> 1.1 Modus operandi

“Circulen, señores, circulen…”
Batiz y Romay: agentes literarios

por Guillermo Korn

 

La literatura –o sus críticos– opera una selección y al hacerlo arroja obras a la banquina de sus avenidas centrales pero también de sus cortadas más angostas. En este caso, el estandarte que flamea en lo alto es el de Fray Mocho, con sus perlas editadas en las páginas de Caras y Caretas o por Ediciones Mínimas Unión Editorial Hispano-Americana.

No propongo arriar esa bandera, sino izar otras. La primera desde un título que asoma entre el ensayo social y la crónica urbana y el segundo, como nota al pie en la obra de su autor. Ambos en la zona de la que emergen las Memorias de un vigilante de Fray Mocho. Adolfo Batiz(1) y su Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos en 1880 y El hombre sandwich, de Francisco Romay(2).

 

El hombre que caminaba

"Vi algunas arrojadas que se daban vuelta con desprecio y echar algún carajo o un puta que te parió, sólo porque al pasar los concurrentes les dijeron: 'Comadrona emperifollada, blanca paloma' o dichos que nunca faltan, cuando el paseante se encuentra en esta clase de barrios."
Adolfo Batiz, Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos en 1880

Adolfo Batiz fue exonerado de las fojas de la literatura para integrar solamente los legajos como personal de la fuerza. Sus negativos comentarios sobre la pederastía es lo que llevó a Sylvia Molloy primero y luego a Jorge Salessi(3) a considerarlo desde esta única perspectiva.

Aspectos como sus recorridos por toda la ciudad, la descripción del hampa local, los cruces que fomenta con autores nacionales y extranjeros, y la rareza de un subcomisario con declarada simpatía por las posiciones de Marx nos tientan a recuperarlo.

Su libro Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos en 1880comienza narrando un sueño en el que entabla un diálogo con el Dante. Para hablar de la prostitución llama a su lado a dos autores: Víctor Marguerite y al más cientificista Félix Regnault, citado con menos entusiasmo por los prejuicios de clase que trasuntan sus argumentos. Batiz se distingue de otros contemporáneos al criticar la teoría lombrosiana: esa "soberana mistificación de la ciencia, hecha por ese ilustre antropólogo italiano, que se distingue de los demás por sus exageraciones". No suelen ser tan comunes esas distinciones en el arco de sus contemporáneos que va de Eusebio Gómez, autor de la Mala vida (1908) al siempre presente –y curiosamente reivindicado– José Ingenieros.

En el libro –publicado en París por primera vez en 1908–se ocupa de hablar bastante menos de los prostíbulos de lo que puede preverse y más de la Buenos Aires que va de 1870 a los primeros años del nuevo siglo. Su reconocimiento como fuente para investigadores del tango y la mala vida se da a partir de la década del sesenta, cuando lo imprime la editorial Aga-Taura. Un sello de corta existencia, de los tantos nacidos en ese momento floreciente de la industria editorial porteña, con pocos títulos en su haber. Por ejemplo, la Introducción a la poesía rantifusa, de Osvaldo Elliff o El camino a Buenos Aires. La trata de blancas, de Albert Londres, texto con cierta familiaridad al de Batiz. Si suponemos como cierto que el nombre elegido por la editorial proviene de la vinculación de dos términos: Agá (oficial del ejército turco) y taura (bravucón, astuto, valiente), podría decirse que el autor de Buenos Aires, la ribera y los prostíbulos en 1880 portaba algo de ambos componentes: era un subcomisario taura. Así se insinúa en esta especie de memoria de un habitante de la ciudad, conocedor de juegos, anécdotas y experiencias de la calle. Memoria y guía. Historias y explicaciones al neófito: qué es un atorrante, qué un compadrito y qué un canfinflero o en qué se distingue un ave negra de un ave roja.

Batiz no tiene un estilo artificioso, sino más bien descriptivo. Gustoso de la historia argentina y conocedor de la literatura, alude a ambas cuando introduce anécdotas o refiere a autores que van desde "las brillantes páginas de José M. Miró (Julián Martel)" a Ivan Tourgueneff, mediando Sarmiento, Verlaine, Andrade o Darío. Sin embargo, su prosa también muestra la fascinación por las prácticas callejeras. Por ejemplo cuando dice que "… la música nos invitó al jolgorio y a la chacota hasta el punto de organizarse un baile en la vereda, en cuyo transcurso el compadre Nemesio con Garabito el menor y uno de los Veroy, hicieron la mar de piruetas y posturas graciosísimas. Solo faltaba la parda Loreto y la china Refucilo para decir que era baile en forma aquella fiesta callejera...". Antes de aludir al baile entre varones –práctica que sin nombrar alude a los orígenes del tango– opina de las ausentes: "me dio coraje para seguir la conversación sobre el tema de las putas, y entre dichos picarescos hablamos de la parda Loreto, una china comadrona, de las del género al que nos hemos referido, peleadora y bochinchera; de Enriqueta la Conchuda, otra de las chinas, que tenían fama de valientes, las que dieron algún trabajo a la Comisaría 3° en algunas ocasiones, que se defendieron de la gente maleante, tirando vasos y botellas y de la parda Refucilo, que de puro comadrona y compadrita bailaba sola."

Algo de esa escritura, sus temas y formas, se asocia a la poesía de Carriego –"Las costureritas argentinas han sido siempre honradas, humildes y melancólicamente bellas..." dirá Batiz–, a las milongas borgianas(4) y a la ciudad que describe Eduardo Wilde.

Wilde fue el cronista anónimo de La Nación Argentina, al promediar 1860. La ciudad era tema permanente de sus diarias y extensas columnas. Las Crónicas locales iban desde denuncias por la inacción de la Municipalidad hasta el reclamo por las aguas servidas ("despiden un olor a cuero de diablo quemado, están negras y espesas como aceite, con el calor esto vá á ser orijen de alguna epidemia que vá á dar con todos los del barrio del alto en los infiernos"), desde elogiar a alguna damisela a criticar los letreros de los negocios, en la tradición de la literatura satírica y de costumbres:"¡Carnicería de Garibaldi! ¡Garibaldi haciendo carnicerías y después de una victoria! Por honor a los italianos pedimos se borre tal cosa. Un estrangero que lea esto y que no sepa que la calle en la que se halla es la de Victoria, seguramente tomará al héroe italiano como un hombre sanguinario.¡Que se borre!" (28 de julio de 1864). El joven cronista también daba luz a la figura del orillero, "resultante de dos fuerzas, –dice – una que representa al compadrito y otra al gauchito completa y profundamente tal".

Pero más que las crónicas, lo que emparenta a Batiz con Wilde es un cuento de la etapa adulta. Al igual que Cambaceres tituló su novela naturalista, y, muchos años más tarde, Simja Sneh su sección en Di Presse, el "Sin rumbo" de Wilde es un relato que se propone como paseo indeterminado, deambulador, en particular por las orillas, cerca de las quintas.

Dos vagabundos se enfrentan: el narrador de visita por los contornos de una ciudad que busca una naturaleza casi virginal y el que "pensaba en algún guiso con arroz o en otro poema fantástico por el estilo". En el recorrido aparece un almacén donde "los garbanzos y los fideos se apiñaban en bolsas o barricas, aburridas de su quietud. Las cajas de sardinas, condecoradas con las imágenes de medallas de cualquier exposición, proclamaban mintiendo la falta de espinas de los cadáveres marítimos que contenían y miraban hacia el mostrador con sus rótulos de metal amarillo. El queso de Gruyere fósil, con sus ojos vacíos, parecía quejarse de la ausencia de consumidores; la yerba mate se ofrecía verdosa e inútilmente y el azúcar amarilla perdía su gusto a fuerza de esperar. Las masitas y los cigarrillos encerrados en vidrieras acostadas, se dejaban pasear por las moscas furtivas que habían escapado a un plumero calvo, sirviente antiguo de la casa, que en manos del dueño parecía una disciplina destinada a chicotear los objetos más que a privarlos del polvo, y por fin, sobresaliendo entre damajuanas, los barriles, las espuelas, los espejos abollados, el pan, las tazas, las bombillas de lata, los confites matizados y eternos, el papel de estraza, las canastas, el hilo emigrado de alguna mercería, los rosarios y los racimos de velas de baño, se mostraba un cajón de bacalao abierto con sus manjares de cuaresma crucificados, implorando la piedad pública”(5).

Hasta aquí la larga cita de Wilde. Batiz elige otro recorrido cuando se encamina "subiendo por detrás de la Recoleta, hacia la ciudad, poblada mi mente de patrióticos y poéticos recuerdos, dejaba a mis espaldas el camino del clásico Palermo y más allá Belgrano melancólico, la quinta de Olivos, donde veía siempre un tostado bayo, cuidado como parejero, que ataban a un palenque con el morral del caballo criollo, preparándolo para correrlo". La noción del afuera es otra, pero también se distingue en ser menos animista hacia los objetos que describe: "Era la hora en que el pequeño comerciante enciende sus cantinas, entonces establecidas en humildes viviendas, y a medida que avanzaba se sucedían éstas, que sólo tienen cuatro mesas, unos pequeños asientos de madera, cuatro vasos en las mesas y pocas botellas en los estantes. En las esquinas el almacenero que tiene escasos comestibles y le dan quehacer las ratas, acostumbradas a picar del queso o nueces viejas; y allí, a mi frente, el inmenso Buenos Aires que desde 1880 derramaba oro a manos llenas para que lo recogiera el traficante...".

Ambos escritores caminaron, tomaron el pulso de la ciudad, escucharon sus tonos. Además coincidirán en un acto político. Wilde como parte de la comitiva de Roca, Batiz entre el público. Desde ese lugar denuncia un simulacro en lo que por entonces se dio como un hecho: un atentado al presidente Roca con una pedrada en la frente.

Borges sumó al oficial de policía y literato Laurentino C. Mejías(6), a su compilación sobre El compadrito. Y, con ese gusto por las orillas, podía haber dicho sobre Batiz lo que dedicó a Wilde: “lo veo clarito por las calles de Monserrat caminoteando por la calle Buen Orden, parándose a mirar la puesta de sol en la esquina de México, soltándole un cumplido a una chica: en cualquier esquina, en cualquier parroquia, con o sin verdad de pasión”.


 
El hombre del cartel

"Los que habían entrado primero, comenzaron a salir al poco rato, llevando sobre los hombros y atados por debajo de los brazos unos carteles y seguían unos tras otros, en fila, por la calzada, junto al cordón de la vereda, rumbo a la Avenida de Mayo".
Francisco Romay, "El hombre sandwich"

En una de las tantas series de series que David Viñas construyó para pensar –en diacronía y en sincronía– la literatura argentina, podría sumarse el título de Francisco Romay. Así, entre el que está solo y espera y el que habló en la Sorbona, se cuela El hombre sandwich. Producto de ciertas condiciones del trabajo en la década infame, este cuento de comienzos de los años treinta pone el tema en superficie. Si con Un horizonte de cemento y Reina del Plata, Kordon planteará una década más tarde la precarización de la ciudad, Romay –menos descarnado y más amable– insinúa el tema del trabajo precario desde el cuento que da título al volumen. Son hombres que ofrecen su cuerpo como superficie publicitaria. En la ilustración –en colores y pegada sobre la tapa de cartón– aparecen en hilera, llevando carteles por encima de sus cabezas.

Son hombres-estandartes: los palos se sostienen, como una cruz, sobre las maltrechas espaldas, diferenciándose de los que aparecían en el cine mudo. Aquellos daban contenido con su cuerpo a un emparedado que se completaba con dos placas sobre el pecho y la espalda, pero aquí forman un desfile de cuerpos-objetos. El primer plano del dibujo está puesto en el que encabeza la fila, con un cartel que dice El hombre sandwich. Al final de la hilera un haz de luz ilumina al último, el supuesto narrador del cuento. Como escenario la calle y unas sombras de edificios de alto.

El narrador no se decide por la denuncia social, ya que a medida que el cuento avanza el protagonista hará un circuito: de atorrante a hombre sandwich, luego será cuidador de caballerizas y finalmente el propietario de una poderosa sociedad. Cuento con moraleja: el modelo una vez más es el self made man como testimonio de salvación.

Casi todos los relatos del libro coinciden en dos hechos. El escenario: la ciudad vacía, de noche, en silencio y con calles desiertas. Y la presencia de lo policial: oficio de un vigilante, género literario de un cuento que un joven lee, amenaza que atemoriza a unos chicos prófugos de un asilo y, en el cierre, en "La recorrida del oficial" mirada que se extiende sobre la ciudad: aparecen "lingheras", sobre los que aclara el narrador que pueden salir vagabundos, pero "de estas gentes también salen los millonarios".(7) Como colofón del cuento y del volumen, el día asoma "poblándose los aires con mil ruidos distintos, anunciando que la ciudad despertaba y en su seno comenzaba a bullir y agitarse de nuevo la vida".

En El camino a Buenos Aires. La trata de blancas, de Albert Londres(8) (temporalmente cercano al de Romay, aunque en la saga de Buenos Aires, la ribera…) la ciudad no despierta, ni se agita la vida. Más bien aparece bajo una traza particular: las librerías sirven de contraseña para oscuros encuentros, la grilla de sus calles se asemeja a un nido de abejas, la ciudad no se recorre salvo en movimientos que asemejan a los peones del juego de damas, el zoológico se transforma en uno de los paseos más frecuentes para el traficante y la traficada. La urbe –según Londres– es, a la vez, bazar y metrópoli. Palermo servirá como testigo de encuentros entre el periodista y algún proxeneta ocupado en la trata de blancas. El escenario elegido para conversar de temas terrenales es lo más parecido alOlimpo: el Rosedal. La naturaleza matiza la charla sobre los orígenes de la explotación del mal: "¡Qué bellas son estas rosas! Es la sonrisa de Buenos Aires. ¡Ah, la pureza de las rosas!". Los parques dan respiro a las personajes del Camino a Buenos Aires, permiten la salvación de la rutina y romper el encierro que tanto la habitación como la ciudad teje sobre las recién llegadas.

Buenos Aires como nombre de distintas ciudades literarias. De ciudades vistas, imaginadas, caminadas por sus –como nombró Wilde– almas callejeras.

 

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(1) Adolfo Batiz ingresó en la policía como telegrafista en 1889, ascendió a oficial inspector en 1894 y llegó a ser Subcomisario en 1896. Falleció en octubre de 1924.

(2) En 1908, Francisco Luis Romay ingresó a la policía. Ejerció el periodismo en distintos medios, entre ellos La Razón, Mundo Argentino, la Revista de Psiquiatría y Criminología. Fue redactor de la Revista de policía, que dirigió en 1938 y 1939 y Secretario general de la policía de Buenos Aires, a comienzos de los años cuarenta. Entre sus numerosos títulos se destacan Antiguos servicios policiales (1938), Los serenos de Buenos Aires (1947), El barrio de Monserrat (1949) y el Diccionario Histórico Argentino, de seis volúmenes, escrito en colaboración con Ricardo Piccirilli y Leoncio Gianello (1949-1955).

(3) Molloy lo hace en "Too Wilde for Comfort: Desire and Ideology in Fin-de-Siecle Spanish America", en Social Text N° 31-32, 1992; Salessi en Médicos, maleantes y maricas, Rosario, Beatriz Viterbo editora, 1995.

(4) O a algunos de sus paseos de juventud, de los que da cuenta Ulyses Petit de Murat, en La noche de mi ciudad, Buenos Aires, Emecé, 1979.

(5) En Prometeo & Cía., Buenos Aires, Biblioteca Nacional- Ediciones Colihue, 2005.

(6) Mejías fue tipógrafo del diario La Unión hasta que en 1873 abandonó el oficio para ingresar en la policía de Buenos Aires como oficial del Cuerpo de Vigilantes, asciende a oficial inspector en 1874. Su legajo se ensombrece para la literatura y aporta para sus ascensos cuando da cuenta que estuvo al mando de las fuerzas policiales que reprimieron las revoluciones de 1890 y 1905. Es autor de La policía por dentro (1913), Del parque a la Casa Rosada (1930) y Policíacas (1927).

(7) Ese dato que parece disparatado, o afín a un ideario burgués, aparece ratificado –en parte– en un testimonio que aparece en El anarquismo trashumante, de Osvaldo Baigorria. Un capítulo ausente de En Pampa y la vía. Crotos, linyeras y otros trashumantes, de 1998, deja suponer que el éxito de cine de Dios se lo pague cundió para algunas historias, unas armadas en paralelo –como el personaje de Arturo de Córdova (millonario-pobre)–, otras como línea de ascenso vital. En medio de otras conmovedoras historias que reivindican la tradición libertaria, el caso de Germinal da cuenta de un ideario que quedó atrás para quien pasó "por todas las escalas sociales". En "De errantes, desheredados, pistoleros, guapos, malandras y banqueros", en El anarquismo trashumante, Buenos Aires, Terramar, 2008.

(8) Hubo una edición francesa en 1927 y múltiples reediciones. Entre ellas citamos la de Aga-Taura. La última es de Libros del Zorzal. Pero no nos interesa hacer un catálogo, sino comentar la que publicó Legasa en 1991, por la traducción de Bernardo Kordon que realza el texto –y le da un sentido– que, por ejemplo, la de Claridad no tenía.
Un párrafo a modo de ejemplo: “Son ‘datos’. Así comprenden desde sus comienzos que la policía no está dotada de una vista sobrehumana; pero sí de que tiene amigos entre sus amigos. Conocen la Santé. ¡Y es allí donde comienzan a aprender a vivir! ¿Para qué atracar?, preguntan los viejos. Es mucho peligro.¡Hay que buscar en el asfalto, imbécil!”(en Claridad, sin fecha).
La versión de Kordon es: “Alguien alcahueteó. Así comprendieron, desde el vamos, que la policía no goza de una vista sobrehumana, pero que tienen amigos por todas partes. Los muchachos entonces conocieron la Santé.–Allí se aprende a vivir. ¿Para qué cogotear?, enseñan los veteranos. El riego es enorme. ¡Mejor es buscarse una mina, boludo! Abandoná la Santépensando en una buena lección… Hay que buscar. En la espera queda el rebusque de alguna ratería.”
Como cierre: lo que en el periodista Londres fue tema para uno de sus libros, para el comisario Julio Alzogaray –activo perseguidor de la Zwi Migdal– fue eje de su testimonio. Publicado como la Trilogía de la trata de blancas. Rufianes-policía-municipalidad, Buenos Aires, Tor, s./f.

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