. Toco con mis dedos su cola de caballo. Ella
hace un leve movimiento de cabeza para soltar sus cabellos. Giro, doy
toda la vuelta a la cama y me tiro boca arriba sobre la funda, pene
erecto, piernas extendidas. La mujer deja la cama y se va a limpiar
el baño. Toca la puerta el disci más grandote. Le abro,
me ve desnudo, se perturba, saca rápido unos cuantos dólares
de su bolsillo y va en busca de la mucama. Lo sigo. Encuentro a la mucama
en el baño y le muestro los dólares. La mujer lo mira
y me mira. Estoy gordo, pienso. Se suben a mi cama. Ella no se saca
la ropa, él se sube encima y empieza con ese mete-saca odioso
mientras yo intento sin éxito masturbarme sentado en uno de los
sillones del cuarto. El disci la hace dar vuelta, la pone en cuatro
y sigue dándome por detrás.
(¿Puse
dándome?)
No
me excito, camino hasta la ventana, me rasco el culo. En la pileta hay
un chico que nada de una punta a la otra, a un ritmo lento, como ahogándose
de a poquito, sin importarle. El disci termina de coger y me recuerda
el horario de salida hacia el aeropuerto. La mucama termina de limpiar
el baño y se va.
Tengo
la esperanza de escribir un diario del viaje pero cada vez que me pongo
frente al papel me pregunto: ¿Para qué? Si lo puedo filmar.
Pero no filmo, porque yo escribo. Supongo que Bretch me aplaudiría.
Bretch no es Pessoa pero es Bretch. Debe estar bueno pensar: no soy
Pessoa, qué macana, pero pará un poquito, ¡Soy Bretch!
¡Soy Bretch!
De
la India mi padre nos lleva a Katmandú. ¿Cuándo
volvemos a casa?, pregunto. Abre los brazos y me muestra la llanura
nepalesa como si ésta fuera nuestra casa. Le pongo un cuchillo
en el cuello al disci más pequeño, vuelvo a preguntar:
¿Papi, cuando volvemos a casa? Los hermanos sean unidos, me dice
el disci. Bien por él. Si me citaba a Suzuki lo degollaba.
IV.
Palermo
Vuelvo
a Buenos Aires. Vuelvo al tiempo pasado. De Ezeiza voy directo a la
casa de mi psiquiatra. Ella está muerta. Me atendió María.
Nunca nos habíamos visto. Dal Masseto: No sé cómo
describir a María. Ella lucía distante como la novia de
Mersault durante el juicio. No. Lucía angelical como la Dolores
de los Buendía. No. Lucía infiel y dispuesta a monologar
sin fin como Molly. No, no, y no. María era intimidante, seductora,
temerosa, atractiva, letal, frágil, presuntuosa, dulce y altiva
(pero divina como Beatriz). Le pedí que fueramos al consultorio
de su madre. Ella me tomó de la mano y me llevó. María
se puso de espaldas a mí e hizo como que hojeaba y miraba alguno
de los libros de la biblioteca del consultorio. Me acerqué y
con mis manos acaricié su culo antes de apoyarme contra ella.
Ella no se movió ni reaccionó. Comencé a besarle
el cuello, la nuca, los brazos. Finalmente se dio vuelta, me besó
suave en la mejilla, sonrió y se sentó al borde del diván.
Por unos breves instantes lo disfruté hasta que no resistí
y me tiré encima de ella desesperado por penetrarla. Ella gemía,
se agitaba y me pedía más. Mi semen carreteaba dentro
mío pidiendo pista. Algo tenía que hacer. Algo tenía
que hacer ¿El orgasmo era el aviso del final o era el final?
¿El orgasmo era el mensajero de la muerte o era la muerte? Esas
preguntas me hicieron aguantar unos segundos más. Pensé
en mi abuela moribunda, vieja, olorosa y fea. ¿Podía lograr
que el sexo fuera eterno? No, sólo podía prolongar la
sensación, entonces ¿Tenía sentido? ¿Valía
la pena? No valía la pena, sin embargo continué luchando
porque la vida es eso: luchar, seguir hasta que algo o alguien dice
basta.
Ay,
ay ay ay, casi podía ver ese aluvión de semen subiendo
por los conductos de mi pene, ese amado semen irrepetible, muestra de
lo mejor de mí, de lo más efímero y esencial. ¿Qué
hacer? ¿Qué hacer?
V.
Lisboa
Me
viene a la cabeza la imagen del hijo de Boy y Rep viajando a Lisboa
a conocer el mítico bar donde Pessoa plasmó su desasosiego.
Me imagino al tipo tomando un café con algún libro del
poeta bajo el brazo.
Llega
un mozo que serio, muy serio, le habla muy mal de Pessoa, que era un
borracho, que nunca sirvió para nada, que con gente como ésa
el mundo seguiría siendo una pequeña aldea de gente improductiva
e ineficiente. El tipo lo mira pero dice nada entonces el mozo cita
a Suzuki: “Para los estudiantes de Zen hasta la maleza es un tesoro”.
El tipo se levanta, ignora al mozo y sale a caminar por las calles de
Lisboa.
En
la puerta de una casa lo espera una mujer. Con la mirada lo hace entrar
y lo lleva de la mano hasta un cuarto, donde lo sienta al borde de la
cama, lo desnuda, se acuesta con él y le cuenta historias como
una madre le leería a su hijo. El tipo se arropa entre sus brazos
pero pronto siente una perturbadora erección. Entonces le pregunta
al autor: ¿Es ésta mi madre? Éste le responde:
Simbólicamente, a nivel de los significados y las interpretaciones,
podría ser. Él insiste: ¿Es ésta mi madre?
El autor contesta, de sangre, lo que se dice de sangre, no, no lo es.
El tipo entonces la seduce, la desviste, la penetra y se la coge, y
se la coge, y se la coge. Cada vez que el tipo está por acabar
no piensa: Tengo que evitar acabar, tengo que evitar acabar. En cambio
calcula: me echo este buen polvo, y en un rato me echo otro, porque
no hay apuro, porque todo lo que hay afuera del cuarto es la fantasía
de otro.
Cuando
deja de coger, aunque no se agote el cuerpo es mi imaginación
la que es finita, el tipo abre la ventana, mira el mar, cuando se cansa
del agua fija la vista más allá y ve: a mis hijos sin
su padre, a mi mujer sin su marido, a mi psiquiatra sin su paciente.
Después me enfoca en el preciso instante que acabo y acababa
(su presente, mi pasado) bien adentro de esa vagina que, todos sabemos,
constituye el paraíso perdido de esta historia.
©Jorge
Solari