Noche
entrada del domingo que, dice un moralista técnico de
la agenda semanal, es lunes ya, mirá el reloj. Lunes, entonces,
que por perseverancia hacemos domingo para imitar ganas de fin de semana
y sentirse en sábado en que el técnico moralista no te
dice que ya es, técnicamente, domingo. O ni siquiera, es domingo,
lunes ya, y darle pa´delante cual si fuera martes o lo mismo diera.
Empilchados de ganas de sábado en un lunes de domingo por la
noche, la ciudad nos pierde –cliché- entre sus calles.
Por suerte –la de chicos bien- hay alguien en auto y un lugar
pasa pronto si no te ha gustado para probar qué tal el próximo,
en el que hay algún amigo o que te recomendó la chica
que esperás encontrarte. Se ve qué onda uno, otro, otro,
otro más y, si la noche vale una aguafuerte, se encontró
donde poner unas fichas. O no, y puede valerla igual, pero no es el
caso.
Noche
entrada del domingo, parar el auto en Sarmiento y Medrano, ver gente
entrando a una puerta oscura que se cierra, golpear, poner cara de te
conozco pajarito y confianzudo entrar. Una escalera poco amena pero
que sirve para irse olvidando de la calle para cuando se llega al tope
dar una vueltita y elegir: hay un cortinado rojo, pasar o no. Claro,
ya se subió la escalera, cómo no hacerse camino por entre
las telas que llueven para que se abra ante uno la música y los
cuerpos borrachos reponiendo –sin pensarlo- escenas de Kusturica
con música de –oh, casualidad- sus películas.
La
barra, al fondo, bajo el corazón de la noche que parece latir,
no es gratis pero cuándo sí. Uno, dos, tres vinos y no
se quiere evitar el baile. El baile, los vinos, la hora y los cuadros
por todos lados ya marean y no faltan besos y sillones donde estar mejor
aún.
El
sillón, la música que sigue en pie, menos gente, el cortinado
rojo, la escalera y la calle como opciones pero las ganas de seguir
estando ahí. Ya pronto será martes.
©Sebastián
Hernaiz