Días
pasados, y cuando era casi de noche, un joven se preparaba
para recibir a un amigo que no veía desde los años de
la infancia. Su conciencia había seleccionado una serie de recuerdos
para que tuvieran tema de charla en esa ocasión: estaban algunas
noches en las que él había dormido en casa del amigo;
la vez que se bañaron juntos, en la misma bañadera, aunque
de a uno, antes de ir a cenar; y, entre otros más, estaba el
de la limpieza de leones en el Jardín Botánico.
El
proceso del recordar hacía meses que lo obsesionaba. El pasado
le venía a la memoria cuando se expresaba libremente, en el diván
del psicólogo; pero sobre todo aparecía cuando se sentaba
a escribir, que es lo que está haciendo ahora. Esa noche sentía
el absurdo deseo de revivir la inasible imagen de su amigo. Su aparición
reforzaría la teoría que lo impulsaba a escribir: los
recuerdos de uno poseían mayor verosimilitud si eran capturados
cuando estaban entremezclados con los de otro.
Esa
misma tarde un diputado había pedido la rectificación
de unas declaraciones que, sin duda involuntariamente, se le atribuían
en la entrevista publicada en el diario del domingo. Su infancia no
había sido ni “triste”, ni “somnolienta”,
ni “tortuosa”, como el periodista le hacía decir.
El jefe de redacción lo mandó llamar y le reprochó
el descuido, pero el incidente no pasó a mayores.
Poco
antes de que llegara su amigo Rafael -así se llamaba- recorrió
el departamento. Había un gran desorden, pero eso crearía
un clima íntimo, propicio para rememorar. Acomodó los
pocos almohadones que tenía y encendió la estufa. Pensaba
en la emoción de sentarse a conversar del pasado. A pesar de
que la última vez que había hablado con un condiscípulo
de los tiempos de la escuela sus recuerdos se habían escondido
entre la maraña de imágenes ajenas, tornándose
huidizos hasta desaparecer, él confiaba en que el horror que
sintió en ese momento no volvería a repetirse.
Así
su conciencia atrapa recuerdos felices. Repasó el del Jardín
Botánico (era éste uno que quería mucho; como hasta
entonces no le había encontrado utilidad lo había empezado
a estudiar con la intención de escribir un cuento a partir de
él). Cuando Rafael y él tenían diez años
empezaron a pensar en trucos que les permitieran ganar dinero fácilmente.
Una de las primeras cosas que se les ocurrió fue ayudar a la
hermana de Rafael en la confección de carteras de cuero. Tenían
que agujerear con un punzón los bordes inferiores de las láminas
que ella iba recortando; después se pasaban tientos por los agujeros
y quedaban unidas ambas caras. Las carteras quedaban como cuadriláteros
en cuyos bordes la hermana hacía unas guardas muy lindas. Pero
al tiempo se aburrieron de esa tarea. Una tarde que pasaban frente a
la entrada del Jardín Botánico en colectivo sobrevino
otra idea. Desde la última ventanilla vieron una escalera ancha,
que arriba, a los dos lados, tenía unos leones negros de metal
con una bocha entre las patas. A él se le ocurrió que
podrían ofrecerse para limpiar todas las estatuas del Botánico
con un líquido limpiametales que había visto en su casa.
Comprarían varias botellitas y hablarían con las autoridades
del parque. Cobrarían poco y por unidad. Calculó que la
limpieza de cada estatua podía demandarles una media hora; a
razón de veinte por fin de semana en un mes obtendrían
una buena ganancia.
Llegaron
a su casa tan excitados que apenas entraron fueron a buscar el Brasso
para dejar brillantes todos los adornos de bronce del living y también
la base de una lámpara de mesa, que era el cuerpo de una mujer
vestida con una especie de túnica griega, muy corta, cuya rodilla
estaba apoyada sobre la cabeza de un águila.
El
proyecto fracasó -así lo recordaba ahora- porque ni la
mamá de él ni la de su amigo quisieron invertir capital
en el Brasso que necesitaban comprar para limpiar una estatua de muestra.
En
esa ilusión estaba cuando sonó el timbre. Desde que habían
dejado la escuela primaria no se veían. Al abrir la puerta le
sorprendió no verlo cambiado en absoluto.
-Hola...
Je... -dijo el amigo dándole la mano. ¿Así que
éste es tu departamento?
Lo
hizo pasar y le mostró la cocina, el baño y la habitación.
Después se sentaron junto a la estufa y empezaron a charlar.
Ahora Rafael estudiaba ingeniería y deseaba dedicarse a la música,
aunque todavía no estaba seguro de si ésa era su vocación.
A él le vino un recuerdo. El de su amigo sentado al piano vertical
que había en el living de su casa, moviendo las manos sobre el
teclado a una velocidad asombrosa. Tocaba algo, pero en su recuerdo
la imagen era muda. La hermana de Rafael entraba y se sentaba a su lado
en la banqueta. Ahora había cuatro manos sobre las teclas de
marfil; se entrecruzaban; parecía que las manos de la hermana,
que estaba a la derecha, quisieran escaparse por el lado izquierdo del
teclado.
-¿Te
acordás de Fineli? -La voz de su amigo lo devolvió al
presente-. Nos vemos casi todos los días ahora...
-¿Sí?
¿Qué cuenta?
-Entró
a la facu conmigo. Somos compañeros.
-Mirá
vos. Yo el otro día me acordaba de cuando éramos chicos.
¿Te acordás?
-Sííí.
Con Fineli siempre íbamos a la Rural a pedir calcomanías.
En
la habitación de Rafael siempre había calcomanías
pegadas en la pared.
-Las
pegabas en la pared después, me acuerdo -dijo él. Tenías
una propaganda de Wados también...
-¿De
Wados?
-Un
afiche que venía con las letras recortadas, sí. Me acuerdo
porque me gustaba mucho y te lo quería afanar.
-¿Sí?
Je. ¡Cómo te acordás, eh!
-Y,
fui a dormir tantas veces...
-Claro.
En
el silencio posterior su conciencia aprovechó para revivir una
fantasía. A la noche, cuando se dormían, él empezaba
a pensar en la hermana de su amigo, que tenía quince años.
En su imaginación, pasada la medianoche, ella golpeaba la puerta
del cuarto y lo llamaba. Él se levantaba tratando de no hacer
ruido y la seguía hasta su pieza. Ella estaba en deshabillé.
Pero su imaginación no lo hacía llegar más que
hasta la puerta de la otra habitación. Nunca se animaba a hacerlo
entrar.
-¿Te
acordás de cuando hacíamos carteras con Rosita? -Preguntó.
-Me
acuerdo de Monges, el maestro de cuarto grado.
-¿Cómo
de cuarto? ¿En cuarto no tuvimos a la señora de Vega?
-No,
ésa la tuvimos en quinto. Monges era el de los ojos azules, que
te cagaban de miedo.
Entonces
sintió que los recuerdos de su amigo empezaban a llenar el departamento.
Salían de su boca y se agarraban a las paredes; podía
sentirlos respirar y cruzar al lado de la estufa sin quemarse. La cara
de su amigo le pareció muy blanca, y se preguntó si él
también tendría el mismo aspecto cuando hablaba de cosas
de la niñez.
El
proceso interior se había interrumpido. Pero lo que pasaba era
diferente a otras veces. No era razonable que quienes habían
tenido un pasado común tan estrecho no pudieran recordar las
mismas cosas. Haciendo un gran esfuerzo apeló a la reserva de
los últimos días.
-Acá
estoy cerca del Botánico -dijo.
-Y
de la Rural también, sí. Con Fineli seguimos yendo cada
tanto. ¡Qué tipo macanudo, ni te imaginás! Sigue
tan divertido como cuando éramos pibes. Como ese día que
fuimos a pedir calcomanías a un stand, ¿te lo conté?
Bueno, resulta que la chica se había ido dejando el stand vacío,
¿no? Entonces el loco va y se agarra un toco como de veinte calcos.
De vacas eran. De Heresford, de Shorton... Entonces, no lo imaginás,
apareció la chica. Yo justo había metido la mano para
llevarme algunas y, je, se cayeron todas a la mierda. ¡Qué
cagazo! Je. Todavía me quedan algunas en casa...
-¿Pero
te acordás también de cuando ibas a ir conmigo a limpiar
los leones del Botánico con Brasso?
-¿Los
qué?
-Los
leones... En el Botánico...
-¿Qué
leones?
-Los
de metal. Que teníamos el Brasso y todo, pero no pudimos hacerlo
porque nuestras viejas, de puro tacañas, no nos bancaron para
comprar más.. .
-Bueno,
no... Mirá, la verdad que no...
-¡Pero
no puede ser! ¡Hacé memoria! ¡El Brasso, che, ese
líquido para limpiar metales que usan los porteros!
-Sí,
sí. Todo lo que quieras. Pero de que limpiábamos leones...
-Íbamos
a limpiar.
-Sí,
sí. Pero no. Lo siento, che. No, la verdad que no me acuerdo
ni medio de eso. En cambio de las vaquitas en la Rural...
Siguió
hablando durante un rato. Hasta que en un momento, sin que él
lo viera levantarse, agarró los cuadernos que había dejado
sobre la mesa y le mostró los ejercicios matemáticos que
le enseñaban a resolver en la facultad.
-Pura
lógica, mirá. Nada de imaginación. Exactitud al
cuadrado. Lindo, ¿no es cierto?
Sus
recuerdos se habían replegado como un caracol en su concha. Y
la baba que habían dejado en su conciencia se fue secando de
a poco. Antes de perderlos por completo atinó a preguntar:
-¿Y
Rosita? ¿Qué es de su vida?
-Se
casó, ¿no te dije? Dentro de unos días voy a ser
tío.
La
verdad que a los recuerdos míos les copa meterse entre el montón
de imágenes que salen de la boca de otra gente. Si yo estoy conversando
con alguien que también recuerda, me resulta refácil cazarlos
por las alas. Aunque el asunto ese de que el tipo esté recordando
al mismo tiempo que yo, al principio un poco a mis recuerdos los asusta,
haciéndolos rajar de mi conciencia, igual siempre puedo agarrarlos
después de nuevo.
Los
otros días, a primeras horas de la tarde, me encontré
con un pibe que no veía hacía mil. Era (fue) mi mejor
amigo. Yo dormí en su casa muchas veces y una vez nos bañamos
juntos, en la misma bañadera, antes de ir a cenar. Mi conciencia
había estado preparando una pila de recuerdos para la ocasión.
Si hasta me hizo ponerme a escribir algunos (porque yo escribo) en hojas
de papel.
Antes
de que apareciera mi amigo di unas vueltas por el depto. Estaba todo
hecho un quilombo, pero pensé que eso iba a crear un clima lindo,
piola para que nos acordáramos de nuestras cosas de pibes. Lo
único que hice fue acomodar los almohadones y encender la estufa.
Cuando estaba en eso mi conciencia agarró recuerdos como mariposas
(¡qué buena imagen!). Disfruté acordándome
de nuevo de la limpieza de estatuas en el Jardín Botánico.
Fue
un día que pasábamos con mi amigo en cole frente al Botánico.
Él dijo que por qué no nos poníamos a limpiar todas
las estatuas del parque. Yo le dije que era un delirio, pero en cuanto
me empezó a contar de un líquido limpiametales que había
visto en su casa, me convenció. Cuando llegamos a la casa de
él estábamos tan excitados que nos mandamos derecho a
la piecita de servicio a buscar el Brasso (que era la marca), con la
sana intención de dejar brillantes todos los adornos del living,
incluso la base de una lámpara de mesa, que era el cuerpo de
una mujer fuertísima, vestida con una especie de mini, que tenía
la rodilla en la cabeza de un pájaro.
Sonó
el timbre. Era mi amigo. Me alegró descubrir que no había
cambiado en nada. “Hola... Je... -dijo chocando los cinco. Así
que éste es tu bulín, eh...” Nos tiramos al piso
y empezamos a charlar. De repente me acordé de cuando mi amigo
tocaba el piano con la hermana. Ella estaba muy buena y siempre usaba
unas minis que me volvían reloco. Le veía las patas cada
vez que apretaba los pedales del piano y no sabía dónde
meterme. Todo como en una película muda, pero me parece que tocaban
una canción de Los Beatles, Luci in de escai güid diamonds
o alguna otra de las delirantes.
“El
otro día me acordaba cuando éramos pendejos”, le
largué de golpe. Porque me había acordado justo de la
pared de corcho en donde él clavaba sus calcomanías con
alfileres. “Tenías unas calcomanías buenísimas
clavadas en el corcho, ¿te acordás?, no te gustaba pegarlas
en las ventanas para no arruinarlas, qué tipo.” Puso cara
de nada. “La que a mí más me gustaba era una de
Wados”, seguí diciendo. Y él dijo: “¿De
Wados?” “Sí, ésa que venía con las
letras recortadas y en relieve. Que en realidad no era una calcomanía,
sino un afiche, ¿no?” “Qué memoria, viejo”,
dijo él. “Y, loco, son años...”, le contesté.
Cuando
nos quedamos callados me vino una fantasía. A la noche, cuando
nos apoliyábamos, a mí Rosita me empezaba a dar vueltas
en el mate. De golpe me la hacía abriendo la puerta y entrando,
con su camisón celeste que me ponía reloco. Me sacaba
las colchas, las sábanas, y se metía adentro conmigo.
Entonces se ponía a desabrocharme los botones del piyama. Pero
hasta el pantalón no más. Ahí paraba y se mandaba
con la cabeza para abajo. Era un delirio. Después se levantaba
y salía.
“¿Te
acordás de cuando hacíamos carteras con Rosita?”,
pregunté. “Más me acuerdo de Monges, el troesma
de cuarto”, dijo. “Menos mal”, pensé yo, pero
dije: “¿Cómo Monges en cuarto? ¿En cuarto
no tuvimos a la señora de Vega?” “No, viejo, ésa
la tuvimos en quinto recién. Monges estaba en cuarto, era el
que nos cagaba de miedo con los ojos no más. ¿Cómo
no te vas a acordar?” No sé por qué en ese momento
se me dio por pensar boludeces. Le miré la cara. Blanquísima,
como de muerto. Se me ocurrió si yo tendría la misma facha
cuando escribía las cosas de mi niñez. “Acá
estoy cerca del Botánico”, dije para cambiar de tema. “Sí,
claro, y también estás cerca de la Rural”, dijo
él. “Con Fineli... ¿Te acordás del flaco
Fineli? El alto, el preferido de la señorita María...
Bueno, con él íbamos siempre a la Rural a pedir calcomanías...
Hacíamos cada despiole...” “¿Y voz te acordás
de cuando estuvimos por limpiar los leones del Botánico con Brasso
vos y yo?”, le largué. Y él contestó: “¡Pero
cómo no me voy a acordar! ¡Qué época linda
pasamos juntos, eh!”
Así
de macanuda venía la charla y de pronto se ve que no me la pude
bancar. Digamos que me boicotié. Por qué se me ocurrió
preguntar: “Y Rosita, ¿cómo está Rosita,
che?” No sé. La cosa fue que mi mejor amigo agarró
y me contestó, con total desparpajo, qué bestia: “Se
casó, ¿no te dije?” Y a mí, qué le
voy a hacer, lo de después me dolió como el tiro de gracia.
“Con Fineli”, dijo, “¿no te dije?”
Los
recuerdos míos son como mariposas. Sentado frente a la máquina
de escribir los detecto; palabra tras palabra me acerco sigilosamente
a ellos; y cuando estoy a punto de atraparlos, en una frase feliz, o
entre dos puntos, salen volando. No hay red lo suficientemente fina
que me permita retenerlos.
A
veces, cuando los veo agitarse nítidamente sobre una anécdota
casual que ha evocado mi memoria, siento la urgente necesidad (o quizás
no sea más que el hábito) de sentarme a la máquina
de escribir y registrar los detalles más insignificantes que
describan el ambiente donde aparecieron.
La
escuela (y todos los personajes y situaciones relacionados con la escuela)
es uno de los lugares preferidos por mis recuerdos para dejarse ver.
A sabiendas, he colocado este cebo en mi imaginación. Casi logré
retener algunos recuerdos en mis hojas de papel con este método.
Les clavaba vocales y consonantes como si fueran alfileres y me iba
a dormir satisfecho, sintiéndome un poco menos solo. Pero a los
días releía lo que había escrito y las oraciones
carecían de toda sugestión y vida. Era inútil tachar
párrafos y párrafos o romper las cuartillas con la infantil
esperanza de que, al reescribir las anécdotas más tranquilo,
reaparecerían los recuerdos.
En
los primeros tiempos de esta búsqueda, sin embargo, cuando todavía
confiaba en el poder evocador de la palabra, logré avances alentadores.
Utilizando los recuerdos como material literario fabricaba para ellos
un prado ficticio donde podían volar a gusto; ellos saltaban
de situación en situación disfrutando de mi creatividad;
yo me sentía feliz.
Conociendo
esta debilidad fue que decidí escribir sobre mi amigo Fineli,
la señorita María y algunos de los compañeritos
que tuve en mi tercer grado de la Escuela Número 1 del Distrito
Escolar Primero “Juan José Castelli”. Pensaba que
el cebo retendría a mis recuerdos lo bastante como para poder
clavarlos por las alas.
“¿Cuándo
-cuándo exactamente- empezamos a ser amigos con Fineli?”.
Esto decía la primera oración que escribí. Enseguida
recordé que el hecho había sucedido en los primeros meses
del año lectivo. Poco antes del 25 de mayo yo dibujaba un Cabildo
Abierto en mi cuaderno forrado con papel araña azul. Estaba coloreando
las escarapelas de los criollos que repartían French y Beruti
cuando el chico que se sentaba atrás mío me pegó
una trompada en la espalda. “Pase y no vuelva”, dijo con
aire inocente.
“¿Cuándo
-cuándo exactamente- empezamos a ser amigos con Fineli?”,
me pregunté. Recordé sin demasiado esfuerzo que ya éramos
amigos para el mes de mayo. Mi memoria ubicó un momento exacto.
Poco antes del día 25 yo estaba pintando con témpera aguada
un enorme criollo de telgopor. La señorita María nos había
dejado solos en el aula mientras controlaba la escenografía que
había preparado en el salón de actos. Yo coloreaba cuidadosamente
el mango del paraguas de mi criollo de telgopor cuando el chico que
se sentaba atrás me pegó una trompada en la espalda. “Pase
y no vuelva”, dijo con aire inocente. El golpe hizo que la plancha
de telgopor saltara y la témpera marrón salpicó
la galera. Cubrí las manchas de la galera con témpera
negra, que saqué directamente del pomo. Entonces el chico de
atrás se plantó delante de mi banco y empezó a
burlarse de mí. Ignorándolo, volví a mojar el pincel
en la huevera. El chico agarró la plancha de telgopor por el
borde y la agitó bruscamente. La huevera voló por el aire:
Mi guardapolvo se llenó de manchas marrones.
Cubrí
la mancha de la galera con témpera negra. El chico de atrás
entonces se paró delante de mi banco y dijo a quién se
le puede ocurrir usar una huevera de plástico en vez de una paleta.
No le contesté y volví a mojar el pincel. Él apoyó
sus manos sobre el borde de la plancha de telgopor que sobresalía
de mi banco y la hizo vibrar bruscamente. La huevera salió despedida
contra mí, manchándome el guardapolvo y los pantalones.
Pero lo que me hizo sentir peor fue ver que mi pincel había trazado
una raya de témpera inocultable a lo ancho de mi trabajo. Recordé
que la señorita María iba a elegir los criollos de telgopor
que estuvieran más prolijos para colocarlos frente al Cabildo
el día del acto.
Fineli,
que estaba ayudando a la señorita María, entró
por casualidad al aula y alcanzó a ver la escena. “No molestes
al nuevo, che”, dijo. Percibí una mirada de protección
de parte de mi amigo. “¿Qué? ¿Buscás
camorra?”, dijo el otro. “Te espero en la Fray Mocho”,
respondió Fineli. El chico no siguió molestándome
y a la salida de la escuela caminé junto a Fineli rumbo a la
placita de la vuelta, donde se habían reunido todos los chicos
del grado para ver la pelea.
(Recuerda
con especial cariño esta escena. El Cabildo que la señorita
María hizo fabricar en cartón era tan grande que, el joven
recuerda con cariño ese Cabildo de cartón que fabricaron
los alumnos de séptimo grado: era gigante.)
Fineli,
que ayudaba a la señorita María en la escenografía,
entró a buscar una caja de clavos. Viendo que el otro chico me
molestaba, gritó: “¡No lo hinches al nuevo, che!”.
Percibí una mirada de protección por parte de mi amigo.
“¿Qué? ¿Buscás camorra?”, dijo
el otro. “Te espero en la Fray Mocho”, respondió
Fineli valientemente: Y tan inmediatamente que me asombra recordarlo.
El chico dejó de molestarme y a la salida caminé junto
a Fineli rumbo a la placita de la vuelta. Media escuela se había
reunido para ver la pelea.
Después
de escribir este momento me acosté satisfecho, sintiéndome
un poco menos solo. Pero a la mañana siguiente releí los
párrafos y los hallé vacíos, carentes de toda sugestión
y de vida. Rompí las hojas y volví a escribir otras anécdotas
con la infantil esperanza de que, convocando escenas más plácidas,
me sentiría mejor.
Un
día Fineli me invitó a dormir a su casa. Acababan de pasar
las vacaciones de julio y la idea de reencontrarme con mi amigo me entusiasmaba.
Apenas entré a su casa me llamó la atención la
vista que había desde los tres balcones y desde la terraza del
departamento. Era la primera vez que estaba en un edificio tan alto.
La pieza de mi amigo era chiquita como la mía, pero quedaba abajo
de la escalera que iba a la terraza y eso le daba un aspecto de cueva
de piratas. Antes de comer fuimos a bañarnos. Yo me entretuve
viendo cómo se llenaba la bañadera mientras Fineli me
contaba de sus andanzas por Gualeguaychú con un chico cuyo nombre
no recuerdo, a quien había invitado a pasar las vacaciones con
él. Mi amigo se metió en el agua y salió enseguida,
casi sin enjabonarse. Yo me recosté y jugué a capturar
el jabón que resbalaba en el agua tibia. Después de lavarme
los brazos y el pecho me paré para enjabonarme las piernas apoyándolas,
una por vez, en el borde de la bañera. “¿Qué
estás haciendo?”, me preguntó Fineli. “Me
lavo las piernas, ¿no ves?”, dije yo. “Pero si podés
lavarte igual quedándote sentado.” “No”, respondí
muy seriamente, “mi abuela dice que así es mucho mejor.”
Pero
a veces no puedo controlar la repentina aparición de uno de ellos.
Entonces me quedo inmóvil, con los brazos apoyados en el teclado
de la máquina de escribir, mirando fijamente un punto en la pared
o en el piso, y como estoy solo nadie se siente ofendido ni molesto.
La única vez que mis padres vinieron a visitarme desde que me
fui de casa, en cambio, me di cuenta de que mi actitud los incomodaba.
Mi madre se sentó sobre un diario en el piso porque yo todavía
no tenía los almohadones. Empezó con la lata de siempre.
Yo tenía ganas de que me dejaran solo para seguir recordando
tiempos felices sin ellos y a lo sumo si los miraba. Comprendo que debe
haber sido muy feo para mis padres haber estado hablando con alguien
que de repente dejaba de escucharlos para quedarse absorto como un bobo.
Mi madre decía: “parece que estuviera hablando con un fantasma”.
Mi padre, que había preferido no sentarse y trataba de no rozar
las paredes con el traje, era más preciso: “Vámonos,
Rosa. El nunca nos va a perdonar”.
Algo
es indudable: y es que el recuerdo ha tocado el timbre de casa a partir
de que yo me he mudado. Lo que quiero decir es que no necesariamente
viene cuando lo convoco, sino que aparece así como así,
llenándome los ojos de imágenes de colores. Por ejemplo
el otro día. Yo estaba recostado en la bañadera, con los
pies sobre uno de los bordes y las manos perezosamente ocupadas en capturar
el jabón que resbalaba en el agua tibia. Después de enjabonarme
los brazos y el pecho me levanté para limpiarme las piernas apoyándolas,
una por vez, en el borde. Entonces recordé la curiosidad de mi
buen amigo Rafael años atrás, cuando nos bañamos
juntos en su casa, antes de ir a acostarnos.
-¿Para
qué te levantás? -Preguntó.
-Para
lavarme bien las piernas.
-Pero
si el jabón limpia igual aunque estés abajo del agua.
-No
-dije apoyando el pie en el costado -así es mejor. Después
del recuerdo pensé que ya iba siendo hora de comprar una cortina
y un felpudito para el piso del baño. Desde que me mudé
y empecé a escribir estos papeles que no pienso en ciertos detalles
que sin duda harían el departamento más acogedor. También
sería bueno, lo sé, decidirme a pintar las paredes.
Días
más tarde caminaba por la calle donde había vivido cuando
era chico. Pasó un colectivo lleno de caritas vestidas con guardapolvos
que me miraron por las ventanillas. De pronto aparecí en la esquina
de la cuadra donde había estado mi escuela primaria. Una avenida
muy ancha ocupaba ahora el lugar de toda la manzana.
A
la tarde hice un llamado por teléfono. Una voz me atendió
después de un rato.
-¿Hola?
-¿Hola,
Rafael?
-¿Quién?
-¿Hablo
con la familia Garrido?
-No.
Hace por lo menos cinco años que se mudaron.
-Ah,
se mudaron...
Busqué
en la guía un Garrido. Había renglones y renglones con
el mismo nombre y eso me confundió un poco. Pero después
recordé que el padre de mi amigo era doctor, y que su nombre
de pila era el mismo. Claro que podía haber dejado de vivir con
sus padres... Igual marqué los números de teléfono
de tres médicos. Al tercer llamado me atendió una voz
familiar, lejanamente infantil.
-¿Cómo
estás, perdido? -Dije emocionado apenas Rafael dijo hola.
-Bien...
¿Quién habla?
-Yo,
Ángel. ¡Qué gusto oírte tanto tiempo!
-¿Sí,
no? ¿Qué tal? ¿Cómo andás?
-Y,
acá ando...
No
pude concentrarme en la literatura así que salí a caminar.
Apenas crucé la avenida Santa Fe vinieron los recuerdos. Cierta
vez que volvíamos de la escuela en colectivo pasamos frente al
Jardín Botánico. A través de la ventanilla del
último asiento vimos dos leones de metal, negros y opacos, custodiando
una de las entradas en sus pedestales de piedra. Mi amigo abrió
y cerró los ojos varias veces. Me apretó el brazo y estirando
el cuello para ver mejor los leones que ya desaparecían, ocultos
por el humo gris del caño de escape, exclamó: “¡¡Mirá,
mirá!!” No sé quién de los dos tuvo la idea
de lustrar esas dos estatuas -y todas las otras- con un líquido
limpiametales. Calculamos que con veinte botellitas, cobrando poco y
por unidad, a razón de veinte estatuas por fin de semana, en
un mes podíamos ganar un pilón de plata.
Llegamos
a su casa tan excitados que corrimos a buscar una botellita de Brasso
para abrillantar las hebillas de nuestros mocasines y todos los adornos
finos que había en una vitrina en el living, incluida la base
de una lámpara de mesa, que era el cuerpo de una mujer vestida
de griega, que tenía una rodilla apoyada sobre la cabeza de un
águila. Entré corriendo antes que él a la pieza
de servicio. Sin ver el cable de la plancha que había arriba
de la mesa fui derecho al armario donde se guardaban los productos de
limpieza. La plancha voló por el aire. Hubo un chisporroteo en
el piso y saltaron los tapones.
-¡Rafael!
-Rugió la mamá de mi amigo desde la cocina. ¡Qué
hiciste ahora!
Miré
la plancha rota en el piso y pensé cuánto mejor habría
sido todo si hubiera dejado que mi amigo llegara primero al armario.
“No te preocupés, no pasa nada”, me dijo en la oscuridad.
-¡Nada,
mamá! -Gritó. ¡Saltaron los tapones!
Pero
ya la sombra de ella se recortaba amenazadoramente en la puerta.
-¿Qué
pasó acá? -Exclamó al tropezar con los restos de
la plancha.
-Nada.
Se me cayó -dijo mi amigo.
-¡Pero
será posible! ¡Dios mío! ¡Qué hijo!
-Exclamó ella arrastrándolo del pelo. Y de pronto, descubriéndome
parado en silencio al lado de la mesa, agregó:
-Mejor
volvés otro día, mi amor, eh. ¡Ya voy a arreglar
cuentas con este yo!
-...si
querés, así conocés mi depto nuevo.
-Sí,
claro. ¿Hoy a la noche dijiste?
-Sí.
Anotá.
-Esperate.
Es que hoy estoy muy ocupado preparando unos parciales. Mejor si lo
dejamos para mañana. O no. Mañana es sábado. Dejame
ver... Mejor para el lunes. Eso, el lunes ¿te viene bien?
-Perfecto.
En
la mesa, durante la cena, Rafael le puso demasiado vinagre a la ensalada
de lechuga y la madre lo regañó.
-Ufa,
mamá -protestó el chico. Cuando él no viene, nunca
me decís nada.
Ella
miró al otro niño dulcemente y dijo:
-Cuando
viene él es distinto. Tenemos que darle un buen ejemplo.
Mis
recuerdos son como mariposas que también vienen cuando estoy
dormido. Cuando eso pasa, a la mañana siguiente siempre me encuentro
confuso. No estoy seguro de si lo que recordé fue un sueño
o una realidad. La incertidumbre me angustia. ¿Cómo estar
seguro de la veracidad de los recuerdos? ¿Quién me garantiza
que los sucesos que mi memoria coloca sobre las hojas de mi máquina
de escribir sean más ciertos que los de un sueño? Desecharé
estas dudas por improbables. Además, si no puedo confiar en mis
propios recuerdos, ¿en qué voy a confiar?
Hace
pocas semanas me puse en contacto con Fineli. También utilizando
las anécdotas de mi pasado como material literario intenté
engañar a mi conciencia. La escritura creó un prado ficticio
donde ellos volaron a gusto. Aunque inevitablemente se estableció
una lucha sorda. Mis recuerdos conformaron una nube de imágenes
que me protegía de los terrores nocturnos y los malos pensamientos,
pero su esencia siguió siendo etérea, contradictoria,
más liviana que el aire de mi imaginación. Busqué
el nombre de mi amigo en viejas libretas de teléfonos para juntarme
a recordar con él cosas de nuestra infancia en común.
Lo llamé. Convinimos en encontrarnos en mi departamento. Al hablarle
por teléfono, sentí la extrañeza de volver a oír
la voz de mi mejor amigo de la infancia después de tanto tiempo.
Poco
antes de que llegara ordené el departamento. Encimé los
almohadones y preparé café. Quise crear un clima íntimo,
propicio para remembrar.
“¿Cuándo
-cuándo exactamente- fue que empezamos a ser amigos con Fineli?”.
Estábamos los dos en tercer grado, de eso me acuerdo bien, y
probablemente hayamos estado juntos los primeros meses del año
porque de segundo para tercero yo me cambié de escuela y andaba
buscando desesperadamente amiguitos en cada uno de los chicos que saludaba.
De
eso me acuerdo, sí. ¿Pero cuándo, en qué
momento, nos hicimos amigos? ¿Fue en aritmética o en trabajos
manuales? No hay red lo suficientemente fina que me permita atrapar
este recuerdo. No tengo alma.
Vamos
a ver. Fineli se sentaba en los bancos de atrás, porque era uno
de los más altos, junto a un pibe identificable, que siempre
me molestaba y cuyo nombre no recuerdo. Un día Fineli salió.
Un día Fineli salió a defenderme de él, por un
asunto con un granadero de telgopor recortado con el Segelín
por la señorita María. “No lo molestés”,
dijo Fineli. “¿Qué, buscás camorra?”,
contestó el otro. “Te espero en la Fray Mocho”, dijo
mi amigo. Después dio media vuelta y salió, con una caja
de clavos que había sacado del escritorio de la maestra. A la
salida caminé junto a él hasta la placita de la vuelta...
La
libertad de movimientos les resulta vital. Las alas se les endurecen
y es inútil que intente reanimarlos con puntos suspensivos o
saltos bruscos al otro renglón. Mis recuerdos están muertos.
Momentáneamente quizás. Yo sólo atino a cuestionarme,
a repensar el pasado. Hace un tiempo escribí: “no tengo
alma”. Después fui a darme un baño de inmersión
y por un momento creí encontrarla.
Acababan
de pasar las vacaciones de julio. La idea de reencontrarme con mi amigo
era excitante. Cuando entré a su casa me llamó la atención
que tuvieran una terraza y además tres balcones, los tres cerrados
como cajas de vidrio desde las cuales podíamos ver los autos
diminutos circulando por la calle. Mi amigo siempre apoyaba su nariz
como si estuviera en una panadería y comentaba: “Mirá
la gente ahí abajo. ¿Quién me puede asegurar que
son personas de verdad?”.
Durante
la cena, en la mesa, cargamos el sifón Drago con vino en vez
de agua y servimos “espumante” a toda la familia. La mamá
se enojó con mi amigo y le dio una palmada. A mí me miró
dulcemente.
-¿Y
a él no le decís nada? -Protestó Fineli.
-Él
es distinto; pobrecito... -dijo ella. ¿No ves que no tiene papá
y mamá como vos?
El
padre sin levantar la vista de su plato, dijo:
-Ofrecele
más ensalada a tu amigo.
La
cama donde dormí esa noche estaba abajo de la cama de Fineli.
Tenía rueditas y el colchón no se hundía. Antes
de quedarnos dormidos charlamos.
-Che,
¿a vos te gustan los sesos? -Pregunté.
-No.
¿Por?
-Mi
abuela siempre hace. Dice que son buenos para la memoria.
-Qué
asco. ¿Y a tu mamá le gustan?
-No
sé. Ella se fue a vivir a Estados Unidos. Se fue para arreglar
el divorcio con mi papá y no volvió.
-¿Y
no los extrañás?
-Para
mí, es como si estuvieran muertos.
Mi
amigo se quedó callado y yo escuché nuestras respiraciones
en la oscuridad. Traté de respirar al mismo ritmo que él.
Poco a poco, nos fuimos quedando dormidos.
¿Tenía
tres balcones y terraza el departamento de Fineli?
Porque
yo pienso, ¿no? ¿Para qué voy a seguir tachando
y tachando pedazos enteros o haciendo destrozos pseudo poéticos
en estas hojas si la cosa no sale? Leo de vuelta lo que escribí
y no hay caso: no hay vida, no hay vida. Se me dio por escribir anécdotas
tontas como cuentitos y nada. Una y otra vez, y nada. Se me escapa el
recuerdo. Pero ayer la cosa fue distinta. Tengo que poder escribirla
porque si no me voy a volver loco.
Caminaba
por la calle de mi niñez. Pasó un colectivo con caritas
en guardapolvos y creí ver que los guardapolvos me miraban ajenos
a las caras. Pronto estuve en la esquina de la cuadra de mi escuela.
Caminé media cuadra y entré. Un maestro de hombros anchos
que andaba por el patio se me acercó. Sentí vergüenza
de no recordar el nombre de la que había sido mi escuela y temí
que me lo preguntase. El maestro no era ni más joven ni más
viejo que yo. En realidad parecía recién recibido. Me
llamó por mi nombre. Me dijo el suyo, lo cual fue como si no
me hubiera dicho nada. Al fin, cada vez más sonriente, dijo:
“Así que Angelito periodista, ¿eh? Ya no sos el
mosquita muerta de antes, je”. “Vos estás igual”,
mentí. “Ya me ves”, dijo, “ahora tengo a los
pibes de cuarto, como nos tuvo María a nosotros.” “¿Cómo
de cuarto?” “En cuarto grado no tuvimos a la señora
de Vega.” “No, a ésa la tuvimos en quinto recién.”
“¿Y Monges”, pregunté, “el de los ojos
azules que nos cagaban de miedo?” “En sexto.”
Recorrimos
el patio sin hablar. Hasta que el maestro comenzó a recordar
su infancia. “Qué linda época, che”, dijo.
Sentí una nube dando vueltas alrededor de mi cabeza. Sus recuerdos
salían zumbando de su boca y volaban con una velocidad extraordinaria.
Le miré la cara. Brillaba roja, creo que de satisfacción,
y me pregunté si yo tendría el mismo aspecto cuando trataba
de cazar las cosas de mi niñez. Quise aprovechar la exuberancia
del recuerdo ajeno: me surgieron uno o dos recuerdos propios, pero se
escondieron rápidamente. Sentí envidia y lo interrumpí:
-¿Qué
es de la vida de mi buen amigo Fineli? -Quise saber.
-¿Fineli?
¿Qué? ¿No sabías?
-No.
¿Qué cosa?
-Se
mató hace por lo menos cinco años, saltó por el
balcón de su casa... Un drama, viejo; algún trauma de
la infancia se ve. Sorprendió a todos...
Pero
ya no lo escuchaba. Porque en mi memoria había comenzado a formarse,
nítida, verdadera, la imagen de mi amigo recostado en la bañadera
de su casa mientras se pasaba el jabón...
Digamos
que podría tachar enseguida el nombre de quien creí mi
mejor amigo (Finelifineliinfiel, ¡qué obvio!). Podría
tacharlo todas las veces que lo escribí en las hojas extra blancas
y también en estas otras, ordinarias, donde estoy escribiendo
ahora. Los vidrios de la ventana están llenos de humedad. Me
está doliendo la espalda por estar tanto tiempo doblado. Y no
tengo nada de frío. Nada de frío. Entonces podría
apagar la estufa... Me hace bien pensar que con esto que sucedió
puedo tener un buen material para escribir mi cuento, o quizás
haga un poema. No sé. Me pregunto: “Las mariposas, cuando
se mueren, ¿se convierten otra vez en gusanos?”
También
la galera del criollo iba a ser negra, pero el frac y los pantalones
prefirió hacerlos en azul marino. Estaba pintando cuidadosamente
las escarapelas de los criollos rojas y blancas (que eran los colores
del rey Francisco I, preso por Bonaparte, según les había
enseñado la señorita María) cuando el chico que
se sentaba atrás de él le pegó una trompada en
la espalda.
-Pase
y no vuelva -dijo haciéndose el canchero.
Como
él se sentaba en el primer banco no tuvo a quién pasarla,
así que siguió pintando.
©Alejandro
Margulis