Siempre
que algo parte encuentra una mirada
que lo persigue hasta su último destello.
María Zambrano
Quien
ha superado el miedo puede creerse inmortal;
quien no lo conoce, lo es.
E. M. Cioran.
Ha
escrito Gilberto Triviños un breve y muy interesante
trabajo titulado "La metamorfosis de la muerte en la poesía
de Darío, Huidobro y Parra"(1), y empiezo
citándolo porque me parece un buen contrapunto que contrasta
con la esencia de la novela de Winston Morales Chavarro y porque tomo
de sus citas dos fragmentos que Triviños presenta en un contexto
de tradición occidental matizada con una selección de
textos latinoamericanos: el primero es la frase de Cioran que precede
este párrafo; el segundo, es el fragmento de Amado Nervo que
reproduzco a continuación:
Y
aquel fantasma negro, que miraba temblando
yo antes, blandamente se fue transfigurando...
En la pálida faz del espectro, indecisa
como un albor naciente, brotaba una sonrisa;
brotaba una sonrisa tan cordial, de tal suerte
hospitalaria, que me pareció la Muerte
más madre que las madres; su boca, ayer horrible,
más que todas las bocas de hembras apetecible;
sus brazos, más seguros que todos los regazos...
¡Y acabé por echarme, como un niño, en sus brazos!
"Tanotófila"
Sirven
las dos citas para una primera aproximación, casi en negativo
fotográfico, de lo que supone el texto de un poeta que no abandona
su oficio al abordar la novela, sino que la enriquece con un aura poética
sobre la que más adelante se tendrá que insistir. Winston
Morales Chavarro asume un riesgo claro, se aleja de la tradición
occidental de la muerte, de las representaciones apocalípticas,
del lenguaje del miedo; esta novela nos habla de la muerte, sí,
pero de la vida de la muerte, de una presencia intangible que no ha
de alcanzar definición concreta en tanto no puede ser delimitada.
"Más madre que las madres" para un narrador insólito
muy cercano a ese "niño [que se arroja] en sus brazos".
Silencio
a través de la música, o viceversa
La
música irrumpe en la narración desde el primer momento,
desde la misma cubierta de una obra orquestada con diversos materiales
que se encuentran en un ritmo, con un nombre: Coldplay. Una primera
tentación para el lector, compartir un espacio y un tiempo cifrado
en una música concreta que, por otra parte, no es condición
imprescindible para la lectura. Y no lo es, aunque dibuje rasgos importantísimos
de la muchacha muerta y de su ambiguo narrador, porque el sonido no
lo es "porque sea perceptible [...] el sonido es por la memoria".
Sin embargo, queda abierta la posibilidad de escuchar la música
nostálgica del grupo británico para volver a comprobar
como la música se funde en el silencio, o lo construye, un silencio
medido por recuerdos que configurarán el espacio desnudo de la
morgue.
La
música, por otra parte, guarda una estrecha relación con
los números y los números aparecen explícitamente
en la novela, el tres en especial, no limitado a la simbología
de una cultura concreta, sino abierto a distintas tradiciones y a distintas
percepciones que no pretendo acotar en esta divagación lectora.
Al abordar el texto de Winston Morales Chavarro vuelvo a reconocer mi
reticencia hacia los estudios académicos al uso, hacia las opiniones
fundamentadas en "alguna autoridad" que proponen lecturas
unívocas o que diseccionan un cuerpo vivo en el ejercicio de
autopsias homicidas. Prefiero dejarme llevar, no explicar nada, sino
intentar complementar el texto con sensaciones de lector y no de crítico.
Mientras
leía, entre las sensaciones, tracé una conexión
con "otra" metamorfosis, la de Kafka, a través de dos
lectores con (y en) circunstancias muy distintas: Vladimir Nabokov y
Juan Diego Incardona.
Recordé
a Nabokov por su acertada apreciación de que el número
tres era especialmente importante en La metamorfosis, pero también
por la afirmación "procuro siempre no exagerar el valor
de los símbolos; porque una vez que separamos un símbolo
del núcleo artístico del libro, perdemos todo sentido
de la fruición [...] los símbolos pueden originales, o
pueden ser trillados y estúpidos. Pero el valor abstracto de
un logro artístico no debe prevalecer nunca sobre su vida hermosa
y ardiente".(2)
La
música de Coldplay y la presencia de ciertas cifras en la novela
de Winston Morales Chavarro tienen un indudable valor abstracto que,
por supuesto, no debería prevalecer sobre el conjunto de la obra.
Por
otro lado, Juan Diego Incardona al comparar La metamorfosis
y América señala:
"Creo
que los personajes kafkianos han sido condenados a vagar en la eternidad
por una zona intermedia. La zona que he denominado frontera, línea
de tensión copulativa y disyuntiva a la vez. Y si alguna salida
hubo en estas obras fue la muerte de Gregor Samsa-animal. Sin embargo,
no creo que la muerte sea una salida. Creo que la muerte es la muerte".(3)
La
afirmación final queda atenuada por un "creo que" inevitable
ante la idea de la muerte y ante la intuición de esa "zona
intermedia" en la que no sólo viajan los personajes de Kafka,
sino también los personajes del autor de Dios puso una sonrisa
sobre su rostro. Sin embargo, existe una diferencia esencial entre
esta novela y las obras citadas de Kafka, en aquéllas existe
un viaje, un cambio de estado que implica un proceso temporal; en ésta
el proceso carece de tiempo, su zona intermedia se ubica en el espejo
o en la memoria, la imagen reflejada o transmitida, frontera una vez
más; aunque no necesariamente como lugar de paso, sino como "realidad
al límite, que pone en cuestión el propio sentido de la
existencia", según señala Emilio Ballesteros en una
de las primeras aproximaciones a esta obra.
La
música en la morgue es parte de una memoria colectiva, es un
espacio común en el tiempo suspendido, es el silencio en el límite
de nuestra realidad oscura.
Tres
miradas
A
pesar de lo comentado en párrafos anteriores, es inevitable hacer
referencia al tríptico estructural de géneros que articulan
la narración: monólogo, poesía y epístola.
Los tres modos de escritura son trenzados para expresar realidades complementarias
que señalan puntos de confluencia reconocibles. El monólogo
del protagonista ordena una experiencia propia a través de la
memoria y de un tiempo cifrado en cartas escritas por una adolescente
muerta que contienen, entre otras reflexiones, fragmentos de poesía
inglesa. Los tres géneros implican soledad y unas miradas que
no rehuyen la subjetividad en la expresión. En los tres vive
la muerte y vibra un presente sin solución de continuidad, "lo
que sucede una vez, sucede para siempre", o está siempre
sucediendo. Las tres visiones de la realidad no son la realidad, pero
la realidad está presente en referentes comunes. Neiva es el
destino de las cartas, la ciudad de la morgue, el escenario de la violencia,
la ciudad que tuvo cuatro ríos y ha sido "capaz de destruir
tres".
La
fragmentación en tres géneros para expresar tres formas
de mirar o de abordar lo que se contempla, se amplia en la segmentación
interna y numerada de cada uno de los capítulos, pero las continuas
regresiones, los cambios de escena o las elipsis no se ajustan a la
estructura de los párrafos. La disposición formal recuerda
la relación que se establece entre las distintas obras de una
misma exposición en una galería de arte, piezas breves
cuyas composiciones o tonalidades ofrecen su "impresión"
y al mismo tiempo provocan una "expresión" del conjunto.
Piezas estróficas de un poema mayor convertido en novela, yuxtapuestas
más que subordinadas, de un collage en suspensión armónica.
Los
espejos
Pero
la realidad puede no reflejarse en el espejo, o atravesarlo, puede viajar
al "otro lado". Porque la realidad acaba siendo un múltiple
conjunto de percepciones únicas, una suma de tiempos y de espacios
de engañosa nitidez. Por eso es precisa la mirada "desde
las aguas oscuras de los vidrios", el prisma que descompone la
luz "blanca" en los colores del espectro, esas gotas de lluvia,
aguas oscuras de los vidrios. "Todo eso puede ser la realidad,
pero también un vacío lleno de resonancias":
"Toda
muerte va seguida de una lenta resurrección, que comienza tras
el vacío irremediable que la muerte deja"(4).
El
relato no sólo es un collage de percepciones y de géneros,
sino también una fragmentación medida en instantes refractados
como la luz, unos se reflejan y otros no, pero todos son parte de la
luz blanca y "¿qué es la muerte sino exceso de luz?",
nos dice el protagonista.
La
luz, tradicionalmente, se vincula al nacimiento en ese "dar a luz"
que se "completa" en la oposición de esa mano que cierra
los párpados del muerto. Pero dice María Zambrano: "sólo
da vida lo que abre el morir"(5), y Winston Morales
Chavarro no pone o quita luz, abre los ojos, mira con atención,
propone reflexionar serenamente. El "exceso de luz" no es
paradoja, es una nueva invitación a revisar nuestras ideas sobre
lo verdadero, porque "la nueva verdad se encuentra en los límites
de lo inteligible"(6).
Hablar
de la muerte, citar a María Zambrano, parece sugerir un entorno
filosófico concreto, no es así. La novela avanza con un
tema central controvertido, pero no deja ser novela en ningún
momento. Las reflexiones del protagonista abren paso a una trama que
atrapa al lector, por sus interrogantes, pero también por la
multiplicación de la vida en los espejos, o de la muerte a través
de ellos.
Cotidiano
mundo extraño
Dejo
la ambigüedad de los personajes y de sus acciones intacta para
el lector. La omnipresencia e intangibilidad del protagonista nos conduce
a "un estado de conciencia", son palabras del propio autor.
La preponderancia del sentido de la vista nos habla de un mundo de imágenes
capturadas por una cámara fría que lo recorre todo con
su objetivo implacable en medio de un silencio impuesto por el volumen
de la música. Los auriculares nos aíslan parcialmente,
descontextualizan la visión, seccionan la realidad.
En
1912 aparecía Morgue y otros poemas, de Gottfried Benn,
rotura espiritual de una tradición clásica y humanística
a manos de un expresionismo que cuestionaba definitivamente los conceptos
tradicionales de belleza o de verdad. El arte ya había iniciado
mucho antes su alejamiento de la estética decorativa que imponía
el mundo burgués, pienso en las pinturas negras de Goya, también
en sus Desastres de la guerra. Gottfried Benn veía publicado
su libro dos años antes de la primera gran guerra del siglo XX,
pero la guerra ya estaba en el ambiente. En "La novia del negro"
se percibe esa cámara fría que recorre la morgue de Neiva:
Y
ahí, sobre cojines de sangre oscura, descansaba
la nuca rubia de una mujer blanca.
El sol le ardía en los cabellos,
ascendía lamiéndole los muslos blancos,
se arrodillaba ante sus pechos más morenos,
todavía no desfigurados por vicio y partos[...](7)
No creo que la sugerente novela de Winston Morales Chavarro, abierta
a mil lecturas, pueda separarse del contexto bélico que asola
no sólo la vida colombiana, sino también otros muchos
frentes abiertos en esta fragmentada y continua guerra de guerrillas
que es el terrorismo internacional. No se trata de una novela sobre
la guerra, sino sobre la vida (o la muerte, si se quiere diferenciar),
pero el estado de conciencia que late en sus líneas tiene mucho
que ver con este ciclo bélico. El de un mundo en un tiempo suspendido
que deberá revisar las periodizaciones, porque el Romanticismo
no ha concluido todavía, Dios puso una sonrisa sobre su rostro
es una obra romántica —en el mejor sentido literario—,
rebelde y llena de sugerencias, con algunos trazos rotos que, sin duda,
la hacen aún más humana, más interesante.
Para
concluir esta breve e incompleta suma de sensaciones incluyo un fragmento
de "Nada hay que lamentar", poema de Gottfried Benn escrito
en 1956, del que transcribo la segunda mitad. Por supuesto, será
imprescindible que lean la novela de Winton Morales Chavarro, después
hablamos...
Llevamos
en nosotros la semilla de todos los dioses,
el gen de la muerte y el gen del deseo:
quién las separó: las palabras y las cosas,
quién los mezcló: los tormentos y la cama
sobre la que estos encuentran su fin, madera con arroyos de lágrimas:
por unas horas, hogar miserable.
Nada
hay que lamentar. Demasiado lejos, demasiado extenso,
demasiado inasibles la cama y las lágrimas,
ni sí ni no,
nacimiento y dolor del cuerpo y fe,
un borbotar sin nombre, un deslizarse fugaz,
algo supraterrenal, que surgió en sueños,
conmovió la cama y las lágrimas...
¡Duérmete!
NOTAS
(1)Triviños,
Gilberto. "La metamorfosis de la muerte en la poesía de
Darío, Huidobro y Parra". Disponible en:
http://www.uchile.cl/cultura/parra/estudios/metamorfosis.html
(2)Nabokov,
Vladimir. Curso de literatura europea. Barcelona: Ediciones
B, 1987.
(3)Incardona,
Juan Diego. "América y La metamorfosis:
Dos viajes kafkianos hacia la frontera". Disponible en:
http://www.eldigoras.com/eom03/2003/tierra19jdi05.htm
(4)Zambrano,
María. El hombre y lo divino. México: FCE, 1973.
(5)Zambrano,
María. Claros del bosque. Barcelona: Seix Barral, 1977.
(6)Zambrano,
María. Hacia un saber sobre el alma. Madrid: Alianza
editorial, 1987.
(7)Benn,
Gottfried. Antología poética. Edición
bilingüe de Arturo Parada. Madrid: Cátedra, 2003.