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De archivos y policías

Por Lila Caimari

 

 

“No te pelearás con el archivero.” En comarcas de devastación documental, esa regla de oro del historiador tiene estatus de mandamiento. Artesano del hallazgo errático, fetichista del residuo de hogueras políticas y burocráticas, viudo inconsolable de inundaciones en sótanos ministeriales, sabe que todo depende de la suerte y la astucia. Suerte, para encontrar el archivo que se salvó del diluvio - ese que todos creían perdido, y que ahora puede ser la llave de su consagración. Astucia, para seducir a los impredecibles guardianes de esa cueva de Alí Babá. Aquel diligente libro sobre el régimen conservador, esa reconsideración aguda de la crisis de 1930, la desafiante colección de nuevas perspectivas sobre el peronismo que ganó la mesa de novedades de Yenny: todos eufemizan con ademán erudito y prosa mesurada esos cimientos de peripecia, casualidad y agonía. La página de agradecimientos es el único resquicio por donde asoma, con intensidad incongruente, esa trama endeble de favores y excepciones.

En esto pienso en el subte que me lleva al archivo policial. Y después, mientras me abro paso entre los rollos de tela que se apilan en las veredas del distrito textil del Once. Lentejuelas, disfraces y trajes de novia me sacan por un momento de mi cueva de absurdas obsesiones detectivescas. Me dejo vagar un rato entre botones y lanas extravagantes. Pero es sólo un momento. Reconozco el malestar, el mismo que me asalta cada vez que tengo por delante otro día de súplicas abyectas. ¿Habrá alguna posibilidad de recuperar…? ¿Sería tan amable de fijarse…? Podría reservármelo en un rincón – ojalá que no vuelva a perderse. Feliz día del amigo… Y los archiveros de hoy son policías, nada menos.

La Comisaría Séptima es un paréntesis de bandera argentina y pintura a la cal entre los boliches cotilloneros de la calle Lavalle. ¿Quién la manda?, pregunta una voz femenina en el portero eléctrico. Dudo un momento. González. Soy investigadora. Quisiera consultar la biblioteca. El portero no anda bien y el barullo de la calle impide oir la respuesta. Pero la puerta hace un ruido ronco: están intentando abrirme. Ya estoy adentro.

El Centro de Altos Estudios Policiales “Francisco Romay” es un híbrido de archivo y bibliotequita al fondo de un corredor. Me atiende la oficial Susana. No es ninguno de los personajes que me han mencionado los colegas-baquianos. La tradición oral del archivo tiene un anecdotario profuso, pero sus cartografías son falibles, se desactualizan pronto.

Susana ha sido asignada hace pocos días a este oscuro destino, según me entero después. La combinación de maquillaje y uniforme con charreteras me recuerda inmediatamente la seccional de “El Bonaerense”, la película de Trapero (en su momento me había parecía excesivamente costumbrista). Mi aparición la incomoda. No puede pasar, dice con brusquedad. El comisario González no mandó ninguna autorización. Tiene que volver otro día, cuando haya algún oficial superior.

El diálogo transcurre en el estrechísimo espacio que hay entre los anaqueles y las tres o cuatro mesas de la salita. Me cierra el paso. Pero mire que yo hice todo lo que me indicaron por teléfono, musito. Presenté la nota, hablé con González. No soy periodista, no. Soy investigadora, pero del Conicet. ¿Me permitiría mirar lo que tienen allí? No toco nada. Sólo miro. Puede vigilarme mientras miro. Se lo agradecería tanto. Otra vez el malestar. Espero no descomponerme justo ahora.

No, no. El comisario González...

Mientras hablamos, ojeo los lomos de libros y revistas que hay detrás de mi interlocutora. Intento acercarme, pero vuelve a bloquearme el camino. Estoy ofuscándola peligrosamente. Pero no: en realidad está asustada. No tiene instrucciones para manejar estas apariciones desconcertantes. La han mandado a una biblioteca de policías para policías. Su lugar en el escalafón está en juego en este intercambio. Así que no hay manera. Mejor volver otro día.

Pego la vuelta para salir, y en ese momento irrumpe un hombre maduro. No lleva uniforme, y se mueve con familiaridad campechana. Adivino que es Pérez. De él sí me han hablado: Si le caés bien te deja laburar en paz. Pérez quiere saber qué pasa.

Comisario inspector, la señora no tiene autorización del comisario González. Soy la prueba del apego de Susana al reglamento. Pero Pérez apenas la mira. ¿Sobre qué investiga?, me pregunta inesperadamente. Dudo otra vez. Sobre los policías escritores, arriesgo. Es sólo uno de mis temas. Abrete Sésamo. La cara de Pérez se ilumina: Está hablando con uno de ellos.

 

        *                      *                      *                      *

 

Francisco Romay era un policía historiador, autor de una archi-minuciosa crónica de la policía porteña en cuatro tomos. Cuando murió, en los años setenta, era comisario y miembro de la Academia Nacional de Historia. También fue uno de los fundadores de la Academia Porteña de Lunfardo. El Centro de Altos Estudios que empiezo a frecuentar nació de su gigantesca biblioteca personal. Cada vez menos gigantesca, me cuenta un día el empleado más antiguo - el único que se identifica con ese lugar, el único que lo cuida con celo territorial. Murmura que entre robos y pérdidas la colección actual tiene miles de ejemplares menos que en el momento de su donación. Son dos salitas baqueteadas, un rincón de papeles rancios que sobrevive por pura negligencia en el vértigo de la Federal. Allí toman mate policías retirados y policías castigados (todos ellos olvidados). No, no es el lugar donde recalan los que esperan hacer carrera en la institución, pero esa misma marginalidad permite algunas rutinas cómodas. Como en otros archivos, se respira una especie de ensimismamiento grisáceo que tiene algo de adictivo. Hace mucho frío. Las posiciones en relación a este problema están divididas, así que según los días y los turnos hay que prever abrigo suficiente, o analgésicos para el dolor de cabeza que regala desde un rincón el vetusto radiador pantalla.

Nada de esto me importa porque he empezado a curiosear los estantes. De acuerdo a los pocos datos que tengo de Romay, espero libros tradicionales de historia argentina, manuales de técnica policial, algún diccionario de lunfardo. Ahí están, sí. Y al lado, las previsibles publicaciones institucionales, tomos y tomos de revistas para instruir a la tropa y generar identidad corporativa. Los saberes expertos del crimen ocupan varios anaqueles - tratados de criminología y criminalística, dactiloscopía y antropometría. Están Lombroso y Vucetich, Ingenieros y De Veyga. Bien, voy a poder completar algunas genealogías iniciadas en otros anaqueles y otras bibliotecas. Con un poco de suerte, hasta puedo toparme con ese tomo faltante de Criminalogía Moderna, la revista científica del desconcertante Pietro Gori, que a fines del siglo XIX puso el mismo entusiasmo para difundir las ideas lombrosianas más tenebrosas y para organizar a los obreros anarquistas.

Pero Gori no está. En su lugar, descubro una enorme colección de magazines ilustrados del 900. ¿Qué hace la festiva Caras y Caretas en medio de las minucias técnicas de la dactiloscopía? Recuerdo un texto leído hace años, sobre las contigüidades irónicas de biblioteca – Marx y Adam Smith, Voltaire y Rousseau. Tarde o temprano, todo y lo contrario de todo termina balconeando en los mismos estantes. Por eso las bibliotecas tranquilizan, con las calmas del largo plazo. Por suerte, esa adormecedora ilusión balsámica se interrumpe cuando abrimos esos libros y reactivamos su potencia intransigente.

Veamos. Abro un número cualquiera. En la tapa hay una caricatura de Roca y Pellegrini (Roca está sentado en una silla de consultorio, mientras un Pellegrini-frenólogo le palpa la cabeza para detectar la protuberancia craneana de la ambición política desmedida). Adentro de la revista se suceden todos los excesos del misceláneo de la época: concursos de belleza, las siamesas turcas, la guerra ruso-japonesa, el asesinato de Livingston, la temporada en Mar del Plata, un folletín sobre el anarquista peligroso. De golpe recuerdo que Fray Mocho era el director de Caras y Caretas. No hay paradoja, entonces. A pesar de las disonancias, su insólita revista pertenece a esta biblioteca, es el reconocimiento a la obra del más famoso escritor y periodista de la institución. Pero esas colecciones de libritos de kiosco con tapas estilo pulp, ¿también son concesiones de ese homenaje? ¿Y el semanario Ahora? Toda una sección de este Centro de Altos Estudios está dedicada a sus títulos catástrofe y fotomontajes de los pistoleros de los treinta. A juzgar por sus lecturas, Romay era un ecléctico sin rumbo. O acaso hay algo de la cultura policial que tengo que volver a mirar.

Los policías están enfrascados en su charla y no me prestan atención. Se habla de los pros y contras del nuevo régimen de ascensos. De la hermana del comisario tal, que anda mejor de la úlcera. Parece que unos días antes un agente de calle fue amonestado por hacerse la rata del piquete que le tocaba vigilar. Pasó un informe trucho desde su celular, pero un superior lo vio por la calle y elevó una nota de denuncia. Suena el teléfono. Es la hermana de Susana. (Su actitud ha cambiado desde aquel incidente inicial, me ofrece café y caramelos. Al parecer, ella también fue amonestada, por cumplimiento erróneo del deber.) Susana no está, tenía un trámite que hacer. Llamala mañana. Nueva ronda de mate, y es el turno de Macri. Se comenta que los aumentos corren peligro si la policía pasa a sus manos, pero esta versión es desmentida.

Me deslizo silenciosamente a los estantes del fondo. Aparecen las memorias de un comisario jubilado, y después las de otro, y las de otro más. Conocía algunos casos, pero esto es todo un género. Con razón entran y salen de este lugar tantos policías retirados. No se hace carrera en esta biblioteca, pero se puede culminar con el broche de un libro de recuerdos una carrera hecha en zonas más vistosas de la institución. Cada policía tiene sus historias. Ese anecdotario personal es su tesoro más preciado, porque prueba el acceso a las intimidades de la ciudad, a lo prohibido y lo secreto. (Por eso les interesa establecer su autoridad sobre el lunfardo.) Algunos se sientan a escribir cuando se jubilan y esos secretos ya no importan. Y cuando tienen tiempo al final del duro camino, según aclaran: los policías escritores se cuidan mucho de confundirse con los escritores de policiales, esos blandos amateurs sin la experiencia de la calle.

Tomo nota y sigo. En un rincón, atados con un hilo, hay unos papeles desvaídos escritos a máquina. Son los originales de un guión de radio-teatro, “Los Cuentos del Tío”. Está firmado por el comisario Ramón Cortés Conde, pero no tiene fecha. Sketchs, escenificaciones de las tretas callejeras de los ladrones porteños. Estaba al tanto de los libros de policías jubilados, pero ¿esto qué es? Lo hojeo con manos temblorosas. “El cuento del coche descompuesto”, “El cuento del cambiazo”, “El cuento del inspector”… Al lado, más guiones, escritos por más policías, con otras escenas de la calle. Hay melodramas, viñetas heroicas, sainetes. No puedo creer mi suerte. Todos eran para un programa de Radio Porteña, “Ronda Policial”. Parece que duró mucho, porque en algún momento empezaron a publicarlos como libro (el de los cuentos del tío se llama Cómo nos roban). Empiezo a fantasear sobre lo que podría hacer con todo esto. Y justo ahora tengo que irme… Me quedan unos minutos, si me apuro puedo mirar uno más. Encuentro uno de ficciones del vigilante de la esquina. En plena exaltación, me asalta el miedo a no poder volver a entrar, o a entrar y nunca más encontrar este tesoro. (Esa ansiedad pesadillesca es bien conocida y tiene nombre: es el “Síndrome del lector de la Biblioteca Nacional”). Mejor no llamar la atención sobre mi hallazgo.

Recojo mis petates tratando de disimular la euforia. No es que haga falta disimulo, porque mis guardianes siguen acunándose en el vaivén de los chismes de la corporación. (Al final, Trapero tenía razón: la policía es una red de lealtades personales, hechas charla a charla.) Un hombre mayor acaba de unirse a la rueda. Viene de calle Moreno con novedades de la jefatura. Parece que el gobierno va a avanzar con los juicios y el comisario retirado tal está en la lista. Pobre, justo que le diagnosticaron un cáncer a la mujer. ¿No te dije que nos quedamos cortos con estos tipos? Alguien prende la radio, a ver si se dice algo sobre el asunto. La nieta de Pérez prepara su fiesta de quince y no termina de decidirse con el vestido. Se rumorea que por fin van a cambiar la instalación eléctrica de la biblioteca. Era hora. Un día nos vamos a electrocutar con esos cables colgando. ¿Ya se va, profesora? Espero que no haya tenido frío. No, faltaba más. Gracias a usted.

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