Copino, nuestro jefe, me ordena: Llambí, vaya con Peralta a llevar esta documentación a la escribanía. Sin demorar ni un segundo, me paro, Sí, señor, contesto, y acompaño a Peralta a llevar la documentación a la escribanía. Durante el viaje Peralta habla y habla. Yo no puedo dejar de mirarle el jopo. Peralta está obsesionado: Me voy a comprar una tele de 20 pulgadas en cuotas, repite unas trescientas veces. Es imposible que no ganemos el mundial, ¿Me entendés, Llambí? El mundial 94 es nuestro, ¡es nuestro mundial!
El trabajo de cadete no está tan mal. Como todavía soy aprendiz me mandan a las misiones como acompañante. Mi capacitación marcha sobre ruedas: ya sé tomar un colectivo, tocar un timbre y entregar un sobre en mano. Es vital entregar el sobre en mano, no vale dejarlo tirado en un pasillo o dárselo al portero.
De vuelta en la oficina Peralta me enseña a hacer un vale de viáticos (por duplicado). A los vales (por duplicado) los entregamos junto a los boletos y nos pagan. Llambí, ¿me entendés cómo es esto de los vales?, me pregunta Peralta. Te entiendo, le contesto, muchas gracias.
Copino es un jefe severo, de pocas palabras. Siempre habla de usted, te llama por el apellido y hasta ahora nunca lo vi reírse. Trabaja en el banco hace dos mil años. Se rumorea que está por jubilarse. Los otros cadetes lo odian y le tienen un poco de miedo. Yo no le tengo miedo, tampoco lo odio. Copino es el encargado de que los sobres (él los llama documentos o documentación) circulen en forma correcta, lleguen a destino. Aunque todavía no entiendo bien cómo funciona el banco, me parece que Copino es una pieza fundamental del engranaje.
En total somos ocho copinitos. Además de los copinitos están Sánchez y Morales. Sánchez y Morales también son cadetes. La diferencia es que ellos son viejos y no van a ascender, siempre van a ser cadetes. En cambio, los copinitos trabajamos unos meses como cadetes y después nos ascienden a un sector. El banco tiene un montón de sectores. Cada sector produce cientos de documentos. Nuestra tarea, repite Copino, es mantener una comunicación fluida entre los distintos sectores. Copino está orgulloso de su trabajo. Creo que me cae bien.
Los sectores del segundo subsuelo son: Mesa de entradas (nosotros); Clearing, un lugar lleno de máquinas raras donde pasan cheques a tres mil por hora; la oficina del turco Matoff, el jefe de seguridad; y por último, el Tesoro. El Tesoro no es como me lo había imaginado. Un policía gordo custodia la puerta. Siempre está leyendo el diario y comiendo facturas. Adentro hay un mostrador con barrotes. Del otro lado de los barrotes, están los tipos que trabajan en el Tesoro. Las caras de los tipos del Tesoro me dan pena. Los tipos cuentan fajos y fajos de billetes. Hay fajos de pesos y fajos de dólares. Me pregunto si el banco tiene la misma cantidad de pesos que de dólares, me pregunto cómo funciona lo del uno a uno. Al fondo hay una puerta de metal, parece pesada. La manija de la puerta es una rueda, supongo que sirve para cerrarla. Da al cuartito donde se guardan los fajos.
El segundo subsuelo está medio chingado: pasillos largos y angostos, puertas que dicen Aguante Boca o cosas por el estilo y en todos los rincones una radio suena en AM. Encima no hay ventanas. La luz viene de tubos fluorescentes. Detesto la luz de los tubos fluorescentes. La contraparte del segundo subsuelo es el piso ocho, el más alto del edificio Casa Matriz de Banco Edwards: sala de reuniones gigante, las oficinas del gerente y sub-gerente general, alfombras, sol entrando por las ventanas, pinturas originales, comedor, mozo vestido de mozo, paredes de madera oscura. Además, en el piso ocho hay silencio.
Nuestra oficina es un sucucho cuadrado. Por suerte, casi nunca estamos todos los cadetes al mismo tiempo. Las tres mesadas están repletas con los sobres que tenemos que ir ordenando. A los sobres de las sucursales -el banco tiene cincuenta sucursales- los vamos metiendo en alacenas. Las puertas de las alacenas tienen un cartel con nombre y número de sucursal. No entiendo por qué la sucursal San Martín es la número 86 si el banco tiene sólo cincuenta sucursales. Por si acaso no pregunto. A los sobres que son para adentro del edificio hay que ordenarlos sobre las mesadas por piso y sector. El escritorio de Copino es de metal, como el de las películas de detectives. El vidrio que lo recubre sirve para proteger las fotos de su familia. En las fotos Copino está siempre igual: traje, corbata, cara de orto. Uno de los teléfonos es gris, el otro negro. Para mí que a la lamparita de bronce la trajo de la casa. Por si acaso no pregunto.
Son las tres y diez. Almorcé panchos en la calle. A los carritos de panchos los patrocina el Programa Andrés, un programa para rehabilitación de drogadictos. Dos panchos y una coca por tres pesos.
Copino me ordena: Llambí, vaya con Peralta a hacer la ronda. Sin demorar ni un segundo, me paro, Sí señor, contesto, Peralta y yo agarramos los sobres ordenados por piso y sector que están en las mesadas y lo acompaño a hacer la ronda. La ronda es recorrer todo el edificio dejando y agarrando sobres de correo interno. Cada sector tiene una bandeja de entrada y otra de salida. La bandeja es un cajoncito de madera con un cartel que dice entrada o salida. Si un sector quiere mandar documentación a otro, lo hace a través de un sobre de correo interno que dejan en la bandeja de salida. Los sobres de correo interno tienen casilleros donde se escriben los nombres del sector remitente y de destino. Por ejemplo: A: Mesa de Entradas / De: RR.HH. Peralta me va explicando el asunto de la ronda. Por más que no sea un tema complicado, cada dos minutos, ¿Me entendés lo que te digo?, me pregunta, Sí, Peralta, te entiendo, le respondo.
Tomamos uno de los ascensores. La ronda empieza en el piso ocho, Gerencia General. Las paredes del ascensor están pintadas de verde. Deus, hacen juego con mi corbata. El ascensor no tiene espejo. Miro a Peralta, su jopo, traje, camisa, corbata y zapatos. Es evidente, tengo que dejar de preocuparme por mi ropa.
Copino es un hijo de puta, me dice Peralta. Hace siete meses que soy cadete y no me larga, me tiene cruzado, ya me parezco a Sánchez y a Morales, boludo, ¡me voy a morir en mesa de entradas! Por suerte dicen que el viejo se está por jubilar. Este año cumple cincuenta años en el banco. ¡Cincuenta años! Viejo hijo de puta, es un dinosaurio, ¿me entendés, Llambí, ¿ME ENTENDÉS LO QUE TE DIGO?
Bajamos por la escalera. En todos los pisos Peralta saluda a un montón de personas. También va nombrando los distintos sectores: Mercado de capitales, Descuentos, Recursos humanos, Mesa de dinero, Banca mayorista, Comercio exterior, y así con todos. Los nombres de los sectores no me dicen nada especial, tengo la impresión de que nunca los voy a aprender. Dejamos sobres pero agarramos otros, siempre vamos cargados.
Mientras hacemos la ronda, mi capacitación continúa. Esa morocha de ahí, es Cris, la secretaria de Legales. Se volteó a medio banco. Hace poco se hizo las tetas, Llambí. Dicen que se las pagó el Turco Matoff, que es un ex cana repesado, el que está en la oficina de al lado. Haceme caso, Llambí, nunca se te ocurra ir al baño a las dos y media. A esa hora el Turco vuelve de almorzar y se echa unos cagos tremendos. Te mata, Llambí, ¡te mata!, ¿me entendés lo que te digo?
Terminamos con la ronda y antes de volver cargados de sobres a Mesa de entradas, hacemos tiempo en los pasillos del segundo subsuelo.
Ya casi estamos. Miramos el reloj gris de la pared. Son las seis menos cinco. Después de un día de trabajo, estamos cansados, reunidos en silencio alrededor de las mesadas de la oficina. Sánchez y Morales ya partieron. Por fin, a las seis en punto, Copino mira el reloj y dice hasta mañana, pegamos un salto, hasta mañana señor contestamos, en la calle me despido de Peralta y mis compañeros, prendo un pucho, camino hasta el subte, no bajo, y sigo caminando por la avenida de las cúpulas, el sol me pega en los ojos y por unos segundos no puedo ver nada.
Martín Llambí