coordinación: Diego Cousido

 

El siguiente trabajo no pretende ser abarcativo ni mucho menos. Por razones de tiempo, no pudimos encuestar más escritores. Pedimos disculpas a quienes no incluimos en la convocatoria. Las preguntas, comunes a todos los encuestados, son éstas:

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

 

Alan Pauls

 

Alejandra Zina

 

Alejandro Parisi

 

Andrés Tejada Gómez

 

Aníbal Ford

 

Ariel Bermani

 

Bárbara Belloc

 

Carlos Battilana

 

Claudio Zeiger

 

Cristian de Nápoli

 

Daniel Freidemberg

 

Daniel Krupa

 

Daniel Link

 

Edgardo Cozarinsky

 

Elsa Drucaroff

 

Elvio Gandolfo

 

Emiliano Bustos

 

Fabián Casas

 

Federico Jeanmaire

 

Fernanda García Lao

 

Guillermo Saccomano

 

Gustavo Ferreyra

 

Gustavo Nielsen

 

Hernán Ronsino

 

Ignacio Molina

 

Jimena Néspolo

 

Joaquín Linne

 

Juan Terranova

 

Julieta Lerman

 

Leonor Silvestri

 

Leopoldo Brizuela

 

 

Luis Gusmán

 

Luisa Lindo

 

Macky Corbalán

 

María Rosa Lojo

 

María Teresa Andruetto

 

Marina Kogan

 

Martín Kohan

 

Mauro Lo Coco

 

Nurit Kasztelan

 

Oliverio Coelho

 

Oscar Fariña

 

Osvaldo Aguirre

 

Pablo Toledo

 

Paula Peyseré

 

Pedro Mairal

 

Raquel Heffes

 

Ricardo Strafacce

 

Rodolfo Edwards

 

Romina Doval

 

Romina Freschi

 

Santiago Llach

 

Sonia Budassi

 

Susana Cella

 

Valeria Iglesias

 

 

*

 

 

 

Alan Pauls

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

No "vivo" de la literatura en el sentido de que el dinero que la literatura me da no me alcanza para pagar las cuentas, pero vivo de ella en la medida en que si no leo o escribo durante, digamos, veinticuatro horas, la vida sufre un entristecimiento general que afecta entre otras cosas mi competencia para producir el dinero que sí las paga y cuyas consecuencias vitales –en caso de que la situación se prolongara– serían imprevisibles. En términos económicos, la literatura es y supongo que seguirá siendo lo que nunca debería dejar de ser: un plus, un suplemento, un lujo. Es decir: un escándalo. (Todos los escándalos del "mundo literario" siempre tienen que ver con la relación equívoca que la literatura mantiene con el dinero.) Como siempre tiene algo de espejismo o de fraude, el dinero que llega de la literatura es el que menos espero en el mundo y sin duda el que más me hace gozar.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Con un oficio híbrido que combinara el arcaísmo y la paciencia de un artesanado con la velocidad de una ciencia instantánea.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Trato de escribir todos los días. Si las cosas de escribir no salen, trato de orbitar alrededor de lo que escribo la misma cantidad de tiempo que dedicaría a escribir. Orbitar quiere decir quedarme cerca de lo que (no) escribo: leer, releer, tomar notas, estar en babia, cambiarle la tipografía y el cuerpo y los márgenes a lo que ya tengo escrito, no atender el teléfono para convencerme de lo ocupado que estoy, etc. Escribo muy despacio, muy mentalmente, pero generalmente lo que escribo es lo que queda. Corregir para mí nunca es "pulir": es hachar, eliminar, cambiar de lugar. Corrijo siempre sobre grandes unidades de texto, nunca sobre pequeñas. Antes me desalentaba el tiempo que me llevaba cada frase. Últimamente me consuelo diciéndome que el tiempo que invierto en pensar quizás sea el mismo que los demás escritores invierten en corregir. Hay algunos amigos, dos, tres a lo sumo, que aceptan leer lo que escribo antes de que se publique. Leo mientras escribo a otros autores, por supuesto, incluso buenos autores que me exaltan o descorazonan, pero nunca nada "sobre" lo que estoy escribiendo. Todo eso, si lo leo, ya lo leí antes, cuando escribir era un sueño útil, y ya lo olvidé.

 

 

 

 

Alejandra Zina

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

Sí y no. Si la pregunta es si me gano la vida escribiendo ficción, la respuesta es no. Escribo ficción y mi gana pan tiene que ver con ella: soy editora, correctora, doy clases de narrativa en la Escuela de Cinematografía Nacional. Pero esto es relativamente reciente. Antes trabajé de:

 

Pegadora de patillas de pañolenci para la campaña Menem ´89. Lo hacíamos con otras dos amigas para el papá de una de ellas, que había comprado kilos de patillas y pegamento. Siempre salíamos colocadísimas de esas jornadas laborales.

 

Promotora de una cobertura médica trucha.

 

Promotora de una tarjeta de crédito trucha.

 

Vendedora de zapatos.

 

Vendedora de mallas en Villa Gesell.

 

Repartidora de afiches y volantes.

 

Secretaria privada de una psicoanalista lacaniana acaudalada que organizaba tertulias literarias en su casa de Recoleta.

 

Secretaria privada de una señora que se presentaba como diseñadora de modas, pero compraba la ropa en Once y después la revendía. Su marido, burrero y putañero tiempo completo, le giraba una mensualidad para sacársela de encima. Con esa mensualidad yo pagaba la peluquería, la manicura, la masajista, Visa, American Express, la tintorería, luz, gas, rentas, Automóvil Club Argentino, Tiempo Compartido, el teléfono celular y las cuentas de su casa en Punta del Este.

 

Secretaria en una institución educativa.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

La escritura de cuentos y la luthería es una comparación que me gusta. Los luthiers reciben un madero al que tienen que transformar en instrumento. Serruchan, tornean, lijan, aplican clavijeros y cuerdas. Una vez que transforman la materia prima, tienen que afinarlo y hacerlo sonar. Yo imagino algo así cuando me siento a escribir un cuento. Al principio tengo un material tosco, tiene buen aroma y creo que es prometedor. Entonces laburo los personajes, el ambiente, las descripciones, el comienzo, el remate, la tensión dramática hasta que lo empiezo a ver. Cuando ya tiene forma, sigo con el trabajo fino: las palabras que elegí, la puntuación, la sintaxis, hasta que en algún momento (glorioso momento) siento que empieza a sonar. Cuando no pasa nada de esto, me frustro. El cuento aspira a la máxima precisión y uno se vuelve muy maníaco, muy obsesivo y omnipotente.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Depende. Mi producción es mayormente de cuentos. Construirlos me lleva mucho tiempo y no me salen siempre del mismo modo. A veces empiezo por un personaje, a veces por una frase que me suena en la cabeza y quiero meter en algún lado, a veces por un recuerdo, a veces por algo que escuché o que vi. Me esfuerzo por no explicar ni juzgar a mis personajes. Mientras escribo dejo que hablen ellos. Sus voces me interesan más que la mía.

Mi pareja es mi primer lector, al que quiero seducir. Mientras me lee, doy vueltas por la casa, fumo, lo espío, lavo los platos, hago tiempo hasta que se aparece para decirme qué le pareció. Por su cara me doy cuenta si la cosa viene floja o si es un "¡sigue así!".

Semanalmente muestro mi trabajo a mis compañeros de taller y a mi maestro, Alberto Laiseca. Conocen lo que escribo y confío en todo lo que me dicen. A veces, envío cuentos a otros amigos (escritores y no) y a mis hermanas.

Intento escribir todos los días, con disciplina deportista. Escribo de tarde, noche o madrugada. Jamás de mañana. La mañana se hizo para dormir.

Sí. Leo a otros autores. Me ayudan a resolver problemas o me dan buenas ideas o me conectan con una emoción o me advierten de algo. Pienso, por ejemplo, "¿cómo hizo Capote para decir esto que yo quiero decir?" Voy a Música para camaleones, leo, me digo "qué hijo de puta", y vuelvo a lo mío.

 

 

 

 

Alejandro Parisi

 

 

¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

Mi vida laboral fue y es bastante caótica. De los 14 a los 18 animé fiestas infantiles. A los 18 fui cajero de Jumbo (le da más). De los 19 a los 24 trabajé de cadete para una empresa aduanera. De los 24 a los 26 hice encuestas. A los 26 llegué a Europa con el sueño de convertirme en escritor y apenas si logré conseguir trabajo de camarero. Ahí vendí bijouteri en la playa, hice mudanzas y, por casualidades de la vida, vendí los derechos de mi novela a un productor de cine que, aunque nunca filmó la novela, me abrió las puertas para trabajar como guionista. De alguna manera, puedo decir que gracias a la literatura comencé a trabajar como guionista. Y, salvando las distancias, una y otra profesiones se parecen. La diferencia es que en literatura escribo lo que se me antoja y en los guiones respeto un montón de directrices que hacen a un programa de televisión. Sin embargo puedo trabajar en casa, escribir todo el tiempo y tener tiempo para jugar con mi hijo y seguir con la literatura. Además pagan bien, mucho mejor que la literatura. Los puntos negativos son los mismos en ambos oficios: mucho caretaje: productores que, como los editores, te tratan mal y te exigen lo que se les canta, y la sensación constante de que uno (guionista o escritor) está solo en el mundo (escribiendo).

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Un lugar común es decir que el oficio de escritor se parece al del albañil. Primero, ningún autor que conozca se levanta a las 5AM y se toma un colectivo de dos horas para pasar el día ensuciándose las manos y cargando bolsas de 50kg de cemento. Como dice el Diego: "Esto no es laburar, laburar labura el que se levanta a la madrugada para cargar bolsas en el puerto". Coincido, aunque muchos autores se llenan la boca diciendo que son albañiles. Si tuviera que compararlo con otro oficio, sería uno hedonista, pulcro y pretencioso. Quizá con un cirujano plástico: se modifica la realidad para dejarla linda. Pero tampoco, en mi corta vida de escritor no vi ni una cuarta parte de las tetas que ve un cirujano plástico. Pero la comparación me gusta, y de ella surgen dos líneas: la primera, la más complicada, es escribir algo que a uno le gusta y respetar la escritura, trabajarla, en relación al texto que se está escribiendo –como un cirujano plástico mira un cuerpo a mejorar y piensa qué tetas, qué boca y qué culo serían más apropiados para ese cuerpo. La segunda, más exitosa, es escribir algo para que le guste a la mayor cantidad de gente (ya sean críticos, lectores o colegas) –como el cirujano que, sin haber visto el cuerpo que debe modificar, le pone por default un par de tetas tentadoras, mucho colágeno en los labios y una cola parada, todo esto social y sexualmente celebrado. En fin, el primer caso produce un autor poco conocido, de culto, y un cuerpo perfeccionado. El segundo caso produce un best seller escrito como cualquier otro best seller y una rubia teñida con demasiadas tetas para su metro sesenta de altura y una boca llena de colágeno lista para ir a Bailando por un Sueño.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura?

Directamente en la PC, escribiendo y releyendo todo el tiempo.

 

¿Cuánto tiempo le dedica?

En los momentos en que estoy escribiendo algo, le dedico un promedio de 5 horas diarias.

 

¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos?

Sí, claro. A medida que uno va creciendo cada vez necesita menos opiniones, pero más profundas y más especializadas. En general son amigas: las mujeres son más objetivas, crueles y sinceras. Nunca colegas, por una simple razón: te recomiendan que escribas lo que ellos hubieran escrito (no es una acusación: yo hago lo mismo).

 

¿Escribe de manera regular?

Sí, nunca pasa más de una semana sin que me siente a escribir. Si no lo hago, me pongo de mal humor y termino por deprimirme.

 

¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

Sí. Además de hacer un trabajo bibliográfico (es decir, de leer cosas que me ayuden a ver en qué estoy metido), me gusta leer cosas que no tienen nada que ver con lo que escribo para robar lo menos posible y, sobretodo, distraerme. Definitivamente, soy mejor lector que escritor.

 

 

 

 

Andrés Tejada Gómez

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

No, no vivo de la literatura. En ningún sentido. Bajo ningún aspecto.

La literatura no ocupa ningún lugar en mi modo de ganarme la vida. En última instancia, la vida no es algo que se pueda ganar.

Trabajo en un oscuro empleo municipal. Una larga tradición me antecede: Kafka, Juan L. Ortiz. William Carlos Williams, Francisco Madariga y Ezequiel Martínez Estrada.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Mi comparación sería con un trapecista sin red: en la literatura uno siempre está ante la posibilidad de caerse al vacío. O con un payaso: uno siempre está a punto de hacer el ridículo. Tal vez con un mago: trabajando con la ilusión de los otros y engañando. Aunque lo mejor sería ser comparado con un estibador: soportar todo el peso en el propio cuerpo y seguir siempre adelante al finalizar la jornada. Jamás con un vulgar bailarín de tango: no hacen nada por dignificar la humanidad.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Trabajo con esmero, con paciencia, con esfuerzo y con intensidad. A oscuras, aunque con luz.

Le dedico todo el tiempo humanamente posible, teniendo en cuenta, claro mi tendencia a la desidia.

Nadie nunca lee mis textos antes de publicarlos. No hay nadie para leerlos.

Para mi trabajo literario actual leo a: Schowb, Borges, Bolaño, Wilcoock, Chitarroni, Musil, Junger, Barthes, Kafka, Cheever, Gombrowicz, Pavese, Mansfield, Brecht, Pauls y contra mi volunta a Virginia Woolf.

 

 

 

 

Aníbal Ford

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

a) No. Aunque si de muchos saberes que provienen de la carrera de Letras y desarrollos posteriores. b) Las relaciones con investigación, desarrollo, invención. c) Proyectos editoriales, periodismo, director de investigaciones, fletero, director de investigación y desarrollo de un empresa de productos químicos, profesor universitario, asesor...

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Con la epistemología en el sentido wittgensteiniano, con el diseño y el dibujo, con la talla de madera. Sobre todo esto último.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Como la talla. No escribo de manera regular porque me tragaron otras cosas que me hacen aparecer a pesar mío como un profesor universitario. Pero así son las cosas. Con todo escribí ficción y pienso seguir. Es lo que mas me interesa y creo que es donde hice un aporte marginal pero real. Soy lector de documentos perdidos y cuando escribo investigo lo que estoy escribiendo. Teoría y narración o ficción han pasado a ser, para mí, una misma cosa.

 

 

 

 

Ariel Bermani

 

 

1. ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

¿Vivir de la literatura? De alguna manera, sí. Si usted puede vivir sin escribir, no escriba, decía Walsh que dijo –o escribió– Rilke. Todo lo que no sea literatura me aburre –esto es de Kafka y también, de alguna manera, es mío–. Trabajo en una biblioteca de literatura argentina, todas las mañanas; y a la tarde, casi todos los días, incluyendo el sábado, doy talleres de lectura y escritura en diferentes instituciones. Vivo rodeado de libros, hablando de libros, desde que me levanto hasta que me voy a dormir. Me gusta eso. Por supuesto que también pasé épocas pocos agradables, en el aspecto laboral. Durante siete años, por ejemplo, tuve que soportar a una jefa que me retaba –como a un chico– si me veía leyendo. Tenía que leer a escondidas. Un día organizó una reunión con el director para hacerme entrar en razones. Yo estaba, según sus palabras, “tironeado por la literatura”. Lo que todavía no conté es que el lugar donde trabajaba es un instituto de investigación cuyo objeto de investigación es, justamente, la literatura. El director de ese sitio solía contar, burlonamente, que en la biblioteca nacional de México habían echado a un empleado porque lo encontraron leyendo.

 

2. Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio, ¿con cuál sería y por qué?

 

Nunca se me ocurrió comparar el oficio de escribir con otros oficios. Pero si tuviera que hacerlo, lo compararía con el boxeo. El escritor como un boxeador. Puro esfuerzo físico, rapidez mental, el cansancio en los brazos, en las piernas. La sensación de que hay que encontrar el golpe, el cross a la mandíbula, pegar fuerte, a veces, pegar de a poco, con método, siempre. No es necesario buscar el knock out, también es bueno ganar por puntos –resistir hasta el final, en forma heroica, como GalíndezenJohannesburgo–.

También me gustaría comparar al escritor con el carpintero. Martillar, serruchar, modelar, tallar. Trabajar la prosa como si fuera madera. Sentir la solidez de la escritura.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los perí­odos en que está escribiendo?

 

Son demasiadas preguntas, me siento intimidado. El tiempo que necesita mi escritura, la regularidad y la mecánica de trabajo cambian, en general, a partir del tipo de obra en la que esté embarcado. Si es poesía o cuento, puedo entrar y salir sin demasiados inconvenientes, seguir con un tipo de vida social y laboral de lo más pueril y corriente. Cuando tengo ganas, escribo. Pero la novela me lleva otro tipo de esfuerzo y dedicación. Hacer una novela es, para mí, vivir ahí, con los personajes, los climas, las situaciones. Me parece más real la ficción, en ese caso, que la mismísima realidad. Si escribo una novela no leo otra cosa, no hago otra cosa, no puedo. Si escribo cuentos sí, me siento menos involucrado, más libre. Tengo amigos que leen todo lo que escribo, desde hace años. Y también mi novia me lee con atención y lápiz negro. Ella escribe. Me gusta que leamos nuestros textos en voz alta, a la noche, casi a oscuras, completamente solos.

Para el final, les dejo una linda cita de Bernardo Kordon. Es el epígrafe que abre su novela Un horizonte de cemento, publicada en 1940: “Novela no es tesis, trama, retórica y toda máquina convencional de 50.000 palabras. Novela es lograr expresar la condición de aventura intensa y mágica de la existencia humana”.

 

 

 

 

Bárbara Belloc

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

Puesto así, “vivir de la literatura” me suena a un anacronismo que quedaría fuera de la escala cuya unidad podría ser “el tiempo es dinero”. De manera que: sí, vivo de la literatura en esas zonas sin valor de cambio (la vida personal, la imaginación, las conversaciones, la correspondencia, esos infinitos lujos privados y al margen), y no vivo de la literatura en términos estrictamente materiales, sino de prácticas diversas de la escritura (el ghost writing, la edición, el periodismo, los talleres). En el mercado laboral relacionado con la producción de libros, la literatura es hoy lo que Copito de Nieve era ayer en el zoo de Barcelona.

No obstante, la literatura ocupa un lugar central en mis modos de ganarme la vida, a la manera de un telón o una música de fondo. De no estar ella allí, secreta y concreta como la carga en la bodega de un barco, cualquier labor de escritura por dinero sería demasiado lineal, utilitaria, demasiado lisa y llana.

He hecho una buena cantidad de trabajos “extra-literarios”, desde vender disyuntores eléctricos en oficinas del microcentro hasta cultivar verduras en una huerta orgánica. A veces me pregunto si no sería mejor, menos invasivo para mi propio impulso de escritura, tener un trabajo que no consista en producir palabras por encargo, según formatos, ideologías y finalidades a los que no puedo adherir del todo. Cada día me respondo algo distinto.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Supongo que mi personalidad, más la experiencia que he ganado con el tiempo, me impiden establecer una analogía única. A veces escribir me parece semejante al acto de hacer un dibujo en lápiz (y no es una comparación literal sino metafórica), a veces me parece que es como componer música o tocar un instrumento, a veces me parece que es como construir mecanismos, a veces bailar, a veces manejar un taxi. ¿Por qué? Porque en mi caso la escritura fluye en esa zona liminar entre la libre improvisación y un deber-ser-así que ella misma impone más allá de mí, entre las palabras que se hacen propias sin otro testigo que uno mismo y el mundo pregnante del discurso, las ideas y las vidas de los otros. Porque escribiendo muchas veces me siento como una intérprete.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Trabajo mi escritura como puedo, con cuidado y extrañamiento. Creo que empiezo a escribir (antes solía decir “componer”) en la parte de atrás de mi cabeza, en el cerebro reptil; allí va tramándose algo, una mezcla de palabras, imágenes y sensaciones, hasta el momento de volcarlo al papel. Entonces la forma viene dada, con su ritmo, sus núcleos de sentido y sus desvíos (en términos generales: su manera de decir), y luego a mí me queda, si lo creo necesario, trabajar conciente e intuitivamente esa pieza de acuerdo a su carácter. Como quien trabaja con piedras.

Le dedico un tiempo irregular, según el efecto de atracción que la escritura en curso ejerza sobre mí, mi ánimo y, claro, lo que le robe a las obligaciones mundanas. No hago tarea de escritorio.

Nadie lee mis textos antes de publicarlos, salvo los amigos. Pero me gusta “probar” los textos en lecturas públicas, antes de incluirlos definitivamente en un libro.

Naturalmente evito leer literatura en las épocas fértiles de escritura, aunque sí leo ensayos científicos y textos religiosos.

 

 

 

 

Carlos Battilana

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

“¿Vive usted de la literatura?” En un sentido práctico no vivo, obviamente, de la venta de mis libros. Pero sí hay algo en ese enunciado que se vincula con el hecho de vivir de la literatura a la manera de un oxígeno que funciona como una usina que moviliza las fuerzas en una dirección. En ese sentido trato de escribir poemas atendiendo la fluencia de un ritmo que no deriva, necesariamente, de un estado personal correlativo.

Respecto de las preguntas subsiguientes, enseño literatura en diversos ámbitos (la universidad, profesorados). La enseñanza, que es una tarea de entrega y de diálogo, quita fuerzas para escribir. No vinculo la escritura con la enseñanza. Diría que casi es lo contrario. La clase, el ideal de la clase, es la posibilidad de interrogar a la literatura en el mismo instante en que llevamos a cabo el acto de enseñar; sin embrago, en la clase no es posible improvisar, y si se lo hace, la improvisación debe fundarse en un saber previo que permita quedar a la intemperie con el cuerpo y el pensamiento como objetos de entrega. Una clase, en un primer momento, debe proteger a los alumnos, por más que las preguntas que suscite conduzcan al desamparo Es decir, una clase necesita de algún tipo de resolución, de algún tipo de certeza que transmitir. La escritura busca la intemperie, deshacerse de las certezas para reconocer el origen de la voz, para saber cómo es la voz de quien escribe en una especie de utópica coincidencia con la letra.

Entonces, a la pregunta sobre “ganarse la vida”, digo que el dinero que obtengo proviene básicamente de la enseñanza de la literatura, aunque no de la literatura.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Es posible que conciba el trabajo de la escritura vinculado con el de la artesanía: un trabajo de amor con materiales concretos. Más que escribir, me gusta el acto siguiente: ver cómo se arma el poema; articular palabras como si el texto se tratara de un mecanismo, corregir, componer pero no en un sentido originalmente creativo. Me gusta ver el orden de los poemas en el interior de un libro, desechar, reconocer si hay un aire ligero que finalmente pueda diluirse en los textos. El trabajo de la escritura, en algún punto, me resulta incómodo. Tengo la necesidad de ver hechos, palabras, con el fin de hacer un camino inverso que conduzca, si es posible, a una especie de voz.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Acerca de la pregunta sobre el tiempo que le dedico a la escritura, diría: pienso mucho en ella, en distintos momentos del día. Intento escribir regularmente aunque sin éxito. Intenté escribir todos los días como un acto de voluntad y en mi caso, si bien no lo logro, cuando escribo todos los días restauro un orden físico del cuerpo que me permite vivir en armonía. Pero en los hechos, por diversas circunstancias, no escribo todos los días, aunque ése es mi mayor ideal: escribir todos los días ¿Por qué escribir todos los días aun sin deseo? ¿O sobre todo sin deseo? Tal vez el deseo esté en lo que va a venir, en la fe de que aquello que va venir es algo mejor. Secretamente, paradójicamente, allí hay un ideal romántico: dejar el cuerpo en la escritura, sacrificarse en el sentido más literal, aun cuando las voces de las musas no arrimen su voz o su susurro. Esa pequeña inmolación seguramente alberga alguna fe en los beneficios de la poesía: ver un poema, escuchar un poema, reconocerse en la letra de un poema. La voluntad de escribir sin deseo, en mi caso, puede llevar al lugar del puro deseo, un lugar sosegado, calmo, el lugar donde armar los poemas, las series, los libros. Creer como Salieri, y acaso no como Mozart, que cuando se logra componer, al fin, se puede respirar.

 

 

 

 

Claudio Zeiger

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

No vivo de la literatura si se entiende por ello vivir de los libros publicados como escritor. Si miro hacia atrás y mezclo un poco periodismo y literatura, y veo que llegué a hacer mucho periodismo literario y hasta un programa de libros en televisión, podría decir que algo de mi vida económica tiene que ver con la literatura. Consuelo.

Trabajo como periodista. Antes tuve varios trabajos. Especialmente, durante unos cinco años, fui telefónico. Operador telefónico del servicio internacional, un momento por favor.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Se me ocurre el caso de la natación. Un trabajo solitario, de superación personal, silencioso, altamente competitivo aunque no lo parezca (no saltos ornamentales ni clavadistas: ¡natación!)

 

¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Trabajo lentamente, corrijo casi en simultáneo al tiempo de escritura, casi podría decir que reescribo mientras escribo. En un momento de aceleración intuyo que puedo ir para adelante y aprovecho el impulso. Corrijo y releo mucho. Alterno períodos de fuerte trabajo y otros de nada. Me gusta hacer planes y más planes que luego se vuelven signos incomprensibles. Pero no puedo vivir sin esos papelitos. Confío mucho en mi intuición de escritor porque sé desde hace años que soy esencialmente un escritor. Trato de demostrarlo de vez en cuando con un libro verdadero, una novela de cien, doscientas páginas a modo de prueba de verdad. Mi conclusión es que hacer una novela es un cúmulo de dificultades a superar.

Alguien lee lo que escribo pero no es un rito. Si da para que lo lean, lo doy a leer.

No escribo con regularidad. Me gustaría hacerlo.

Siempre estoy leyendo así que leo mientras escribo y leo mientras no escribo. Además creo que ser ensayista o crítico, o sea, escribir sobre otros escritotes, es parte del hecho de ser escritor. Es parte de un proyecto común.

 

 

 

 

Cristian de Nápoli

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

Que otros escriban es determinante para mi economía. Hago correcciones de estilo y traducciones. Mi primera fuente de ingresos hoy depende sin embargo de lo que otros hablan y no escriben. Hago transcripciones de clases o charlas dictadas en la UBA. El grueso ocurre en casa: son trabajos ideales para un separado con dos hijos. Por producir escritura de mi propia pocilga nunca gané nada fuera de un par de concursos con premio en efectivo, algunos amigos y muchos enemigos. Hasta la fecha no reseñé ninguno de los libros sobre los que escribí. También edito libros de otros autores, muy pocos; tres veces pedí subsidio para editar libros de otros, y lo obtuve con tan alarmante facilidad que perdí las ganas de pedir, aunque no descarto volver a hacerlo.

Trabajos muy distintos desde los 12 años: ayudante en almacén, cobrador para la casa de alarmas X28 (desde ahí que mi adjetivo preferido es “alarmante”), fotocopista muchos años, docente de lengua y de literatura, calígrafo para una editorial de historietas, éste que tengo hoy con las transcripciones, etc.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

No siento que la escritura sea un oficio. El otro día me contaban que este dossier de El interpretador sobre el trabajo se inspiró en un artículo que escribí a propósito de la última novela de Aníbal Jarkowski. Ahí sigo la opinión de que se puede distinguir arte y trabajo, y una cosa es estrictamente lo que la otra no es. Claro que en el medio hay un género tan alarmante como la reseña, en un aparato tan tranquilizador como los diarios. Nunca estuve en ese medio. Conozco sí la docencia que es un trabajo tangencialmente escritural, pero es eso, un trabajo, nada de librepensadores por suerte ahí (algunos hay en realidad, pero se está trabajando en ello).

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Entonces, si aceptamos que no todo lo hecho con esfuerzo y regularidad es trabajo (ejemplos abundan), hablemos de esta dedicación. Una carga horaria estándar, pongámosle de siete a diez horas semanales en épocas de emociones estables, para lo que se dice escribir; mucha lectura en el medio (que cae cuando hay ciertos timbres en la emoción); tres o cuatro personas que invariablemente leen lo que sale antes de que “se imprima”.

 

 

 

 

Daniel Freidemberg

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

El sueldo con el que me gano la vida y me doy algunos gustos lo recibo, desde hace años, por mi trabajo como periodista. Alguna que otra vez recibo también dinero por escribir sobre libros u otros textos en diarios y revistas, por hacer prólogos o estudios introductorios, por preparar antologías, por participar como jurado en algún concurso, por leer en un festival o por dirigir la colección de poesía de una editorial. Por ninguno de mis libros de poesía, en cambio, recibí nunca un centavo (cosa que ya no sé si está bien o está mal, a veces pienso una cosa y a veces la contraria), y a los dos primeros, a decir verdad, los pagué. No puedo negar de todos modos que algún lugar ocupa la literatura en mi modo de ganarme la vida, en tanto gracias a la literatura pasé a la crítica y al periodismo, y que de algún modo el periodismo que mayormente practico podría considerarse “periodismo cultural” (permítanme una sonrisa). En cuanto al taller de poesía que coordino y al departamento de Literatura y Sociedad del Centro Cultural de la Cooperación, que tengo a mi cargo, no me dan de vivir. Sí en cambio alegrías y preocupaciones.

¿Otros trabajos? Atendí el mostrador de una panadería, fui maestro de escuela primaria, operario en una fábrica de carteles de acrílico, cadete de comercio, empleado bancario, extra de teatro, corrector de pruebas, corrector de estilo, y alguna otra cosa que en este momento se me escapa.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Con cualquier oficio artístico. Es de cajón, ¿no? Con la diferencia obvia: se hace a solas con uno mismo, a diferencia del teatro, no pone en juego uno el cuerpo en el acto de crear, a diferencia de la música (¡qué envidia, mi Dios!), no hay materia física que disponer y con la que pueda uno enchastrarse las manos, no hay cuerpos que respondan. ¿Por qué lo comparo? Porque, al menos en el sentido que yo le doy a las palabras “literatura” y “arte”, son oficios desalienados y que se llevan a cabo sin un para qué claro, sin que nada que importe más que la experiencia del trabajo mismo. Son, sí, trabajo, ante todo trabajo (“la poesía es trabajo”, me dijo una vez Girri), pero desalienado: no trabajo ante un alien, no para un alien, tampoco para mí mismo exactamente, sino para dejar concretado algo, objetivar algo, introducir en el mundo un complejo de significaciones que pueda interrumpirle a alguien la continuidad de las percepciones y los pensamientos, obligarle a revisarlos, a refundarlos quizá, o hacerlo a uno refundarse, si no fuera una aspiración excesiva. Desalienado relativamente, por supuesto: la desalienación absoluta no existe.

Y, ya que estamos, también alguna comparación puedo hacer con el psicoanálisis. Sólo que, en este caso, soy a la vez analista y analizante, y mi escritura es eso que circula entre los dos y nos crea, nos extraña, en todos los sentidos del término. Sin pedirnos permiso pero tentándonos, forzándonos, seduciéndonos, traicionándonos, dejándonos siempre solos para irse a otra parte, en cierto modo felices al ver que puede hacerlo. Y desolados: “¿después de esto, qué?”

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Escribo de manera no sólo regular sino constante, casi ininterrumpidamente, pero no poesía ni literatura, o sólo de tanto en tanto poesía o literatura. Escribo mails por sociabilidad o necesidad, escribo artículos para ganarme la vida o expresar alguna opinión literaria o política, escribo –también para ganarme la vida– copetes y epígrafes, escribo apuntes de todo tipo, notas de lectura y ocurrencias por pura obsesión de que nada quede afuera de la letra o miedo a que una idea o una percepción se me pierdan, escribo una suerte de diario que no es un diario porque sólo a mí me sirve, como si fuera otro modo de sostenerme a través de la palabra, y que a nadie que se acerque a leerlo podría decirle nada. Y en medio de todo eso que escribo a veces aparece la punta de un poema, o una frase o un párrafo que pueden ser usados en un poema, y lo empiezo a trabajar para ver si resulta un poema, cosa que puede ocurrir o no. O a veces caminando por la calle, o en subte, o bañándome, o en medio de un viaje o en la cola del supermercado, aparece en la mente alguna frase que me hace pensar “da para un poema” y la anoto, en una libretita o en la mente.

A mi último libro, de todos modos, y a diferencia de todos los anteriores, hubo un momento, cuando estaba más o menos por la mitad, en que empecé a trabajarlo en base a una suerte de programa, porque el libro entero se me planteó entonces como una unidad, no como un rejunte de textos preexistentes: sentí la necesidad de que se sostuviera en una estructura, lo que a su vez me obligó a buscar temas, escenas, y a probar escrituras que sirvieran a esos propósitos. Por primera vez, hubo poemas que me propuse escribir –no “surgieron”– y lo hice, y salió bien. El último tercio del libro, aproximadamente (último en el sentido cronológico, no de acuerdo al orden en que los textos aparecen en el libro), fue escrito como supongo que se escribe una novela: uno se sienta, se olvida de cualquier otra tarea, y empieza a pensar cómo resolver tal o cual problema que el esquema propuesto le plantea. Busca alternativas, las prueba, las descarta, busca otras alternativas, descubre lo que no se le había ocurrido, cambia lo ya escrito, se fija si valen la pena esos cambios, y así. Nunca lo había hecho antes y me alegro de haberlo intentado, creo que me va a ser muy útil esa modalidad más “profesional” de aquí en adelante.

Siempre leo a otros autores, esté escribiendo o no, pero no de manera sistemática: picoteo, curioseo, reviso, repaso, hurgo, encuentro cosas por casualidad, muy poco o casi nada de eso entra en la poesía que escribo en ese momento (sí, en cambio, entra mucho de lo que leí en otros momentos y que por algún motivo es convocado por el trabajo de escritura, la mayoría de las veces sin intención previa). Por razones laborales, a veces leo libros enteros, o en los raros momentos en que me permito darme ese placer de abandonarme por entero a un libro, como quien se toma unas vacaciones.

Pasados los tiempos en que integraba un grupo en el que todos nos leíamos y criticábamos todo, durante años dejé de dar a leer mis textos. No sé por qué, el caso es que no se los daba a nadie. Pero cuando vi lo que me iba saliendo en Cantos en la mañana vil (2001) sentí que me alejaba tanto de lo que había hecho hasta entonces que una parte la di a leer, a Gelman primero (el proyecto estaba muy verde, pero el “seguí así” de su parte me sirvió de mucho), después a Fogwill, casi entero, y unos pocos tramos a algunos de quienes entonces me acompañaban en Diario de Poesía. En cuanto a En la resaca, mi último libro, la única persona que lo leyó casi completo antes de darlo a publicar y me hizo indicaciones que me resultaron útiles fue Susana Cella, que además de escritora es mi mujer. No desconozco, de todos modos, que varios textos de ese libro salieron previamente publicados en revistas, y algunos de los comentarios que recibí al respecto los tuve en cuenta. Siempre “tomándolos como de quien viene”, como corresponde.

 

 

 

 

Daniel Krupa

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

No vivo de la literatura y me animo a agregar “afortunadamente”. Si fuera otro el vínculo, perdería el costado lúdico, insensato e inoperante que le encuentro desde siempre a esto de escribir, ídem con la lectura. Sé muy bien por qué voy a trabajar todos los días (desde el resguardo y el mínimo placer que ofrece una rutina laboral a lo que implican compromisos tales como el pago de la cuota social de Gimnasia y Esgrima de La Plata, la escuela de mi hija, el alquiler, el monotributo, ingresos brutos, la obra social, etc). Ahora, a la razón por la cual me arruino la columna frente a un monitor, no termino de encontrarla y disfruto que así sea. ¿Qué hago? Trabajo en lo que suele denominarse muy vagamente “comunicación institucional” y a veces pienso seriamente en dedicarme a la gastronomía en alguno de los puestos de la Costanera o en abrir una fábrica de botones siempre y cuando estas actividades no impliquen desgaste mental alguno.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Buena pregunta: sencilla y compleja. Se me ocurren dos. Uno, el primero, completamente trillado, habla de un escultor dándole a una roca o a un cacho de algarrobo en cuyo centro –sólo él– ve una mano, el rostro de un mapuche con cara de tránsito lento o el órgano reproductor femenino. El otro oficio podría ser el de heladero, ¿no? Si se te va la mano con el contenido del recipiente, sea éste de cucurucho o telgopor, tarde o temprano se te derrite todo y chorrea por todos lados. Algo parecido pasa con la escritura, creo. A Martin Amis en Perro Callejero, por ejemplo, se le fue la mano con el sambayón: se le fue la mano.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Sin ningún tipo de apuro. No hay días ni horarios. En ese sentido, tampoco fantaseo con “comprar” tiempo para retirarme a La Cumbre (Córdoba) y escribir entre sierras una obra acorde al nombre del lugar. Nunca siento que tenga “períodos” de escritura, con lo cual siempre estoy leyendo a otros autores sin temor a que me influyan. Si eso pasa, bienvenido... siempre y cuando yo no me dé cuenta. Es más, como cada año el tiempo a perder es menor, últimamente me inclino por autores que sean disparadores (desde la prosa y/o desde la trama) para nuevas ideas o que al menos motiven las ganas de escribir, más allá de que luego no lo haga por motivos tales como hiperactividad laboral o simple ejercicio del Derecho a la Vagancia. En ese instante de búsqueda aparecen apellidos como Borges, Arlt, Vila-Matas, Bolaño, Levrero, Onetti, Barnes o Amis que, entre otros, siempre dan una mano, dicho esto último casi literalmente.

 

 

 

 

Daniel Link

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

Vivo de la literatura, pero no de la escritura. Mi propia literatura ocupa un lugar muy marginal en mi modo de ganarme la vida. Me paga viajes, eso sí. He sido editor, librero, asesor impositivo, periodista, becario, prologuista. Soy profesor universitario.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Un escritor es como un músico: compone con palabras algo que después habrá que oír (o no). O un cocinero, que transforma determinados materiales en otra cosa.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Escribo casi todo el tiempo. Nadie lee mis textos antes de publicarlos, pero todo lo publico antes que en el libro, en internet, de modo que todos (y cualquiera) leen mis textos. No escribo de manera regular. Leo, sí, mientras escribo, sobre todo porque mi trabajo involucra la lectura, y no puedo darme el lujo de dejar de trabajar. ¿Podría no trabajar? Tal vez no, ni aunque me sobrara la plata.

 

 

 

 

Edgardo Cozarinsky

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

Mis medios de subsistencia son asunto privado y no los voy a exponer delante de lectores que no conozco. Apenas si están al tanto de ellos mis amigos íntimos...

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

Nunca consideré la literatura como un oficio. Creo que hay una parte artesanal, que se afina y se hace más dúctil con la práctica pero desconfío mucho de esta “normalización”. Creo que, salvo la gente que fabrica best-sellers, se escribe porque no se puede hacer otra cosa, porque se necesita hacerlo. Pero también por el gusto, por la ilusión de ser leído por algún desconocido.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo

 

Escribo irregularmente pero casi todos los días. Puede ser dos horas o cinco horas diarias. No hay regularidad. Me leen dos lectores en quienes confío y que no pretenden modificar lo que escribo sino verlo en el contexto mayor de la literatura o de mi trabajo; sus observaciones que me hacen a veces me llevan a reescribir, pero no siempre. Si, leo siempre, pero de manera hedonista y siempre por oposición a lo que estoy escribiendo, como para abrir una ventana sobre un paisaje nuevo y dejar entrar un aire diferente.

 

 

 

 

Elsa Drucaroff

 

 

1 ¿Vive usted de la literatura? ¿Qué lugar ocupa en su modo de ganarse la vida? ¿Qué otros trabajos hace o ha hecho?

 

La literatura es el modo en que me gano la vida, mi “oficio terrestre”. Vivo de ella, no demasiado bien y haciendo todos los trabajos posibles: la enseño, la investigo, la escribo, la critico, hago periodismo cultural a su alrededor, he sido ghost writer (escribí muchos libros ajenos durante años, fue un gran entrenamiento), fui correctora de estilo en todos los niveles, desde cuidar detalles hasta reescribir y reorganizar toda la información, entre títulos propios y ajenos hay por lo menos cincuenta libros con los que tuve que ver, en diversos grados. Todos los trabajos que hice o hago se relacionan con la literatura, me encantaría poder vivir básicamente de la ficción que escribo y ojalá lo logre alguna vez, claro que en mis términos. Pero mientras tanto, me gusta al menos vivir de la literatura, no lo cambio por otra cosa y algunos trabajos de ghost writer que hice y algunos seminarios que di me han gratificado tanto como mis novelas, cada cosa a su modo.

 

2 Si tuviera que comparar el trabajo de escritura con otro oficio ¿con cuál sería y por qué?

 

No encuentro un oficio solo. Cuando estoy escribiendo una novela, por momentos me siento una especie de arquitecta - albañil, en el sentido de que estoy erigiendo un mundo, una ficción, sacándola de la nada a partir de unos planos iniciales, poniendo cuidadosamente ladrillo por ladrillo, palabra por palabra, viendo cómo empieza a existir, a tomar forma, comparando con los planos, corrigiendo o cambiando el plano, lijando, puliendo. Los géneros literarios me ayudan mucho, son parte inicial del plano, un respaldo que estimula la imaginación, me ayuda a buscar. Al mismo tiempo empiezan a llegar personas a ese espacio, a moverse allí, habitarlo. Ahí hay un disfrute especial, me siento muy identificada con “Las ruinas circulares”, de Borges, en ese cuento está la idea del trabajo, de concentrarse metódicamente para hacer nacer a una criatura que será autónoma. A mí me llegan voces, sentimientos, pensamientos de mis personajes todavía no existentes, mientras los hago actuar según los planos iniciales, es como si empezar a moverlos forzadamente, sin creérmelo mucho, les empezara a dar voz despacio, de pronto se concretan, empiezan a hacer cosas que no esperaba, a sentir cosas que yo no sabía, y ahí creo que el oficio cambia, ahora soy una especie de editora o montajista, tengo que escucharle todo y elegir qué le dejo decir, qué cuento desde otro lado, qué no va a ser nunca explícito. En ese punto hay mucho de escribir pero sacar, o no escribir pero pensar y saber que no va, aunque hay que tenerlo en cuenta. A veces escribo muchas páginas y cuando releo me doy cuenta de que las dos primeras carillas, por ejemplo, deben sacarse, pero que al mismo tiempo que no fueron un error, quedan horribles pero yo precisé escribirlas, si no, no hubiera salido todo el resto, no hubiuera encontrado lo que encontré. Es decir: como una montajista que para insertar una toma de alguien que por ejemplo está braceando en el mar necesitó que su actor caminara antes mar adentro, saltara un par de olas, se tirara abajo de una, qué sé yo, hasta estar ahí levantando el brazo como lo quiero en esa toma de segundos. Por eso no entiendo mucho a los escritores que dicen que no corrigen, que no retrabajan lo que les sale de primera, a lo mejor es así, nomás, cada cual tiene sus formas de crear, pero a mí no me parece un mérito no corregir. Corregir es parte de la búsqueda estética. Escuché justificarlo a algunos autores que dicen que no corrigen porque ya pulen mucho y cuidan mucho el lenguaje desde la primera frase, pero ahí hay una idea para mí un poco limitada de lo que es el trabajo literario. Porque escribir literatura no es sólo un escribir terso o pulido, corregir no es sólo corregir estilo, si no, no habría grandes escritores con estilos poco pulidos o torpes, como Arlt, Felisberto, Philip Dick. Eso del “trabajo con el lenguaje” no es sólo con el significante, también se trabajan la trama, los personajes, todo eso es en definitiva lenguaje y se precisa investigar a fondo con palabras, en palabras, para después editar y montar. Al menos ésa es mi experiencia.

 

3 ¿Cómo trabaja su escritura? ¿Cuánto tiempo le dedica? ¿Lee alguien sus textos antes de publicarlos? ¿Escribe de manera regular? ¿Lee a otros autores en los períodos en que está escribiendo?

 

Cuando estoy escribiendo una novela, en un sentido, trabajo todo el día, incluso cuando sueño: pienso y pienso lateralmente en lo que estoy escribiendo, de pronto alguien hace o dice algo y digo “mi personaje nunca haría eso”, o veo una hojita que se cae de un árbol mientras espero el bondi y me doy cuenta de que ese modo de desprenderse de la rama es el modo en que un personaje de El infierno..., el Loco, se va a ir de su mujer y su hija, así limpiamente, sin vacilación ni brusquedad, sin dejar casi marca, decidido de una, sin aviso. Es un ejemplo que me pasó, hay mil más, lo que quiero decir es que aunque no esté en ese momento técnicamente trabajando en la novela, aunque no me siente en ningún momento de ese día a escribirla, la tengo en la cabeza y mientras voy viviendo, sigo pensándola. Y no tener tiempo para seguirla me angustia muchas veces, porque es como si fuera un chico que me tira de las polleras desde abajo, para que le preste atención.

Pero además le doy tiempo objetivo, lo más sistemático posible: cuando escribo una novela desearía sentarme ocho horas por día en la compu pero no suelo lograrlo porque como no logro vivir de escribir ficción, siempre tengo mil cosas que hacer, además, sin contar con el tiempo para mis amores (familia, amigos). De todos modos, mínimo tres horas, máximo ocho, intento sentarme de lunes a domingo todos los días, intento.

Hago mucho con mis pares cuando estoy escribiendo, me fascina contar lo que estoy imaginando, me sirve porque mientras lo cuento me lo escucho y ese mundo se me vuelve más sólido, ellos intervienen, preguntan, sugieren, y eso me estimula muchísimo, es un mundo que se (nos) va haciendo cada vez más rico. La literatura es un arte solitario sólo en el momento de escribir frente a la pantalla, pero nadie crea en soledad, siempre se crea en contacto con los otros, y si asumimos eso, se gana mucho creativamente. O al menos yo gané mucho y sé de otros a los que les pasó lo mismo. Yo chequeo con mi editor o editora, y con algún buen amigo y colega el plan inicial. Después, cuando la novela está lista, siempre hago una ronda entre cuatro o cinco lectores que respeto y, claro, el editor, me reúno con cada uno, que me hace la devolución. La versión definitiva sale de procesar esas devoluciones. Nunca tuve editores que me impusieron correcciones, a lo sumo sugirieron, muchas veces tomé lo que decían, otras lo deseché.

Para mí esto es un oficio, no un Hecho de Inspiración ni una Tarea Superior y no me ofende que se metan y me aporten. Es un oficio bellísimo, excitante, que agradezco tener. Me encantaría que la sociedad dejara de considerarlo un Don Superior y entendiera que es simplemente una tarea social, que los hacedores de ficciones y mundos alternativos somos parte de las fuerzas productivas de una sociedad, que producimos significaciones, que le damos a la gente posibilidades de pensarse y experimentar en la ficción valores posibles, significados nuevos, preguntas políticas, éticas, existenciales, y que por lo tanto la sociedad debería pagarnos dignamente en vez de tratarnos como seres superiores que viven del aire y de la grandiosidad de la belleza. No me importa tanto el poder simbólico que puedo adquirir yo con mi nombre y apellido, porque escribo libros, quisiera que a cambio de poner mi nombre y apellido me dieran más poder económico y que en todo caso, si quieren poner en el candelero, homenajear, entrevistar, etc., lo hicieran con mis libros más que con mi persona. Pero no es así como son las reglas del juego y para que lean mis libros, a veces hay que ir y exponerse. Ese trabajo donde una pone la cara para vender su producto, para instalarlo entre los lectores, es el que menos me gusta del oficio, pero lo hago con seriedad y conciencia, tratando de no poner mala onda, porque sé que si quiero que mi libro llegue, circule, opere, y si quiero alguna vez lograr vivir de mis ficciones, no tengo más remedio.

Entonces, como para mí esto es un oficio que trato de hacer lo mejor posible y sin traicionarme, nada mejor que hablar con colegas e intercambiar experiencias. Participo también en los procesos creativos de otros, por supuesto, y también me enriquece. Es ida y vuelta.

Sobre leer a otros autores mientras escribo, me pasa algo curioso: mientras investigo para escribir, sí, leo un montón lo que preciso, ya textos documentales o teóricos, ya ficción. A veces investigar para escribir es leer sobre cierto tema pero otras es leer autores que hacen algo con una técnica narrativa que yo siento que me puede servir, aunque escriban sobre otra cosa. A veces también me sirve mirar películas para buscar ciertos recursos. Aprendo el oficio de otros narradores que conocen el oficio, digamos.

Pero mientras estoy escribiendo ficción, cuando la investigación terminó y estoy en plena producción de mundo, ahí me cuesta muchísimo concentrarme en otro relato, salvo que lo precise muy puntualmente. Ahí o leo ensayo, o leo poesía, en general en esos momentos me vuelvo una lectora voraz de poesía, estoy muy sensibilizada hacia eso y no tengo energía para acompañar a ningún narrador en su mundo creado.

Una última cosa: hay un momento en la producción de la novela en que todo está ya encaminado, los personajes caminan solos, tengo todas las decisiones tomadas y siento que si surge algún cambio no me va a frenar la fluidez con la que el relato avanza solo. Entonces la comparación con otro oficio cambia: ya no soy arquitecta ni montajista sino mecanógrafa: me siento al teclado, escucho lo que me dictan desde adentro y los dedos se mueven a toda velocidad. En ese punto, que es un punto de llegada que