Hay
textos que proceden de una idea, otros de una vivencia que pudo ser
tangible o dibujada por los pinceles imprecisos de alguna percepción
tan extraña como interna; y todo texto puede ser un fragmento
"dilettante" que acaso no pretenda (o con el que acaso no
se pretenda) un entretenimiento sino un encuentro. El fuego acaba en
cenizas y engrandece los posibles restos, el tiempo nos deja ruinas
y vestigios. Así el fragmento, fragmentado, pierde entidad, pero
adquiere la fuerza de lo oculto, la evocación del secreto. Alguien
o algo se esconde en ti o en él. Todo pronombre acaba siendo
un resto, especialmente cuando la anáfora ha quedado truncada,
cuando la "realidad" ya es otra y en la memoria se funde y
se confunde lo vivido o lo soñado con lo sentido o lo inventado.
Continuamente nos transformamos en un "otro" que apenas lograremos
reconocer o descubrir, pero que siempre podremos reinventar.
Primero
(fechado en un impreciso junio, de principios del siglo XXI, posiblemente)
"Algunos días una cuerda del violín se rompe y ahorca
nubes".
Sé algo de cosas muy variadas, y no puedo estar seguro de que
escribir me favorezca, pero en mi tozudez me empeño en seguir
pensando que no puedo hacer otra cosa, cuando, posiblemente, sea sólo
mi escritura una tabla de náufrago, otra nube confusa [...ilegible].
[...]
Me
preguntas si estoy cabreado, más como afirmación que como
duda, y te digo que no, y se me agolpan palabras, sentimientos, pensamientos,
memorias; y empuja todo por salir y al mismo tiempo se retienen, pero
escapan en fricción de una lucha, y no pueden ser fieles y traicionan
el impulso porque no quisieran herir, pero fácilmente acabarán
lastimando.
Por
eso decido escribir y lo hago tomando una imagen que ya cumplió
y pasó los veinte años, ¿cómo podría
uno aspirar al más discreto espacio del Parnaso si no puede superar
sus frases de juventud?, pero escribo, sin dirección concreta,
sin rumbo conocido.
Las
nubes y las ilusiones caminan juntas, no sirve la sustitución,
no se trata tampoco de una simple metáfora, sin embargo, es curioso
ver como unas pasan, otras se desvanecen y las más acaban deshojándose
en gotas ¿saladas?
Uno
no sabe, tal vez nadie lo sepa, con qué frágiles materiales
se construyen los mundos del sueño, del deseo, de la necesidad,
del afecto. ¿Qué diferencia existe entre el hilo de seda,
la cuerda del instrumento, la soga del suicida? ¿Es el grosor
o la oportunidad? ¿Está, acaso, en la mano del artesano
o en la de quien espera?
¿Qué
me duele? Pensar en el dolor no es fácil, porque el dolor se
siente.
Es
preciso agitar el saco de palabras, buscar entre los huecos, tejerlas
como un guante, como el zapato único que a un solo pie responde;
aunque, como bien se sabe, las princesas son esquivas y los zapateros
no gozan de sangre real.
Si
la acción no es voluntaria, no existe la culpa, a pesar de que
exista la consecuencia, por eso quien se duele del daño involuntario
no puede odiar y en el dolor se encierra corriendo el riesgo de la satisfacción
oscura que puede producirse en los destierros. Onanismo mental y masoquista
de quien en el rechazo encuentra identidad. La recurrencia nos modifica,
las rutinas se acaban haciendo necesarias, nos domestican. La medida
repetición se convierte en música, pero el silencio nos
devuelve nuestra condición irracional.
Hablo
de la necesidad. Del afecto como un hilo de seda o como cuerda de violín.
De la música extraña entre dos seres y no entre dos cuerpos;
aunque el amor se parezca y el sexo se parezca, no hablo de ellos, sino
de la amistad.
Y
hay palabras que son tan arrogantes que enturbian los poemas, sirven
para otras cosas o sirvieron, ¿quiénes somos ahora?
Si
te digo lo que espero rompo tu libertad, el río canalizado ya
no es río sino artificio sin sorpresa. Uno se duele no por la
acción sino por la omisión y, entonces, está perdido
en su propia fragilidad, en el quebradizo armazón del propio
sentimiento. Por eso no puedo estar cabreado contigo y mi dolor, personal
e independiente, tiene raíces ajenas a ti, el desencadenante
no es la causa, el detonador no es el explosivo.
Ahora
sólo pretendo que comprendas que necesito espacio, reconstruir
las nubes y reparar la cuerda, eso requiere un tiempo que, increíble
doctor, según se dice, todo lo cura.
Segundo
(julio ¿del mismo año?)
[...]
y ahora me sirvo un vaso de tu whisky, miro las vetas ambarinas creadas
por el hielo, las contemplo en tu mirada, cuando te sorprendían,
allí donde las cifras engañaban a la suerte o aliviaban
el ansia del olvido.
Recuperar
el tiempo, abrirse a la memoria en un color o en un aroma, volver a
los sentidos en las vetas, como betas de cáñamo, bramante,
cuerda otra vez para trenzar los sueños.
Y
en el whisky me dejo adormecer mientras escribo palabras que deshagan
las palabras, sonidos que no son sino en la mente, o que serán
sólo en la voz de lo callado para volver a ser en su sonido.
Nota del transcriptor:
La grafía, que sin duda es una firma, al final de los dos manuscritos
parece una "X" seguida de un punto, aunque también
puede tratarse de una "J".
©Francisco
Javier Cubero