¿Quién
podrá creer que hicimos esta travesía inmóviles?
¿Acaso la ciudad que mata mariposas en tu pubis?
Nadie
comprenderá que tu alma es un negro torrente de hielo
que sepultaba mis pesadillas con su punzante oscuridad.
Yo, eclipse
escultor de sílabas como estallidos ¿No te dije
jaspe almibarado que corta mi lengua en pedazos con sólo
tocarla?
¿Acaso
no susurré en tus oídos que eras la apócrifa
impresión de un amanecer medieval, donde se repiten
inasibles las nubes cirros y cúmulos?
¿Qué
eras?
¿Cómo
definirte en los tiempos en que estábamos rodeados
de cadáveres palpitantes?
Tal vez decir: en esos días eras la triste Afrodita
de un Olimpo olvidado.
A cada
hora nos acechábamos. Mientras otros pretendían
ser parteros sangrientos en montes y arenales sombríos,
nosotros sólo mordisqueábamos nuestras débiles
almas, mientras caminábamos ansiosos entre las ruinas
de un claustro moribundo.
Y allí,
en medio de las carpetas carcomidas por las ideologías
inflexibles y el deterioro de los años, te estrellabas
diariamente en mis rocas testiculares.
Allí
eras sólo tú: tus nalgas de piedra negra y ardiente
encabritadas sobre mí y dentro de mí. Todo temblaba
bajo tu silenciosa orgía. Pero nunca pronuncié
ni un gemido, ni me dejé atrapar por el leve anuncio
de tu aliento. Los dos conteníamos la respiración
como si el mismo mundo hubiera dejado de respirar.
¿Acaso
lo has olvidado?
Yo
jalando tus cabellos, poseyéndote en mí, matando
mis sueños como quien corta las cabezas de los grillos
en los patios, sin someterme a la ansiedad que precede a las
pestes y las revoluciones.
Nos daba
lo mismo amarnos en el pálido abril o en el tibio noviembre.
Escapábamos del cólera y de un millar de ojos
inquisidores e innombrables, sumergidos en los escombros de
un país abismal e incomprensible.
Eras
la eterna huida: en esos rincones te convertías en
Penélope o Betsabé, Madame Bovary o Nannerl,
o sabe Dios qué otra amante fugaz de mis torpes y masturbatorias
novelerías, de los poemas que leía a escondidas
de todos, de los versos que te dediqué e hice consumir
en tus hogueras manos.
Pero
nunca supe, ni sabré jamás, porqué te
gustaba amarme en esos lugares sucios y llenos de insectos
pensativos.
Quizás
porque allí podías desafiar a todos los seres
vivientes que eran para nosotros el mismo barro muerto.
Quizás
porque sabrías que nunca seríamos descubiertos.
Tampoco
te lo pregunté. Yo estaba embebido de tus cabellos
desgarrándome el rostro, ebrio de tu trote silencioso
hasta mi cuerpo fatigado por las
letanías
de óxidos y alacranes.
Disfrutaba
las heridas que dejabas en mi lengua cuando la diluías
en tus pétalos labios. Me gustaba mantenerlas abiertas
raspándolas contra el paladar. Pero deseábamos
más. Ávidos de enredarnos como constrictores
que mutuamente se devoran, tuve que robar para que acabáramos
en hoteles breves y malignos como un beso de Judas infinitamente
repetido.
Nunca
nos atrapó el crepúsculo. Habitantes de la noche
o el día, pero jamás del atardecer, despertábamos
a veces al borde del alba cubiertos con nuestras pieles expuestas
y cosidas a nuestros tendones y músculos como el cuero
de
las
lágrimas.
En
esos días todavía creía en que nada nos
impediría amarnos sin tener que
mentirnos.
Tu
creías en mi amor puro como un jaguar y yo te preguntaba
en mis versos si eras la ninfa ansiosa, o el desesperado cervatillo
que se acerca al cazador sinuoso sin saberlo.
Pero
era tarde. Abandonado del mundo y de tus óvulos, me
había convertido en la delgada lengua de la serpiente,
una brutal barracuda despedazando hipocampos y caracolas.
A
mí llegaron sin haberlas llamado, danzarinas seráficas
y amazonas azules, hembras pálidas y terribles como
los huracanes afilados que habitan en la mitad del mundo.
Ellas desvanecieron tu amor hirviente y exquisito, lo arrancaron
de mis ventrículos sangrientos, lo desollaron y extendieron
su piel en la árida arena del desierto sin ocaso del
sur.
Sólo
eso querían. Los primeros minutos del amanecer me descubrieron
deshecho y desolado, casi una sombra de un Prometeo marchito.
Y
entonces lo descubrí. Nunca hubo albas ni anocheceres,
ni versos ni inquisidores, sólo el irremediable tránsito
de los años al que me sometí por ti sin reconocerlo:
una torpe oscuridad que jamás fue un crepúsculo,
sólo los sótanos por los que llegué a
ser esto que soy, esta tierra en penumbras, esta nostalgia
solitaria y este poema que nunca tendrá nombre.