Bueno,
este registro va a ser medio caótico, “en caliente”.
Por la dinámica general escolar y política de esta semana,
decidí por supuesto cambiar de planes para el trabajo con los
pibes. De algún modo Patagones tenía que estar, el asunto
era cómo.
Tres
cosas que ocurrieron en el día de hoy me sacudieron un poco.
La
primera podría decir que es interna, pero tiene sus fundamentos
igualmente afuera, en la sociedad y en mi trabajo cotidiano como parte
de ésta. Había elegido un artículo de Clarín
del día de ayer (Jueves 30/09) para leerlo con los pibes y luego
hacerlos laburar (escribir) a partir de algunas cosas que allí
se decían. La nota era la que titularon con las palabras de “Junior”:
“No sé lo que hice, se me nubló la vista y disparé”.
Mientras iba en el tren para San Antonio de Padua, me puse a releer
la nota y a terminar de redactar las consignas que tenía rondando
en la cabeza desde el día anterior. Quería que trabajen
con las citas de “Junior”, que repongan y piensen lo que
él (o el diario) no dice. Ya venía pensando en hacerlos
escribir en primera persona –como vienen haciéndolo continuamente.
De repente, reflexioné: no se trata de que se pongan en la piel
de un hombre o una mujer engañados por su pareja, de uno de los
padres que perdió a su hijo. Ponerlos en la piel de “Junior”
era ponerlos en la piel de un “criminal”. Me parecía
sumamente interesante para que los pibes piensen y para yo registrar
algunas motivaciones del crimen y del estado de violencia generalizado
en el país. Que escriban, como si fuesen él, qué
les pasaba por la cabeza cuando se les “nubló la vista”,
qué discusión tuvo con su padre el día anterior.
Enseguida, me empezó a latir fuerte el corazón: ¿no
será demasiado para ellos en esta situación? Pensaba sobre
todo en los pibes más violentos o más solitarios: ¿El
ser ficcionalmente “Junior” ellos mismos los ayudará
a reflexionar más razonablemente sobre la violencia (ya no digo
en el texto mismo sino en la vida)? ¿O, por el contrario, los
incitará a descargar más la bronca contra los que lo rodean
(rodeamos)? Creo que por primera vez pensé en serio en la labor
docente como modeladora de subjetividad, actividad que entra en un juego
en el cual de repente descubrimos que se juega la vida de personas.
Ojo, no estoy diciendo que con la formulación de una u otra consigna
vaya a salvar vidas o a provocar muertes, pero sí que nuestra
intervención en el aula tiene o puede tener efectos, que por
supuesto tienen como base dinámicas más profundas de la
sociedad en su conjunto. Esto último retengámoslo cuando
veamos el tercer punto.
La
segunda cosa fue algo inesperado (y positivo). Llegué al curso
con las fotocopias del artículo. Obviamente, los pibes –que
me conocen– me preguntaron: “¿No vamos a discutir
sobre lo de Patagones?”. Casi sin hablar, repartí las fotocopias
y dije que íbamos a leer. Me puse a leer la nota, breve. Como
saqué la fotocopia a las apuradas, quedaba otra columna al lado,
que decía que el padre de “Junior” había llorado
y pedido perdón. Terminé la nota principal y los pibes
me decían: “¿Y? Siga...”, “terminó”,
“no, siga, siga”. Leí la columna, sorprendido por
el interés que estos pibes no suelen mostrar. Pensé en
ese momento si leer otra nota del diario referida al tema, si darles
las consignas para escribir (no sabía si aún en primera
o tercera persona) o qué. Pero enseguida los pibes se largaron
a hablar... Me preguntaron qué pensaba yo, a lo que respondí
que primero quería saber qué pensaban ellos. Algunas pocas
voces (las de siempre) se oyeron con comentarios breves, hasta que alguien
mencionó el tema del pibe baleado en el barrio del colegio (Barrio
Policial) la semana pasada. En cinco minutos el curso entero se trasladó
de Patagones a su propio barrio y todos querían hablar sobre
el caso. Pedí que me relataran los hechos, ya que los desconocía.
Quienes comenzaron contando eran dos chicas que decían haber
presenciado el asesinato, desde la vereda de enfrente (no creo que mientan).
Contaron lo que vieron. Luego se sumaban más voces, pibes que
no hablan ni para pedir ir al baño querían dar su versión
de los hechos, que habían visto el cuerpo desde otra casa, que
habían visto manchas de sangre en “el terreno de ‘la
salita’”... Pedí que agreguen más y más
datos. Por momentos (durante toda la clase) tenía que pedir medio
a los gritos que se escucharan, pero por momentos lo hicieron y sostuvieron
una charla colectiva, algo que no había logrado que hagan NUNCA
en este año. Aproveché, con las versiones, para explicar
el tema del “punto de vista”, algo que no estaba en mis
planes explicar ahora, pero era el momento preciso. Escribí en
el pizarrón un esquema improvisado por completo sobre cómo
acceder a la verdad de un hecho y que nadie tiene la verdad absoluta
sino que cada uno cuenta partes de esa verdad, y que sólo entre
todos llegamos a ella. Me nombraron a los pibes que estaban con Mauro
cuando lo mataron. A uno o a dos yo los conocía, porque habían
sido alumnos míos en este mismo curso.
Luego
de lo que pasó, comenzó el debate acerca del por qué
del crimen. Se hablaba de arreglos de cuentas por drogas, venganza,
etc. y casi todo el curso se enganchó en una discusión
acerca de si había estado “bien” o “mal”
que mataran a Mauro (así se llamaba). Uno decía que se
lo merecía porque “sabía donde se metía si
había comprado droga y debía plata”, otros contestaban
que no se le puede quitar la vida a nadie por ninguna causa. En un momento
todos querían hablar al mismo tiempo, vi que había ganas
de discutir, pero se necesitaba algo de orden. Entonces, tomé
la manija de burócrata de asamblea y dije: “Lista de oradores,
el que quiere hablar me avisa y se anota” y fui anotando en el
pizarrón a los que querían hablar, que eran extrañamente
demasiados. Respetaron (siempre a su manera) la lista, obviamente con
interrupciones y griterío en medio del debate. Casi todos dijeron
algo sobre el crimen. Y finalmente volvimos a las causas del hecho.
Porque todo el tiempo habíamos estado hablando con el supuesto
–que debo admitir que yo mismo acepté casi automáticamente
desde el principio– de que había sido una cuestión
de drogas hasta que una chica (precisamente una de las testigos) mencionó
que no se sabía si era por eso, con lo cual tuvimos que repensar
todo. Ahí improvisé un segundo esquema en el pizarrón
acerca de cómo llegar a la verdad de las causas de un hecho.
Algo
que se vio claro en el debate es la crisis de las instituciones. Cuando
les pregunté a las dos chicas si pensaban declarar me dijeron
que no. Pregunté por qué y obviamente respondieron que
tenían miedo de que las maten a ellas (la madre de una también
fue testigo y sus familias lo saben). Allí se reflexionó
sobre el rol de la justicia y de la institución policial. Nadie
se sentía seguro ni protegido por esas instituciones ya que “son
corruptas” y “están metidas en el delito”.
Sólo un chico defendía a la policía (hijo de policía
justamente). Salió el tema de la droga y de los vendedores de
los barrios, de lo cual los pibes tienen muchísimo conocimiento,
mencionaron las palabras de Solá, al que denostaron con violencia
y la mayoría planteó que no todos los casos de venta de
drogas terminan de ese modo.
Traté
sobre el final de que pensemos qué es lo que llevó al
país a estas cosas, si les parecía que se trataba de casos
individuales, de un loquito que le roba la pistola a su padre prefecto
y dispara a sus compañeros y de un asunto de drogas o lo que
fuere en este barrio o hay algo más allá de eso. Se mencionó
la pobreza y alguna otra cuestión que no recuerdo.
Finalmente
les di como consignas de escritura que cada uno ponga por escrito su
versión de la muerte de Mauro, tanto de los hechos en sí
como de las causas que lo motivaron. Antes de esto entró la preceptora
y dictó un comunicado informando que se suspendían por
el momento las clases de Educación Física porque cuando
los chicos iban por la tarde se cruzaban con el otro turno o entre grupos
y se agredían.
La
tercera fue a la salida. Yo, preocupado por el problema pero alegre
porque los pibes se habían expresado. Saliendo de la escuela
mientras charlaba con la del gabinete psicopedagógico acerca
de los problemas de un chico de mi curso, se acerca la profesora de
Naturales y me comenta que vamos a ir de excursión con el curso
y de inmediato comenta a la psicopedagoga que había estado hablando
con los pibes de octavo (yo tengo noveno) y que estos habían
hecho una tremenda catarsis, hasta ponerse a llorar varios. Ahí
pregunté qué había pasado y me dijo que en un momento
de tensión en la charla de su curso los pibes empezaron a incitar
a uno: “dale, decile!!”, “contale”. El pibe
–contaba la de Naturales–, entre llantos, admitió
que un día de este año (no sabemos cuál) había
llevado un arma al colegio y que nadie lo había dicho “para
no buchonear”, porque “los profesores no saben encarar el
tema, le cuentan a cualquiera...” El comentario es lapidario,
pero cierto. La profe de Naturales estaba ya con los ojos húmedos,
diciendo que no sabía qué hacer porque “no estamos
formados para esto”. En esto se había sumado la directora
(todo en medio de la calle, donde las profes iban a buscar su auto y
yo con la bici en la mano) y le hacía preguntas sobre quién
era el del arma. Comentaba que esto se estaba volviendo insostenible
porque “no es nuestra función ocuparnos de estas cosas”.
Yo comenté que es cierto, pero que el problema estaba y que vamos
a tener que aprender a tratarlo porque va a seguir estando, sino nos
va a pasar por encima. Luego la profe comentó que algunos alumnos,
con quienes se enojaba continuamente, le habían contado sus problemas
familiares y a ella le daban ganas de llorar por lo que le decían.
Le pregunté a la directora cómo habían tocado el
tema de Patagones esta semana, me dijo que cada docente, no todos, había
hablado en su curso. Habló de lo de Educación Física,
contó que recibía llamadas a la escuela diciendo que venían
a buscar a tal alumno y que luego la madre decía que nadie había
llamado y otras cuestiones. Comentamos lo de Mauro. La de Naturales
agregó que una chica de ese octavo le había expresado
que era su novia.
Le
comenté en un momento a la directora de hacer unas jornadas sobre
el tema, con los pibes y los padres. “Sí, yo lo pensé”,
me dijo, “pero con los padres vamos a llamar a especialistas sobre
violencia para que hagan charlas, porque con los profesores no se puede,
sabés, porque ante los problemas que se plantean siempre terminan
reprochando estupideces a los profesores: ‘que faltan mucho’,
‘que le dicen tal cosa a mi hijo’... entonces se mezclan
los problemas y no se puede, yo te lo digo por experiencia. Así
que a los padres los convocaremos a unas charlas y con los chicos trabajaremos
nosotros con el Gabinete”... No discutí demasiado pero
me fascina ver tanta capacidad de autocrítica docente... ¿tan
“estúpidos” son los reproches de los padres cuando
nos piden que no faltemos y que tratemos bien a los pibes?... El país
se viene entero abajo pero si no nos tocan el estatuto, el régimen
de licencias, el incentivo, etc, etc. nosotros nos quedamos contentos.
La culpa siempre está afuera.
Los
pibes de Patagones escribieron en la puerta de la escuela: “Cuerpo
docente: pónganse las pilas. Queremos que nos comprendan”...
La
violencia llegó hace rato, nunca se fue y no se va a ir, al menos
en lo inmediato. Hay violencia, hay muerte y va a haber más.
Es la dinámica de un sistema y su crisis la que lo provoca, con
sus particularidades en cada lugar, pero el fondo es el mismo. Tengo
la impresión de que esto vuelve a estallar en cualquier momento,
esto se va a la mierda... Lo que vi y escuché hoy es la expresión
de la bronca acumulada de mucho tiempo, hay mucha mierda metida en las
cabezas y los cuerpos de estos pibes, así como de toda la población
de “más allá de la General Paz” y de algún
modo sale. Contenemos y contenemos en las escuelas con disciplina, comida,
leche, gabinetes. El estado reparte planes, bolsones, los punteros trabajan
pero parece que esto no aguanta mucho más.
©Martín
Yuchak