En el pueblo de Camamú, que usa como terminal de ómnibus un tramo de la calle donde hay tres agencias juntas, las tres ya cerradas cuando llegamos a las seis de la tarde, hay una posada que se llama Green House, y bajo la posada, con los mismos azulejos verdes, coherentes, que la decoran, se encuentra el bar, Green Bar, el único del pueblo con puertas abiertas hasta la noche y que nos deja pasar las cinco horas que debemos pasar hasta la llegada del micro que tomaremos hacia Puerto Seguro.
En el pueblo de Camamú, donde llegamos después dos días en Barra Grande, dos horas en barco y muchos poemas de Bukowski, pienso que mi escritura no puede ser tan blanca, siempre igual. Justo aquí, después del barco y de los poemas, cuando me propongo escribir una página más de mi diario de viaje, siempre blanco, siempre igual, escuchamos un grito, un grito de miedo o de respuesta ¿a qué?
Nos miramos, levanto la mano escribiente de la mesa pegajosa y él cierra su libro. Un nuevo grito proviene de arriba. Con los ojos señalo arriba y antes de que digamos algo, más gritos más cerca y una morena adolescente sale corriendo desde atrás, quizá de la cocina, quizá después de haber bajado por una escalera que une la posada con el local.
Tras ella, que se detiene cerca nuestro en medio del salón, corre con dificultad un gordo de unos cincuenta años que grita insultos que no llegamos a comprender. La agarra de los pelos, crispada cabellera morena reunida en largas trenzas, y le pega un cachetazo que enseguida compensa con otro y otro más, y los gritos de ella, por favor basta, supongo que dice o al menos yo diría, por favor basta y entonces la trompada de él que la deja, ¿por fin? ¿mejor?, inconsciente en el piso.
Envueltos en algo más que una intimidad que preferiríamos no ver, no nos animamos a movernos ni a mirar demasiado. Él vuelve a abrir el libro pese a que no lee, al tiempo que llegan al salón más gritos de la mujer que de seguro, es igual, es la madre de la niña.
¿Qué hiciste?, grita ella, llora y abraza a la niña que todavía no reacciona, mientras el gordo, como si no hubiera nada extraordinario en lo sucedido, enciende un cigarrillo y sale a la calle para fumar.
Besos y agua en el rostro de la niña que tose para que su madre grite viva, aleluya, ¿estás bien, hija, estás bien? supongo que dice o al menos yo diría, y cuando se da cuenta de que la niña reacciona, y que de a poco recupera color, la madre se levanta para insultar al gordo que fuma plácido en la puerta del local. Ella le grita, intenta pegarle, cada vez más furiosa porque el gordo sonríe y no sólo sonríe sino que responde, además, el saludo de una mujer que pasa y le hace una seña para que la siga, y el gordo la sigue, va tras la mujer que pasó, y su hija en medio del restaurant, apenas consciente, pregunta qué sucedió, eso supongo o al menos yo diría, qué sucedió, con la mirada perdida, la mirada en nosotros, y nadie responde, ni siquiera su madre que corrió tras el gordo que corrió tras la mujer.
Marina Kogan