Ceballos
habla pausado y acierta en cada palabra, como si llevase
el campo y la escritura en su tonada correntina. Nació en el
pueblo donde vive, Alvear. Desde allí, se refiere a sus inicios,
a cómo convivieron siempre la escritura con otras actividades,
elegidas o no tanto, como su profesión de abogado y el trabajo
en el campo. También contará de su paso iniciático
por la poesía, de su gran oficio en la cuentística y
del estigma que supuso en un primer momento de su formación
la prosa “a lo García Márquez” que parecía
impregnarlo todo, hasta lograr el quiebre con ese universo. El año
pasado soplaron los mejores vientos en Alvear: por su segunda novela,
Víspera Negra, que narra los avatares alrededor de
la inauguración de un leprosario correntino en 1939, recibió
el Premio Ciudad Alcalá de Henares otorgado por el Excelentísimo
Ayuntamiento nada menos que de la cuna de Cervantes.
Pregunta
inevitable: ¿qué significa para tu escritura este premio,
que recibieron años anteriores figuras como Roberto Bolaño,
David Viñas, Luis Sepúlveda, entre otros?, ¿sentís
que el premio es una consagración para un escritor como vos,
con mucho reconocimiento en el interior y en América Latina,
pero casi desconocido en el ambiente porteño?
Para mí
los premios fueron fundamentales porque me reafirmaron mucho, desde
los provinciales y regionales hasta este último, el Alcalá.
Ya tenía a todos mis amigos podridos con mi literatura. (Risas).
Y, a pesar de que en el extranjero me han editado individualmente
hace mucho tiempo y he ganado varios premios anteriores, a mí
en el circuito comercial de Buenos Aires no me conoce nadie. Me pasó,
entonces, que a mis 43 años comencé a plantearme si
sirve lo que hago, si no me había pasado 30 años de
mi vida como un pelotudo que escribe cosas horribles y en ese sentido,
cuando gané este premio me dije, “epa, si a un tipo de
Costa Rica, de España, etc. le gusta lo mío y me elige
entre tantos, quiere decir que puedo seguir escribiendo más
tranquilo”. Por eso para mí los premios fueron una reafirmación.
Vos referías
que en un momento te impusiste un cambio abrupto con el tono con que
venías escribiendo antes, como vos decías, más
regionalista, y dijiste basta de realismo mágico y de García
Márquez: ¿cómo tomaste que en el fallo del Alcalá
el Jurado haya destacado un valor alegórico en Víspera
Negra, pensás que la novela puede ser leída como
una alegoría de Latinoamérica, del caudillismo correntino
o lo que fuese?
No, yo creo que
ellos lo tomaron como alegórico en otro sentido, más
referido a un momento histórico de la humanidad. Ellos son
más axiológicos, todos esos premios medios viejos le
dan bola a los valores y a todo lo que sea metaliteratura. Por lo
que yo hablé después con ellos por teléfono,
tienen una idea de que en el mundo hay salida y entonces, en ese sentido,
la salida colectiva que plantea la creación del leprosario
en Víspera es lo que destacan, más bien apuntando
a esto de que en este momento histórico de confusión
en el hombre, terrorismo, nihilismo, caída de valores, individualismo
y todo lo que se le quiera agregar, la novela vendría a reafirmar
otra cosa, porque de última lo que se intenta con los leprosos
es una alternativa colectiva. Pero creo que es más bien una
interpretación de ellos de ver allí la esperanza, no
la mía, tal vez por el telón de fondo mundial de la
novela de Hitler, Musolini, Franco, entonces ellos lo interpretaron
así.
También
están en la novela los que denominaste como los Caballeros
de la Higiene, ¿no?, como los grupos fascistas que actuaban
en las ciudades a modo de centinelas de los valores y en ese nombre
salían a ajusticiar. Me llamó la atención la
advertencia preliminar que abre el libro: “los hechos aquí
narrados no deben entenderse como la verdad histórica…”
Eso es para que
no me hagan juicio. (Risas). Nunca sabés, por ahí aparece
algún desquiciado correntino que lo toma a mal y… (Risas).
¿Y
no tiene nada que ver con alejarte de la novela histórica?
Lo de la novela
histórica es así: yo tenía mi nouvelle anterior,
Ivo, el emperador. El origen de Ivo como escritura fue que
yo conocía al que después fue el personaje de Ivo desde
los doce años. Lo conocí y supe que escribiría
algo sobre él, tenía el personaje pero no tenía
la historia. Entonces me pasé diez años más intentando
escribir una novela, así, sin la historia. Un día me
dije vamos a intentar convertir el problema en solución y entonces
la nouvelle, justamente, se trata de un tipo que tiene el personaje
sin la historia, hasta que de pronto aparece la historia cuando una
tía que muere le deja una carta contando esa historia y ahí
el problema se transforma en escribir o no la novela. Eso es Ivo
el emperador, así lo solucioné y ya lo tenía
escrito. Hasta que de pronto descubro la historia de Víspera
Negra, la descubro en un conjunto de discursos para el primer aniversario
de la muerte del viejo Miguel Sussini.
La
historia como abanico
¿Cómo
tuviste acceso a los documentos y a toda la información que
describe la novela?
Me acercaron bastantes
cosas y otras como esos conjuntos de discursos fueron publicados.
Resulta que una tarde de verano que hacía un calor de la gran
siete, mi hijo estaba en la pelopincho del patio y yo no tenía
nada que hacer, ni tenía ganas de leer, entonces agarro ese
librito sólo con la intención de hacerme viento y cuando
lo abro en la primera página le veo la jeta a Miguel Sussini
y así se me despertó todo, porque yo lo conocí
de chico. La historia es que él era primo de mi abuela y yo
de chico lo veía a veces, cuando venía a Alvear. Era
todo un revuelo en la familia, él venía a revisar su
latifundio y no le daba pelota a nadie, pero todo ese mujerío,
todo el matriarcado se desvivía organizando tés y cosas
por el estilo para homenajearlo, aunque el viejo ni venía,
se le hacían homenajes y él casi ni pelota. Y en algún
momento lo vi, estuve con él, y me quedó una impresión
fuerte que después se borró, esa cara de indio de pómulos
altos, morochón, esa mirada dura del viejo… cuando la
volví a ver en el libro, en una foto pésima, se me vino
de repente toda la impresión que me causaba… giro el
libro dos o tres páginas y encuentro toda la historia de Víspera
Negra, donde Billinghurst habla de la faceta de médico sanitarista
de Sussini y dice “ la ardua lucha que tuvo que enfrentar contra
Juan Ramón Vidal que se oponía al lazareto de la Isla
del Cerrito, y que sólo con el tezón de un prohombre
se lo pudo vencer a Vidal”. Entonces dije “puta, acá
hay una flor de historia”, porque yo conocía quién
había sido Vidal y quién Sussini y dije “si estas
dos fieras se enfrentaron por esto de los leprosos, acá hay
buena merca para una historia”. Como acá en la provincia
no había datos, porque seguramente se escondió todo,
tuve que recurrir al archivo de la provincia de Misiones donde me
mandan un zoquete de datos y demás. Yo sabía que la
historia era muy loca, pero cuando me mandan la información
me dicen, mirá, esto es mucho más de lo que vos creés,
fijate y leé. Después están las otras cosas,
que son ficción.
¿Cómo
trabajás para entrelazar todos los registros que manejás
en la novela, la galería de personajes tan rica que vos construís,
que va desde una reflexión muy estilizada sobre la escritura
en la figura de la poetisa, amiga de Alfonsina, el imaginario del
cine casi como un lenguaje más, el discurso clínico,
los coloquialismos, etc?
Bueno, es un gran
trabajo. En el caso del cine, por ejemplo, conseguí muchas
películas de la época, y me plantee como laburo mirar
y mirar hasta elegir las que más se ajustasen a contar el personaje.
En este caso el formato novela ayuda a esto, porque un día
trabajas el lenguaje de los menchos en el campo, todo lo regional
y coloquial y al otro día trabajas el lenguaje de esta poetisa,
que es una gran escritora admirada por Alfonsina. Ahí hay que
ver cómo escribe esta mina y toda su problemática de
tipo existencialista que tiene el personaje, el rollo del murmullo
y el silencio, el silencio como origen de la escritura que a su vez
esconde el sonido de la muerte. Es un personaje de enorme talento
poético que quiere llevar a su amante a una hipotética
salvación por esta vía. Hay que ver quién y qué
se salva en la novela, quizás en ese sentido sí la alegoría
dentro de la novela, como vos marcabas antes, que no tiene nada que
ver con una supuesta alegorización de lo latinoamericano o
correntino ni nada.
La tradición
literaria dentro de la chata y la metabolización de las influencias.
¿Qué
influencias o recurrencias hay en vos a la hora de escribir?, ¿tenés
escritores que son un problema o una bendición?
¡Ah, un
montón y son todos un problema! (risas). Ahora, por ejemplo,
estoy leyendo a este greco-americano, Eugenides, y estoy loco con
él. Es que en realidad la literatura es eso, es una galaxia
de galaxias. Yo tengo la sensación que salgo al campo con la
chata cargada de Hemingway, de Borges, de Sartre, y de pronto en ese
arenal aterriza este loco que es un Boeing, un fenómeno. Y
bueno, a la hora de influencias, un montón, la cosa es metabolizar
y que no te obture a la hora de escribir. A mí me ha pasado
que me marquen “pero esto ya está en otro lado”
y puede que sí porque uno siempre escribe con el radar puesto,
pero siempre habiendo metabolizado a los demás, esto significa
que habiendo estado atento y todo, se te imponga un registro o una
atmósfera que ya tenés incorporados de la lectura metabolizada
de otros. Porque caer en el plagio, o en el autoplagio es lo más
idiota que hay. Dedicarle tu vida a algo tan estresante como la literatura
para copiar es idiota. Para mí Onetti, por ejemplo, siempre
fue un problema. O al principio, el caso de García Márquez,
y por eso yo en un momento decidí cambiar por completo de mi
“línea Buenavista” y con todo lo que venía
escribiendo y hacer lo antitético también para escaparle
al autoplagio. De ahí viene una fase de literatura hiperurbana,
posmoderna y todo eso, aunque muy en joda, claro. De allí surge
mi libro Complicaciones Intelectules y Dueños
del mañana, que sale en México. Y después
tengo otro libro de cuentos inéditos, El relator deportivo
y otros cuentos, que es de la onda Buenavista. Es decir que a
mí la cuentística se me bifurcó entre la línea
hiperurbana muy lúdica como Diez cuentos con Eros
y otros libritos, y por otro lado, los de Buenavista. También
tengo cuentos de contenido social actual.
Es decir
que tus materiales a la hora de escribir son variados…
Sí, claro,
desde la realidad actual, la literatura o el cine, lástima
que en Alvear el cine se haya cerrado. Veo mucho cine en video y descubro
nuevos lenguajes.
¿De
allí la gran visualidad que tiene tu prosa casi sin adjetivación?,
me refiero a toda la transparencia descriptiva que lográs alejado
del paisajismo o de lo folklórico…
Sí, claro,
hay algo que siempre tengo presente y es que hay que tocar con la
palabra, como si uno pusiese dedos con las palabras para tocar a un
lector que puede estar en Bulgaria o en el Mediterráneo. Hay
que conservar el aspecto táctil de la palabra. En ese sentido,
adjetivar lo indispensable. También tengo muy presente esa
vieja cosa que no hay que contar, sino mostrar, que se vea, ahí
el cine tiene su marca y, quizás más que el cine, la
plástica. Soy un mal cinéfilo sólo porque aquí
no hay cine, pero sí me jacto de conocer de plástica,
tengo muchos amigos metidos en eso, me gusta y frecuento. Para mí
es muy importante la concepción plástica de la palabra.
Por ejemplo, si tenés que hablar de un gaucho, de pronto tenés
sólo un adjetivo, podés describirlo por los ojos, la
nariz, el pelo, las arrugas, etc., pero si vos decís “un
rostro cejudo” ya lo estás definiendo implicando lo torvo
del tipo y todo lo demás, ya desde la sonoridad de esa palabra
y de la imagen que te remite.
¿En
qué estás trabajando actualmente?
Estoy trabajando
en una novela que se llama El Mal que seguramente también
se editará por Simurg, sobre un ex represor con Alzheimer.
Quiero escribir sobre el mal, el mal como el diablo, no con cola y
cuernos rojos, sino como entidad presente en el mundo, el mal como
Bush, como los Romero Feris. La novela está situada en el 2010,
en el aniversario de la Revolución de Mayo y lo que comienza
a aparecer es cómo bajo la máscara del Alzheimer de
este ex represor comienza a resurgir nuevamente el mal de este tipo.
También tiene otro personaje que es una periodista española,
pero no te quiero contar más porque si no, no tiene gracia…
Editorial
Simurg
Gacetilla de prensa
Premio
Alcalá de Henares para el escritor correntino José Gabriel
Ceballos por su novela Víspera Negra.
El Excelentísimo Ayuntamiento de Alcalá de Henares,
cuna de Cervantes, y la Fundación Colegio del Rey otorgaron
esta enorme distinción al escritor José Gabriel Ceballos
por su segunda novela Víspera Negra ( Simurg: 2004). Se trata
de la primera vez que un escritor correntino oriundo del pequeño
pueblo rural de Alvear, se alza con este premio que tiene como antecedentes
figuras como David Viñas, Roberto Bolaño y Luis Sepúlveda,
entre otros. Víspera Negra narra los avatares alrededor de
la inauguración del leprosario correntino de la Isla del Cerrito,
en 1939. Con trasfondo histórico y la lepra como tabú,
el Jurado destacó en su fallo el gran poder alegórico
de la novela, además de la riqueza de la prosa.
Ceballos
ha ganado varios premios en el extranjero y ha sido publicado con
ediciones individuales en México, Venezuela, Brasil y Costa
Rica. A pesar de esto, es casi un escritor secreto en Buenos Aires,
quizás por vivir y producir en el campo.
Por
contactos:
carostranenie@sion.com
4861-2099 - Simurg prensa.
Ó jceballos@sicnet.com.ar
03772 470089 – José Ceballos
