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Hace no mucho tiempo, por alguna de esas razones azarosas –y no tanto- de los diálogos, nombré a Menem. Estaba hablando con una mujer más grande, de unos cuarenta años largos, y al escuchar el apellido del ex-presidente, en un acto reflejo, o simulando un acto reflejo, se tapó la boca como si quisiera que me calle. Inmediatamente, se tocó una teta.
-Jamse –dijo destapándose la boca- No nombres al innombrable.
De algún modo bastante obvio, Menem, el menemismo, funciona hoy como síntesis de los noventa. Fagocitando al gobierno de De la Rúa, y a todo lo que fue el antimenemismo –acaso el otro élan que atraviesa los procesos que se dan en los noventa-, lo que va del 89 al 2001 –es decir: los noventa-, aparece ligado a la imagen de Menem, del menemismo. Y finalizada la década, luego del furor, un poco previo y un poco posterior al 2001, que registra el periodismo de investigación, luego del furor de la acumulación de denuncias por corrupción, de los estudios sociológicos y economicistas sobre lo mal que se está y lo mal que se estará, la de los noventa aparece como una década negra, de la que mejor ni hablar. O de la que hablar pero sin decir nada, para señalarse, hoy, cada uno, como distinto, ajeno a ella: jamse, no nombres al innombrable.
Así, la década de los noventa, esa en la que el neoliberalismo que había comenzado a organizarse fuertemente con la dictadura del ´76 terminaba de forjarse como modalizador radicalmentne nuevo de la vida, así, decía, la década de los noventa nos llega como mito, como algo cerrado y pasado, ya definido y que no tiene formas de continuidad ya en nuestros días. Negro o blanco, bueno o malo, alejado e indiscutible: posiciones fáciles y políticas impotentes.
No otro que esta percepción es el motor que hoy nos lleva a pensar los noventa. Porque hoy son un mito –en boca de los medios, en boca del discurso estatal, en boca del taxista, en boca de la señora que jamse, no nombres al innombrable-, ahondar en las experiencias y prácticas de entonces es nuestro interés. Porque nos interesa pensar las formas en que –entonces, y hoy- funcionan el poder y las formas de la resistencia, sus límites y sus posibilidades, los contextos en que se dan las prácticas sociales todas, la práctica literaria entre ellas, con sus contextos, literarios, culturales, sociales, políticos y económicos, que son uno y muchos, .
Para participar del presente hay muchas formas. Nosotros, es claro, pensamos que editar una revista literaria es una. Es una, nuestra forma de construir comunidad, de habilitar diálogos, de posibilitar zonas de discusión que creemos ineludibles. Y porque creemos que hacer una revista es una forma de construir presente, de participar activamente del proceso social general, por eso creemos que pensar a las revistas que se escribieron en los noventa es una tarea necesaria y productiva.
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Otras tantas hubo además de las que incluimos en la serie de entrevistas realizadas: quesquesé, la muela de juicio, el mogolejito, el ojo mocho, otras puertas, el perseguidor, tamaño oficio, noquierosertubeto, punto de vista, clepsidra, sr neón, androgina, la buraco...el catálogo extendido abarcaría largas páginas. Y eso sin contar en ese “catálogo” a las revistas de poesía, que merecen otro número a ellas dedicado, las revistas de género (ciencia ficción, terror), o las publicaciones académicas, todas ellas también presentes de distintos modos.
Pero sin embargo no queremos hacer un catálogo, acá, sino charlar sobre la experiencia de hacer revistas literarias en los 90. Sobre los deseos que movían al trabajo de hacer una revista, sobre las complicaciones que tenía, sobre las discusiones que planteaban o intentaban plantear, sobre los diálogos existentes en los que participaban.
Por eso, armamos esta serie de diálogos con Sergio Olguín, Raúl Brasca, Marcos Herrera, Ana Porrúa, Osvaldo Aguirre y Daniel Link.
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Sergio Olguín, era director de la revista (Con) V de Vian, que entre 1990 y 1999 editó junto a Karina Galperín, Pedro B. Rey y Claudio Zeiger, y de donde se desprendieron proyectos como Barrio Jalouin o El Amante, que aún hoy continúa. Con la voluntad de ganar presencia en los públicos amplios del campo cultural y no sólo del petit entre-nos literario, la revista de Olguín quedó en el recuerdo de muchos por sus llamativas tapas de desnudos, en su gran mayoría (todos) femeninos, por las críticas insistentes contra la Facultad de Filosofía y Letras (y lo que veían como su epígono literario revisteril: el grupo que hacía la revista Babel), por los alfileres y chicanas que aguzaba Santiago Pazos en su columna “¿Cuánto vale tu silencio?” y por los narradores que de a poco se fueron recortando como una parte de lo que hoy es la literatura contemporánea y que allí publicaron algún cuento, alguna reseña o recibieron algún premio en los concursos literarios que la revista organizaba. Y más que importante, también: porque encontraron en Elvio Gandolfo un faro que iluminaba de calidad y gracia a toda la revista desde sus constantes participaciones, ya como traductor, ya como jurado de concursos, ya como uno de los más finos críticos de literatura reciente.
Charlamos también con Raúl Brasca, de la revista Maniático Textual, que se comenzó a editar en 1989, en pleno proceso inflacionario (como se puede ver asentado en las reescrituras del precio de su primer número, que lleva impreso un original de 700 australes al que se le agrega luego un cero para terminar pasando luego a un tachón en marcador y un aumento casi del 2000% al sobrescribir con un nuevo precio: 15000 australes), y siguió saliendo hasta 1994. Alternando la inclusión de textos de autores ya centrales en la tradición literaria local (Girondo, Felisberto Hernández, Marco Denevi) con textos del equipo editor (Laura Fava, Carlos Luis, César Franco, Raúl Brasca, y la directora, Cristina Fernández Barragán) e inéditos de distintos colaboradores, la revista se presentó al principio jugando con una estructura humorística plagada de “chistes literarios”, como modo de hacer más ágil la lectura de la revista. Entre información de concursos y chistes y comentarios sobre talleres literarios, en maniático textual publicaron algunos de sus primeros trabajos escritores como Fernanda García Curten, Alejandra Laurencich y Gustavo Nielsen, que, además, ilustra y diseña uno de los números.
Nos juntamos también con Marcos Herrera, que dirigió La Giralda, una revista que nucleó a críticos y a escritores como Martín Kohan, Damián Tabarovsky, Leandro Araujo, Jorge Consiglio y David Oubiña, y que sólo saca a la calle un concentrado y único número en lo que va del año 94 al 95. Allí, además de publicar un sentido reportaje a la poeta María del Carmen Colombo y un cuento de Herrera, dedican un dossier a los narradores argentinos contemporáneos. Más allá de las fuertes tensiones estéticas que se pueden recorrer en las obras de los participantes de este proyecto y en las que podría entenderse tanto la valorización de este número que los nuclea como las razones que impidieron la existencia de una segunda vuelta, el perfil que la revista delinea en sus páginas, aunque no explicitada, deja ver una clara continuidad con la estética que propugnaba –también: con sus tensiones miles- la revista Babel, aquella bisagra ochentosa, resentida, seducida y abandonada por la esperanza democrática que desvanecía en el aire, y que con su muerte abría el campo cultural de los noventa.
Desde Mar del Plata, la poeta y crítica Ana Porrúa mantuvo un extenso intercambio con nosotros –que incluyó tanto diálogos por msn como por e-mail, y el generoso envío de números de las revistas que editaba, gesto difícil de terminar de agradecer- para charlar de la experiencia de publicación de las revistas Paredón y después (mejor hablar de ciertas cosas) y SiRcO, que salieron entre los años 1993 y 1999, allá en Mar del Plata. En sus páginas pasaron dossiers dedicados a Juana Bignozzi (que resuena en el dedicado un año después en Diario de poesía, y casi quince años después en el publicado por nosotros mismos en elilnterpretador), a Elvio Gandolfo, a H. G. Oesterheld, a la televisión, a Luca Prodan, y a la crítica literaria. Desde una prosa que busca explícitamente escapar a los protocolos y añejamientos del paper académico, estas revistas marplatenes –que Porrúa editaba junto a Fabiola Aldana, Laura Iribarren y Alfonso Mallo, y con la insistente colaboración de Osvaldo Aguirre, Miguel Dalmaroni y Elvio Gandolfo, entre otros- llevaron a terrenos poco habituales las herramientas de la crítica literaria: letras de rock, grafittis, avisos de contactos íntimos, historieta, programas de televisión, el erotismo, la Cicciolina, el ocultismo, la educación secundaria y, también, la literatura. Y sin privarse de la literatura, claro, avanzaron sobre mágenes no centralizados aún -Bignozzi, Mario Levrero, Copi, los Lamborghini-, y tampoco prescindieron de otros ya más instalados, como Aira o Gelman.
Nos juntamos, también, con el rosarino Osvaldo Aguirre, principalmente por su prolífico nivel de participación en distintos proyectos: no sólo editó en Rosario la revista Sisí (1989-1991), y El ABC de la literatura (1992), sino que además, mientras publicaba novelas, cuentos, crónicas y poesía, era parte del grupo editor de Diario de Poesía y participaba activamente –entre otros proyectos- de las revistas (Con) V de Vian, El Amante, Paredón y después, Barrio Jalouin, SiRcO, y los suplementos de diarios de Rosario, Montevideo y Buenos Aires. En todos ellos, practicaba un periodismo cultural erudito y al mismo tiempo generoso con el lector, ampliando los catálogos de nombres habituales, buscando en los olvidos y zonas oscuras de lo conocido la posibilidad de otras experiencias de lectura.
Cerrando la serie de charlas, nos encontramos con Daniel Link, que en el año 1997 fue el secretario de redacción de la revista magazín literario, que tomaba el modelo de la francesa Magazine litteraire, aunque agregándole una bajada del título (“Mapa mensual de la cultura”), que señalaba tal vez la diferencia del lugar social que la literatura ocupaba en 1997 en Argentina y el que ocupaba en Francia. La revista publica seis números en los que proliferan reseñas, agendas culturales y unos extensos dossiers extraídos de la edición francesa. Pero aunque los editoriales auguraban promesas de confianza en la cultura y la letra, Buenos Aires no es París, Argentina no es Francia, y el proyecto (ambicioso: tiraban 15000 ejemplares, tenían muchos colaboradores y se distribuía en todo el país) choca con un final abrupto que no lo deja llegar a un segundo año de vida, aunque coletazos de su período de existencia sean imposibles de no rastrear al año siguiente, cuando Link queda a cargo del suplemento Radar Libros, de Página/12.
Sebastián Hernaiz