PROLOGO
por
Sergio Gaut Vel Hartman.
Los
textos reunidos en este libro coinciden en un punto notorio
y definido: son ficciones (o referencias a ficciones) cuyo tema central
es el ajedrez. Literatura y ajedrez: dos actividades cuyo cruce más
visible sea, tal vez, la maestría con que hacen pasar la noche
en vela a los seres humanos que las cultivan...
Los
que hemos gastado el tiempo escribiendo y jugando al ajedrez, nos hemos
preguntado muchas veces si esta concurrencia de universos autónomos
es un simple flirt o si, en cambio, podemos sospechar una pasión
profunda y duradera. Trataremos de dar respuesta a esa inquietud con
los textos que siguen y de los que estas líneas son un modesto
prólogo.
No
vamos a someter a discusión si la literatura es o no más
antigua que el ajedrez. El juego que disputan Ajax y Aquiles en la pintura
de un ánfora cuarteada e incompleta (realizada a principios del
siglo VI a.C.), parece ser petteia, el juego griego de lógica
y estrategia que se practicaba en la Hélade aún antes
de la guerra de Troya. Allí tenemos una respuesta posible. Alejandro
Magno habría llevado la petteia a la India para distracción
de sus ejércitos, sin imaginar que al fusionarse con el chaturanga,
un juego táctico que ya se practicaba en el valle del Indo en
el siglo V a.C. y cuyas figuras se movían siguiendo los dictados
de los dados, daría origen al ajedrez. Pero no se ha dicho la
última palabra sobre el nacimiento del juego, y leyendo un artículo
de Abelardo Castillo descubrimos que en la Mesopotamia “...los
arqueólogos desenterraron unas piezas de barro cocido, cuyas
enigmáticas formas admitirían una hipótesis o al
menos una conjetura: ser parte de un casi adámico juego de ajedrez.
Si esto es cierto, el ajedrez sería muy anterior a la guerra
de Troya, muy anterior al cruce del Mar Rojo, a los patriarcas, a los
más antiguos documentos literarios de la humanidad...”
Más
viejo o más nuevo que la literatura. ¿Importa? Esta antología
pretende marcar algunas zonas en las que las líneas se entrecruzan,
marchando juntas un trecho, alimentándose mutuamente, devorándose...
Como
he decidido eludir los riesgos que supone seguir las rutas de entrada
del ajedrez a Europa, que como el plural señala son más
de una, y de allí hasta nuestra América, avanzaré
hacia los ejemplos de fusión que tengo a mano.
La
tentación de utilizar el ajedrez como tema, marco, pauta, sustento,
no parece ser, en cambio, demasiado antigua. En el siglo XVI, tras centurias
de práctica silenciosa y oscura, limitada a los palacios en los
que los nobles engañaban al ocio jugando, se crearon nuevas reglas
que permitieron movimientos más amplios a la dama (que perdió
allí su antigua denominación de alferza) y al alfil, introduciendo
el enroque, el doble movimiento inicial del peón, la posibilidad
de coronarse y “comer al paso”. Esas reglas son, por otra
parte, las que se siguen utilizando en nuestros días.
Podría
ceder a las interpretaciones que sugieren estos cambios y relacionarlos
con innovaciones más trascendentes, que se insinuaban por entonces
en la sociedad, y florecieron hacia fines del siglo XVIII, pero su mera
descripción excedería las intenciones de este prólogo.
Al mismo tiempo que se habla del “Juego Nuevo”, aparece
una descripción “literaria” en el Libro V de François
Rabelais (Dichos y Hechos Heroicos del buen Pantagruel).
Este “experimento” literario, que presentamos como prueba
en las páginas siguientes, podría no ser de Rabelais,
o por lo menos su autoría está en discusión, pero
sin lugar a dudas fue escrito a mediados del siglo XVI, y si bien se
parece demasiado a un pasaje de Songe d’amour,
una obra atribuida a un tal Polyphilo, por su tono podríamos
aceptarlo perfectamente como un producto del doctor François...
Lo
que ocurre es que el ajedrez ya formaba parte de la vida de la gente
—lo demuestran los cuadros de van Leyden, Anguissola, Mor y muchos
otros; también las Tradiciones del
peruano Ricardo Palma, que da cuenta de que lo jugaban los conquistadores
del Imperio Inca y que lo aprendió el mismo Atahualpa en cautiverio—
pero sólo se hizo “popular” cuando las revoluciones
(la Francesa, la Industrial) transformaron la sociedad, modificando
la polaridad de los intereses individuales y permitiendo el ascenso
de las clases medias. Los cafés de París, como el Procope
o el de la Régence, que era el principal
club y de Londres, donde el más frecuentado fue el Slaughter's
Coffee House, quedaron registrados como los escenarios
de la disputa de partidas memorables, sirviendo al mismo tiempo de plataforma
para la difusión del juego. Esa difusión, alcanzando categorías
sociales que hasta ese momento lo habían ignorado, involucró
a los intelectuales y artistas y no se ha detenido hasta nuestros días.
Tal
vez eso explique por qué, aunque se pueden hallar ejemplos excepcionales
en cualquier época, el siglo XIX aparece claramente como el punto
de partida del interés de los escritores a la hora de usar el
ajedrez en sus obras de ficción o de los pintores en sus cuadros.
Puede ensayarse una explicación a partir del entusiasmo, la curiosidad
y la imaginación. Los inventos y descubrimientos que le cambiarían
el rostro al mundo real estimularon la imaginación de las personas,
y no es para nada casual que Jules Verne y Adolf Anderssen, Paul Morphy
y H.G.Wells sean hijos del mismo siglo de Louis Pasteur, Robert Fulton
o Dmitri Mendeleiev. El ajedrez, el ajedrez romántico del siglo
XIX, aún incontaminado por la penosa mercantilización
actual, estaba muy próximo al arte, más próximo
que en ningún otro período de su historia. Los escritores
advirtieron sus posibilidades, a partir de la propia naturaleza del
juego, y construyeron un asombroso cuerpo de obras literarias.
¿Quién
no conoce A través del Espejo (1871)?
En esta segunda parte de Alicia en el País de las
Maravillas, Lewis Carrol utiliza innumerables referencias
al ajedrez y ubica a Alicia en el rol de un peón blanco que avanza
hasta coronarse reina y ganar la partida. Pero no sólo Carrol.
Robert Chambers (1865-1933) en “A Matter of Interest”, Edward
Robert Bulwer-Lytton (1831-1891) en “The Chess-Board”, Thomas
Hardy (1840-1928), en “A Pair of Blue Eyes”, Joseph Sheridan
Le Fanu (1814-1873) en Checkmate y Edgar Allan
Poe (1809-1849) en “The Devil that Troubled the Chessboard”,
“Murders in the Rue Morge” y “Maelzel's Chess Player”
usan el ajedrez como un elemento esencial de la trama. Hemos elegido
como ejemplo para este libro “The Chess Player” (también
llamado “Moxon's Master”), un relato sobre un autómata
que Ambrose Bierce (1842-1914) concibió en 1909 porque de alguna
manera es una especie de culminación del período y define
una forma de utilizar el ajedrez para advertir ingenuamente sobre los
peligros de la ciencia.
Por
supuesto —casi sobra decirlo— el ajedrez y la literatura
que hace referencia al juego, “explotan” en el siglo pasado,
el XX. Entre Sholom Aleichem que escribió “From Passover
to Succos” en 1907 o “El gambito de los tres marineros”
(1916) de Lord Dunsany y algunas de las más poderosas historias
de ciencia ficción jamás escritas como “El manicomio
de 64 cuadros” de Fritz Leiber, (1962) y “La variante unicornio”
de Roger Zelazny, (1981) hay incontables obras de creadores mayúsculos
cuyo tema central es el ajedrez. Por citar sólo a unos pocos,
La Defensa (1930) del ruso Vadimir Navokov,
es la historia de un gran maestro de ajedrez llamado Luzhin quien encuentra
cierto equilibrio mientras juega, pero que en la vida cotidiana es una
especie de tullido emocional. Otro buen ejemplo es una novela corta
del judío austriaco Stefan Zweig, quien escribió El
jugador de Ajedrez en 1941, posiblemente el texto que
mejor partido le ha sacado al significado profundo del juego, utilizándolo
para describir una situación de máxima tensión
psicológica. Un ejemplo reciente sobre historias en torno al
ajedrez es la exitosa novela policial del español Arturo Perez-Reverte,
La Tabla de Flandes (1990). En ella el ajedrez
es utilizado por un asesino, quien deja pistas de sus siguientes pasos
a través del desarrollo de una partida.
Podríamos
seguir acumulando autores y obras —lo que no estaría nada
mal, habida cuenta de que su utilidad como guía de lectura no
estaría en discusión— pero es preferible usar el
espacio para señalar con qué se va a encontrar el lector
en las próximas páginas.
Ya
hemos mencionado las obras “históricas”: Rabelais,
Bierce. Pero como el propósito de esta antología es presentarse
como un testimonio vivo de lo que el ajedrez puede aportar a la literatura,
hemos volcado el grueso de la carga en textos contemporáneos.
En
el cuento "Zugzwang", Rodolfo Walsh pone en boca de uno de
sus personajes, el comisario retirado Laurenzi, unas palabras que definen
ajustadamente la idea que impulsa al escritor cuando mueve a sus personajes
por configuraciones análogas a las del ajedrez. "Pero había
algo peor, algo indefinible y siniestro, algo que se parecía
—diría yo— a una segunda partida simétrica
e igualmente predestinada. El otro plano, ¿comprende? El plano
personal, desenvuelto en lucha".
Walsh
explora las líneas que unen el universo simbólico del
ajedrez y el mundo real y describe la intrusión del juego en
el comportamiento de las personas. Abelardo Castillo, en "La cuestión
de la dama en el Max Lange" parece proceder a la inversa cuando
narra el uso que hace un ajedrecista de los códigos que rigen
los torneos para resolver una situación de su vida personal.
Y el personaje de Castillo no se limita a eso: su lógica en la
vida es la del juego. Aislar, bloquear, eliminar son términos
perfectos en uno y otro universo. Tanto valen para suprimir un alfil
particularmente molesto o a una esposa infiel...
En
un registro semejante, puede vislumbrarse que el ajedrez es uno más
entre tantos lenguajes que hemos creado los seres humanos; expresiones
con sintaxis propia y gramáticas peculiares, con diversos niveles
de destreza, con sutiles pero profundas diferencias en su comprensión.
Por eso mismo se puede suponer que el jugador más talentoso naufraga
cuando se propone, lejos del tablero, anticipar las jugadas de los otros.
Para
un ajedrecista que escribe (o para un escritor que juega al ajedrez),
es muy difícil sustraerse a las tentaciones que ofrece "el
otro plano", rechazar el impulso de recorrer los laberintos sin
reparar en los riesgos. Las "variantes", esas infinitas ramificaciones
que se despliegan a partir del comienzo mismo de la partida, son tramas
posibles; el recorrido de las piezas, las redes que forman, como tejidos,
como texto, como paisajes, son, en sí mismas, ficciones. Cada
jugada es, potencialmente, una ficción, sin mezquindades ni retaceos.
Algunas
de esas posibilidades se despliegan en las páginas siguientes,
posibilidades variadas y por momentos antagónicas. El lector
hallará el ya mencionado episodio del Inca Atahualpa y sus captores
(y futuros asesinos) españoles. Aquí el ajedrez es la
excusa. Pero se atisba la posibilidad de reescribir la historia. ¿Qué
habría ocurrido si el Inca, anticipando la jugada de Pizarro,
hubiera movido sus piezas de otro modo? ¿Hay más de un
modo de moverlas?
La
respuesta la da una prolongada, casi infinita partida que disputan unos
rústicos campesinos iraníes y un poderoso jugador que
vive en otro sistema solar. Esto habría sido considerado "ciencia
ficción" en otro momento, pero no ahora. Aquí la
fantasía se ata a las reglas del más puro naturalismo.
¿Cómo
se vinculan aberraciones como la represión, la tortura y la humillación
con una partida de ajedrez? El juego puede enlazar episodios del pasado
remoto, del pasado reciente y de un futuro posible. Otra vez, el ajedrez
es el nexo que vincula épocas y memorias, pero también
el espejo testigo de los hechos.
Queda
un espacio para la poesía. Un tono añil, la pesquisa del
vacío, el cálculo profundo. Las piezas avanzan y retroceden,
saltan y flotan al ser retiradas del juego; el tiempo es un vuelo; el
espacio, una alegoría.
Y
queda un espacio para la maravilla: unas gafas que siempre muestran
la mejor jugada a quien mira a través de ellas. Pero, ¿acaso
sabremos alguna vez cuál es la mejor jugada?
Las
jugadas pueden ser lentas como los imperios, cabalgar los siglos, traspasar
las generaciones en una partida que enhebra el tiempo en su acepción
menos fiable. ¿Y si fuéramos prisioneros de una partida
así, que disputan Dioses invisibles? Todos nos hemos hecho la
fantástica pregunta, que no por vana es menos fatal. En busca
de una respuesta invocamos, provocamos e imprecamos. Pero es posible
que seamos sordos a la lógica de la réplica.
Por
eso he dejado a Borges para el final, porque sé que el tenue
Rey y la Reina encarnizada podrían apropiarse de los milagrosos
rigores del dios detrás de Dios, el que empezó la trama
de polvo y tiempo y sueño y agonía. Y podrían hacerlo
porque Borges, indolente, distante, se limitó a sembrar su obra
de tenues referencias ajedrecísticas, pero nunca quiso o supo
escribir un cuento "de" ajedrez. Esto no es crítica
ni menoscabo: tal vez no vio en las trayectorias más que tenues
e insustanciales aleteos o no le importó el ámbito en
el que se odian dos colores. Javier Vargas Pereira, con paciencia de
entomólogo, recogió cada vestigio y los articuló
en una especie de mapa ficticio, una guía para recorrer un territorio
que, en rigor a la verdad, casi no existe.
Un
trayecto, un recorrido. Como el del peón inexorable que sueña
con ser dama, como el de la torre que desea golpear con saña
las murallas del enemigo. Todos, todos ellos, reales e imaginarios,
que no saben que la mano señalada del jugador gobierna su destino...
©Sergio
Gaut Vel Hartman