
El pasado policial de Fray Mocho*
Por Inés de Mendonça
Ya no sos igual, ya no sos igual
sos un vigilante de la federal
Dos minutos
Buscando materiales sobre la década del ochenta del siglo XIX, casi azarosamente, me encontré con un título intrigante: “Galería de Ladrones de Buenos Aires: 1880-1887”(1). Se trataba de una de las primeras escrituras del Comisario José S. Álvarez, quien años más tarde fundaría Caras y Caretas y se renombraría (entre otros) con el seudónimo de Fray Mocho.
En un principio pareció obvio que Galería hubiera sido trabajado por muchos críticos y estudiosos de Fray Mocho pero, para mi sorpresa, no era así. Tres o cuatro investigadores actuales se ocupaban de manera interesante del tema pero, en general, el texto funcionaba como título citado en la lista de obras del autor y, con suerte, en relación con Memorias de un vigilante (1897), un libro más conocido y muchas veces reeditado, en el que Fray Mocho ficcionaliza su experiencia como policía y el encuentro con la velocidad cosmopolita del Buenos Aires del ‘80.(2)
Con el tiempo fue apareciendo más material y más lectura sobre la Galería, aunque desde otras disciplinas y con abordajes lejanos a lo literario. Penalistas e historiadores se habían detenido con mayor intensidad y precisión en los procedimientos y las características principales del texto. Pero… ¿por qué había permanecido casi oculto a la mirada de los críticos e historiadores de la literatura? Su escritura, su edición y su distribución habían sido encargo y patrimonio de la Policía de la ciudad. Era fundamental pensar, entonces, cómo podía leerse en relación a la tarea periodística y literaria del autor. Buscar el vínculo entre policía y literatura en esas obras imponía un recorrido biográfico pero también el camino inverso: una lectura retrospectiva que sólo podía ejercerse desde el futuro de la Galería. Entonces volver a Memorias de un vigilante como clave interpretativa. Ese gesto, necesariamente, fuerza la historia.
Se trata de un texto del 97 y, como muchos saben, narra la llegada de un provinciano a Buenos Aires, su encuentro con la gran ciudad y su carrera policial; tiene, además, una segunda parte llamada “Mundo Lunfardo” en la que describe tipos y características de los modos de robar. Memorias de un vigilante se presenta, entonces, como una memoria y también como un catálogo. El título, por cierto, nos invita a indagar en la biografía y a volver la mirada hacia el pasado. Entonces volvemos a recordar que Fray Mocho tuvo antes un nombre, que era José S. Álvarez y que, luego de sus primeros intentos en la prensa ha entrado a trabajar en la Policía de Buenos Aires. Los vínculos con el personaje protagonista de la obra son sostenibles.
Detengámonos un momento en esta etapa de su vida: en 1886 fue designado comisario de pesquisas de la Policía de la Capital. Lo que nos interesa en este punto es qué de aquello ha servido como material, como memoria y como proceso inspirador –si es que esto es posible- para la elaboración del libro que, como verán, aun no empezamos a leer. Y aquí hay algo relevante: como parte de su tarea, y a pedido del jefe de policía, José Álvarez recopiló una serie de retratos” de ladrones que habían sido detenidos entre 1880 y 1887 (3). Se trata de dos volúmenes que se distribuyeron en las comisarías de Buenos Aires y que-llevaron el título intrigante que citamos al comienzo: Galería de ladrones de la capital (1880-1887). Están conformados por una serie de fotografías acompañadas por los datos correspondientes a cada una, referidos a los delitos o sospecha de delitos, pasaje de los individuos por las instituciones, posibles juicios, fechas y otras señas particulares.
Suele haber un malentendido en relación al título de este proyecto policial(4), muy extendido en la crítica que lee a Fray Mocho, aparece nombrado generalmente como Vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y sus maneras de robar y nos indica lo poco que la obra ha sido realmente leída(5). Y hay motivos para ello.
En principio, no se sabe con exactitud cuántos ejemplares se han editado pero, seguramente, no más de unas decenas; en segundo lugar, la entidad misma de esta escritura, su estatuto institucional lo han vuelto un ejemplar extraño.
Álvarez describe así el trabajo que ha realizado:
“Comprende unos doscientos ladrones retratados, desde 1880 a la fecha, por la Policía: cada retrato va acompañado de una descripción del individuo, de la enumeración de sus delitos; de las condenas que ha sufrido y de una ligera reseña de sus hábitos”.
No es la primera vez que se ha planteado la relación entre Galería y Memorias pero nos interesa aquí pensar de qué naturaleza es ese vínculo. Suele leerse en tanto anticipador de un tópico; o, en el mejor de los casos, como uno de los modos de su capacidad perceptiva. La pregunta fundamental que queda pendiente es qué tipo de escritura lo sustenta. Y es que, de algún modo, el problema es definir en qué serie vamos a leer este texto. Si es en la literaria, nuestro trabajo será indagar los restos futuros de un autor o, en el mejor de los casos, lo que la crítica genética llama pre-textos. Testimonios que sirven de ejemplo, como base, sustento o práctica, de un proceso escriturario que se fijará a posteriori. La otra serie posible es la del prontuario que se inicia, la de la escritura policial-estatal de la que es origen y modelo.
La ley necesita definir quién está de cada lado, clasificar.
La literatura “costumbrista”, por su lado, los tipos que se describen en páginas de revistas ¿no son, en ese sentido, catálogos que refuerzan una frontera de legalidad? Identificar a los sujetos es uno de los desafíos del estado burgués que se está dando a sí mismo una forma perdurable. Este momento, entonces, de consolidación del Estado y su territorio (espacial pero también lingüístico, moral y demográfico) coincide con el auge de las categorizaciones, de las clasificaciones. Con la frenología y el surgimiento de la criminología.
El vigilante José Álvarez, que brinda un utilísimo servicio al estado y sus ciudadanos, en su trabajo de fines de los ochenta, es un autor que cataloga a otros para “llevarlos hacia la Ley”.
El crimen como lo otro de la ley

Crimen y Ley se entrecruzan en los datos que ofrece cada página de la galería manifestando una cercanía, un vínculo de necesariedad que, más tarde, será productivo para la ficción. En la escritura aparece la ley: en las marcas (fechas de ingresos y egresos de las instituciones, carátulas de las detenciones, resoluciones de la justicia, cifras de expedientes y juzgados, nombres de los que interactuaron con los peligrosos) que dan cuenta de la historia institucional de esos sujetos. El crimen se presupone como el sustento de esas acciones escritas. En lo verbal escrito leemos, así como en la foto del rostro intuimos el resto de la persona, el punteo esquemático de un proceso previo. Percibimos la historia detrás de la lista. Son marcas que hablan de los sujetos y también, o más aun, de las instituciones que intervinieron en esos trayectos. Y también del propio hacer que el texto despliega: una nueva institucionalización que se establece, en un límite conflictivo entre el juicio y el prejuicio. El archivo guarda información de lo visto-oído pero ejerce la fuerza mágico-profética en el uso del presente simple generalizador de la conducta del otro.
Es hacia el futuro que el texto policial recopila estas fotografías comentadas, a la lógica del archivo y la conservación se suma la prevención del delito, la lógica de la sospecha(6). Esta particular orientación a futuro remite a la naturaleza preformativa de esta publicación. Producir delincuentes más que conocerlos. Anticipar hechos que aun no han sucedido. Si una trama policial, en la literatura, comienza siempre con una ausencia (algo a rescatar, un cuerpo, un enigma) esta colección propone una inversión, el gesto de instaurar el nombre para un relato probable que no conocemos (aunque si fuera necesario ya sabemos quién será el asesino).
El Estado necesita darse sus órdenes. La interpretación se convierte rápidamente en nuevo texto y, probablemente, en nueva escritura.
Este escritor profesional aprendió a ser vigilante profesional, y a duplicarse, triplicarse, cuadriplicarse a sí mismo en seudónimos, a volverse escurridizo para el catálogo de otros. Aprendió a hacerles “el cuento del tío” a sus empleadores y pasó de la policía al periodismo con eficacia y éxito asombroso. ¿Qué hay del cronista en su trabajo policíaco? El vínculo entre mostrar y contar no es equiparable con la relación entre ver y oír pero estos pares de habilidades comparten capacidades perceptivas (y conductuales) que nos interesa rescatar. ¿Cuántos de estos ladrones habría conocido el compilador? Anotando sus señas particulares les dio una identidad maldita a la que hoy volvemos por la notoriedad de la firma que los acuñó.
¡Pronto aprendí lo poco del oficio que tenía que aprender, y libre y despreocupado pude entregarme a la investigación paciente y minuciosa de todo lo que rodeaba, a la observación metódica y tranquila de todo lo que veía y oía...”
Fray Mocho, “Los bocetos de un miope”
en Memorias de un vigilante
El afán de mostrar y su inscripción en el catálogo vincula al género policíaco de los prontuarios con el museo y el zoológico pero también con la construcción de tipologías literarias. El batidor, el que entrega la información y el chisme, tienen la misma lógica del que cuenta cómo son los nuevos habitantes y espacios de su ciudad.
El costumbrismo intenta, como la Galería, fijar imágenes, fijar los tipos que encuentra. Eduardo Romano dice al respecto: “el moderno observador y analista de costumbres vive en acecho, como los cazadores. Un ejercicio que, ante la nueva circunstancia de ciudades en veloz transformación cosmopolita, cobra un matiz relevante”. Esta actitud acechante requiere una predisposición previa a la escritura, un antes del texto que configuraría el modo de hacer y decir en lo escrito, que implica estar muy atento —vigilando— lo que circula: personas, lenguas, mercancías, relatos, dinero, basura. En la tensión entre caso e individuo puede resurgir lo único de una historia. La literatura, por suerte, legisla sobre los cuerpos en la letra pero no llega a estos en la carne. ¿O sí?... Despojado de su rango policial, Álvarez volvería a estos (u otros) rostros y les otorgara voces en Memorias de un vigilante.
Como buen observador, Fray Mocho, el escritor-periodista, percibe las preguntas que se estaban proponiendo en los discursos clasificatorios y las exhibe, de un modo tierno o cruel pero siempre descarado. Lo interesante es percibir su eficacia aun en lo contradictorio: un cruce entre lo hegemónico y lo marginal.
Cuando Fray Mocho describe a los ladrones para el contexto institucional sus frases son “correctas” desde la norma, tienden al uso más legitimado del español rioplatense escrito, cuando pase a la esfera de lo literario (en sus primeros años de autonomía) la tendencia será a integrar en lo escrito el uso de jergas, la cadencia campera y el juego con “la lengua de la calle”.
Por esa misma búsqueda distintiva, el uso de un argot específico tiene larga relación con el delito. El “lupanar”, los “barrios bajos”, todas las metáforas de ascenso y descenso manifiestan esas formas del uso lingüístico que surgen más allá de un límite: por debajo de la norma.
La lengua muta, y esto es fácilmente comprobable, para cualquier hablante, sin ponernos a descifrar sus funcionamientos específicos. Cambia y perdura como institución. Es más: cambia para perdurar siendo ella misma todo el tiempo.
Una jerga puede leerse como un subconjunto colectivo que constituye un estilo diferencial, y que, como tal, se relaciona con la lengua nacional en los límites donde se muestra como otra cosa. Es en ese sentido que aquellos que participan de su uso se individualizan frente a la supuesta (nunca realizada) neutralidad de la lengua estándar.
Claro que en la lengua nada es tan tajante. Los muchachos cajetillas se jactarán de “hablar mal” por conocer los códigos de la calle, visitar los lugares indicados y comerciar con otros y otras. Y es que la lengua es fuente de comunicación, enlazadora, pero también es distinción y diferencia. ¿O tal vez sea solo eso?
La escritura de Mundo Lunfardo, la segunda parte de Memorias de un vigilante, genera un espacio de contacto entre el narrador-vigilante y el ladrón a través de la lengua. En el fragmento “Perspectivas” el narrador presentará un diálogo oído en el que un “pillo” tratará de escapar, infructuosamente, a la identificación oficial. También exhibirá una apropiación de la jerga del otro. En bastardilla se transcribirán expresiones propias del otro (“embroquen”, “darle el espinazo” y “cachado”) a las que se adjuntará, entre guiones, la traducción a la lengua estándar.
La jerga de los lunfardos no utilizará solamente palabras “distintivas”, también tomará a mano términos de uso común resignificados en el “ámbito profesional”. Palabras como “trabajos” y “vida” reciben la codificación de la bastardilla para marcar un tono. Casi un gesto que podemos imaginar como marca de la ironía.
Los delincuentes no son los únicos “otros” a los que el narrador vigilante observa en el texto; en su paseo por la ciudad hay otras voces extrañas que acaparan su atención y lo fascinan. ¿Qué tipo de contacto establecerá con esos sujetos que lo rodean y comparten su espacio con él? Para una escritura preocupada por dar cuenta del impacto que esta escucha tiene en el protagonista, las palabras extranjeras también requieren de un tratamiento distintivo. La traducción supone compartir la lengua con el lector pero no garantiza el efecto de extrañamiento que se pretende contar.
¿Cómo lograr ese sonido buscado cuando las lenguas otras están entrando a comprender (integrar) la propia? Y más aun, cuando los lectores hablan las dos o tres lenguas que aparecen en el texto. ¿Cómo se imagina ese autor a su público?
En Mundo Lunfardo los pícaros “pueden ser criollos o extranjeros”. Ambos practican la simulación, a través de prácticas discursivas, para intentar escabullirse del rótulo clasificador de la Policía. En un caso por exceso de conocimiento de la lengua, y en el otro por ausencia —o simulación de la ausencia— estos pícaros intentan evadir el poder de control del vigilante. No importa en este texto, cuál sea su “predisposición natural” ni tampoco su procedencia, sino que lo que se pondrá en juego serán sus prácticas y saberes.
El pillo criollo “aprende a leer y escribir en los meses de reclusión, y luego la emprenden con los libros de leyes, medicina, y cualquier otra ciencia útil para su arte de vivir de gorra.” El pillo extranjero, por su parte, “se cambia de nombre cada vez que cae preso, y es obra de romanos identificar su personalidad en cada caso, pues recurre a cuanta artimaña puede sugerirle su imaginación a fin de ocultar su pasado, teniendo como recurso invencible su poco conocimiento del idioma”.
Los maleantes de Memorias de un vigilante no son malos o buenos, no hay planteos maniqueos sino transmisión de saberes de un lado a otro de la ley, de una lengua a otra, del campo a la ciudad...
La lengua sigue siendo en estas escenas, una de las formas —disueltas o en pugna— de la identidad, de reconocer lo propio, dudar de ese patrimonio y escuchar lo otro. La sorpresa, ante esta brecha en el uso de la lengua, aparece con un énfasis humorístico y una sensibilidad sutil en la escena de Memorias de un vigilante en la que Fabio Carrizo escucha los pregones de los vendedores ambulantes que lo rodean, con los que se cruza en una de sus primeras impresiones de la ciudad.
“Pero lo que más me develaba eran las ilusiones del oído, aquellas voces pronunciadas en todos los idiomas del mundo y en todos los tonos y todas las formas imaginables.
Veía venir a un italiano bajito, flaco, requemado, que con voz de tiple, aunque doliente como un quejido, exclamaba acompasadamente: “Pobre doña Luisa, pobre doña Luisa”, mientras lo que en realidad hacía era ofrecer los fósforos y cigarrillos que llevaba en un cajón colgado al pescuezo; otro alto, rollizo, con un cuello de media vara, y llevando canastas repletas de bananas y naranjas, exclamaba en tono alegre: “arránqueme esta espina”, mientras un francés que vendía anteojos, cortaplumas y botones, anunciaba con un vozarrón de bajo: “soy un pillo”, coreado por un vendedor de requesones, que clamaba intermitentemente, “tres colas negras”.
Luego de allá, del fondo de la memoria, surgía la figura de un semigaucho, que con reminiscencias de vidalitas, ofrecía su mazamorra batida, y tras él un negro pastelero, que silbaba y muy echado para atrás, muy ventrudo, llevando en la cabeza un gran cajón de factura, soplaba como un fuelle: “ta tapao, meté la mano”.
Mi cabeza era un volcán: todo lo oía, todo lo interpretaba y mi cuerpo se debilitaba en aquellas horas de agitación y de fiebre. ¡Buenos Aires entero, con sus calles y sus plazas y su movimiento de hormiguero, bullía en mi imaginación calenturienta!(7).
Frente al tiempo silencioso del pasado (tal como era contado en el capítulo anterior al que citamos) y el recuerdo agauchado de una oralidad familiar, lo que se oye en las calles de la ciudad es una sintonía dislocada, una Babel de imitaciones. Primero se oye y después se interpreta.
Podría haber elegido no transcribir, interpretando esos sonidos. Podría haber explicado lo que oía, o haber escrito que “hablaban sin comprender”, sin embargo, pone en juego la simulación de la sonoridad del otro. Tal como está presentada la escena, esas frases podrían ser errores en la escucha de Carrizo y no en la enunciación de los vendedores ambulantes(8). Transcribir el acento de un personaje implica una compleja red de decisiones que este cronista del fin de siglo exhibe en éste y otros textos posteriores. Y en esta elección también se juega un vínculo estrecho entre la observación y la escritura, de un vigilante que, diez años después, se permite reírse tal vez de sí mismo.
Bibliografía
Buenos Aires, Cuadernos de Crisis nro. 27, Buenos Aires, 1976
Caimari, Lila, Apenas un delincuente. Crimen, castigo y cultura en la Argentina, 1880-1955, Siglo XXI, Bs. As., 2004
Cortez Rocca, Paola, “Iconografía de la violencia: imágenes de la guerra, imágenes del desvío” en: Relics and Selves: Iconographies of the National in Argentina, Brazil and Chile (1880-1890), London, 2002. www.bbk.ac.uk/ibamuseum
Foucault, Michael, Vigilar y Castigar [Gallimard, 1975], Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2005
García Ferrari, Mercedes. Identificación. Implementación de tecnologías y construcción de archivos en la Policía de la Capital. Buenos Aires. 1880-1905, Universidad de San Andrés, Tesis de maestría en investigación histórica, 2007. Ver: http://www.crimenysociedad.com.ar/wp-content/uploads/Identificacion_Garcia_Ferrari.pdf
Ledesma, Jerónimo, Prólogo: Fray Mocho, Galería de Ladrones de la capital (1880-1887), Buenos Aires, Editorial Tantalia, 2006.
Melossi, D, “Ideología y Derecho Penal. Garantismo jurídico y criminología crítica: ¿nuevas ideologías de la subordinación?”, en: Revista Nueva Doctrina Penal A/1996, Buenos Aires, Editores del Puerto, 1996
Rogers, Geraldine “Galería de retratos para el Estado: Identidades y escritura en ‘casos’ argentinos de fines del siglo XIX (1887-1897)”, en: Relics and Selves: Iconographies of the National in Argentina, Brazil and Chile (1880-1890), London, 2002. www.bbk.ac.uk/ibamuseum/texts/Rogers01A.htm
Romano, Eduardo, Fray Mocho y el costumbrismo hacia 1900, Capítulo, La Historia de la Literatura Argentina nº 34, Buenos Aires, CEAL, 1980
Salessi, Jorge, Médicos, maleantes y maricas. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación, Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 1995
NOTAS
(1) Alvarez, José S., Galería de ladrones de la Capital, Buenos Aires, Imprenta del Departamento de la Policía, 1887.
(2) Es importante señalar como buenas excepciones a esta afirmación los trabajos de Geraldine Rogers y Jerónimo Ledesma, ambos vinculando Galería de Ladrones y Memorias de un vigilante. Desde una perspectiva histórica: el análisis de Lila Caimari, tanto de la Galería como documento institucional como de las representaciones del criminal en distintos textos literarios y la tesis de Mercedes García Ferrari que investiga la construcción de archivos en la policía y los modos de identificación de delincuentes. (Ver bibliografía)
(3) También participó en la comisión que legisló sobre las obligaciones e incidencia de la Comisaría de Pesquisas que, hasta 1886 carecía de reglamento “que a la vez que determinase sus atribuciones propias, evitara los conflictos de jurisdicción que empezaban a suscitarse con las comisarías seccionales” (Memoria del Ministerio del Interior 1886) y fue el fundador de la División de Investigaciones de (4) Jerónimo Ledesma ha señalado –en el prólogo que escribió para una reedición parcial del texto– la productividad de esta confusión, acercando el volumen policíaco a la obra ficcional de Fray Mocho.
(4) Jerónimo Ledesma ha señalado –en el prólogo que escribió para una reedición parcial del texto– la productividad de esta confusión, acercando el volumen policíaco a la obra ficcional de Fray Mocho.
(5) En algunos casos, incluso, hay autores que citan la escritura de dos libros distintos el mismo año: Galería de ladrones de la capital y Vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y sus maneras de robar. La confusión en relación a cuántos libros escribió como comisario de pesquisas puede estar fundada, también, en el hecho de que la Galería… contara con un anexo, en el que Álvarez realiza una lista alfabética de individuos, que en algunos casos, fue citada como otro texto. Lo que sí es evidente, frente a esta discusión de títulos, es que tratándose de un libro que no aparece registrado en las Bibliotecas más frecuentes (Nacional, del Congreso, del Maestro, de Filosofía y Letras...) ni en el Archivo General de la Nación, es probable que la mayor parte de las veces figure como cita referida en otros textos críticos y que, así, se haya extendido el malentendido. Probablemente, la mención en las Obras Completas, prologadas por F.J. Solero, con el título erróneo, sea fuente actual de la persistente confusión. Para ilustrar hasta dónde ha llegado el equívoco en relación a este período de escritor-policial de Fray Mocho, cabe mencionar que en un proyecto de ley (S.-3.374/05) presentado al Senado de la Nación, para declarar “bien cultural de dominio público la casa de Fray Mocho en Gualeguaychú”, figuran mencionados dos libros distintos Ladrones de Capital y Vida de los ladrones célebres de Buenos Aires y su manera de robar.
(6) “La prevención del delito es, en su significado más simple, la no-producción de un evento y en sí mismo constituye un resultado difícil de evaluar, cuantitativa o cualitativamente” Sozzo, Máximo. “Hacia la superación de la táctica de la sospecha. Notas sobre prevención del delito en la intitución policial” en Detenciones, facultades y prácticas policiales en la ciudad de Buenos Aires. Seguridad ciudadana, Centro de estudios para el desarrollo, CELS, 2000. en: http://www.cels.org.ar/home/index.php.
(7) “Entre la cueva”, Alvarez, José Sixto (Fray Mocho). 1897. Memorias de un vigilante. Madrid: Hyspamérica, 1985.P. 84
(8) “En el momento en que el Estado alienta biopolíticas destinadas a frenar posibles desórdenes de las multitudes. Fray Mocho desarma la constelación que iguala crimen, ideología e inmigración, cuestiona a través de la broma y, con frecuencia, de la moraleja popular, el estereotipo, diseñado por médicos, higienistas y criminólogos, del inmigrante peligroso, loco y portador de enfermedades”. Rodriguez Pérsico, Adriana. “Fray Mocho, un cronista de los márgenes” en: Herlinghaus, Hermann y Mabel Moraña (Eds.) Fronteras de la modernidad, Pittsburg, Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2003
*Parte de este trabajo fue leído en las jornadas del ILH-UBA, en diciembre de 2008.