el interpretador el trabajo

 

Boedo

El grupo de Boedo. Orígenes de una literatura militante

por Lucas Peralta y Leonardo Candiano

 

 

Nos resulta un tanto problemático el inicio de un breve artículo respecto del movimiento boedista. Tres años de investigación sobre el mismo y un libro publicado nos llevan inevitablemente a extendernos, quizás, más de la cuenta, y a dudar sobre qué ejes se deberían privilegiar para lograr transmitir la experiencia cultural de este Grupo de la forma más acotada y fidedigna posible ¿Qué decir de Boedo cuando todo lo dicho hasta ahora por la crítica literaria se puebla de errores, omisiones o distorsiones deliberadas? ¿Cómo hablar de un grupo literario olvidado aunque para nada olvidable? ¿Cómo comunicar claramente y en pocas líneas lo que fue y su importancia dentro de la cultura argentina cuando ya prácticamente nadie lo edita y, por lo tanto, pocos lo leen?

Quizás lo primero que haya que plantear para entrar en tema es que la práctica estética desarrollada por el Grupo de Boedo durante la década del veinte debe ser considerada como una de las experiencias culturales más relevantes de la izquierda argentina, y esto debido a múltiples factores; en primer lugar por su carácter fundacional, pues nunca antes en la historia de nuestro país había existido un movimiento desde el cual sus integrantes pretendiesen participar en el seno de la lucha de clases a través de sus propias especificidades artísticas. En segundo término, su importancia  radicó también en la notable recepción que tuvieron sus obras en su tiempo, lo que convirtió a este Grupo en un espacio de referencia para amplios sectores de la población. En tercer lugar, por el hecho de que fue uno de los actores fundamentales de la renovación estética argentina de ese entonces, que fijó para siempre lo urbano como escenario literario. Cuarto, porque a sus integrantes se les debe la constitución del primer teatro independiente de la República Argentina, el Teatro Libre, en 1927. Y quinto, por haber formado parte activa del crecimiento y consolidación de uno de los proyectos editoriales más significativos que tuvo el país, el de Claridad, que con sus ediciones de magnitudes inéditas y a precios populares logró una expansión sin precedentes desde los humildes barrios del sur porteño hacia toda Sudamérica.

Por todo esto, más allá de la discusión sobre la vigencia o caducidad de los textos particulares producidos por el Grupo de Boedo, su actividad marcó un verdadero hito y su estudio resulta imprescindible para analizar el desarrollo de la cultura nacional.

Yendo a los datos fácticos, el Grupo de Boedo fue un movimiento de artistas revolucionarios que desarrolló su praxis estética entre 1924 y mediados de 1927 a través de tres publicaciones: Extrema Izquierda, Los Pensadores y Claridad. Sus autores más representativos fueron los narradores Elías Castelnuovo, Leónidas Barletta y Roberto Mariani, el editor Antonio Zamora, los poetas Álvaro Yunque y César Tiempo, y los dibujantes Abraham Vigo, Facio Hebecquer y José Arato. Junto a ellos, una numerosa y variada cantidad de colaboradores le dieron forma e identidad a este proyecto que además de la publicación de las revistas mencionadas editó la colección de libros “Los Nuevos” con el objetivo de apuntalar a los escritores jóvenes comprometidos socialmente.

Este Grupo se asentó manifiestamente en una larga práctica social, cultural e ideológica que nació en la Argentina de finales del siglo XIX y se desplegó fuertemente en las primeras décadas del siglo XX. Se afirma en dos tradiciones que, aunque interrelacionadas, tienen desarrollos y particularidades propias: una es la lucha obrera bajo dirección anarquista y socialista; la otra es de carácter literario. Ésta última, a su vez, se vincula por un lado con la primera a través de los textos de Payró, Ghiraldo y Barret, autores representativos del socialismo y el anarquismo, y por el otro es producto de la necesidad de nuevas representaciones estéticas a causa del crecimiento urbano y de la influencia de la tradición literaria europea, fundamentalmente, la rusa.

Los años en los que se desempeña la actividad del Grupo de Boedo coinciden en nuestro país con la presidencia radical de Alvear, representante de la oligarquía argentina que durante su mandato estrechó vínculos con sectores conservadores tanto nacionales como extranjeros. En el plano internacional fueron los tiempos en que se profundizó la batalla Revolución/Contrarrevolución. El triunfo de la URSS generó la simpatía de amplios y heterogéneos sectores de masas y el temor de las clases dirigentes que veían amenazados sus intereses. El progreso del fascismo en Italia, de Primo de Rivera en España  y del nazismo en Alemania eran claros signos de la respuesta de la reacción mundial contra el avance del socialismo internacionalista. 

En este contexto, donde el mundo se desangraba en continuas luchas por imponer diversos sistemas políticos-económicos; ya sean comunistas, fascistas o liberales, los autores de Boedo no sólo tomaron partido por una de estas tendencias, sino que, más bien, se organizaron activamente dentro de las filas del bando proletario. Los hubo anarquistas, los hubo comunistas, los hubo indecisos entre ambas posturas, y hasta socialistas y cristianos, pero siempre como representantes de las capas más bajas del pueblo y en pos de su liberación cultural, política y económica.

El Grupo de Boedo desarrolló una literatura militante de estilo realista(1) con un sentido pedagógico mediante la cual se consideró el propio accionar cultural como una forma de participación política. Esta manera de entender el hecho artístico se relacionó estrechamente con una visión determinada sobre el arte y un rol específico asignado al escritor dentro de la sociedad.

El arte para los miembros de Boedo tenía un poder cognoscitivo que podía llegar a colaborar en la educación del pueblo. Escritor, literatura y público formaban así “una unidad inescindible”(2), al igual que el texto y su contexto de producción. La función del escritor, desde esta perspectiva y en ese momento histórico determinado por la profundización de la lucha de clases a escala mundial, era la de decir la verdad ordenando el caos moderno a través de un mundo de ficción que develase las reales condiciones de existencia y desenmascarase, de esta manera, las relaciones sociales capitalistas basadas en la desigualdad y la explotación.

Esta obligación de ser verídico trascendía al propio hecho estético y llevaba a la función política del escritor. Como postuló Bertolt Brecht durante los mismos años veinte: “Hay que decir la verdad por las consecuencias que se desprenden de ella en cuanto a la conducta a seguir”.(3)Dicha posición bien puede adaptarse al pensamiento boedista de ese momento, de la misma forma que la necesidad de dirigirse a un destinatario determinado:

Hemos de decir la verdad sobre las condiciones de barbarie que reinan en nuestro país, hemos de decir que existe la manera de hacerlas desaparecer, esto es, eliminando las condiciones de propiedad. Hemos de decirla, además, a aquellos que más sufren bajo estas condiciones, que tienen el máximo interés en su reforma, a los trabajadores, y a aquellos que podemos presentar como aliados suyos.(4)

Para el Grupo de Boedo burguesía y proletariado se enfrentan indefectiblemente en todas las esferas donde se encuentren, tanto en las calles como en la visión de la economía, la representación política y la práctica artística. En una sociedad dominada por la clase burguesa, luchar por la creación y el desarrollo de una cultura y un arte proletarios resulta para ellos una necesidad ineludible. La búsqueda será, entonces, la de la construcción de una práctica ideológica que aúne a los trabajadores y los identifique como clase social dominada y en conflicto con su clase antagónica.

Bajo esta mirada es que podría hablarse de la existencia de una literatura burguesa, o que responde desde la especificidad artística a la clase dominante y a su cosmovisión de mundo (y por lo tanto, a su mirada estética), y de una literatura proletaria que la combate; una literatura que se basa en el ocultamiento de las relaciones sociales y otra que las pone en evidencia de la forma más cruda posible utilizando todos los recursos ficcionales para ese fin. En resumen, el escritor no solo tendría para Boedo una función particular –decir la verdad-, sino también un lugar específico en la lucha de clases: Es el espacio artístico su arena política, desde donde puede defender los intereses hegemónicos o enfrentarse a ellos. El proletariado y la burguesía combaten a nivel ideológico en el arte y el escritor, con su práctica escrituraria, se establece de un lado o del otro. Le corresponde en tanto escritor y sólo por ello la pelea clasista en la literatura, la cual necesariamente debe vincularse en forma dialéctica con las demás facetas del todo social del cual forma parte.

Como ya expresamos, Boedo se posiciona manifiestamente en el campo de los trabajadores. Por lo tanto, busca construir una literatura proletaria que, en el marco del capitalismo, debía lograr quitarle a los sectores populares el velo impuesto delante de sus ojos por la clase dirigente. Ante la crítica de artistas y teóricos que intentaban separar el arte de la política y de los problemas urgentes y cotidianos de las masas, Castelnuovo, líder máximo del movimiento, responde:

Se nos dirá: y todo esto ¿qué tiene que ver con el arte?

Todo esto y todo lo demás tiene que ver con todo y con el arte también. El error del arte y de los artistas es creer que el arte sólo tiene que ver con el arte, como si estuviese desvinculado de la vida y de la sociedad, o como si fuese una actividad errabunda y peregrina que no tuviera nada en común con las demás actividades de la especie humana. Solamente estudiando cuanto rodea al arte, el panorama total donde se desarrolla, la sociedad que lo produce, la economía que lo alimenta, el clima que lo entona y la herramienta que lo ejecuta, solamente así podremos algún día aproximarnos a la comprensión y solución del problema.(5)

Este debate antecede para los miembros de Boedo a toda discusión formal o interna referente al hecho artístico, pues según la posición que aquí se tome se sostendrán posturas antagónicas a la hora de producirlo.

Dentro de este marco teórico las obras ficcionales boedistas se destacan, ante todo, por sus descripciones minuciosas, la preponderancia de un ambiente urbano y marginal, la utilización de protagonistas obreros o excluidos por el sistema capitalista que sufren maltratos constantes, la explotación laboral, la maquinización del hombre producto del mundo moderno y la deformación de los cuerpos por causa del trabajo. Estas situaciones se desarrollan bajo un tono pesimista marcado por la desilusión, el lugubrismo y los finales desesperanzadores propios de una literatura sin utopías; todo esto mediado por el uso de recursos narrativos como la exageración y la ironía, un lenguaje popular, llano y paratáctico, con poca utilización de metáforas, el coloquialismo, la adjetivación descriptiva, el tono testimonial y la aparición constante del discurso religioso.

Estas producciones estéticas se legitiman en cada autor a través de sus propias experiencias vitales, que se convierten en condición necesaria y valor primario para la escritura. Ellos podían escribir lo que escribían porque habían vivido y sufrido situaciones semejantes. No escribían para los obreros sino que eran parte del proletariado.

La denuncia social es la característica más saliente del corpus de obras boedistas. A diferencia de algunas producciones estéticas de izquierda, la propaganda revolucionaria casi no tiene espacio en estos textos. No se trata de poner énfasis en las esperanzas que otorga la posible llegada de un mundo socialista, sino de un ataque a los modos de vida del capitalismo desde una visión clasista que pretendió abarcar las situaciones de trabajo desde todo escenario posible; desde el campo a la ciudad, desde una oficina a la calle.

El trabajo, justamente, rige los textos del Grupo prácticamente en todos sus planos multiplicándose por los distintos niveles de los textos. Impera en el plano del narrador y en el de la representación de los personajes, ya que generalmente quienes narran y quienes protagonizan los cuentos boedistas son obreros o seres desclasados. Estructura además el plano de las acciones, ya que la mayoría de los relatos tienen preponderancia de escenas laborales o situaciones de injusticia social. Esto se relaciona también con el plano de la representación del espacio, pues en general serán las fábricas, las oficinas, el puerto, la calle y los suburbios los lugares donde transcurran las acciones que desarrollan los personajes. Como no podía ser de otra manera, esta noción recorre el plano estilístico, a través de la ya mencionada escritura simple, y el plano ideológico, con una visión en la que el trabajo tiene como consecuencia la  alienación que lleva al embrutecimiento del hombre, quitándole de esta forma todo lo que podría llegar a ser y asimilándolo a la categoría de bestia.

Sus características literarias y posiciones teóricas respecto del arte y la cultura hicieron de Boedo un grupo homogéneo dentro del cual cada autor buscó con diferente éxito su propio estilo. Más allá de que hayan respondido ideológicamente al anarquismo, al comunismo, al socialismo o a cualquier otra corriente, sus postulados y sus prácticas respecto del hecho artístico permiten hablar de una línea estética definida y de un Grupo uniforme.

Contra el arte consolatorio y pasatista que había ganado terreno entonces, contra el arte que se iba volviendo “el opio de los pueblos”, Boedo reaccionó alzando su voz con una literatura del desconsuelo, de la opresión, con un arte-arma en pos de la transformación social. Lo importante para ellos no era cambiar la literatura sino el todo social del cual el arte era sólo una faceta. Contra el arte desinteresado, contra el arte por el arte, Boedo levantó las banderas de una militancia cultural revolucionaria. Contra la torre de marfil, la calle; contra el arte para minorías, el arte por y para el pueblo. En lugar de utilizar un lenguaje que no usaba nadie para nada, Boedo eligió el lenguaje que usaban todos para todo. Surgió como un Grupo organizado alrededor de una concepción utilitaria del arte que priorizó la realidad material de los desposeídos por sobre todo artificio. A la par de esta visión artística, sumó la imagen de otro mundo, el del trabajo. Si bien no todos sus miembros provenían de la clase obrera, sí eran ajenos y refractarios a la elite cultural de la época, y más allá de su origen socioeconómico, todos creían en el poder revolucionario del proletariado y en su capacidad intelectual. Boedo propone a la clase obrera como aquella que debe realizar su propia cultura, así como debe llevar a cabo su propia revolución. No sólo la incluye, por lo tanto, dentro del hecho artístico, sino también como productora del mismo, un lugar que hasta entonces le era negado.

 

Lucas Peralta y Leonardo Candiano

 

NOTAS

(1) Entendemos aquí el realismo no sólo como una estética determinada, sino también en el sentido que le otorga Bertolt Brecht a este término: “Realista significa: Aquello que  descubre el complejo causal social / desenmascara los puntos de vista dominantes como puntos de vista de los que dominan / escribe desde el punto de vista de la clase que dispone de las más amplias soluciones para las dificultades más apremiantes en que se halla la sociedad humana / acentúa el momento del desarrollo / posibilita lo concreto y la abstracción.” En Sobre el compromiso en literatura y arte, Península, Barcelona, 1973. p. 237-238.

(2) Montaldo, Graciela, Historia Social de la literatura argentina (Dir. David Viñas), Irigoyen, entre Borges y Arlt (1916-1930), Contrapunto, Buenos Aires, 1989. p. 374.

(3) Brecht, Bertolt, Sobre el compromiso en literatura y arte, Op. Cit. p. 161

(4) Ibid  p. 171. No pretendimos con estas comparaciones, ni estamos en condiciones de hacerlo, esbozar siquiera la hipótesis de la existencia de algún tipo de relación real entre el grupo de Brecht y Boedo. Nuestra intención fue remarcar la presencia expresa de una confluencia de  los aspectos destacados que a nuestro entender manifiestan la profunda necesidad existente en el campo cultural de la época por renovar en forma radical la práctica artística desde una visión revolucionaria.

(5) Castelnuovo, Elías, El Arte y las masas, Claridad, Buenos Aires, 1935. p. 22.

 

 

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Lucas Peralta

Quilmes, Provincia de Buenos Aires, 1977. Estudiante de la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires y Becario del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, donde actualmente desarrolla labores de investigación referidas a la obra ficcional de David Viñas. Publicó artículos críticos en El Matadero, revista del Instituto de Literatura Argentina (UBA), y en diversas publicaciones literarias y culturales nacionales e internacionales.

Leonardo Candiano

Wilde, Provincia de Buenos Aires, 1981. Licenciado en Letras en la Universidad de Buenos Aires y Becario del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, donde actualmente desarrolla labores de investigación referidas a la obra ficcional de David Viñas. Publicó artículos críticos en El Matadero, revista del Instituto de Literatura Argentina (UBA)

 

Publicaron en conjunto -“Raúl González Tuñón: Otras imágenes del verso. Reflejo e invención” en Por Tuñón, Ediciones del CCC, Buenos Aires, 2005.                                              -Boedo: Orígenes de una literatura militante, CCC Ediciones, Buenos Aires, 2007.

   
   
   
   
   
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Daniel Santoro, Lucha de clases.