el interpretador aguafuertes

 

Postales de la resistencia

Diego Vecino

 

 

 

Maxi, el Gato, Nacho y yo descansábamos en el piso de la terminal. Esperábamos el bondi de Plaza que traía al rezagado Toti de Buenos Aires a Villa Gesell, en las primeras vacaciones que hacíamos solos. Habíamos preparado un heavy metal y tocábamos la viola. La canción se llamaba Más feliz que la mierda.

El Gato era el que en las fiestas y en las reuniones tocaba los temas de Flema. Era raro, pero se los sabía todos. Era, también, el que más cogía. Cuando el Gato agarraba una viola siempre tocaba Y aún yo te recuerdo. Después No quiero ir a la Guerra. Después, siempre, Más feliz que la mierda. Vahos del ayer era la que tocaba última. La más emotiva, la que nos dejaba a todos entre alegres y nostálgicos. Como si recordáramos a alguien querido que ya no estaba. Una tristeza también un poco extraña, porque en rigor todavía en esa época estábamos todos. Lo más parecido a la canción fue cuando el Negro se fue a vivir a Chile. Nosotros, para hacerle honor a nuestra tristeza y a su memoria, empezamos a cantarla con la letra cambiada: un lugar vacío en la Iglesia; en vez de un lugar vacío en la mesa. Porque en esa época parábamos en La Iglesia China.

La Iglesia china no era ni una Iglesia ni era, en rigor, China. Creo que era un templo taiwanés. Pero nosotros la habíamos bautizado así por comodidad. Tenía unas escaleras grandes donde nos sentábamos, rodeadas por canteros donde meábamos. Al lado de la Iglesia china estaba el supermercado chino. Ahí comprábamos el vino. Así que no nos faltaba nada. Cuando el chino de al lado cerraba, hacíamos un rodeo y comprábamos en el Kiosko del Viejito. El Viejito no era tampoco muy viejo la verdad. En las buenas épocas llegamos a ser treinta o treinta y cinco pibes en la Iglesia, de los cuales apenas conocía a la décima parte. Llegaban de todos lados, no se bien cómo.

Cuando se terminaron los noventa, se terminó la Iglesia. Le pusieron rejas (probablemente por nosotros) y no pudimos volver más.

Toti llegaba en el micro de las seis. Eran las cinco y cuarto. A las cinco y veinte llegó un bondi, rojo, hecho mierda. Estacionó justo frente nuestro. En esa época ir a la costa por Plaza te salía, no sé, veinte pesos. Los micros eran el 36, pero en lugar de dejarte en Parque Rivadavia te llevaban hasta Villa Gesell. Nacho agitaba la botella de agua con el nuevo heavy metal, y giró la cabeza.

—¿Será éste?

—No creo, venía después.

Y en eso se escuchó el grito:

—¡Eh, Flema!

Maxi se dio por aludido. De los tres, era el único que llevaba un buzo –creo que ese buzo todavía sobrevive- con la tapa de El exceso de drogas y/o alcohol puede ser perjudicial para la salud ¡Cuidate! Nadie lo hará por vos. El mejor disco de Flema.

El exceso, así le decíamos cariñosamente, es uno de esos discos que salen de un destello de genialidad total, que pertenecen a una época. Que marcan una época. La nuestra. Bajo su influjo crecimos mis amigos y yo. Esos tres o cuatro acordes –el disco entero dura apenas media hora- eran nuestro desafío, nuestro estandarte de resistencia cotidiana al avance de los íconos brillosos de la cultura oficinal menemista: el glamour, Coppola, Vilma Palma y el champagne. Era el disco que, de ser interrogados, todos nos llevaríamos sin dudar a una isla desierta, o a la tumba, o a cualquiera de esos lugares cuya característica es la de ser definitivos.

—Eh, Flema… vos, sí, el del buzo —se volvió a escuchar.

Maxi levantó la cabeza un poco confundido. El grito venía desde adentro del Plaza que acababa de estacionar. De la última ventana, abierta, de donde asomaba un brazo que sostenía un cigarrillo.

Fue cuando Maxi se señaló el buzo buscando confirmación, que se asomó Ricky:

—Sí, loco, vos, el del buzo. Dale forro. Pasá un trago.

No la podíamos creer. Por una milésima de segundo, Maxi se quedó clavado en el lugar, pero enseguida obedeció. Ricky tomó de la botella y la pasó para adentro. El heavy metal se perdió en las entrañas del bondi.

—Hoy a la noche tocamos –dijo Ricky— ¿Van a venir?

—Sí Ricky, obvio, de una –hablaba Maxi.

—Bueno, dale, si vienen pregunten por mí en la puerta. ¿Cómo te llamás vos?

—Maxi

—Listo, yo me acuerdo. Vos pasás conmigo.

El heavy metal resurgió de las profundidades. Ricky le dio un último trago y nos lo extendió. Maxi, con un gesto, le dijo que se lo quede. Uno de nosotros (quizás yo) le pidió una firma. Andate a la mierda, yo no te firmo nada. Que te firme Susana Giménez. Y se rió.

Del otro lado del colectivo la gente se apuraba a bajar y pedir bolsos, en el furor histérico de arrancar las vacaciones lo antes posible. Ricky le dijo algo a alguien adentro del bondi y dio por terminada la reunión. Nos miramos, con una mueca que fracasaba en disimular la emoción.

Dos veces más, Maxi tendría noticias de Ricky Espinosa. La primera: a la salida de una fiesta de egresados, Ricky sentado en el umbral de una puerta en Congreso, ensangrentado y tomando vino:

¡Ricky! ¿Qué te pasó? Te ayudo.

—Andate a la puta que te parió, forro.

La segunda: su muerte, en el 2001. Perdió al Winning Eleven y se tiró de un balcón en Gerli. Habían pasado diez años desde el primer disco de Flema: Pogo, Mosh & Slam.

Antes de que el micro arrancara, Ricky se asomó otra vez. Che, empiecen a comprar mis discos así me puedo casar. Se rió y tiró al piso la billetera. Traémela hoy a la noche, dijo.

Esa noche Maxi pasó gratis y Ricky invitó cervezas a todos los que hacíamos la cola de La Negra. Al promediar el recital, se cayó de espaldas en el piso con el micrófono en la mano y ya no se volvió a levantar. Desde ahí, recitó:

No me interesa saludarte

ni contarte nada sobre mi vida

ni tus guiños cómplices

ni tus palmadas sobre mi espalda

van a hacerme creer que la vida continúa.

¿A qué grado vas? ¿Qué vas a hacer cuando crezcas?

Voy a hacer tu asesino, el asesino de tu herencia.

Yo no te voy a matar, pero lo que es peor:

cuando estés agonizando

yo voy a estar tirado en mi cama

masturbándome. Mirando como se cae el techo.

 

 

Diego Vecino

 

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Diego Vecino

Nació en Almagro en 1984.

Estudia sociología y dirige el blog y revista virtual La Contrarreforma.

la-contrarreforma.blogspot.com y www.contrarreforma.com)

   
   
   
   
   
 
 
Dirección y diseño: Juan Diego Incardona
Consejo editorial: Inés de Mendonça, Camila Flynn, Marina Kogan, Juan Pablo Lafosse, Juan Leotta, Juan Pablo Liefeld
Control de calidad: Sebastián Hernaiz
 
 
 
 

Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Dedicado a Ricky Espinosa, imagen extraída de http://www.linuzito.com.ar/~rocko/eb/bolita/