Héctor Ñaupari - Poemas

 

 

IX

  La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.
 
Jorge Luis Borges.
 

 
Este es el poema del amor y la muerte.

En él diré que soy el vértigo,
el corazón roto de la ciudad
El sacerdote disoluto que ofrenda violetas al invierno.

En cambio, tú eres la herida que no sangra
la noche de veloces estrellas, el filo del suicidio
Como un edificio alto o un puente largo como la sombra de un mástil.

Este es el poema del amor y la muerte.
Tú sabes que cuando te devoro estiro tu piel, la separo del músculo y la sangre y tan sólo mastico los tendones y el tuétano de tus huesos.
Recorro la dulce curvatura de tu cráneo y lo imagino impenetrable como las ciudades sumerias, entristecidas por la soledad y los leprosos.

Tú sabes que pruebo el vaporoso calor de tu carne palpitante extendida en mi secreto altar
que comeré tu vestido de tul corroído por los gusanos
Sosteniendo tu intestino hirviente en los oscuros recodos de mis fauces.

Tú sabes que te amaré hasta que te pudras y hiedas en lo profundo de la tierra.

Este es el poema del amor y la muerte.
Y en medio del tibio repaso de tus ávidos dedos, soy la condenada desolación, que vaga por la eternidad, desesperado de ti por muchos siglos de búsqueda y asedio.


 

 

XXV

 

Toda pasión es un lenguaje indescifrable como estas flores del cielo.

 
Enrique Verástegui

 

 
Niña imposible vestida de azucenas amarillas, el verano inventa las orillas de tu cuerpo y el sol bebe las frutas de tu boca, mientras yo oculto mi soledad en las tenues corolas de la palabra.

Entonces, del silencio estival que provocan los vacíos de los hombres en sus corazones, nace el crepúsculo. Hirviente como la desolación, yo trato de defenderte. Sin embargo, tu falda me envuelve como un viento jamás apacible, preveo el sabor a geranios debajo de tu lengua y destilo los fulgores del mar atardecido de tus ojos diluyendo tu virginidad en nombre del silencio.

Te reconozco tímida en cada invierno que tocas, desnuda de anónimas miradas donde no puedo defenderte, y sin embargo apareces intacta a pesar de las inundaciones, donde sigo penetrando los lugares de mi cuarto invadidos de tu cuerpo, gacela enloquecida por el leopardo salvaje como soy, en el último minuto de tu sueño.

Entonces renaces delirante avasallando crisantemos nocturnos y te alimentas del rumor continuo de los sauces, a pesar de que soy el símbolo ausente de la noche.


 

 

XXVI

   

No lo que pudo ser: es lo que fue.

Y lo que fue está muerto.

Octavio Paz.

 

 

¿Quién podrá creer que hicimos esta travesía inmóviles? ¿Acaso la ciudad que mata mariposas en tu pubis?

Nadie comprenderá que tu alma es un negro torrente de hielo que sepultaba mis pesadillas con su punzante oscuridad.

Yo, eclipse escultor de sílabas como estallidos ¿No te dije jaspe almibarado que corta mi lengua en pedazos con sólo tocarla?

¿Acaso no susurré en tus oídos que eras la apócrifa impresión de un amanecer medieval, donde se repiten inasibles las nubes cirros y cúmulos?

¿Qué eras?

¿Cómo definirte en los tiempos en que estábamos rodeados de cadáveres palpitantes?
Tal vez decir: en esos días eras la triste Afrodita de un Olimpo olvidado.

A cada hora nos acechábamos. Mientras otros pretendían ser parteros sangrientos en montes y arenales sombríos, nosotros sólo mordisqueábamos nuestras débiles almas, mientras caminábamos ansiosos entre las ruinas de un claustro moribundo.

Y allí, en medio de las carpetas carcomidas por las ideologías inflexibles y el deterioro de los años, te estrellabas diariamente en mis rocas testiculares.

Allí eras sólo tú: tus nalgas de piedra negra y ardiente encabritadas sobre mí y dentro de mí. Todo temblaba bajo tu silenciosa orgía. Pero nunca pronuncié ni un gemido, ni me dejé atrapar por el leve anuncio de tu aliento. Los dos conteníamos la respiración como si el mismo mundo hubiera dejado de respirar.

¿Acaso lo has olvidado?

Yo jalando tus cabellos, poseyéndote en mí, matando mis sueños como quien corta las cabezas de los grillos en los patios, sin someterme a la ansiedad que precede a las pestes y las revoluciones.

Nos daba lo mismo amarnos en el pálido abril o en el tibio noviembre. Escapábamos del cólera y de un millar de ojos inquisidores e innombrables, sumergidos en los escombros de un país abismal e incomprensible.

Eras la eterna huida: en esos rincones te convertías en Penélope o Betsabé, Madame Bovary o Nannerl, o sabe Dios qué otra amante fugaz de mis torpes y masturbatorias novelerías, de los poemas que leía a escondidas de todos, de los versos que te dediqué e hice consumir en tus hogueras manos.

Pero nunca supe, ni sabré jamás, porqué te gustaba amarme en esos lugares sucios y llenos de insectos pensativos.

Quizás porque allí podías desafiar a todos los seres vivientes que eran para nosotros el mismo barro muerto.

Quizás porque sabrías que nunca seríamos descubiertos.

Tampoco te lo pregunté. Yo estaba embebido de tus cabellos desgarrándome el rostro, ebrio de tu trote silencioso hasta mi cuerpo fatigado por las

letanías de óxidos y alacranes.

Disfrutaba las heridas que dejabas en mi lengua cuando la diluías en tus pétalos labios. Me gustaba mantenerlas abiertas raspándolas contra el paladar. Pero deseábamos más. Ávidos de enredarnos como constrictores que mutuamente se devoran, tuve que robar para que acabáramos en hoteles breves y malignos como un beso de Judas infinitamente repetido.

Nunca nos atrapó el crepúsculo. Habitantes de la noche o el día, pero jamás del atardecer, despertábamos a veces al borde del alba cubiertos con nuestras pieles expuestas y cosidas a nuestros tendones y músculos como el cuero de

las lágrimas.

En esos días todavía creía en que nada nos impediría amarnos sin tener que

mentirnos.

Tu creías en mi amor puro como un jaguar y yo te preguntaba en mis versos si eras la ninfa ansiosa, o el desesperado cervatillo que se acerca al cazador sinuoso sin saberlo.

Pero era tarde. Abandonado del mundo y de tus óvulos, me había convertido en la delgada lengua de la serpiente, una brutal barracuda despedazando hipocampos y caracolas.

A mí llegaron sin haberlas llamado, danzarinas seráficas y amazonas azules, hembras pálidas y terribles como los huracanes afilados que habitan en la mitad del mundo. Ellas desvanecieron tu amor hirviente y exquisito, lo arrancaron de mis ventrículos sangrientos, lo desollaron y extendieron su piel en la árida arena del desierto sin ocaso del sur.

Sólo eso querían. Los primeros minutos del amanecer me descubrieron deshecho y desolado, casi una sombra de un Prometeo marchito.

Y entonces lo descubrí. Nunca hubo albas ni anocheceres, ni versos ni inquisidores, sólo el irremediable tránsito de los años al que me sometí por ti sin reconocerlo: una torpe oscuridad que jamás fue un crepúsculo, sólo los sótanos por los que llegué a ser esto que soy, esta tierra en penumbras, esta nostalgia solitaria y este poema que nunca tendrá nombre.

 

 

 

NORTE

 

  Cuando encallé en el sueño
éramos una serpiente huyendo entre los viejos edificios.

Su árido cuerpo eran los nuestros.
Su espléndida lengua era también la nuestra.

Entre sus escamas nos adivinamos cercanos desde hace tantos siglos.

Allí estábamos, siseando, asaltando las aulas que nos fueron negadas.

Negadas como esta ciudad insomne que secretamente odiamos.

Aulas traspasadas por el polvo descalzo de los años
donde devorábamos el pálpito de normas y de códices.

En ellas invadimos las caderas perversas de la musa,
sobreviviendo al naufragio sangriento de su vientre.

De sus paredes nos unimos a los que cercaban al mundo con piedras y lemas que renacían como flores ocres y pérfidas, y entregaban sus labios al fondo crepúsculo de vasos y botellas.
Descubrimos en esta devastada estructura las múltiples variantes del amor: ocultos en columnas, atravesando escaleras o latiendo detrás de las ventanas.

A veces embistiéndonos en los envejecidos vórtices del cemento que pretendía atraparnos y buscando reinventar ese reino que nunca quisimos, y que nunca fue nuestro, con gritos desesperados y dolientes como espadas.

¿Lo recuerdas?

Oh cómo te vertías en mis muslos, manantial de agua diáfana.

Cómo se aligeraba tu cuerpo sobre el mío, hasta ser un pétalo de aire o una rama que se dobla sin quebrarse.

Crecimos.

Y no fuimos más una serpiente lánguida
ni ave ni viento ni eco del mar.

Sólo un semental sediento y poderoso
que extendía sus músculos sobre el viento y lo inundaba con su constelado sudor.

En ese instante del sueño me detuve.

Estabas en el mismo mundo
que era para nosotros
el tálamo que Odiseo y Penélope hicieron con sus manos
y deshicieron con esa misma pasión helada y anhelante
con que nos descubrimos.

Ahora has huido del sueño y del mundo.

Te llevas el rocío expuesto de mis manos, aquellas que definían la temperatura y consistencia de tus labios.

También las disputas donde nos advertíamos como amantes irreconciliables, más enamorados que nunca.

Entonces, no seré yo quien descubra tus páramos quebrantos ni tus cicatrices desnudas.

Tan sólo la penumbra que te desvela al nacer el alba.

 

 

 

SUR

 

 
Sé que te habrás despertado de un largo sueño.
En él era una sombra vigilante
como la de un árbol que también te sueña.
Será ese árbol ahora un mástil
que guía tu velero en un mar nunca embravecido pero tampoco apacible
un océano de olas como murmuraciones
donde cada gota es mi cuerpo que te mece de un lado a otro
como en la cama donde eres ab initio un lirio y en el amor una pantera hambrienta
y yo lejos de ser un cazador soy un ciervo devorado entre tus brazos blancos como un trozo de hielo primigenio
en los que me deslizo
levemente como si no tuviera peso.
Soy en ti apenas un vahído, un rayo de sol que intenta tímidamente derretirte,
y transformarte en agua lívida, amor
líquido ávido que se agita desde las montañas
y no cede, sino que cae y cae y cae
hasta llegar al río cuyo cauce soy yo una vez más cariño mío
y en mi furia que te azota y te ahoga
te abandonas,
apenas arropada por los gemidos que corren desde tu boca hacia la mía
como cuando estamos en el amor
y en el amor somos otra vez uno,
uno como el sol que es engullido por el mar
sin encenderlo ni apagarlo
Si no que únicamente eleva su temperatura
y crea las nubes,
y esas nubes eres tú, a veces cúmulos y a veces cirros
y yo el cielo libreazul que te sostiene siempre
como ahora te sostengo al borde de la cama y elevo tus piernas para poseerte
lamo tus rodillas tu entrepierna tus muslos
aprieto suavemente los tendones de tus pies
y tú te electrizas, eres una lluvia con relámpagos que cae sobre mi cuerpo
y yo soy la tierra fértil amor mío
crecen la hierba y los árboles y los pájaros y los gatos salvajes que te ven con ojos lánguidos caer, caer, caer,
caes como una muñeca de porcelana entre las sábanas de la niña que eres tú una vez más, amor,
caes como tus propios pechos sobre el mío, tus piernas devorando mis pulmones
te amo tanto cuando quieres absorberme totalmente, dejarme sin un hilo de respiración,
para tejerla de nuevo con tus besos, amor mío,
besos en mi rostro, en mis labios, en mis axilas
y luego te elevas como la vela de un velero
o el más alto edificio de la ciudad
y yo te recorro en todas tus calles, hasta las más recónditas y secretas,
las más luminosas y las más oscuras,
porque la ciudad eres tú
y yo soy un náufrago perdido
Malcolm Lowry danzando en el volcán de tu cuerpo, embriagado de ti más que de las tequilas y el peyote,
Paul Gauguin pintándote, salvaje y elemental como eres,
sacerdotisa de las islas de la Polinesia Francesa,
o este tímido poeta, que te recrea y te describe y te fantasea y se revuelve contigo en las sábanas como en este poema.

 

 

 

NOROESTE

 

  Entre truenos y halcones tú apareces, insomne y leve
azotándolo todo como una tormenta impulsada por la venganza.

Eres una tempestad que marcha sin cesar entre las mesetas,
las piedras hablan por ti, pronunciando tu nombre al infinito
como si haciéndolo, te escucharas a ti misma presa de un inusitado dolor.

Cubro mi garganta con densas telas para impedir que cales en mis huesos y en mis cuerdas vocales.

Y en eso la lluvia.
Duras y densas gotas como impertérritos pedruscos cayendo sobre mí y sobre mi barca.

Soportar este castigo es apenas una leve condena ahora que no te llevo dentro.

Nunca sé donde estoy. Tan sólo en las estrellas leo briznas de mi destino, en tristes formatos, cada vez más cerca de la incertidumbre y cada vez más lejos de tu rostro, de tu feble sonrisa, tu mirada que humaniza y pervierte.

Pero ahora eres el viento o la lluvia. Ese fragor elemental me vuelve a ti.

¿Porqué haces esto?
No pienses que tu helada furia me traerá de nuevo hacia nuestra casa.

Si acaso imaginas que las altas olas que invocas, ese enardecido viento que soplas y me arranca la piel en imperfectas tiras, o tus gritos de lluvia que atraviesan mi cuero cabelludo me harán volver, estás equivocada.

Soy un pedazo de tierra seca sujeta al capricho de los dioses.

¿Podrás tú más que ellos?

Si al menos me pudieras indicar el camino.
Abre las nubes y muéstrame la noche clara y fulgurante como tu risa, cuando te tomaba por sorpresa en el tálamo nupcial.

Pero sólo hay abigarradas nubes como los tensos músculos de los atletas.

Te sigo.

 

 

 

OESTE

 

  ¿Puedes enumerar las cosas sedientas y febriles que contienen tu alma?

Sostenlas levemente como lo harías con la feble corola de la rosa
o con las eclipses sílabas que componen tu nombre.

Si lo haces, dales la insurrecta forma del poema,
la vertebrada columna de la escultura
el pálido jazmín de la pintura
las notas irredentas de la melodía.

Pero no tengas miedo si descubres que ellas existen
se encienden, se rebelan
marchan como una gran muchedumbre hacia ti.

No temas si toman la sudorosa forma de un caballo,
el potro salvaje de la noche,
o la del tigre de bengala que alguna vez fue ejércitos.

Y cabalga, cabalga en ellas hacia el oasis de tu corazón,
sigue la ruta súbita de tus arterias, refléjate en los ojos de la fiera,
para que llegues insomne al jardín recóndito de tus sueños.

 

 

 

©Héctor Ñaupari

 
el interpretador acerca del autor
 
         

Héctor Ñaupari

(Lima, 1972)

Poeta. Graduado en la Facultad de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con estudios de Maestría en Derecho en la mención de Derecho Civil y Comercial de la UNMSM. Diplomado en Estudios Superiores y candidato a Doctor en Derecho por la Universidad de Salamanca, España. Presidente del Instituto de Estudios de la Acción Humana (IEAH). Catedrático visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Ha sido Tercer lugar en el Concurso de Poesía On – Line para Jóvenes Universitarios, Universidad Castilla – La Mancha, España, 2001. Ganador del Premio Académico Internacional de Ensayo Charles S. Stillman 2001. Es autor del libro de poemas En los Sótanos del Crepúsculo (Ediciones UNMSM, 1999) y coautor de Poemas sin Límites de Velocidad, Antología Poética 1990 – 2002 (Lord Byron Ediciones, 2002). Figura en las siguientes antologías: Colección Antológica de Poesía Hojas de Parra, Puerto de Santa María, España, 2000; Salamanca, Azul y Oro, Fundación Caja Duero, Salamanca, España, 2001; Diez Escritores Peruanos Contemporáneos según ellos mismos. México, D.F., 2002. Antología preparada por Joseph F. Vélez, Profesor Emérito de Español de Baylor University, Texas, EE.UU.; Nueva Poesía Hispanoamericana, Lord Byron Ediciones, Lima, Perú, 2003. Segunda Edición, Lima, Perú, 2004; y la Antología “Roda Mundo, Roda Gigante – Antología Internacional 2004”, publicada por Douglas Lara, de Sorocaba, Brasil, Editorial Ottoni, 2004. Ha escrito diversos artículos y ensayos en revistas nacionales e internacionales, como en la Revista Perfiles Liberales (Colombia), Boletín de la Fundación Atlas (Argentina), Acción y Sociedad [Argentina], Ideas de Libertad (Ecuador), ADVOCATUS, Flecha en el Azul y el Boletín del Instituto del Ciudadano (Perú).

           
 
 
 
 
     
   
 
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