Octubre
4
La
tía murió hace tres días y el ángel no ha
venido aún para llevársela. He tenido que cerrar el cuarto
para protegerla. Sólo entreabro la puerta un instante por las
tardes, esperando encontrarme con una cama vacía, pero no, su
cuerpo rosado y rechonchito sigue ahí tendido sobre el pequeño
catre de lona y metal.
La
verdad ya me cansé de rezar al ángel que no viene y la
comida que quedaba en la alacena se la comieron los malditos gatos.
¿Sabe tía?: Las siete cazuelas que dejó usted preparadas
sólo alcanzaron para poco más de un día. ¡Estos
gatos comen mucho!.
Y
ahora se acercan violentos y desesperados cada vez que voy a abrir esa
puerta para verla desde lejos, pero no se preocupe, tía, no dejaré
que la toquen, Primero me comen a mi que tocarle un solo pelo a usted.
Octubre 6
Los
gatos traman algo, lo sé. Están molestos porque hoy tuve
que comerme a uno de ellos. A falta de pan esto se ha convertido en
una guerra sangrienta. Ellos pueden salir a buscar algún otro
alimento, pero por alguna razón no lo hacen. Está esa
ventanita cerca del techo... ellos fácilmente pasarían
por entre los barrotes.
¡Si
tan sólo me hubiera usted librado de esta atadura antes de morirse,
querida tía!.
He
buscado la llave, o alguna piedra o hierro pesado para trozarla, pero
ella siempre tuvo las precauciones necesarias para evitar que escapara.
Por eso sólo me dió tres metros de cadena, y ni un eslabón
más.
¡Quién
iba a decirlo, tía!. La cadena que me aprisiona por el cuello
es la misma que me impidió ayudarla cuando con tamaños
gritos lo pedía. Pero no se apure usted, soy hombre de honor
y le digo que los gatos no se comerán su cuerpo mientras me quede
vida.
Octubre 7
Dijo
usted al mundo que yo estaba loco, que por eso me tenía encadenado,
pero nunca se le ocurrió preguntarme si yo pensaba lo mismo que
usted. Y ahora mire lo que resulta. Usted ahí recostada, tentando
con sus rosadas carnes a los gatos, mientras espera a su ángel.
Pero él no vendrá, ¿y sabe porqué?, porque
usted se equivocó, encadenando a su ángel sin saberlo.
Aprisionó al único que hubiera podido salvarla cuando
sus ojos lo imploraron. Y estiraba su mano gordita y temblorosa, tratando
de alcanzar las mías, pero nos faltaron eslabones. Por eso el
frío catre le dió el abrazo de despedida en lugar mío.
Pero
no se preocupe, tía. Tengo honor y le repito que los gatos no
se comerán su cuerpo mientras me quede vida. Aunque sé
que voy a batallar bastante, porque nunca había conocido animales
tan tercos, ni siquiera el miedo a que me los coma los hace huir.
Octubre
15
Han
pasado dos semanas y ya no queda nada, ni gatos. El último que
hice por comerme saltó huyendo por entre los barrotes de la ventanita
alta, hace ya más de dos días. El hambre es ya desesperante,
querida tía. No hay ratas ni cucarachas, ¡ni siquiera moscas!.
Las únicas carnes que aquí quedan somos usted y yo, con
la diferencia que usted sigue rosada y rechonchita, como que los muertos
no pasan hambres, mientras que yo soy un esperpento jugogástrico.
Aún
así puede estar tranquila, tía. Tal como le prometí,
los gatos nunca se la comieron, pero yo...
Tía,
¿escuchó alguna vez acerca de la fuerza de la desesperación?.
El hambre, tía, es más poderoso que la locura. ¡Mucho
más!. Y esta cadena no resultó tan sólida como
usted y yo pensábamos... ¡Si viera usted qué fácil
me ha sido romperla!.
Espero
me perdone, tía, pero ya entendí el terco afán
de los gatos hambrientos por entrar en su cuarto.
©Héctor
Domingo 2004