el interpretador narrativa

 

El Ángel de Stroessner

Juan Leotta

 

 

      

 

 

 

 

 

 

/1/

            Me llamaron al celular justo cuando me acomodaba en el sillón de la peluquería.

            –Lo hablamos después –propuse yo–. Mejor personalmente, ¿no?

            Pero no: la típica ansiedad de siempre… Empezaron a contarme en ese mismo momento sobre el nuevo encargo. Hernán, mi peluquero, tuvo que hacer tiempo acomodando los peines y las tijeras.

            – Ok, acepto –les dije en un punto, entre cansado y convencido.

            La verdad que era una fija que me llamaran a mí. Y no sólo porque desde hacía algún tiempo les estuviera debiendo una. A veces pasa que puede ser cualquiera; otras, que hay uno llamado a hacerlo. Un gigantesco dedo parecía señalarme a mí en este caso. Cuestión de disminuir riesgos, claro.

            Me despedí con la promesa de pasar a visitarlos para ultimar detalles.

            –Ahora sí, listos. Cortito –le indiqué a Hernán–. Igual que la otra vez... Cortito y apenas desmechado, ¿te acordás?

 

 

/2/

            “Tampoco era para tanto”, pensé cuando me contaron que el sobrenombre de Chiquito era una ironía. Metro noventa: la altura del hombre en cuestión. Y en comparación conmigo, en realidad, sonaba muchísimo. Con mi metro cincuenta y cinco, yo debía llegarle casi al ombligo.

 

 

/3/

            Aunque ya no tenía rollo con mi altura, si volvía una y otra vez al tema era simplemente por considerar que –al menos en parte– había determinado mi profesión actual.

            ¿Para qué mentir? Tiempo atrás, en la escuela, yo había sido del eterno bando de los sufridos… Cualquier deporte, cualquier juego de fuerza me resultaba una humillación: me sentía pasado por encima, avasallado, derrotado de entrada. “Algo tengo que hacer”, asumí con los años. Y así fue. De haber sido más alto, seguro habría jugado felizmente al rugby en vez de dedicarme a las armas.

            De cualquier modo, en trance de indagar en el cuerpo para explicar un camino, en mi caso tampoco podía desatender otros detalles: sobre todo el ser bien bien morocho, pero de ojos celestes. Así como suena, sí. Aunque cueste creerlo, gracias a eso logré siempre transitar por los ambientes más dispares sin ocasionar estridencias. Ya fuera en la 31 o en el Hyatt, podía mimetizarme con la misma increíble facilidad. Algo que en mi trabajo, sin duda, no es poca cosa.

 

 

/4/

            – ¿Y la línea de Cali por qué confió en un tipo así? –les pregunté, francamente intrigado.

            Según decía la historia, Chiquito se había formado de joven en los servicios del dictador Alfredo Stroessner. Después, durante los 90, había andado de acá para allá, dedicado a un poco de todo, sin demasiadas luces. Entre otras cosas, le hizo por dos años la seguridad a un sindicato de municipales. Nadie, ni el más perspicaz, podría haber previsto  su trayectoria.

            – ¿Por qué? –insistí yo.

            Nadie supo responderme nada.

            A decir verdad, no era la primera vez que escuchaba algo así. Quizás, incluso, ese tipo de ascenso –meteórico e inexplicable– fuera más la regla que la excepción en esos terrenos.

 

 

/5/

            A mí no había nada que me gustara más que llegar a una ciudad desconocida y darme cuenta, apenas al rato, que no me había perdido nada de la vida por no haber nacido allí. Asunción me pareció una ciudad latinoamericana como cualquier otra. Pobreen el peor sentido del término: aunque quisiera, de hecho, no podría contar demasiado. Pasé unos días recorriendo el centro, las plazas, las barriadas cercanas. Mi hotelcito estaba en una diagonal llamada Barros. Me costaba mucho ubicarme porque las calles, de insípidas, me parecían iguales entre sí.

 

 

/6/

            –No me apuren, che –les dije en la única conversación telefónica que tuve con Buenos Aires. Yo siempre me tomaba mis tiempos–. Cuando esté terminado, se van a enterar…

            Y así fue como construí precariamente la calma –o la nada– en la que siguieron pasando los días. Lo único que me daba vueltas en la cabeza era el tema del pago. ¡Cómo no haber pedido más plata! Siendo realista: ¿qué otro podría haber hecho lo que hice yo?      De entrada, Chiquito parecía inalcanzable. No tanto por la esperable existencia de una guardia –a esa altura de mi vida, cinco matones no eran cosa de otro mundo. La complicación venía más bien por lo poco que Chiquito sacaba la cabeza a la luz. Casi todo el tiempo estaba recluido en una chacra suya, a una hora de Asunción, en la zona de Ñandubay. Si había un plan posible, sin duda debía sustentarse en el dato que circulaba. Mejor dicho, en el chisme… Por algo un dedo gigante parecía haberme señalado a mí.

 

 

/7/

            Como la ciudad toda, el Museo Metropolitano de Asunción era una lágrima. Pasé el primer día allí recorriendo la exposición estable. El segundo, me entretuve con malicia en una muestra de unos alumnos de un instituto de bellas artes. El tercero, ya sentado, leí completo un catálogo de museos europeos que encontré tirado en un rincón. No sé qué día pasó lo esperado. Tal vez el quinto o tal vez el sexto. Al final apareció Chiquito. “El dato era cierto”, pensé un instante antes de empezar mi actuación. Había otros dos pibes haciendo pinta, pero me eligió a mí. Cuando llegaba la hora, siempre me elegían a mí.

 

 

/8/

            En ese punto siempre sería posible preguntar por qué fue así, o cómo hice, o cómo lo logré. Preguntas que incluso a mí, a pesar de los años, todavía se me presentaban con bastante fuerza. Y era difícil dar una respuesta, al menos sin apelar a una práctica muy rara en mí: reconocer el talento propio.

            Quizás no sólo por bajito y morocho y de ojos celestes estuviera yo donde estaba. También, como en otros rubros, como en cualquier orden de la vida, había que hablar aquí de un talento…Vaya a saber uno por qué la situación me incomodaba tanto. ¿Y si yo, después de todo, fuera un genio en lo mío? ¿Por qué no asumirlo de una vez? Tal vez sí, lo fuera, pensé mientras Chiquito conducía su Grand Cherokee rumbo a un piso amplísimo en el centro de Asunción.

 

 

/9/

            Me dije que no debía precipitar las cosas. Fue una intuición fuerte: por algo había llegado, pensé, y convenía respetarla. Además no había apuro. La oportunidad se señalaría a sí misma cuando surgiera. No quise por el momento volver a llamar a Buenos Aires. Ya había dicho lo mío. Ya había dicho que esperaran, que cuando todo estuviera listo, no tardarían en enterarse. Así trabajaba yo. Ellos me conocían.

 

 

/10/

            A los dos días Chiquito volvió al Museo a buscarme. Algo le había cambiado en los ojos, o en la voz, no sé. Me trató con una displicencia mal impostada. Me ofreció llevarme un fin de semana entero a su chacra.

            –Trescientos dólares el día –le dije.

            –Doscientos –dijo él.

             Sonreí, con aire cansado.

            –Trescientos –le repetí en voz muy baja y cortante.

            Como era de esperarse, él asintió en silencio.

 

 

/11/

            En la chacra, para mi sorpresa, había toda una Gran Familia Paraguaya: sus dos hijas, su hermano el Doc, una tal tía Maribel, cuatro primos suyos de Uruguay,  una vieja que cocinaba, una vieja que limpiaba, un casero, y los seis matones de su guardia. Y también los amigos, claro. Esos iban y venían todo el tiempo. A veces cinco por día, a veces seis. Imposible acordarme de los nombres.

            –Es un amigo de Buenos Aires –dijo de hecho Chiquito sobre mí–. Se va a quedar unos días aquí –les anunció en a todos.

            A nadie pareció importarle demasiado.

            Mi dormitorio fue uno de los cuartos de arriba, al final de un pasillo en cuyas paredes había decenas de fotos de Chiquito y sus dos hijas. Las miré un buen rato, tenían algo de cautivante. Aunque en realidad me moría de curiosidad por saber dónde estaba la mujer de Chiquito, la madre de las hijas. De saber, qué se yo, si todavía era su mujer, si todavía vivía, si algunas de las hijas se llamaba como ella.

 

 

/12/

            En las paredes de los salones de abajo no había fotos, sino cuadros. Casi todos hablaban con gusto de política, de viajes, de música. Se trataba de gente mucho más culta que lo imaginado. Pero bueno, solía pasar. En la vida no siempre había caricaturas.

            Las hijas de Chiquito eran morochas como yo, y de ojos claros como yo –eso sí, bien altas. A primera impresión resultaban bastante lindas. Pero había un detalle que yo no podía pasar alto: tenían mucho vello en los antebrazos… A un nivel casi problemático, diría, porque se trataba de un vello bastante oscuro. Estuve a punto de preguntarles si no sabían que la manzanilla era muy buena para aclararlo. Pero al final me callé la boca. Tal vez se lo habrían tomado a mal. Hay gente que puede tomarse a mal una sugerencia así. A mí cuesta entenderlo, pero bueno, todo puede ser.

 

 

/13/

            La chacra tenía un parque inmenso. Y en uno de los fondos había un criadero de serpientes. Yararás, culebras rojas, cascabeles. Al principio no fui a verlas; sinceramente no me llamaban mucho la atención. Caminaba bastante por el parque, solo, siempre solo. La parte más difícil de mi trabajo era la soledad. Pasar por las ciudades, las casas, las familias, los tipos… Siempre sin contar nada verdadero sobre mí. Mentir me agotaba. Todo el tiempo mentir. Ni un sólo minuto de tregua. Era agotador…

            Nunca me lo pregunté, pero quizás por eso escribiera.

 

 

/14/

            Nunca viví la relación con Chiquito como una parte pesada del trabajo. Eso también tengo que decirlo. Me acuerdo de que ya casi no tomaba sal de anfetaminas, y eso en mí es un síntoma muy elocuente.

            – ¿Por qué no te quedas aquí? –me preguntaba él, cada vez que yo simulaba disponerme a volver a Buenos Aires.

            –Veremos –le respondía yo.

            A Chiquito dejé de cobrarle cuando supe que lo tenía en mi bolsillo. Se afeitó el bigote, a mi pedido. Y me dio todos los gustos. Eso sí, me mantuvo al margen del negocio, como si yo fuera una buena mujercita. Ni una sola conversación, ni una sola palabra sobre un cargamento: nunca escucharía nada.

 

 

/15/

            Una vez estuvo a punto de desbarrancarse todo el plan de espera…

            Fue una noche, después de un asado en la chacra. Como a mí la carne paraguaya me parecía horrible, había comido realmente muy poco, y me había llenado el estómago con el vino que me servían. En cierto momento me empecé a sentir mal. Decididamente mal. Todos estábamos ya afuera, las chicas en el borde la pileta, algunos jugando a los dardos… ¿Qué me pasaba? Casi instintivamente, me acerqué al hermano de Chiquito, un tal León, a quien apodaban el Doc. Era médico de verdad. Para ser sincero, yo tenía ganas de ponerme a llorar. No sé bien qué le dije.

            – Tranquilo… –sonrió él, señalando mi copa vacía, que parecía pegada a  mi mano. Y ya no se sostuvo más el engaño–. Tenés pitiraiba en el cuerpo. Cortesía de la casa.

            Era la manera de agasajar a quien consideraban un amigo.

 

 

/16/

            Lo problemático era que ese hongo tenía, como efectos principales, la extroversión y la  verborragia. De hecho, todos habían empezado a acercárseme, a rodearme, como espectadores de los delirios que en breve diría. De pronto, los colores empezaron a fundirse en mi retina con cada parpadeo. Desde ese momento, más o menos, no recuerdo nada más.

            ¡Pensar que pude haber confesado todo! Según me contarían luego, casi todo el tiempo hablé de los dictadores latinoamericanos… Parece ser que enfilé hacia el parque, crucé terreno a los tropezones y llegué al criadero de serpientes, buscando, según decía, o según gritaba, al “Ángel de Stroessner”. De no creer.

 

 

/17/

            Al lado de Chiquito, hubo algo que cambió en mí. No sé bien por qué. O quizás sí. La cosa es que empecé a ponerme más nenita. De hecho, me puse bien nenita. Una entonación más caquera de la voz, la crema después de bañarme, hacerme un poco la artista cuando escribía… Para ser franco, aunque cueste creerlo, no hice menos que encarnar una caricatura –también las había en la vida. Y sin duda lo hice de corazón.

            Fue por cierto algo inusitado. Porque yo jamás había sido así. Más de una vez, incluso, me habían dado mucha vergüenza ajena esos tipitos que andaban por ahí mariconeando en exceso…

            En fin. Vueltas de la vida. Menos mal que estaban las hijas de Chiquito en la chacra. Había que disimular, claro. No sé adónde habría llegado si no me hubiera frenado un poco ese dato de situación.

 

 

/18/

            El Boxing Club era un lugar apestoso. Yo hubiera querido quedarme en casa, solo en la habitación, en el peor caso charlando con las chicas. Pero no, Chiquito insistió para que fuera con él. Al principio pensé que quería que lo acompañara para despejar sospechas sobre mí, pero en realidad eso ya iba quedando cada vez más atrás. A él le gustaba el box, y quería compartir ese momento conmigo… Así de simple. Un gesto lindo, en definitiva. Por mi parte, todo bien, pero la mayor parte del tiempo me aburrí. No me interesaba nada lo que pasaba arriba del ring.

            Una de las peleas, eso sí, me llamó la atención. Por algo me dejé llevar: me distraje mirando los movimientos de las manos, las miradas de estudio, las caras golpeadas… No mucho después, esa misma noche, mientras me lavaba los dientes, caí a tierra. Yo conocía a uno de los boxeadores.

            Era un colega mío.

 

           

/19/

            Me empezó a trabajar la cabeza a full. Se llamaba Alonso de apellido, eso seguro; no me acordaba su nombre. ¿Qué andaba haciendo por Asunción? ¿Estaría en una tarea?  No importaba tanto para quien trabajaba ahora: en esas circunstancias, lo fundamental era saber a quién había venido a buscar. Supuse que él pensaría lo mismo de mí.

 

 

/20/

            A media hora de la chacra, sobre las barrancas de Freitas, había varias cantinas. En una de las más grandes, pintada de amarillo y rojo, tuvo lugar nuestra cita.

            –Vine por Chiquito –me confesó él a la primera cerveza–. ¿Vos? ¿También?

            La respuesta ideal a sus oídos –lo sabía yo– sería un . Por una razón muy simple: mi trabajo ya estaba avanzado, él a lo sumo me ayudaría un poco, y después cobraría hasta la última moneda prometida… Por mera curiosidad, en el fondo me hubiera gustado saber quiénes eran sus jefes de ocasión. Pero había reglas. Y guardar ese secreto era una de ellas.

– Viniste por Chiquito… –hice eco yo–. Feliz coincidencia, entonces.

 

 

/21/

–Vengo bien –le anticipé–, pero tal vez voy a necesitar cobertura… ¿Pedimos otra cerveza?

            Sobre mi supuesto plan no le conté casi nada, apenas que el punto clave era un detalle bastante singular de la chacra de Chiquito. Ya se lo mostraría, le dije, en un plano que había olvidado en el auto, allá en la parte baja de la barranca.

            Tomamos otra cerveza antes de irnos.

            – ¿Por acá? –preguntó él, al ver que no había ningún auto allí donde empezaba ese descampado.

–No, por acá –dije yo, alzando bien el brazo, y apuntándole a la frente.

            Ya volteado por el disparo –me acuerdo–, él alcanzó a cerrar un puño, como si quisiera darle una trompada a la muerte. Sólo entonces me di cuenta de que era muy alto.

 

 

/22/

            Al volver a la chacra, me encontré con Chiquito caminando sólo por el parque. Tenía en la mano una bolsa con una yarará pequeña. Me acerqué y le di un beso que –lo sentí– él agradeció. Las chicas podían estar adentro, tal vez en una ventana, mirando. Pero no nos importaba. Desde ese momento, supe que me quedaría allí.

            A los que me habían mandado desde Buenos Aires les seguiría debiendo una. Quizás se enojaran conmigo. Quizás alguna vez mandaran a otro para buscarme… Aunque en realidad sería bastante improbable. En principio porque me conocían bien, y si algo estaba claro era que yo sabía defenderme. Y además, la verdad, porque tampoco se justifica. Qué se yo. No era para tanto.

 

 

 

Juan Leotta

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Juan Marcos Leotta

Publicaciones en el interpretador:

Número 1: abril 2004 - Lo propio y lo impropio: recorrido de inversiones en La virgen de los Sicarios Acerca de La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo (ensayo)

Número 1: abril 2004 - Las voces de Elhoim (narrativa)

Número 2: mayo 2004 - Los descensos de Sísifo (narrativa)

Número 4: junio 2004 - Manifiesto desde las alcantarillas (narrativa)

Número 5: julio 2004 - La conjura de la letra: "Amuleto" de Roberto Bolaño (ensayo)

Número 12: marzo 2005 - Luster (narrativa)

Número 19: octubre 2005 - Acerca de Plop de Rafael Pinedo (reseñas)

Número 20: noviembre 2005 - Los raros afectos de Charly Gamerro (reseñas)

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Número 28: septiembre 2006 - Las Doce Puertas de la Prosperidad (aguafuertes)


   
   
   
   
   
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Francisco de Goya, El perro semihundido (detalle).