Sobre el sinsabor de una escena del IV Congreso de teoría y crítica literaria de Rosario

Sebastián Hernaiz

 

 

Uno –yo- llega –llego- a un congreso –a Rosario, a un Rosario con llovizna constante en este caso- a escuchar gente en mesas temáticas. O símil, algo más, algo menos, quizás algo diferente. Bien, hubo muchas mesas, muchos expositores, bastantes asistentes. Mesas de escritores, mesas de críticos literarios, mesas, mesas. Coordinadores, expositores, asistentes, toda la fauna de un congreso estábamos apropiadamente distribuidos en los espacios preparados a tal fin. En fin, las fichas estaban echadas, quedaba ver qué podía (hacerse) pasar. Hubo dos mesas de escritores: Tununa Mercado y Sergio Chefjec por un lado, por una mesa; Cesar Aira y Marcelo Cohen por otro, por otra. Habrá habido, escuchando, frente a los duetos de escritores, unas 400 personas. Cada uno de los cuatro expuso algo respecto al eje literatura e intimidad -“mi nuevo chiche teórico” Aira dixit que Giordano dixit. Terminados sus monólogos, la palabra pasa al público que, expectante, había atendido entre silencio sepulcral y alta voluntad de entendimiento las palabras del famosito en cuestión. Y nuevamente el silencio sepulcral, miradas atónitas reboleadas de aquí para allá como diciendo ¿y nadie tiene nada para decir?. Nada: alguna tos y ninguna intervención(1). La mesa se levanta entre aplausos medio tímidos, medio efusivos y eso fue todo, que la hayan pasado bien.

Escena repetida la de las mesas expositivas y sin debate. Escena muy repetida en el congreso. Demasiado repetida. A cada mesa acostumbraba sucederle un silencio incómodo de caras de ¿qué me reboleás la mirada así, yo qué voy a decir?. Mesas interesantes, malas, brillantes o, incluso, conflictivas, pasan de largo o a lo sumo con alguna pregunta poco menos que burocrática. Rosario fue, en este sentido, un botón de muestra del estado del campo literario: poco pasto, líneas bien marcadas, tierra dura –pero nunca barro- y jugadores siempre -siempre- en trote lento, sólo entrenando y probándose los mismos botines.

Momento hubo, sin embargo, en que pareció que se salía a la cancha: Panesi patea una pelota, Gramuglio la para, la pisa, la amasa y en medio de un silencio de estadio en penales comienza a hacer jueguito, simple, lento, con las palabras de Panesi. Levanta la pelota un poco más, el estadio todo atento a sus movimientos, todos mirando cómo se aprestaba Panesi a contestar, cómo Jitrik veía pasar todas las pelotas de lejos, cómo Gramuglio la pone bajo el pie y devuelve la pelota con amistoso gesto pseudoincisivo, pero Panesi la baraja con habilidad y la manda a lateral. Todo tranquilo de nuevo, aplausos para tapar el silencio y ruido de sillas impotentes de gente que se retira de un empate 0-0.

 

©Sebastián Hernaiz

 

 

NOTAS

(1)Nota mental: ¿la incontestabilidad de los discursos acalla lo dicho? ¿fueron todas iguales las incontestabilidades? ¿y en las que hubo alguna posibilidad de diálogo, se dialogó?

 

 
el interpretador acerca del autor
 
                           

Sebastián Hernaiz

Nació en 1981, actualmente vive en Buenos Aires.

sebsaiz@yahoo.com.ar

Publicaciones en el interpretador:

Número 1: abril 2004 - Nenas muertas (Poema)

Número 2: mayo 2004 - La cosa del caso (Artículo acerca de La cosa Blumberg)

Número 2: mayo 2004 - Noticias (Poema)

Número 2: mayo 2004 - T.E.G (Tácticas y Estrategias alrededor de Guantánamo (Ensayo acerca de El verdadero cuento del Tío Sam de Ezequiel Martínez Estrada y Siné)

Número 3: junio 2004 - Perros (Narrativa)

Número 4: julio 2004 - 26 de junio (Aguafuertes)

Número 5: agosto 2004 - Noche en la catedral (Aguafuertes)

Número 5: agosto 2004 - Bar (Narrativa)

Número 6: septiembre 2004 - Diseño exclusivo (Narrativa)

   
   
   
   
 
 
 
 
Idea, realización, dirección, edición y diseño: Juan Diego Incardona