Nos juntamos con Marcos Herrera en el bar Varela Varelita, una tarde. Esto fue lo que grabamos, hasta que sobre el final llegó Leandro Araujo y apareció de casualidad Martín Kohan y el diálogo se perdió entre murmullos y voces que se tapan.
Elinterpretador: Bueno, la idea es charlar un poco sobre La Giralda, como parte de una serie de charlas sobre revistas de los noventa que vamos a publicar en elinterpretador de diciembre, y eso dentro de una serie de textos sobre los noventa en general.
Marcos Herrera: te cuento un poco cómo nació La Giralda, entonces. Un ex compañero mío de la secundaria que había sido militante del PC, se fue del PC y empezó a hacer una trayectoria personal muy especial. Empezó a decir que la revolución había que hacerla desde las distintas subjetividades, y entonces le pareció que una manera de intervenir sobre las subjetividades era haciendo una publicación sobre literatura. Me planteó a mí hacer esto y yo empecé a llamar a gente que conocía para concretarlo. Que además era muy poca la gente que yo conocía.
EI: ¿de dónde era la gente en general?
MH: En general eran del ámbito de la facultad, y algunos de ámbitos de la literatura también, escritores que yo conocía, como Jorge Consiglio. A él lo conocía porque escribía. Y bueno, nos empezamos a reunir en el bar la Giralda y empezamos a hablar de literatura. Y a partir de ahí vino el nombre. A nadie se le ocurría un nombre y...David Oubiña siempre dice que esa época fue buenísima porque hablamos mucho de literatura. Él no tenía recuerdo de haber hablado tanto de literatura con tanta intensidad.
EI: ¿Se juntaron primero para charlar de literatura y ver qué salía de ahí o ya con la idea clara de hacer una revista?
MH: Con la idea de hacer una revista. Y estuvimos reuniéndonos, hablando de literatura y viendo qué hacíamos como un año o más. Y nos juntábamos no sé si una vez por semana o cada quince días. En lo personal, yo, hasta ese momento, había leído muy poca literatura argentina. Entonces a partir de esto empecé a leer un poco más de literatura argentina porque una de las cosas que decidimos –no sé muy bien por qué- fue hacer un dossier sobre escritores argentinos, que no sabíamos todavía ni cuáles.
EI: Eso cuando decís “discutíamos de literatura”, ¿se llegó rápido a “literatura argentina contemporánea”, o por qué líneas pasaba?
MH: Se entraba y se salía, porque en realidad no estaba acotado a argentina contemporánea. Cada uno hablaba de sus lecturas. Pero yo creo que había algunos de los integrantes de la revista que por ahí estaban más armados teóricamente y que por ahí un poco impusieron estas cuestiones. Por ejemplo, en esa época estaban más armados que yo teóricamente –y tal vez ahora también estén más armados que yo-, por ejemplo, Tabarovsky y Kohan. Y ellos fueron influyentes en ver qué. Yo me acuerdo además que en su momento no se sabía quién iba a ser el director de la revista, y todos propusieron que fuera yo porque fui el que convoqué. Y yo dije que como jamás había escrita un ensayo y acá me veía en el brete de escribir uno –que de hecho lo escribí en colaboración-, dije que aceptaba ser el “presidente honorario” de la revista si publicaban un cuento mío que es con lo que me sentía seguro. Y todos estuvieron de acuerdo, porque les gustaba el cuento.
EI: ¿En general eran todos escritores? ¿No, no: Oubiña, Amante, no, no?
MH: No, Oubiña, Amante, no. Estaba también otro que se llama Gustavo Generani que no, que tampoco.
EI: ¿Che, por qué la necesidad de que hubiera director?
MH: Ah, ni idea.
EI: ¿Nunca preguntaste eso?
MH: No, nunca pregunté. Además me sentía muy mal con eso, pero bueno, me mandaron y asumí las consecuencias. No decapité a nadie, estaba todo bien y todo era aceptado. Y ahí, por eso, publico mi cuento. “Ah, mando yo”, dije. No, en serio, una cosa que sí propuse que me parecía importante era el reportaje a María del Carmen Colombo. Yo tenía muy pocas certezas. Yo no tenía muy claro. Yo creo que en este momento no hubiera elegido escribir sobre Feiling. Y puedo decirlo con absoluta seguridad, mi amigo Leandro Araujo no hubiera elegido escribir sobre Guebel, e incluso es un poco elogiosa su nota. Y en realidad él en este momento no...ni siquiera en ese momento estaba demasiado convencido de que estuviera bien, y ahora está convencido de que está mal lo que escribe Guebel.
EI: La entrevista a María del Carmen (Colombo) no la firma nadie. ¿Quiénes la hicieron?
MH: Ah, a ver. Yo estaba, estaba Damián Tabarovsky también, estaba Leandro (Araujo), y creo que estaba Adrián Figueroa, que era mi compañero de la secundaria, que no figura en ningún lado, y que consiguió la plata para sacar la revista.
EI: ¿Las publicidades que tiene sirvieron para salir o fue con la plata que consiguieron?
MH: No, las publicidades eran para que quedara ahí, para que se pensara que podía haber más alguna vez.
EI: ¿Tenían periodicidad pensada?
MH: Se pensó una periodicidad que jamás se pudo cumplir. Y de hecho cuando empezamos a planear el segundo número, ahí empezaron a estar más claros algunos conceptos sobre literatura, y creo que ahí se produce el...
EI: ¿En las charlas previas cómo convivían con el concenso-discenso, o no habían llegado a los núcleos de conflicto todavía?
MH: No habíamos llegado a los núcleos de conflicto, por llamarlos de alguna manera, o de puntos de vista antagónicos. Yo planteo una cosa que por ahí es un poco inocente. Que para mí existía a partir de que yo tenía una intervención como escritor, un concepto de guerra. Es decir, si uno elegía hablar, pedir la palabra, automáticamente se estaba incluyendo en una tradición y peleando con otras. Y yo planteaba un poco, sin demasiada conciencia, que entre muchas cosas, una de las cosas que a mi me movía cuando me ponía a escribir, cuando me ponía a producir como escritor, una de las cosas que a mí me guiaban era el odio, y eso llamaba mucho la atención y hacía que muchos sonrieran.
EI: ¿En ese momento ya había publicado alguno de los que estaban acá? ¿Tabarovsky, Kohan ya habían publicado?
MH: Estaban empezando. Martín publicó por esos días o uno poquito después La pérdida de Laura, su primera novela. Una cosa que pasó es que estas reuniones de la revista y toda la redacción de los artículos fue en su momento y la publicación real fue como un año y medio después. (Hace memoria) En el 93 deben haber sido las reuniones. Tabarovsky había publicado. Yo había publicado, pero de poesía. Y Consiglio también, de poesía.
EI: Una cosa que me llamaba la atención fue la presencia de la entrevista a una poeta como Colombo, bastante reconocida entonces, y que después en el dossier sobre literatura argentina sean sólo narradores. ¿Cómo fue esa selección, a criterio de cada uno?
MH: Primero elegimos que iba a ser sobre escritores argentinos, y después se decidió en algún momento que iba a ser sobre narradores argentinos más o menos nuevos, y que cada uno iba a elegir sobre quién escribir.
EI: No sé, ponéle, vos que trabajás sobre Feiling. Todos tienen como la voluntad de tomar la obra completa del autor, y ahí no sé, ¿no había salido Amor a Roma, su libro de poemas?
MH: No sé si había salido Amor a Roma. Era un libro que se sabía que existía, pero creo que no había salido. Eran conversaciones muy enriquecedoras, las de la revista, donde nos divertíamos mucho. Además, era un clima muy bueno.
EI: ¿Había más gente en esas conversaciones, aparte de los que publican en ese número?
MH: No, creo que éramos esos, todos los que estaban escribieron.
EI: Además del dossier y de la entrevista a Colombo y tu cuento, publican el diálogo sobre sexualidad de un grupo surrealista...
MH: Sí, eso lo propuso Tabarovsky, que además lo tradujo él. Y qué se yo. Yo a los surrealistas los tengo como a unos héroes del rock & roll literario desde que empecé a escribir.
EI: El mito de la vanguardia...
MH: Claro...
EI: De eso me llamaba la atención lo que dicen al presentar el dossier, que como no hay editorial se la puede leer así como un espacio de posicionamiento colectivo, no sé, debe haber sido un texto que discutieron, imagino.
MH: Puede ser, no sé, ni me acuerdo a esta altura. Seguro que lo discutimos, pero no me acuerdo qué dice.
EI: Te leo un fragmento: “Una oscura costumbre literaria supone que toda renovación viene acompañada por un movimiento crítico que explicitaría sus fundamentos teóricos y legitimaría su revolución estética”. ¿Se pensaban como “jóvenes críticos” o algo así?
MH: Yo, para nada.
EI: ¿Te costaba el lugar de crítico?
MH: Me costaba más… Para mí, yo era sapo de otro pozo. Esa es la verdad de la milanesa.
EI: Y Kohan, Oubiña...
MH: En esa época Martín me acuerdo que decía que él no se sentía “un escritor”. Se sentía más cerca de lo que era la crítica, la teoría, y toda su trayectoria en la facultad. Es más, años después cuando él ya había publicado algunos libros me acerqué y le pregunté: “¿Che, y ahora ya te sentís escritor?”, y “Sí, sí, ahora sí”.
EI: Te sigo leyendo de la presentación del dossier: “En la literatura de este fin de siglo los movimientos han derivado en dispersión, y las vanguardias parecen haber retrocedido, dejando lugar a los reciclajes cosméticos de la posmodernidad. Sin embargo, a pesar de todo, se sigue leyendo y se sigue escribiendo”. Me llamaba la atención eso, la publicación del texto de los surrealistas que siempre son como un mito, como un rockero que muere joven, siempre genera fascinación, y esta melancolía de la vanguardia que, por más fascinación que genere, ya es imposible.
MH: Yo pienso un poco lo siguiente, haciendo un poco de memoria. Me parece que esta revista es un patchwork, una mezcla, un Franknestein. Y esto que vos me leés un poco refleja una de las tantas tensiones que circulaban por esa mesa.
EI: Sí, no, porque es interesante cómo lo resuelven distinto en cada artículo. El que lo plantea...
MH: Tabarovsky, que habla de una “literatura de retaguardia”.
EI: Sí, que lo saca de Libertella eso. Y lo que propone, te leo del artículo de Damián (Tabarovsky): “Chejfec es un nostálgico, pero, ¿de qué? ¿Y quiénes son los grandes nostálgicos de la narrativa actual? Saer y Aira: ambos tienen –a su manera, en sus dosis- nostalgia de las vanguardias y, al mismo tiempo, de la gran novela europea”. Y entonces, lo que reivindica de Chejfec –mechando con un montón de citas teóricas: cita a Derrida, cita a Deleuze, cita a Foucault, cita a Barthes, cita a Raymond Roussel- es que con esa teoría de la literatura de retaguardia le escapa a esa melancolía, pero sigue pensándose todo el tiempo desde la melancolía de la vanguardia. Eso me llamaba la atención, sobre todo por la inclusión del texto de los surrealistas.
MH: Claro, que lo propuso él de hecho.
EI: Sí, lo firma casi, con la traducción.
MH: Sí, es eso, como una perlita. Creo que lo grosso de los surrealistas igual no está ahí, está en otro lado, no en esa conversación, esa polémica entre Breton y Artaud sobre el sexo. Sí, bueno, mirá: me parece que la tensión entre vanguardia y –cómo podemos llamarla- ¿clasicismo?, me parece es una tensión que sigue instalada, aunque por ahí algunos la ignoren. Hay mucha presión de lo que sería la industria editorial para que las vanguardias sean absolutamente ignoradas: “experimentos no, ya que hay que vender”.
EI: Claro, pero a su vez se vende más con la idea de “lo nuevo”, “lo último”.
MH: Sí, absolutamente contradictorio. Pero lo que se promueve desde la industria editorial es “por favor, que haya más Andahazis”. Y ahora, los escritores que pretenden tomar a la literatura como una disciplina artística, me parece estamos todo el tiempo pensando en las vanguardias. Porque supuestamente uno, cuando yo hablaba de alzar la voz, o tomar la palabra, uno supuestamente lo hace para agregar algo que antes no existía. Aunque eso sea casi siempre una fantasía.
EI: ¿Escribían en otras revistas, entonces, ya? De Kohan creo que había algo en El ojo mocho.
MH: Sí, creo que David Oubiña, bueno, no sé, creo que había publicado algo en Punto de vista. Martín (Kohan) también, Damián (Tabarovsky) también.
EI: ¿Tenían contacto con otras revistas? Digo, por qué sumar una voz nueva, por qué una revista nueva. ¿No había dónde dialogar? ¿Otras revistas?
MH: No había, no. Mirá, yo creo que inclusive aquellos que tenían un poco más de inserción, tampoco era tanta: a todos les interesó participar en esto. Y después, no. Yo no tenía inserción de ningún tipo. Había tenido un paso fugaz por la facultad, me había ido, y después no tenía contacto con los medios, ni con nada.
EI: “La facultad” es también un tema en la revista. Todos, o pasaron por ahí, o trabajan en la facultad, o escapó o fue expulsado de la facultad. Me llamaba la atención en un momento en una pregunta que le hacen a María del Carmen Colombo, que es cuando venían hablando de cualquier otra cosa, y dicen “Pasando a otro tema: ¿por qué en la Facultad de Filosofía y Letras los poetas sufren o huyen”. Digo, lo vivían como un problema importante, cómo ser poeta y de la facultad.
MH: Sí, yo no sé cómo será ahora. Pero en ese momento era una conversación muy común. Incluso había mucha gente que escribía antes de empezar la facultad, dejaba al entrar y cuando terminaba volvía a escribir o no volvía a escribir nunca más. Un poco la hipótesis que manejábamos era que la facultad tenía una presencia tan fuerte que muchas veces eso, coartaba la producción propia. Creo que por eso yo rajé de la facultad.
EI: ¿Te hizo bien?
MH: Rajar, sí.
EI: Hay tres momentos en esa entrevista: primero empiezan como lectores de María del Carmen (Colombo), después pasan a pensarse como escritores en paralelo, empiezan a charlar de la escritura, si es dolorosa, placentera, se ponen en el plano del escritor. Y después eso de la facultad, que por un lado oprime la escritura, pero que da una cantidad de herramientas de lectura académica que después se repiten en el dossier.
MH: Yo me acuerdo cuando salió la revista, a Piglia lo que le gustó fue el reportaje y mi cuento, que a él le gustaba. Y del reportaje decía: “así se habla de literatura”.
EI: Es que hay un manejo muy bueno de los textos de ella ahí.
MH: “Así se habla de literatura dijo”. Después dice “lo del dossier me pareció flojo...”
EI: Y, claro, no lo nombraban a él, un joven narrador. Eso puede haber influido. ¿Y otras repercusiones, tuvieron algo? ¿De hecho, de cuánto fue la tirada?
MH: Y mucho no sé la verdad de repercusiones. Y la tirada fue un montón. Eran muchos ejemplares porque por una cosa medio arbitraria de que salía lo mismo 1500 que 3000, creo que al final fueron 3000.
EI: ¿Y tenés 2800 en tu placard todavía?
MH: No, ¿sabés que no? Tengo algunas, pero después este amigo mío, Adrián Figueroa, fue cambiando de actividad, y en algún momento de su vida uno de sus ingresos fue vender la revista. La iba a vender al subte, por ejemplo, y vendíó un montón, fue un éxito tremendo.
EI: ¿La vendían, en su momento, ustedes?
MH: La vendía él.
EI: Digo, no tiene precio de tapa.
MH: En general lo que se hacía es que si había alguien que le interesaba y no podía pagar, ponele, $6, le cobraba $2.
EI: ¿Distribución en kioscos, algo así, tenían?
MH: No, no, no. Se vendió en la puerta de la facultad y en algunos medios de comunicación. Y se regaló, y, no, no, creo que más no tuvo.
EI: Y las repercusiones, aunque sea a nivel personal, ¿se enteraron de que llegara a algún lado, los insultó alguien?
MH: No, no, creo que no da para que nos insulte nadie. No es muy polémica...
EI: Es elegante....
MH: Es elegante, no nos peleamos con nadie. A mí me parece que fue más importante para los que la hicimos que para los posibles lectores. Y te decía, cuando empezamos a planear el segundo número, que ya ahí habíamos quedado tres nada más, y habíamos pensado un segundo número que se llamara “El enemigo”.
EI: Una vez Panesi decía que para hacer una revista literaria hay que inventarse un prejuicio, que eso la justifica.
MH: Claro, sí, un enemigo, es como una fantasía. Nosotros habíamos planteado como enemigo a Ernesto Sabato, como una figura absolutamente trucha, inconducente para cualquier lado, una especie de lugar común ridículo. Pero también hablábamos en su momento, cuando pensábamos en el enemigo, hablamos de César Aira, que a los que quedamos nos parecía el enemigo.
EI: ¿Quiénes quedaban para el segundo número?
MH: Quedábamos Jorge Consiglio, Leandro Araujo...y yo. Eramos tantos....
EI: El astillero, quedó. Y entre César Aira y Sabato terminaron no sacando...
MH: No...quedó en nada. Pasó el tiempo, pasaron los años y después hicimos otras cosas.
EI: No pusieron publicidades en otras revistas, nada, ¿no?
MH: No, la verdad, bastante poco, nada.
(Suena el celular de Marcos y, por delicadeza, apago el grabador)
(Se reinicia previo pedido de otra cerveza. El mozo del Varela Varelita trae la cerveza y otro vaso –Marcos hasta entonces tomaba Fernet- y lo tira en la mesa con una habilidad para que el vaso gire y gire muchas veces, tambaleándose sin caerse nunca. Siempre sirve igual ese mozo, mezcla genial de talento y negligencia, digna de la melancolía vanguardista.
En el tiempo muerto de grabación, Marcos comienza contarme de la apertura de su librería, derivada de la revista El astillero-libros, que ahora no es sólo una revista virtual, sino también un bello local en Scalabrini Ortíz entre Santa Fe y Arenales)
EI: Che, y cuando salió, ¿qué hicieron? ¿La presentaron?
MH: No, nada. Nos llevamos algunos números cada uno y nada más. Fue una cosa muy loca, creo que entre otras cosas porque ya hacía mucho tiempo que habíamos dejado de vernos, todos.
EI: ¿Eso los ahogó un poco?
MH: Sí, yo creo que sí. Haber terminado todo el trabajo y no poder tenerla...
EI: ¿Te acordás por qué se pospuso?
MH: Y por temas de guita, la plata que no aparecía. Que ni me acuerdo de dónde la sacaba. Lo que sí estaban muy buenas eran las charlas de reunión con este pibe, Adrián (Figueroa).
EI: ¿El arrancó al mismo tiempo con otros proyectos?
MH: Terminó haciéndose escritor. Tiene un libro que sacó por las de él que lo presentamos en el San Martín, un libro que mezcla mucho prosa y poesía. Yo digo que es un “escritor transgénico”. Bueno, todo el camino que inició es muy muy piola. Un camino muy extraño, era compañero mío del industrial y después se fue a vivir a una villa...
EI: ¿Del PC, me dijiste que era?
MH: Sí, se iba a Alemania, en viajes de formación con el PC...Las que estaban buenísimas eran las charlas de cómo hacer, cómo hacer para resistir al sistema hegemónico.
EI: Eso aparece, ¿no?
MH: ¿Vos decís que aparece en la revista?
EI: Sí, así como muy diseminado, pero como un acuerdo. El tema del poder como enemigo. Muchas veces anclado en la dictadura. No sé, en Kohan es obvio, que trabaja con la violencia, el Estado, el terrorismo.
MH: Y sí, es sensato, igual, ¿no?
EI: Hay una tristeza igual, como una voluntad así de darle para adelante, sacar la revista, pero una tristeza así como por el “mundo que nos tocó”. No sé, dicen “Sin embargo, a pesar de todo, se sigue leyendo y escribiendo”. Digo, chabón, que mal momento te tocó.
MH: Yo creo que seguimos en un mal momento. Soy medio pesimista yo.
EI: Bueno, sí, es de siempre. Está esa frase de “al tipo este le tocó vivir un mal momento, como a todos, todo el tiempo”. Siempre parece ser un mal momento...
MH: Sí, pero vos pensá, no sé, los años 20, los 30. No sólo las vanguardias, pero estaban Picasso, Heminway, Faulkner. Lindos muchachos. Y yo creo que esos monos aparecían no por una cuestión de explosión genética, sino porque históricamente en ese momento esos tipos podían aparecer.
EI: Claro, la historia. No es lo mismo la experiencia de París en los 20, no porque estuvieran las vanguardias, sino al revés, las vanguardias por el París de principios de siglo. No sé, tenían una revolución al lado, cambios industriales, esas cosas.
MH: Sí, sí, sí: por supuesto.
EI: Leyendo varias revistas de la época, así como para ver cómo veían las cosas, cómo las percibían, en general mi sensación es que hay como una pérdida de “esperanza” en la literatura. Aunque también se repite históricamente, está esa frase de Oscar Wilde de que “la literatura no se lee y el periodismo no se puede leer” (que la traduce Borges, de hecho, en su momento, en el suplemento de los domingos de Crítica, como para hacerlo más complicado). Pero hay una sensación de que en los 90 no se lee.
MH: Bueno, sí, yo igual lo que pienso además es que los periodistas no pueden leer. No pueden leer. Calculo yo que porque están demasiado cerca y pegados a la “noticia”, y esto les hace que no les importe una serie de cosas. No, no pueden leer: están pegados al instante, y me parece que para leer literatura tenés que tener una especie de perspectiva, que igual es cada vez más difícil conseguir incluso para los que no son periodistas.
EI: En paralelo a La Giralda, una de las revistas que más largo trecho recorre es V de Vian. Y ahí hacen una reivindicación del lugar del periodista. Me acuerdo de una entrevista a Fresán que ve al periodismo como un lugar que lima ciertos vicios de escritura, que facilita cierta concisión, cierta...
MH: Bueno, yo lo que creo estrictamente es que Fresán no es un escritor. No sé, es un tipo ingenioso, un ventrílocuo.
EI: A mí Historia argentina me pareció interesante.
MH: Yo creo, además –y esto no sé si vale la pena que lo saques, porque yo nada más sigo ganando enemigos-, me parece que V de Vian es todo lo contrario de lo que a mí me interesa, pero no porque tenga una postura estética grossa y sólida, sino que intenta hacer ruido para que les den bola. Creo que nosotros, entre otras cosas, si no pudimos sacar un segundo número, además de por diferencias internas, es porque además, en lo personal, a mí no me interesa hacer ruido...
EI: ¿Ruido sin nada que decir?
MH: Me es difícil explicarlo. Pero me parece que las verdaderas obras de arte se hacen alejadas del mundanal y frívolo ruido, y me parece que en este momento para tener una carrera literaria hace falta más estar vinculados con el mundanal y frívolo ruido, llámeselo periodismo, llámeselo facultad...
EI: En la entrevista que le hacen a María del Carmen (Colombo) que había recibido un premio con un jurado de primera línea (estaban Lamborghini, Giannuzzi, Bellesi, creo, no, Irene Gruss), y ella estaba muy incómoda, te leo lo que dice: “Me amargue mucho con este premio porque no me sacaron ninguna crítica en los diarios. Salvo por la que salió en Último Reino, que es como que no hubiera existido”. Y ustedes entonces le preguntan “¿Por qué pasa esto? ¿Porque no se lee? ¿Porque demanda mayor trabajo de lectura?”, y ella habla de la narrativa, que es más reseñada. Pero a su vez la poesía tenía sus lugares. No sé, Último Reino es un lugar de visibilidad supuestamente importante.
MH: Bueno, sí, pero supuestamente. Porque si vos vas a las librerías no encontrás libros de Último Reino. Es una de las editoriales prestigiosas de poesía porque en realidad no hay editoriales de poesía, o hay pocas.
EI: Bueno, tampoco hay tan pocas.
MH: Sí, empezó a haber un poco más. Pero ese es un tema puntual. La poesía tiene una circulación acotada, o específica. Los poetas se leen entre sí... y por otro lado lo que creo es que hay un debilitamiento de las poéticas en la poesía. Ese leerse entre sí puede generar lo que se llamaba “la enfermedad de los nobles”. Se casaban entre ellos y tenían hijos mogólicos... Eso tampoco lo pongas.
EI: Voy a tener que pasártela para que la edites esta entrevista, porque...
MH: “El entrevistador no se hace cargo de lo dicho por el entrevistado”
EI: Me quedé con esto. Te leo otro pedazo, una pregunta que le hacen a Colombo: “Claro, porque en los medios se habla mucho menos de poesía que de narrativa, pero se habla de poesía. Lo que estarías diciendo vos es que en el espacio que corresponde a la poesía, no estabas. Porque mal que mal hay un espacio en los diarios donde se habla de poesía. Freidemberg escribe en Clarín y Monteleone en Página/12” (suena el celular de Marcos. Es Leandro Araujo)
MH: Sí, qué más. Monteleone...
EI: Continúan: “Sí, en El Cronista estaba Sylvia Hoppenhayn –sigue ella-, pero a mí me da la impresión de que uno debe escribir en los medios, porque los libros no se venden. Yo me pregunto para quién carajo escribe uno además de para uno. Es una pregunta que en algún momento te hacés”. Esa pregunta aparece históricamente, ¿no?, casi cualquier escritor que no se haga alguna vez esa pregunta es medio estúpido. Pero me llamaba la atención en muchas revistas y entrevistas de los 90, reaparece insistentemente.
MH: Hay una cosa, para mí, una cuestión que creo que algo tiene que ver, y es que hay escritores que saben manejarse muy bien, y saben hacer muy bien relaciones públicas. Y María del Carmen (Colombo) no. Y bueno, esto es así. Al escritor que sabe manejarse y relacionarse le es más fácil. Como en cualquier campo. Y no está mal ni bien. Hay tipos que se saben relacionar bien y son además buenos escritores y está aquel que no. Es una característica. Yo digo –y esto es una opinión personal- que hay dos lugares estratégicos para los escritores. Uno es la academia, y otro es el periodismo cultural. Si no estás en ninguno de esos dos lugares, se te hace más complicado. No imposible, pero sí más complicado. Y nada, eso, pienso eso. Me parece que esta entrevista es una charla muy sincera, muy abierta, y salen esas cosas de manera muy frontal, muy franca.
EI: En esa entrevista me daba la sensación de que había una lectura, una sensibilidad muy fina para con los poemas de Colombo. Que estaba como muy bien leída. No sé si la conocían de antes, si la conocían mucho.
MH: Bueno, yo la conocía de antes, y sí, bastante, pero bueno, únicamente yo. Después los demás la conocieron ahí.
EI: ¿Vos la propusiste?
MH: Sí, yo la propuse.
EI: Hay otra revista, que más o menos para esos años, una revista de Mar del Plata, Paredón y después, también publica cosas de ella, no entrevista, sino poemas.
MH: A mí lo que me llama la atención es que ella pertence a una generación de escritoras poetas mujeres, y ella era menos famosa que el resto (o sea Irene Gruss, Tamara Kamenzain, Bellesi) y a mi juicio era mejor. Es mejor.
EI: ¿Porque era menos famosa o porque efectivamente te parece mejor?
MH: No, no: porque es mejor posta. Mejor escritora, mejor poeta. Es amiga de todas ellas, pero yo no, así que lo puedo decir, hacer diferencia. Me parece que hay una diferencia muy grande con las otras. Ella tiene una cosa que no sé cómo llamarla, que es más fuerte, más potente que todas las demás.
EI: Bueno, habría que ver una por una ahí, o libro por libro, quizás.
MH: Sí, aparte hay una cuestión de gustos ahí. La literatura no es una ciencia exacta, y eso le da riqueza, ¿no? Y uno...por eso está llena de arbitrariedades.
EI: Por eso es un tema levantar la voz, a veces. Digo, sacar una revista es sacar treinta y dos carillas de arbitrariedades.
MH: Sí. Yo, entonces, me parece que estaba empezando a consolidar mis prejuicios.
EI: ¿Y qué prejuicios tenían entonces?
MH: Y, no, eran varios, uno por persona. Por algo no hay una editorial.
EI: No hay un editorial y en el dossier, que siempre va a ser leído en ese lugar, se defienden, “esto no quiere ser leído como...”: “A menudo las ambiciones editoriales convierten un conjunto de textos en dossier. Las páginas que siguen quisieran rechazar esta denominación. No pretenden diseñar un objeto transparente o enmarcar un campo de análisis homogéneo. Guiadas por elecciones personales arbitrarias no pretenden revelar una supuesta generación de escritores, ni apuntar el manifiesto de una estética de recambio, ni definir el marco de un movimiento joven en la literatura argentina...”
MH: ¡No nos queremos hacer cargo de nada!
EI: Sí, y sigue: “Son simplemente intentos de leer algunas de las nuevas escrituras que han surgido a partir de los últimos años en el país”. Igual, es gracioso que después de decir esto de “las ambiciones editoriales convierten un conjunto de textos en dossier”, el conjunto de textos que publican dicen todos arriba “Dossier”.
MH: ¡Esquizofrénicos totales!
EI: Y, uno siempre tiene la tentación, la ambición de un editorial. Es difícil de evitar.
MH: Después, ¿qué más?
EI: No sé, qué te queda como recuerdo.
MH: Eh, y, bueno, un poco lo que te dije, fue un momento maravilloso.
EI: Más la cocina que otra cosa.
MH: Sí.
EI: Y el número dos, ¿tuvo mucha “cocina”?
MH: No, el número 2 nos juntamos un par de veces y nada más.
EI: Y después, cada uno se insertó en otros lados, cómo fue eso.
MH: Y, tampoco era monogámica, cada uno siguió sus respectivos caminos, digamos.
EI: Me quedaban como dos links, uno para atrás y otro para adelante. Por un lado, para atrás, los narradores que eligen son muchos de lo que era el grupo de la revista Babel. ¿Eso lo pensaron? ¿Ustedes eran lectores de Babel?
MH: Yo particularmente no. Es más, me puse a leer a estos autores para esto.
EI: Es una cosa de las revistas. Gente que no lee a sus contemporáneos, empieza a sacar una revista y se pone a leer a sus contemporáneos. Como que la necesidad de intervenir en el presente encuentra ahí una vía fácil.
MH: Sí. A ver, se puede intervenir en la literatura contemporánea, o en la “literatura actual”, inclusive hablando de escritores del siglo XIX.
EI: Claro. Había una revista en La Plata, que se llamaba El Mogolejito, que muchos de los que la recuerdan se acuerdan de un número que venía cada ejemplar con una uña de Cervantes. Y bueno, en esa revista tienen todo un trabajo, un juego con textos anacrónicos, de enciclopedias, etc.
MH: También es un gesto posmoderno, ¿no?
EI: Sí, pero está la inclusión del fuera de agenda como intervención.
MH: Sí. Igual, volviendo a lo de Babel. Yo me siento muy lejos de la gente de Babel. Sin embargo me parece que hicieron un trabajo de hablar de literatura que no hicieron otros. En ese momento era Babel por un lado, y Planeta-Biblioteca del Sur por otro. Y si tengo que elegir me quedo con Babel.
EI: Aira, Bizzio, Guebel.
MH: Sí, sí: inclusive. Antes que Forn y Fresán. Yo creo que Forn y Fresán no son escritores. Eso no es escribir.
EI: Si fuera periodista me estarías llenando de títulos para una nota. Un laburo difícil elegir.
MH: Creo que Olguín era amigo de Fresán...
EI: No sé, en V de Vian los entrevistan, por lo menos. Y lo que pensaba como para adelante, es si hay algún núcleo que se repita. No sé, ponele, Boca de Sapo, que sacaba Jimena Néspolo, que publicás un cuento ahí, como en el número de La Giralda.
MH: Claro, era otro momento ya.
EI: Sí, en el 99 sale el primero. Pero ya tenías tu libro. ¿Cómo es la relación ahí?
MH: Yo a Jimena no la conocía. La conozco porque hace una reseña muy elogiosa de mi libro de cuentos en el diario Perfil y después me pidió un cuento para su revista.
EI: Algunas cosas me resonaban de un lado a otro, aunque pasan varios años.
MH: A mí me cuesta mucho pensarme como un escritor de reseñas, ensayos o lo que sea. Entonces cada vez que puedo meto una ficción.
EI: ¿Y por qué la obligación de escribir no ficción?
MH: No sé, una premisa arbitraria que yo acepté.
EI: En tu texto ponen una cita muy larga de Viñas, sobre Lugones. No sé, estaba Viñas ahí, y en los otros textos resuenan más Barthes y esos.
MH: Mirá, yo entonces había leído el libro de Masotta, el de Sexo y traición en Roberto Arlt. Y por otro lado yo lo admiraba mucho a Viñas.
EI: ¿Estaba dando clases entonces en la facultad?
MH: Mirá, sí, creo que sí. Yo lo tuve por esos años. Y me parecía un tipo copado, además. Venía a decir que había que tomar a la literatura por las astas. El que decía abiertamente que lo admiraba entonces a Viñas era Martín Kohan. Y en ese momento creo que puse yo la cita esa de Viñas para meterle un poco de politización al asunto.
EI: No sé, con los 90 a mí me pasa –y tal vez a los de mi edad en general- que por un lado es una experiencia de primera adolescencia y a su vez es también el relato de cómo vivieron los 90 generaciones anteriores. Y de este lado llega muy fuerte el relato de la desvinculación de la literatura, de la crítica y la política, las esferas que se separan, al menos como relato, digo, más allá de lo que uno encuentra yendo a los papeles.
MH: Cagamos cuando pasa eso.
EI: Claro, pero está muy presente cuando salís a leerlo, por ejemplo, en las revistas de la década, o en los libros, no sé, en tu libro de cuentos reaparece, en la revista, en el texto de Damián (Tabarovsky), el de Martín (Kohan) claramente con literatura y estado. Y más: V de Vian sale a reclamarle a Babel que no había política, y mismo en Babel, como cerrando los 80, ya ahí había todo una postulación de lo que sería la política en la literatura. Rechazaban la “política a lo Soriano”, pero no sé, Tercer cuerpo de Caparrós o incluso Matilde Sánchez. Mi sensación es que hay como muchos fetiches sobre los 90, como de clisés, además de que hoy se “niegan” los 90, así como “etapa negra”, y cuando volvés sobre los libros, no parece que fuera tan fuerte esa ausencia de la política.
MH: Sí, estaba presente, estaba presente.
EI: En la charla con Colombo, la charla es gran parte de Leónidas Lamborghini a ella, poesía y política: ¿cómo la arreglamos?
MH: Sí. Eso. Además, fijáte, justamente. Hablábamos de los 20, de la vanguardia. En esos momentos que la literatura tenía un peso social más grande que ahora, se estaba viendo todo el tiempo la literatura y la política. Cuando la literatura empieza a volverse una cosa específica en sí misma, empieza a perder fuerza, a perder peso estético. Más allá que pueda ser mirada desde ahora como una cosa inocente la de mezclar literatura y política. Pero cuando no se mezcla literatura y política, lo que se escribe es mierda. Yo creo eso. Yo no creo que cuando uno escribe literatura esté interpelando exclusivamente a la literatura. Yo creo que cuando uno escribe literatura está interpelando a la realidad. Eso creo. Inclusive, a esta altura del partido es un postulado inocente, pero a mí me parece que es así.
EI: Lo que decís del lugar social de la literatura en los 20, es fuerte. Porque en los 90 lo que hay es mucha conciencia de la pérdida del lugar social de la literatura. Entonces es como una paradoja. Porque sacar una revista, una revista que se considera a sí misma una revista literaria, partís de que algún lugar social tiene esa intervención sobre la sociedad. Y es una paradoja que muchas revistas se escriben a partir del señalamiento de esa pérdida del lugar social de la literatura. Y entonces se escribe buscando estrategias para saldar esa paradoja.
MH: Y, es cada vez más difícil además. Porque cada vez hay menos posibilidad de acceso a incidir en las cuestiones del poder. Digamos, cuando vuelve la democracia a la Argentina había una especie de idea de que uno podía militar e influir en la realidad, aún habiendo pasando la dictadura. Y lentamente esa fantasía se fue desactivando, revelando que era una fantasía, y que la única manera de incidir en la realidad era con poder real. Con guita, armas: poder real.
(Se suma a la charla Leandro Araujo, que recién llega de la librería El Astillero-Libros)
EI: Llegás justo para el momento de tomar las armas.
MH: No sabés lo que ando diciendo. Después vos me lo tenés que mandar, que ya no sé ni que digo.
EI: (veo que por mera casualidad, entra al bar Martín Kohan) Hablando de La Giralda...
MH: (a Kohan) Sabés que me están haciendo un reportaje por esto (señala un ejemplar que tenemos en la mesa de La Giralda)
KOHAN: ¿Y por qué esto? ¿Es ya mítica? ¿No?
EI: Corro el riesgo de estar trabajando por el mito.
KOHAN: Y, es de cuando se hacían las cosas en papel.
Sumados al diálogo Leandro Araujo y Martín Kohan, la charla se transforma en murmullos entrecruzados que no se entienden bien sobre el bar, sobre los literatos y los ex frentegrande que frecuentaron míticamente el Varela Varelita, ese bar no tan barato que tiene sólo letrinas, murmullos alrededor de El Astillero Libros y la librería que recién estaban abriendo, sobre editores, libros de pronta edición y libros recientes, sobre premios literarios y sobre lo malo que es ir a tomar algo a La Giralda, ese bar cuasi retro, hoy muy caro.