el interpretador narrativa

S�, soy

Violeta Gorodischer

En muchos pa�ses de Europa existen escuelas para ser como Santa Claus. Ah� se re�nen, a�o tras a�o, los fan�ticos comprometidos con la causa. Dicen que la mejor queda en el Reino Unido y que se llama Ministry of Fun. Y ah�, dicen, se toman lecciones para aprender el nombre de cada reno, c�mo decir Feliz Navidad en distintos idiomas, las mejores formas para re�rse y reconocer qu� juguetes prefieren los chicos en cada temporada. Y Francisco Bordenave, con sus 60 a�os, con sus anteojos redondos y sus ojos grandes, profundos; con ese pelo tan blanco y la barba mullida, casi esponjosa, lo sabe. Autodidacta, supli� la carencia de escuelas locales tomando aquella como modelo. Fueron meses de entrenamiento: horas frente a pel�culas de la Blanca Navidad, frente a cientos de videos grabados que le ense�aran una actitud de paciencia, de comprensi�n, una sonrisa de abuelo tierno y un estoicismo a prueba de balas. Todas las cosas que al fin, un d�a, le permitieron llegar a ese hombre, a esa casa, al lugar donde vive el verdadero cashifio de todo Santa vern�culo. Porque en pleno Parque Patricios, ah� donde los �rboles escasean, donde un dep�sito sigue a otro y los camiones en fila no dejan espacio para respirar, Carlos Giaqu� mont� el c�lebre CG producciones que, seg�n sus palabras, provee a todos los shoppings de capital, provincia y algunos del interior. Fue as� como Francisco pudo recorrer el galp�n repleto de barbas artificiales, de trajes de distinto tama�o y color, fotos de estrellas abrazadas al mito de infancia. Y as�, fascinado ante la imagen de Maradona con las nenas colgadas a un afortunado Pap� Noel, Francisco escuch� como un b�lsamo las palabras de su mentor: vos ten�s pasta, vos vas a ser de los especiales, papi.

Encerrado en el cuarto de dos por cuatro donde el turbo sopla una brisa caliente, recuerda la frase. Fue el destino, piensa, y vuelve a convencerse de que fue una se�al del destino la que le indic� cu�l era el camino a seguir. Porque si no hubiese visto aquella ma�ana la noticia del Ministry of fun en el diario, jam�s hubiera pensado en imitar a Pap� Noel. Si no hubiese le�do por leer, como los chistes, como las necrol�gicas, ese recuadro perdido en la secci�n ?Sociedad?, Carlos Giaqu� nunca lo hubiera descubierto. En ese caso, no sentir�a la emoci�n tan grande que siente ahora: a casi mitad de diciembre, Francisco ya cobra el mismo sueldo que junta en seis meses como vendedor ambulante. Mientras se sube las medias y guantes de color blanco, estira el traje con la misma obediencia con que incorpor� los consejos de Carlos Giaqu�.

Despu�s se arremanga, se peina, se revisa. De perfil y de frente, todo en orden, todo normal. Lo importante es que haya descanso, le dijeron, que trabaje una hora y descanse media, que si hay mucha afluencia de p�blico haga un esfuerzo y se quede un poquito m�s. Pap� Noel no come, no llora, est� siempre fresco le explic� bien claroGiaqu�. Ahora, a s�lo minutos de entrar a escena, Francisco escucha los primeros chillidos infantiles y respira hondo. Busca su imagen en el espejo y vuelve a peinar la barba que hace d�as enjuaga con un champ� especial.

Como desde el primer d�a de diciembre, se sienta en el sill�n blanco rodeado por renos artificiales, debajo del pino que llega hasta el segundo piso del shopping. Junto a �l, las promotoras de rojas minifaldas llevan a los chicos de la mano para sentarlos sobre sus rodillas. Entonces Francisco se encarga de hablarles, mimarlos, regalarles bolsitas con caramelos o alfajores y sacarse fotos con ellos. En cada salida, el hombre se peina, se maquilla y arregla a la perfecci�n el traje ya de por s� perfecto. Los resultados est�n a la vista: visitas que crecen d�a tras d�a, madres amontonadas en la puerta del shopping, los chicos entusiasmados que insisten con volver. Francisco dedica diez minutos a cada uno de los primeros seis nenes. Ya aprendi� lo que debe decir, qu� responder, qu� actitudes tomar. Y aprendi�, tambi�n, que los tiempos son m�s flexibles de lo que imaginaba. Pese al aire acondicionado, las gotas de transpiraci�n corren por debajo del gorro de plush. Aguantar. Por lo menos dos horas m�s, se dice. Despu�s s�, vendr�n sus quince minutos de descanso para ir al ba�o y sentarse ante el turbo con una gaseosa.

Al entregar la d�cima bolsa de la ma�ana, Francisco ve c�mo una de las promotoras se lleva a la nena que pidi� montones de Barbies mientras la otra hace pasar a un rubiecito de no m�s de seis a�os. Con una sonrisa, Francisco lo sienta sobre �l y le pregunta su nombre, pero el nene no contesta. Dale Nico, ahora, tirarle de la barba grita un padre desaforado y Francisco, de pronto, siente una manos regordetas, calientes y pegajosas que le suben por las mejillas. Que le lastiman la cara, que le queman la piel. Cierra los ojos para pensar en escenas de las pel�culas, en el sueldo de fin de mes, en las felicitaciones que aguardan al terminar el d�a. El dolor es cada vez m�s intenso hasta que al fin el nene lo suelta. Extasiado, salta al suelo para correr hacia el padre. S�, es de verdad, grita.

Pero con eso no alcanza. Al nene no le importa que la barba sea verdadera. Ni le importan la risa, ni la sonrisa, ni las preguntas que el hombre le quiere hacer. Vos nos sos Pap� Noel, dispara. No mide m�s de un metro veinte, lo mira muy fijo a los ojos y repite: no sos. Detr�s, un grupo de nenes se r�e. Francisco sonr�e, c�mplice: no es la primera vez que lo ponen en duda. S� soy, dice, soy. No, dice el nene, pero m�s que decirlo lo grita, lo escupe. Despu�s comienza a pisotear los pies de Francisco, que amaga una tregua de alfajores. Pero el nene los revolea y salta sobre �l dispuesto a quitarle el gorro. Al� intentar evitarlo, Francisco provoca un golpe que le quiebra los anteojos sobre la cara.

Ahora sangra. Todos enmudecen. El nene retrocede. Francisco siente un dolor en el tabique pero lo que m�s siente es verg�enza. Por eso se tapa la cara, se inclina hacia atr�s, gira la cabeza y le hace al guardia una se�a para que venga en su ayuda. Las promotoras comienzan a dispersar a los padres y en medio del alboroto, Francisco se quita las manos de la frente. La sangre baja por su nariz y le moja los labios con un gusto salado, tibio. Sin mirar a su alrededor, se apura a tomar al rubiecito del brazo. Aterrado, el nene intenta soltarse, busca rostros entre la gente. Por qu� no vas, le dec�s a tu pap� que se vista de Pap� Noel, y le hac�s todo lo mismo que me hiciste a m� pregunta Francisco. El nene tira con fuerza y empieza a correr.

Despu�s de quince minutos en los que las promotoras y el guardia lo ayudaron a lavarse y le pusieron una improvisada venda sobre la nariz, Francisco regresa al sill�n para ver c�mo se reacomoda la fila de nenes. Cada vez m�s nervioso, piensa en Giaqu�, en la plata, en los gerentes del shopping. Piensa en los impulsos. Las traiciones, las peleas, la infidelidad. Piensa en la mala suerte, el mal de ojo, los gualichos. Lleva la mano a la venda y masajea despacio. Est� por pasar el siguiente cuando, a lo lejos, el nene de antes regresa aferrado a una mujer tan rubia como �l. Con resignaci�n, Francisco mira ese andar firme de tacos altos, el ce�o fruncido, las pulseras de plata que chocan entre s�. Pronto est�n a s�lo cent�metros de distancia y �l traga saliva. Te voy a denunciar por maltrato, te voy a hacer echar, dice ella. Francisco se incorpora, intenta correrse a un costado. Nada m�s le dije al nene por qu� est� mal lo que hizo, se�ora, dice. Y vos qui�n sos para decir eso, negro de mierda. Francisco, los pu�os cerrados, baja la vista. El nene observa en silencio.

A las nueve en punto de la noche, Carlos Giaqu� aparece en el shopping dispuesto a dar explicaciones. Con el jean gastado, con la camisa blanca, con la cabeza gacha y a pura seriedad, Francisco sale a su encuentro. En el saludo esquivo, se le quiebra la voz. Giaqu� niega la cabeza. Qu� pas�, pap�, qu� me hiciste, dice mientras busca un n�mero en su tel�fono celular. En silencio, Francisco lo mira angustiado. Hola, s�, en Unicenter. Aguantame una hora. Con el nuevo, s�, un quilombo. Me rompieron las pelotas toda la tarde y viene a ver qu� pasa. Francisco espera a que el otro corte y al fin se permite llorar. Perdoname, Carlos, te lo pido por favor. Giaqu� mira la hora y le palmea la espalda. A lo lejos, alguien le indica que los gerentes de marketing est�n listos. Hubo casos peores, en este laburo ves cada cosa, dice mientras se aleja.

Sentado en el sill�n blanco, Francisco acaricia los renos. Suspira y mira a su alrededor. Los negocios cierran las puertas, los vendedores se despiden ins�pidos. Las �ltimas personas se alejan cargadas con bolsas de distinto color. Apenas lo miran y Francisco se pregunta si realmente lo miran a �l. En el suelo, las gotas de sangre que nadie limpi� ya est�n secas. Se inclina hacia atr�s para pensar en el calor de diciembre, en las changas de vendedor. Tanto esfuerzo, tanta dedicaci�n� para qu�. Abre una bolsita y saca uno de los alfajores. Un sabor dulce le llena la boca, la ansiedad cubierta de chocolate. Negro de mierda, a m�, la puta que te pari�. Traga el �ltimo pedazo y tira la bolsa al suelo. Despu�s se incorpora para estirar las piernas. El tren, la gente, el cansancio. Las calles de Mor�n, la cara de su hijo, la de su mujer. Los paquetes de medias, las biromes, los pa�uelitos. Los robos, las amenazas, las monedas. La risa de una de las promotoras lo distrae. Al girar, Francisco encuentra a Giaqu�, que a s�lo unos metros vuelve a piropear a la chica y le indica a �l que se acerque. Francisco camina nervioso, temblor en las manos, la garganta seca. Ya frente al otro, lo interroga con la mirada. Carlos Giaqu� lo abraza y Francisco se deja abrazar. Ac� no pod�s venir m�s, dice, pero agradec� al cielo. Francisco lo mira desconcertado. Nos quedan los countries, Panchito, nos quedan los countries.

Violeta Gorodischer

el interpretador acerca del autor

Violeta Gorodischer

(1981)

Es estudiante de Letras y trabaja como periodista en diversos medios. Es una de las editoras de Editorial Tamarisco, sello de narrativa independiente, y participa del blog hojasdetamarisco.blogspot.com Sus relatos fueron publicados en diversas antolog�as y revistas literarias.

Direcci�n y dise�o: Juan Diego Incardona
Consejo editorial: In�s de Mendon�a, Camila Flynn, Marina Kogan, Juan Pablo Lafosse, Juan Leotta, Juan Pablo Liefeld
Control de calidad: Sebasti�n Hernaiz

Im�genes de ilustraci�n:

Margen inferior: Francisco de Goya, El perro semihundido (detalle).