Una preferencia cómoda distingue a la revista académica de la “cultural”. El ángel imagina al pedestre munido de cuadros estadísticos, citas pertinentes y caligrafía aséptica; y así promueve su autobeatificación. Pero las noticias que llegan de numerosas universidades norteamericanas y europeas escamotean ese consuelo al personal celestial. Allí han incorporado la narración a los artículos académicos, fomentan los temas especulativos y se dan el lujo de prescindir de las notas al pie. La línea que dividía a las revistas en apocalípticas e integradas ya no existe, y ambas inclinaciones tienden a devenir voceras de industrias que, aún pudorosas, se dividen un paupérrimo mercado que los poderes correspondientes dejan subsistir a título de favor o de museo, llamándolos “cultural” y “académico”.
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Las revistas culturales no pueden sino esparcirse sobre el espacio de la buena conciencia: su paraíso privado. La política progresista, la herencia marxista, los valores modernos, la defensa del populismo, los derechos de género, las doctrinas emancipatorias en general se encastran entre sí completando al cabo el rompecabezas del alma bella. Ante la magra cosecha de respuestas, ante la confusión, ante la interminable merma de fuerzas, ante la huida de la época militar hacia el pasado, la victimología se transforma en última racionalidad editorial. La víctima elegida para ofrecerle protección teórica o retórica varía: ballenas o trabajadores, travestis o setentistas, serbios o kosovares, clásicos o postmodernos. Parecen orientaciones gremiales, pero son autojustificaciones.
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Muchas de las antiguas publicaciones anarquistas y obreristas no incluían en la edición un precio de venta. En algunas se podía leer estampada en la tapa la leyenda: “Precio: de cada uno según sus fuerzas”. El valor que cada lector concedía a estas publicaciones no era tasable, pues su formato ideológico-institucional se acoplaba a la práctica social llamada “solidaridad”. Los grupos editores de las revistas culturales de la década pasada se afanaban en bajar todo lo posible el precio de tapa a fin de seducir al consumidor de cultura de la Calle Corrientes y persuadirlo de ampliar la canasta intelectual de entonces (Página/12, el último libro de Soriano o de Foucault). No pocas veces, el retorno de dinero era en números negativos, cuando no irracionales en épocas de inflación. En cambio, las revistas académicas de la actualidad pueden ser baratas o caras. Eso carece de importancia, pues su garante suelen ser el FOMEC, la Fundación Antorchas, La Universidad a veces, etcétera. Raramente los avisos publicitarios, es decir, el mercado. Su economía pertenece en verdad al orden del trueque: estas revistas, como también sucede en la esfera empresarial (a la que se parecen numerosos grupos editores por múltiples analogías), se usan a modo de regalo para visitantes intelectuales ilustres o se envían a referentes académicos de ultramar. O bien se intercambian con los presentes de otros grupos editores en una suerte de cortés y estéril calistenia estacional.
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Como lo sabían los antiguos chinos, la caligrafía expresa estados del ánimo y no sólo virtuosismo táctil. Un dejo de tristeza o un instante de inquietud dejan a la escritura en estado de temblor; el grosor del trazo o la difuminación de un acento hacen del ideograma un sismógrafo del alma. Algo similar ocurre con el ensayo: cuando el autor escalona otra posición social o institucional o de prestigio, suelen transformarse, casi imperceptiblemente, sus pensamientos y escritura. El transportador con que se miden las palabras es el mismo, pero el ángulo se ha desplazado algunos grados. Es aquí donde, en las revistas, comienza a tomar importancia la figura del corrector académico-gramatical: se encarga de prever roces con la burocracia, el establishment intelectual o con los pares. Aplana los relieves, corrige los improperios, suaviza los adjetivos. Al rutinario corrector gramatical y tipográfico se superpone el corrector diplomático. Sustituye al viejo supervisor ideológico.
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Es entonces cuando la escritura expresa una dosis de mentira. “Mentira” significa la multiplicación de las palabras bien dichas que sustraen al lector el conocimiento de las obras mal hechas, a su vez cimiento material de esa retórica. Toda opción por una retórica específica supone una elección ética. Dicho en otras palabras: la diplomacia estilística y lexical es el homenaje que la escritura rinde a la hipocresía. Los efectos sobre la escritura comienzan por hacerse sentir en la línea argumental de los ensayos: en unos, se nota la defensa cerril de una serie de principios y de verdades ya maceradas; en otros, la elección de enemigos imaginarios ante los cuales la revista opone una infisurable defensa. En los primeros la racionalidad editorial es orientada hacia el terreno de la lírica; en los otros, hacia el de la buena conciencia.
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Esa metamorfosis estilística y argumental expresa las orientaciones políticas de los últimos veinte años. Es la consecuencia de una apostasía, cuyas consecuencias quizás hayan resultado estériles a los efectos de la renuncia. El camino conduce a muchos a ocultar la mala conciencia; a otros, mentes más sofisticadas, a dejar que la carcoma se evidencie en su personalidad pública, su violencia estilística, o en el cinismo de sus argumentos. En los más, en la recurrencia a una suerte de asepsia gramatical. En muy pocos se nota la pena en el ritmo y el gemido en el tono. Quizás el tiempo juzgue si aquella apostasía valió la pena.
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Nada más desagradable que un ensayo “perfecto”. Otra es la escritura que expone moretones, cardenales, esputación, ampollas, cortes, en suma, imperfecciones vitales de su autor (culpas, trastadas, vacilaciones, hijaputeces). La escritura perfecta, aún cuando sea pertinente, es un subproducto universitario y no resultado de una práctica vital. Todo buen ensayo está “mal escrito”, pues expone inconsistencias, empañamientos, arbitrariedades: el barro del autor. El “buen” ensayo se parece a esos bodegones renacentistas que solemos llamar “naturalezas muertas”, rebosantes de virtudes pero carentes de alma y sentido.
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La cultura de las revistas “culturales” sólo pudo hacerse lugar en tanto y en cuanto existió una brecha, una tierra de nadie entre el mundo de la academia y las instituciones estatales, por un lado, y el del periodismo, la izquierda partidariamente organizada y el cosmos televisivo, por el otro: allí germinaba la libertad que favorecía esas ediciones. Cuando la Universidad modernizó sus programas curriculares e integró al intelectual independiente a su nómina de sueldos, cuando los partidos de izquiersa devinieron sectas o animales extintos, cuando organismos especificos del estado municipal o nacional comenzaron a fomentar la “cultura” y cuando el periodismo y la televisión absorbieron o traducieron temas y actitudes (y los tres dispositivos, en alguna medida, tomaron a ese espacio intelectual como campo de observación y picoteo, y a partir de allí generaron nuevos modos de consumo y nuevos consumidores), ese espacio “libre” menguó y, en el extremo, comenzó a carecer de sentido mantenerlo. De allí que los nombres propios asociados a las revistas culturales realicen continuas operaciones de zig-zag entre los tres succionadores culturales. De allí también -y es un riesgo a analizar- que por momentos la edición de revistas culturales parezca tener como único objetivo eyacular nuevos firmantes o mantener el nombre del intelectual ya renombrado en la marquesina a fin de recordarles a los suplementos culturales o a los programas radiales o televisivos que él está aún disponible bajo la forma del “opinador”.
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El recurso al periodismo cultural satisface vanidades o supone una estrategia fetichista. Pues las “colaboraciones” ya son masacradas de antemano por quien las escribe para el medio, y luego rematadas, tiro de gracia, por el jefe de sección. Lo que resta inmaculada es la firma: lo único personal en esa participación pública convertible en moneda. Las relaciones entre los miembros de la revistas culturales y el periodismo son ambiguas, nitididamente ambiguas: el mutuo desprecio -y la mutua necesidad- alimentan la ambigüedad. Si se deja de lado la necesidad de ganarse el pan, lo que resta es posicionamiento personal, narcisismo y algo llamado “espacio público” al cual los colaboradores culturales consideran fulminado hace tiempo; en ocasiones, por el propio periodismo cultural que ellos practican. La inmortalidad diaria, aunque inventariable anualmente, ofrecida por la firma en tres o cuatro domingos se expía con la autenticidad garantizada por la revista cultural de propiedad grupal una o dos veces al año.
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El objetivo de las revistas culturales durante los años ‘80 se resume en pedagogía cultural para las nuevas generaciones y en agitación intelectual en un campo dominado por el progresismo. Un modelo lo constituyeron las revistas asociadas al rock (proponían héroes, ponían en circulación saberes marginales o retaceados, fomentaban una espiritualidad “subterránea”). Los destinatarios eran militantes en general o seres “independientes”. Pero la democracia solo promocionaría como sus “intelectuales orgánicos” a las figuras del periodista y del académico, no al militante o al hombre culto. Figuras institucionales, y útiles. Lentamente, se desplazó la imagen de héroe del lumpen y el contestatario indiferentes a la democracia hacia el ciudadano de clase media ofendido por el menemismo y hacia el investigador universitario de temas altos o bajos. De allí que el objetivo de la revista académico-cultural actual se agote en la endogamia, y no pocas veces en la autojustificación de sus miembros ante el porvenir. En este caso, se acaba escribiendo para la posteridad, para que un arqueólogo futuro justifique a los editores ante la historia (a favor o en contra, eso es secundario). A veces, la arqueología acelera los tiempos y la revista se justifica a sí misma por adelantado. Su equivalencia la encontramos en esos suplementos juveniles de los diarios porteños que ofrecen información sobre cineastas que aún no filmaron su primera película o sobre grupos de rock cuyos miembros todavía no decidieron estrenar la banda.
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No es claro que significa “cultural”, en especial cuando la palabra no dispone de conexiones nítidas con la palabra “política”. Los nomencladores de revistas rebalsan de nombres y nombres de revistas. ¿Acaso este país es un reservorio inagotable de cultura? Pero si se restan las revistas de catálogo de museo, las que creen en los “valores” asociados a la palabra “cultura”, las literarias, y las académicas, la operación da números negativos. La cultura es la savia que genera cultura: en una actividad propia de toda la ciudad y no de los muy pocos; es una vitalidad y no el privilegio de la de la “jóven promesa” o de la canicie.
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Como consecuencia natural de la perdida de sentido de la actividad editorial, se expande el dominio del curriculum mortis: la etapa de estudio de las revistas culturales. Primero, por orden escalafonario, le ocurrió a Martín Fierro y a Sur. Luego fue el turno de Contorno, Comunicación y Cultura, Los Libros, Cristianismo y Revolución, Babel. En mesas redondas, en ponencias, papers, artículos académicos, ocasionalmente en algún libro, hallamos un saber y una disección de época y de biografías intelectuales; de gente que, molesta y porfiadamente, aún pretende respirar. La aceleración de los tiempos y el desembarque de los “cultural studies” en el pensamiento crítico hacen que ahora se indague a revistas que ni siquiera han dejado de publicarse y a editores que aún están vivos. Ocurrió con El Ojo Mocho, que ya tiene un investigador extranjero detrás, ocurrió en su momento con La Caja, objeto de ponencias académicas, entiendo que también esto le ocurrió a Punto de Vista. Todo esto es desagradable e injurioso. Los grupos editores no pocas veces carecen de dinero para publicar el número y deben suplicar a la imprenta un plazo mayor de pago mientras profesores asalariados o becarios del exterior esperan nerviosamente que estos mismos editores terminen de hacer una vaquita de una buena vez para poder seguir presentando sus informes de investigación en el plazo concedido por su financiera. Si el investigador de la historia de las ideas realiza una suerte de paleontología crítica, el investigador de revistas de actualidad cultural retoma el viejo oficio de embalsamador de biografías.
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Se abandonan grandes autores y temas. Cierto. Pero la intimidad con autores clásicos ha de servir para tonificar la crítica, para transformar a las ideas en músculos. A la acostumbrada lectura “filológica” de la academia, una mímica estéril aunque inofensiva, se suman las lecturas de escudería: ellas solo logran resultados crepusculares. Una cosa es experimentar una época epilogal y otra distinta subjetivarse como seres epilogales. También los autores muertos pueden amortajar a los vivos.
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El declive de las revistas culturales expone la impotencia del pensamiento contestatario. La renuncia -o la timoratez- de los “intelectuales” a la crítica al capitalismo, o siquiera a las facetas más desagradables del reformismo socialdemócrata -la negación a analizar su propia posición económica e institucional en el capitalismo tardío- se encuentra en la raíz de esta impotencia. En otros países esa imposibilidad puede conducir al delirio y a la destrucción personal. En Argentina solo se orienta al esteticismo y el moralismo. Cada grupo editor se transforma en secta sacerdotal que discrimina sobre lo correcto y lo incorrecto en el campo intelectual. Para ello la lucidez y la picardía se mezclan: es decir, la inteligencia nihilista fuera de toda sospecha y la mala conciencia que escamotea sus obras radiándolas hacia los demás. Pero el declive y confusión (que conducen a una “mutación”) de las revistas culturales puede responder a una causa más preocupante: a que desde hace tiempo ellas carecen de capacidad (e incluso de voluntad) de interpretar cultural y políticamente la realidad argentina. De allí su obsesión por analizar las instituciones o las maniobras del poder. Pero para eso están los diarios y los “house organs” de los partidos políticos. O bien se dedican a desentrañar y promover lenguajes académicos de moda en las universidades europeas o norteamericanas, o bien recaen en el utopismo funcional. O sea, por un lado la nostalgia inconsecuente y el moralismo vengativo de los derrotados; por el otro, la químera lírica.
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Los síntomas más conocidos son la crítica moral al menemismo y la crítica moral al progresismo crítico del menemismo. El discurso moral revela no solo desorientación teórica sino también carencia de respuestas y de responsabilidades políticas. Pero el otro síntoma, más preocupante, es el recurso constante a la victimología. Numerosas revistas culturales se construyen una identidad grupal y despliegan procedimientos de legitimación cultural en base a la representación de las víctimas, y peor aún, definiendo la identidad político-cultural de un grupo en base al concepto o la experiencia de “víctima”. La asunción de este “buen lugar” puede ser más o menos ostensible, pero siempre garantiza olor de santidad. Los victimólogos representan a un perseguido, amenazado o penado sin que estos lo hayan solicitado y sin que la gesta editorial redunde en beneficios para los sufrientes. No es necesario. El victimólogo es publicista de sí mismo, ñoqui de la “buena causa”.
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En 1984, un Centro Privado de Investigaciones editó una revista cultural. Se llamaba Debates. No tuvo mayor trascendencia, cerró al cuarto número. Fue el primer intento de los investigadores académicos para generar una influencia en el espacio público. Pocos años después, se les concedería un lugar especifico en los diarios y revistas, como “opinadores públicos”. Esa revista fue un aborto, pero la incubadora que esperaba a la criatura operaba en el clima correcto. Se equivocaron en elegir al kiosco como espacio de despliegue, pero no al futuro del tipo caracterológico “especialista”. Las revistas académicas actuales le deben un homenaje. Y “royalties”.
La revista académica se adecúa a las necesidades del país en su época democrática. La revista cultural traducía débilmente la energía política de épocas anteriores. Por eso mismo, construía lectores que luego orientaban los saberes hacia la acción política o la actividad existencial. La revista académica, en cambio, construye hermenéutas (investigadores, profesores, intelectuales universitarios), y hace recaer los saberes sobre líneas de trabajo académico que luego se destilan hacia el mercado “cultural”, hacia la estructura tecnocrática del estado o hacia la autopromoción y autoreproducción de las condiciones de posibilidad que posibilitan seguir construyendo hermenéutas. Y el hermenéuta, en tanto se infla de interpretaciones y se propone fomentar esa gula, es perjudicial a sí mismo y a la vida en general.
Las revistas reclutan sus miembros según su proyecto se incline a la academia o a la política. En el primer caso, el reclutamiento opera a partir de una coordenada jerárquica (equivalente al orden de la cátedra) o coopta gente asentada a lo largo de la coordenada horizontal de un “tema” o de “un campo disciplinar”. Todo el secreto de este proyecto reside en la autopromoción. En las revistas culturales eso se sostenía en el talento o el posicionamiento político. En las académicas, en la corrección del aparato de notas y en no ofender a nadie. De tal modo, las revistas acaban transformándose de músculos de pensamiento en aparatos circulatorios, centros distribuidores de modas y tendencias, sin importar que ello favorezca a los autores traducidos del alemán, el francés o el griego antiguo.
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Lo que da sentido a la revista académica no es lo que en ella se publica sino la “retiración de tapa” o bien la página tres. El referato es más importante que los artículos. Parecen polémicas y artículos, pero son incisos de la planilla de incentivos; parecen ensayos, pero son apartados del curriculum vitae; parecen revistas culturales, pero son “house organs” de un proyecto de investigación. En muchos casos, el referato esta disimulado. Así se explican las “multitudes de redacción”, además de los tres o cuatro que hacen la revista.
En esos grupos editores pululan intelectuales, sociólogos, gente “enterada”, gente de “letras”, militantes políticos. Demasiados de ellos se consideran “albaceas” de grandes o pequeñas ideas, como antes se autoproclamaban representantes de universos enteros. Estos pequeños grupos, muchas veces en tensión con otros similares, merecen ser analizados a partir de sus estrategias de autopromoción y circulación de discursos. De estas estrategias puede hacerse una microhistoria. Del mismo modo, una microbiología de los desplazamientos y saltos institucionales también rendiría sus frutos.
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La democracia como época del país no necesariamente constituye el mejor oxígeno para las revistas. El “genio” de estas revistas consistió siempre en representar una oposición a la cultura oficial y en gran medida en ofrecer nutrición a las personalidades refractarias. En cambio, los editores de revistas académicas establecen agendas de lectura para los pares, el personal político-partidario, los técnicos gubernamentales, o bien para sus propios alumnos quienes, demasiado a menudo, se vuelven también la fuente de entrada de divisas para esas revistas.
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Es sintomático que las revistas que mejor han expuesto e interpretado los tipos caracterológicos urbanos tanto como a las facetas culturales actuales se las encuentre en el campo de las revistas de historieta, en los fanzines, en ciertas zonas de la poesía y el cine joven actual. Incluso, en los grafittis, si se los escruta cuidadosamente. Lo que esta situación enseña es que una cierta dosis de marginación es esencial a la protección y producción de un saber libre de los intereses políticos, institucionales y monetarios propios de la Universidad.
No debería sorprender que las revistas que tienen “algo” para decir o que promueven una escritura “libre” son las que están más alejadas, tanto física como espiritualmente, de la Universidad. El Amante / Cine quizás sea un ejemplo adecuado: gente orientada en su terreno, que practica una crítica social oblicua y dispone de ideas sobre la Argentina a las que exponen con escritura desencriptada. Aquí se ha abandonado la autoreferencialidad, el diálogo de sordos con otras revistas, al menemismo y el postmenemismo como excusas, se ha desligado a la revista del destino de la academia y de sus temas, no se hace seguimiento de las agendas culturales de los departamentos universitarios del exterior, sean los “cultural studies” o el espiritualismo iluminista. Tampoco se fascinan por los estantes de Internet.
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Una cosa es el Parque Rivadavia y otra cosa la librería. En el pasaje del ala del kiosco al anaquel de librería se ha traspapelado la política. Lo público transferido a lo privado. La fuerza de la revista cultural dependió de su voluntad de permanecer en un borde: entre la academia y el periodismo cultural -mutua pertenencia-. En la calle, es decir, en el kiosco. En la calle las ideas circulan de modo distinto a como lo hacen en un congreso de especialistas en un “tema”. Ni el bar ni las veredas nos deben evocan auras tan menguantes como igualmente sospechosas; sólo se trata de evidenciar soportes distintos a los académicos. La desaparición del kiosco, esa parra, como espacio de exhibición y comercialización de la revista cultural acompaña el declive intelectual de la calle Corrientes y quizás el de enteras franjas comerciales de la ciudad. También supone la declinación de un “tipo humano”: el amateur, el cosmopolita, el curioso, el enciclopedista, el “gasolero”. Toda revista cultural nace difunta. Es preferible aceptar esta condición fúnebre de entrada, lo que no supone proceder al autoembalsamamiento por principio. De todos modos, ya hace tiempo que los postigos de los kioscos de la calle Corrientes se pliegan a medianoche.
* Este ensayo fue publicado originalmente en EL OJO MOCHO nº14, 1999.