A
Yamila Begne...
Podía
cerrar los ojos, tener imaginación, soledad, hambre,
ansiedad, tristeza, remordimientos, culpas. Paisajes montañosos,
tierras desconocidas y árboles desnudos. Desesperado, furioso,
queriendo adoptarme a cualquier cosa, un desierto, el nombre de un animal,
alguna mentira. Piedad. La quietud y yo corriendo tras ella, escribiendo;
la otra, muerta de un cuchillazo. No estaba loco, no quería estarlo,
tampoco morir y ser un mártir después. Corriendo, escribiendo,
pensando en ella, en mí, corriendo, escribiendo. No me estaba
mintiendo. Tenía esperanzas, vida, un escritor. Danzaba, música,
solo, la cumbre, una montaña. No el miedo, no el fracaso, no
la generación, no el horrible, no la pereza, no el olvido, no
el mío. Corriendo, escribo. Los libros, la vida que he perdido.
No me arrepiento, estoy escribiendo. Silencio. No hay nadie, son montañas,
no hablan ni miran, tienen sombras. Huía. ¿De qué?.
No me puedo juzgar, verme como todos quieren que me vea, volviendo a
casa... ¡MI CORAZÓN ES UNA PIEDRA!. Son montañas
y no pueden escucharme, como todos quieren que me vea. Corro, es difícil
sentir que estoy escribiendo. Mi corazón, piedra.
Después de todo me he refugiado
siempre detrás de una palabra, mis sentimientos, mi odio, hasta
una sonrisa. La locura no se esconde, mi odio, hasta una sonrisa. En
una palabra como los payasos, la palabra, yo, mi rostro. Escribía,
¿si?, una palabra, me escondía. Nadie podía verme,
como todos querían tampoco. La palabra era grande, lo suficientemente
fuerte para protegerme y quitarme de encima una vida vulgar. ¿Qué
otra vida había para mí?. La verdad, una mentira. Una
palabra me escondía, eso fue todo y simple al fin y al cabo.
Algunos pensaban un hombre con suerte, privilegiado, que querían
estar en mi piel. Sin embargo, sólo eran montañas, alrededor,
no hablaban ni miraban, tenían sombras. Y si todos hubiesen querido
correr, escribiendo, estar en mi piel, pues entonces yo no existiría.
No estaría acá, en las montañas, sino en otra parte
queriendo estar en la piel de todos esos. Pero mi destino fue distinto
al tuyo, no me siento culpable, responsable, arrepentido. ¿Lo
elegí?, no lo sé. No pude, parte de un mundo, del todo
humano, existencia ni tiempo. Las ilusiones me fueron partiendo, inalcanzables
mujeres, inconsciente. Así fue que me fui volviendo misterioso,
enterrado entre los encierros y lejos. No tantos mares, inverosimilitud,
batalla, si en una traición me quedé pensando, meditando
la montaña. Me fui hacia adentro, por poco la muerte, entonces
fueron todas las historias que se conocieron, las peleas libradas, pasiones,
amores, rostros que estuvieron, conflictos, hechos y sus destinos, las
personas, palabras, me escondía, no miedo ni iba a llorar nunca...
aquello, mi imaginación, donde yo quise quedarme por temor a
ser una mortalidad austera y sorda, por miedo al silencio de todos los
días y a un futuro tan igual a su pasado; entre personas que
jamás existieron, corría escribiendo.
¿Pero por qué quise inventarme
y escribirlo todo?. No un escritor, sino sentir, abandonarme, irrealidad,
ser Gualasick Jarmoluk, una vida propia. Y ahora que los últimos
ocasos vinieron a buscarme, no me siento. La muerte no sólo le
llega a los mortales, sino también a los inmortales y a todos
los personajes que se inventan. Todo se muere y se melancoliza al igual
que la desembocadura de un río. Se sueña, se forma en
algo, una utopía, resurrección, lo que añadimos
todos al final alcanzar, un pasaje de la Biblia: El lobo vivirá
con el cordero, el leopardo se echará con el cabrito, y juntos
andarán el ternero y el cachorro de león, y un niño
pequeño los guiará. La vaca pastará con la osa,
sus crías se echarán juntas, y el león comerá
paja como el buey. Jugará el niño de pecho junto a la
cueva de la cobra, y el recién destetado meterá la mano
en el nido de la víbora. ¿Regresar entonces?, ese artista
que yo quise ser, de narrarlo, este mundo inventado, una cosa perfecta,
justa a mis ojos y, que al final hubiese sido la magia de una cerilla
encendida frente a mi rostro brotado de infancia, mi querido pasado.
¿Pero por qué la necesidad
de una inspiración, de una mujer a quien amar?... Fue por creer
en alguien, no se podía imaginar, en alguien que creyera en mí
también. Fue para conseguir fuerzas, voluntad de perseguir una
imagen hasta alcanzarla, de rezarle y confesarle mi alma. Sin embargo,
aún no la he vuelto a ver, todavía no la he encontrado,
a pesar de haberme hallado en los ocasos de mi existencia, persiguiendo
sus pasos tras los lejanos montes, los horizontes, las arenas, los sueños
y la libertad. Quería que me viniese a buscar, que no se olvidase
de mí aunque fuese vestida de muerte. Yo la quise. Entonces extendí
mis brazos lo más lejos posible de mi cuerpo y un grito me acompañó
desde lo más profundo de mi voz; era ella que no estaba tan lejos.
Las montañas, no se escriben, tienen sombras, el paraíso,
no te quedes solo tampoco, fui corriendo a su encuentro, al tuyo, casi
escribiendo.
©Damián
Wlasic