Uno
–yo- llega –llego- a un congreso –a Rosario, a un
Rosario con llovizna constante en este caso- a escuchar gente en mesas
temáticas. O símil, algo más, algo menos, quizás
algo diferente. Bien, hubo muchas mesas, muchos expositores, bastantes
asistentes. Mesas de escritores, mesas de críticos literarios,
mesas, mesas. Coordinadores, expositores, asistentes, toda la fauna
de un congreso estábamos apropiadamente distribuidos en los espacios
preparados a tal fin. En fin, las fichas estaban echadas, quedaba ver
qué podía (hacerse) pasar. Hubo dos mesas de escritores:
Tununa Mercado y Sergio Chefjec por un lado, por una mesa; Cesar Aira
y Marcelo Cohen por otro, por otra. Habrá habido, escuchando,
frente a los duetos de escritores, unas 400 personas. Cada uno de los
cuatro expuso algo respecto al eje literatura e intimidad -“mi
nuevo chiche teórico” Aira dixit que Giordano dixit. Terminados
sus monólogos, la palabra pasa al público que, expectante,
había atendido entre silencio sepulcral y alta voluntad de entendimiento
las palabras del famosito en cuestión. Y nuevamente el silencio
sepulcral, miradas atónitas reboleadas de aquí para allá
como diciendo ¿y nadie tiene nada para decir?.
Nada: alguna tos y ninguna intervención(1).
La mesa se levanta entre aplausos medio tímidos, medio efusivos
y eso fue todo, que la hayan pasado bien.
Escena
repetida la de las mesas expositivas y sin debate. Escena muy repetida
en el congreso. Demasiado repetida. A cada mesa acostumbraba sucederle
un silencio incómodo de caras de ¿qué me reboleás
la mirada así, yo qué voy a decir?. Mesas interesantes,
malas, brillantes o, incluso, conflictivas, pasan de largo o a lo sumo
con alguna pregunta poco menos que burocrática. Rosario fue,
en este sentido, un botón de muestra del estado del campo literario:
poco pasto, líneas bien marcadas, tierra dura –pero nunca
barro- y jugadores siempre -siempre- en trote lento, sólo entrenando
y probándose los mismos botines.
Momento
hubo, sin embargo, en que pareció que se salía a la cancha:
Panesi patea una pelota, Gramuglio la para, la pisa, la amasa y en medio
de un silencio de estadio en penales comienza a hacer jueguito, simple,
lento, con las palabras de Panesi. Levanta la pelota un poco más,
el estadio todo atento a sus movimientos, todos mirando cómo
se aprestaba Panesi a contestar, cómo Jitrik veía pasar
todas las pelotas de lejos, cómo Gramuglio la pone bajo el pie
y devuelve la pelota con amistoso gesto pseudoincisivo, pero Panesi
la baraja con habilidad y la manda a lateral. Todo tranquilo de nuevo,
aplausos para tapar el silencio y ruido de sillas impotentes de gente
que se retira de un empate 0-0.
©Sebastián
Hernaiz
NOTAS
(1)Nota
mental: ¿la incontestabilidad de los discursos acalla lo dicho?
¿fueron todas iguales las incontestabilidades? ¿y en las
que hubo alguna posibilidad de diálogo, se dialogó?