> 1.1 Modus operandi

> Policías de Novela y Policías de Laboratorio por Dr. Edmundo Locard

La evidencia y la intuición. A propósito de Policías de Novela y Policías de Laboratorio de Edmond Locard

Por Suboficial Mauro  Lo Coco

“Lo mismo que Goethe y Chateaubriand prepararon una generación
de neurasténicos, lo mismo que Hugo y Musset hicieron nacer almas
a la vez románticas y novelescas, lo mismo, al comienzo del siglo XX,
una serie de publicaciones hacían surgir una simpatía quizá excesiva
hacia los malhechores, mientras que otras novelas despertaban en el
corazón de todo hombre al policía que en él dormita”
E. L.

Para Enero de 1935, Edmond Locard era ya una celebridad en el ambiente de la criminalística, disciplina que él mismo había colaborado en forjar y difundir. Hacía ya algunos años que se desempeñaba como Director de la Policía Técnica de Lyon, era Vicepresidente de la Academia Internacional de Criminalística, y en 1934 había publicado los primeros seis volúmenes del Tratado de Criminalística, que brindaría consistentes aportes sobre el peritaje de huellas dactilares y lo que el mismo definió como porología.

Estos debieron ser motivos más que suficientes para que el primer número de la Biblioteca Policial, realizada por el personal de la Policía de Capital Federal, eligiera una de las obras del denominado Sabio de Lyon como plataforma de lanzamiento: Policías de Novela y Policías de Laboratorio, un curioso análisis comparativo entre la metodología de trabajo de los detectives “aficionados” y los profesionales. Publicado originalmente en Francia, en 1924, el ensayo -si se quiere una obra marginal en relación con la profusa producción de Locard- propone significativas categorías de análisis sobre la ficción policíaca que funcionan como una suerte punto de partida para una sistematización de las operaciones de análisis criminológico y el peritaje forense.

El director de la publicación y por entonces auxiliar Enrique Fentanes (1), parece revelar en un modesto prólogo las intenciones que persigue la recientemente fundada Biblioteca con la publicación de esta obra: “presentar, en una forma orgánica, los grandes modelos novelescos de investigadores, citados continuamente en la literatura, la prensa y la conversación, que un policía culto debe necesariamente conocer”. Esta cuestión, en la perspectiva de Fentanes, resultaría de suma utilidad además para “refutar los irónicos paralelos que los profanos suelen hacer entre el policía de novela y el de profesión”. 

Si bien Policías de Novela y Policías de Laboratorio no enfatiza este antagonismo entre el profano y el policía culto, sí deja entrever el proceso de legitimación del saber forense, y, como forma de hacerla pública, da cuenta del imaginario detectivesco que estaría gestándose a partir de la creciente afición popular a la narrativa policial. Luego de un breve recorrido histórico por los orígenes de la institución policial, y en especial sobre la relación de la fuerza con el “espíritu público”, Locard destaca el aporte de la literatura policial para volver más entrañables tanto la figura del detective como las del criminal. “Nuestros abuelos –señala el Sabio de Lyon- se espantaban de los forzados y temían a los agentes: nosotros adoramos a Arsenio Lupin y Sherlock Holmes”.  En esta dirección, el creciente fenómeno de la crónica policial y la influencia de tales figuras literarias  hace brotar, desde la mirada de Locard “(…) este espíritu nuevo, que ha hecho de todos nosotros los auxiliares benévolos, aunque no muy preciosos, de la policía regular”.

Una vez señalado este escenario, Locard se aboca precisamente a examinar la obra de tres grandes maestros del género: Poe, Gaboriau y Conan Doyle. Las razones de este recorte no aparecen enunciadas; sin embargo, podemos inferir que constituyen la garantía de la tesis que recorre la obra: la intuición puede (debe) ser sustituida por la técnica. “Los policías de novela”, entonces, resultan un buen pretexto para enunciar ciertos rasgos de una labor criminológica que busca, en los albores del siglo XX, constituirse como una episteme.

En esta dirección, Augusto Dupin encarnará, para Locard, el anti-modelo de la técnica policial, por tratarse, principalmente, de un hombre de genio. El examen, sazonado con frecuentes reverencias y gestos de admiración, de “La Carta Robada” y Los crímenes de la Calle Morgue, parece abonar, según el criminólogo francés, el mito del “olfato policial, virtud innata que no puede adquirirse por el uso”, y que sería imposible de transmitir a los detectives, así como “a los canes que naciesen desprovistos de él”. 

Sin ser por ello menos admirable (muy por el contrario, el criminólogo se muestra deslumbrado por las “habilidades de matemático y de poeta” de Dupin), a los efectos de la formulación de una técnica policial, el sistema analítico del detective estrella de Poe puede ser reemplazado “por la observación y la inducción (2) ”, que a la postre resultan los núcleos principales de la técnica policial. Ejemplo de ello es la revisión que Locard realiza de la escena del crimen en la Calle Morgue: “un experto habría ido inmediatamente a la casa del crimen, habría buscado por sí mismo los rasgos del agresor, y creo que muy rápida y simplemente, habría establecido que se trataba de un antropoide (…) al descubrir y examinar los pelos de la bestia…”. La oposición entre el genio innato y la producción racional del saber, sin embargo, constituyen la ambivalencia principal que recorre la obra de Locard, y si bien descartado, el aura de Dupin volverá constantemente a relativizar las propias afirmaciones del criminólogo francés.

El autor muestra mayor cercanía con, y simpatía por, los detectives de Gaboriau, aunque desde luego, menos admiración. El mérito del autor de El Crimen de Orcival, entre otras obras, consiste en haber sido el primero en presentar una “descripción de lo que puede ser una investigación, una vigilancia, un arresto, un allanamiento”. Si se quiere, la cercanía que presentan detectives como Lecoq con los de la vida real constituye uno de los fundamentos principales que hacen del pintoresco detective un modelo a seguir.

El método de Lecoq es indiscutiblemente acorde con el de un buen policía de laboratorio. Es experto en el peritaje y en el raciocinio, dos instancias indispensables para un buen detective. Así, Locard celebra el moldeo de rastros en la nieve o la comparación de distintas clases de barros, como parte de un ingenio policíaco sin competencia, excepción hecha de Sherlock Holmes. Esencialmente,  la técnica de Lecoq difiere de la de Dupin en una cuidada observación y un riguroso –considerando la escasa profesionalización del personal policial en el Siglo XIX-  peritaje, que incluye intervenciones fantásticas, como el cambio de identidad, típico recurso folletinesco. Lo que Dupin, en su intuición poética, puede razonar, Lecoq, lo obtiene mediante la acción y el método, por lo cual se convierte en un modelo deseable. Esto motiva en Locard una reflexión sobre el quehacer policial: no se puede reducir el análisis a la deducción, sino que ella está acompañada de inferencias y en ello reside el hecho de que la policía “no es una ciencia”.

Sin embargo, es posible pensar, según el pensamiento de Locard, que la técnica policial se acerque lo más posible a la rigurosidad científica. Y en ello, el verdadero modelo es Sherlock Holmes. La cuantiosa obra de Conan Doyle le permite al Sabio de Lyon postular una diferencia esencial con Dupin, y que por ello deviene en la quintaesencia de la técnica policial: a diferencia de éste, quien primero razona y luego controla, los razonamientos de Holmes –al igual que los de Lecoq, pero con “mayor rapidez y una audacia mucho más hermosa”- son producto de la observación.

A partir de este planteo, lo que sigue es un examen detallado tanto del método de rastreo del personaje de Conan Doyle como de su lógica de razonamiento. En referencia al primero, Locard propondrá una clasificación de tipos de pruebas, que luego retomará cuando se aboque a los Policías de Laboratorio. En la misma sintonía, nos encontraremos con una taxonomía de operaciones que establecen la identidad, especialmente a partir de la fisonomía y los gestos.  

En este sentido, Sherlock Holmes merece la admiración del lector aprendiz de detective por la rigurosidad de un saber científico: “todo es digno de imitar en Holmes, su especialización, su competencia técnica (y en esto se puede igualarlo, hasta superarlo hoy porque las aplicaciones científicas  a la policía han progresado magníficamente desde entonces)”. Pero nuevamente, en el orden analítico aparece la frustrante comparación: “pero donde se manifiesta maestro es en la elección feliz de las hipótesis, en la intuición que no se aprende”. Si bien podemos observar la inversión del método de Dupin, nuevamente la “belleza” (como antes la “poesía”) resultan nuevamente el límite de lo que es susceptible de adquirir por método y razón.

Al fin y al cabo, los policías de novela, para el autor de Policías de Novela y Policías de Laboratorio, resultan figuras entrañables y dignas de admiración por la belleza de sus intuiciones poéticas, su audacia analítica y sus variadas competencias técnicas, que sin ser rigurosas, prefiguran la técnica policial. Esa que es retomada en el análisis de las técnicas de peritaje, que demuestran “como el policía ha seguido o superado a los modelos de policías de novela”.  A partir de esta afirmación, Locard hace alarde de sus saberes en materia de impresiones digitales, análisis de huellas y peritaje de documentos escritos. Y el policía aprendiz cierra el libro con la convicción de que la “belleza poética de las hipótesis” es imposible de entender y, menos, aprender.

 

 

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1 Fentanes alcanzaría, posteriormente, el grado de Comisario General y publicaría su célebre Didáctica Policial. Actualmente, la Academia Superior de Estudios Policiales lleva su nombre

2 Entendemos que, aquí, “inducción” está queriendo significar lo que en lógica se denomina “inferencia”. 

Acerca del autor
Mauro Lo Coco nació en Villa Santa Rita en 1973. Es docente en las Universidades de Buenos Aires y Lomas de Zamora. Coordina Talleres de Escritura desde 1997. Desde hace 9 años dirige la revista Pesca Fácil. Publicó Señas del Gorgojo (Ed. Cableado, 1999), cuidado con la chapa (Ed. VZ, 2001), Ricardo Gravitando (mediante un subsidio otorgado por la Fundación Antorchas; Ed. Del Dock, 2003). Sus poemas han sido publicados en diversas antologías nacionales y sudamericanas. Actualmente se encuentra preparando la edición de Las razones del vientre.

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