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El ensayo como modo

Sobre Modos del ensayo, de Alberto Giordano

(Betriz Viterbo, 2005 -Reedición corregida y aumentada)

por José Fargas

 

 

      

 

 

 

 

 

 

I       La pregunta por los Modos del Ensayo fue siempre, para la crítica literaria, una pregunta que se reconoció desde la extensión, en el sentido puramente espacial del término, pues esta interrogación, llevó a establecer categorías de difícil determinación como la del ensayo ontológico, ensayo psicológico, sociológico, histórico, etc, que acabaron por demarcar un mapa de considerable extensión. Si bien la determinación de un género bajo la forma concreta de una categoría nunca es del todo precisa y las más de las veces esconde siempre algo de superstición, el problema de la crítica respecto el ensayo condujo hacia una  indeterminación crítica, pues la crítica misma, llevó a que el ensayo sea un tema tratado bajo los más diversos puntos de vistas, a partir de los cuales, los críticos que se ocuparon del género, sacando raras excepciones, terminaron teniendo observaciones precisas al referirse sobre el género. Es decir, la teoría elaboró una crítica del ensayo que muchas veces, antes de observar y reconocer sus fundamentos ontológicos o percibir sus posibilidades epistemológicas o de intervención; reconoció en él no más de lo que le permitió reconocer el a priori académico -la superstición- desde donde se formulaba dicha crítica. Este a priori considera al ensayo como un genero inferior respecto los modos académicos de representar y dar status al conocimiento. De esta manera, la moral crítica –entendida como deber ser- se privó de apreciar en el ensayo la conveniencia de un genero que consigue escapar a aquellas tendencias institucionales que terminan por homogeneizar y uniformizar la razón.

 

En este sentido coincido con aquello que Ricardo Forster planteó en Crítica y Sospecha, cuando estudió al  ensayo como el género que “ha llevado, desde el inicio, la marca de la interrogación crítica, ha hecho suya la inquietud y la sospecha intentando colocar su indagación por fuera de los cánones establecidos y más allá de las gramáticas al uso” Así también, este género ha sido caracterizado desde la crítica tradicional –Lukács, Adorno- por la enunciación subjetiva de un pensamiento cuya disposición se define por la apertura, la fragmentación, el dinamismo e, incluso, por una proximidad a lo lúdico e inclusive, a lo poético.

 

Así y todo, el ensayo, ha sido siempre el género desde el cual la condición crítica del sujeto se afirmó críticamente respecto una realidad pero, también, respecto a la propia certeza ontológica del sujeto. En este sentido, el ensayo, de igual manera que otras formas de enunciación, permite poner en cuestión la figura del “sujeto del ensayo” y así sostener la idea de una subjetividad que se construye en el tránsito, en el discurrir mismo en varias direcciones de la escritura, en la decisión ética más que en el precepto moral; distinto a la del sujeto que escribe, es decir el autor. Ciframos allí el interés del libro de Giordano por el género, en el desafío de “leer en los ensayos de algunos escritores argentinos las formas que toman las autofiguraciones subjetivas ”, nos explica el autor, “espero o persigo la experiencia de esos desdoblamientos imprevistos, la aparición de un sujeto del ensayo diferente, a veces discordante de la subjetividad del ensayista, porque en ellos se manifiesta, con más fuerza que en un rasgo de estilo o un gesto de argumentación idiosincrásico, la voluntad de ensayar una enunciación del saber en nombre propio.”

 

 

II     Hacia octubre de 1991, casi en los albores de la larga década menemista y de la consolidación ya no solamente intelectual sino definitivamente económica, del modelo neo liberal, la por entonces joven editorial Beatriz Viterbo publica un pequeño librito de Alberto Giordano (Rosario, 1959), Modos del Ensayo. J. Luis Borges - Oscar Masota. El libro del autor rosarino volvía a colocar dentro del campo intelectual el debate en torno al ensayo como posibilidad de enunciación crítica diferente a la profesionalización académica.

 

A grandes rasgos, el trabajo aquél hacía foco en la lectura de la producción ensayística de dos autores; Borges y Masota. Pero vamos a precisar aquí otras dos cuestiones que aparecen resonando por detrás en esa primer edición y que en la próxima se expandirán. La primera cuestión tiene que ver con el análisis del ensayo; este es un terreno que la crítica literaria que se ocupó de tanto de Borges como de Masota no ha precisado del todo. De manera que desde un principio queda clara la voluntad del autor rosarino por ocuparse en trabajar con esos materiales retraídos por la producción crítica. La otra consideración, a la que hacíamos mención respecto esta primera edición, es la forma misma en que la escritura de Giordano se desenvuelve para tratar el tema, la manera en que trabaja con esos materiales ensayísticos. En aquél entonces había dentro de su trabajo ya algo del procedimiento que profundizará más tarde; utilizar al ensayo no sólo como un objeto de indagación, sino también como una herramienta misma de abordaje crítico, es decir como una forma de indagación. De manera tal que el objeto de reflexión –el ensayo- se entretejía con el propio instrumento de introspección.

 

En Noviembre del 2005, catorce años más tarde y luego de la revisión, y en algunos casos de la clausura, de las propuestas posmodernistas, vuelve a aparecer Modos del Ensayo pero ahora el subtitulo cambia; De Borges a Piglia. Entre una edición y otra, algunas consideraciones. El nuevo volumen -que es el que nos ocupa- con sus 287 páginas casi triplica al original, eso es un detalle. Otro detalle, el subtítulo; el de la primera edición aludía a dos autores -Borges y Masotta- y entre ellos únicamente un guión. Qué nos marcaba ese guión en aquel entonces; un salto sincrónico entre dos puntos, lo opuesto al recorrido, al tránsito. El guión conjuraba la distancia entre los dos autores, y la suspendía para un momento de revisión –exploración o ensayo-  posterior. En la segunda edición, ese guión ha devenido en dos preposiciones “de” y “a”. Lo que interesa ahora es el recorrido, ahora sí la exploración. El inicio es Borges, el destino, Piglia; pero lo verdaderamente importante no son los extremos, desde donde se maraca la partida y la llegada, sino el tránsito, la exploración, el viaje mismo entre uno y otro pues, en ese tránsito, se traza un recorte en el extenso mapa del ensayo. En esa construcción espacial que el sujeto –el autor pero también el lector- realiza, en ese deslizamiento de la escritura, en esa exploración que parte desde las apostillas para internarse, no en el centro, sino en los márgenes mismos, pues el ensayo sigue siendo un género marginal, se construye la crítica y se demarca la territorización extensa del ensayo.

 

 

III            Algunas cuestiones para considerar. Trabajar con el Ensayo es trabajar  con aquel material que constantemente está huyendo la taxonomía crítica. Todo aquel que busca ordenarlo, clasificarlo, encorsetarlo; termina, más bien, resguardándolo de la inclusión al compendio o al “modo” mismo. Por ese motivo Giordano lo trabaja desde otra perspectiva; su estudio no pretende agotar desde la exhaustividad teórica ni formalista la condición del ensayo, no se somete a la voluntad de una moral académica de ser un catalogo propedéutico acerca de lo que este genero debe ser, las características formales que lo constituyen, etc; sino que, a partir del mismo trabajo ensayístico, ensaya una postulación crítica acerca del género. Su libro nos muestra en acto al ensayo. Esta representación no resta valor ni profundidad al trabajo suyo, por el contrario lo vuelve mucho más interesante críticamente puesto que la reflexión se construye desde el deseo de ir anudando a partir de una ética de lector, el trazo estético con el crítico.

 

Dijimos más arriba que Giordano para escribir sobre el ensayo no se vuelca a las consideraciones sobre el género que la teoría preserva para el caso, sino que el autor viene a recuperar la posición misma del ensayista, que pone en “suspenso” las consideraciones de la academia, excediendo así las demandas de la crítica teórica. Parafraseando el título de uno de los puntos de su trabajo, el ir hacia el ensayo desde el ensayo como método de indagación, le permite al autor la intromisión de la subjetividad dentro del discurso del saber. En este sentido resalto la forma de intervención del trabajo de Giordano, pues guarda la voluntad por un lado de revelar y por otro, de enfrentar, a esas posiciones que han ido ganando terreno como consecuencia de la modernización académica desde mediados de los `80, en términos de producción de un saber. Giordano, aborda el ensayo para develar y enfrentarse a la supuesta especialización a la que se abocó el discurso de la crítica literaria. Esta posición que, entre otras cuestiones, se caracteriza por borrar toda huella de subjetividad del discurso crítico, acabó por capitular el compromiso que se reserva al lugar de enunciación de cualquier forma de discurso. De manera que al indagar desde el ensayo por sobre los modos del ensayo, el autor no sólo  procura develar los procedimientos del género, sino que también asume la voluntad  de intervenir en la discusión referente a los modos cómo se genera el conocimiento, para Giordano “el saber procede por ensayo, el vínculo entre ensayo y saber es indisoluble. El ensayo no supone una renuncia al saber, ni lo declara imposible, salvo que eso le imponga al ensayo un rigor mayor que dar algo como pocible1

 

De esta manera el pre-texto de la excursión, que va desde Borges hasta Piglia intentando demarcar el territorio del ensayo, demora al autor en la consideración de las diferentes formas de figuración que asume la imagen del intelectual (Masota Cortazar, Borges, Molloy, Piglia). Y esta es la otra importante zona de interés que zanjea el recorrido que va trazando el libro. Dentro de la tradición cultural local el propio ensayo literario, pero también otras formas que asume el género tales como el ensayo histórico, político o sociológico, significaron, desde la doble perspectiva del examen teórico y crítico, una forma de articular la reflexión con el discurso de interpretación. Aquí es cuando en esta marcha por los modos del ensayo, la reflexión conduce hacia el terreno de la pregunta por el quehacer del intelectual en relación, tanto con la academia, como con la sociedad. Lo que el autor intenta poner en juego es, claramente, el valor del trabajo crítico que la academia produce, tanto en términos de efectividad, respecto al grado de legibilidad del trabajo realizado bajo la moral académica, como de una ética que debería regir el compromiso del trabajo crítico que realiza el intelectual. Cabe aclara que la categoría de intelectual que maneja Giordano es similar a la que plantea Barthes, la figura del intelectual que se puede recortar de su  trabajo es la de aquel sujeto en el que convive la tensión de la palabra y del lenguaje, es el sujeto que asume su escritura como el espacio desde el cual dar la batalla a aquellos saberes que se asumen como hegemónicos dentro del campo profesional, es por esto, que el género ensayo al no abdicar a la formulación de la estética “permite una perspectiva ética para situarse y situar el medio intelectual en el que viene a decir su diferencia2 ” 

 

 

IV    En nuestro país, contra las desventuras que la institución debe soslayar, la academia produce un saber, construye un conocimiento. Ahora bien, ese saber se configura siempre sobre sí mismo, asume la variable lógica de la recursividad, montando así una noción de valor crítico que se funda sobre una idea –fetichización- de la especialización que no parece tener fin. El problema emerge, precisamente, cuando nos volcamos a analizar ese supuesto valor crítico del saber que se produce bajo el broquel académico y nos encontramos con que la crítica teórica que produce buena parte de la academia, opera construyendo discursos que se fosilizan, que quedan inscriptos y encriptados dentro de la academia como un fósil, aislados del medio que los rodea, discursos que por acabar siempre lanzándose sobre sí mismos terminan dialogando solamente más que con sus pares, también fosilizados. El saber académico termina configurado a partir de una moral académica y desde un lenguaje crítico que se agota, pues acaba por volverse un “lenguaje iniciático” puesto que solamente tienen acceso a él quienes se encuentren preparados, capacitados y dispuestos para recibirlo. Pero también, y más grave aún, este discurso académico, discursos de especialistas que se materializa bajo la homogenización sintáctica que le brindan las formas monográficas, de tesis o de los paper’s,  para así mantenerse al resguardo de los excesos de interpretación pero también para garantizarse la propia transparencia dentro del ámbito académico; corre el riesgo de repetir la lógica del lenguaje de los medios, pues como afirma Giordano, este discurso “se sostiene en las convenciones de una lengua en la que todos  hablan y se entienden porque nadie dice nada que no haya sido dicho.” ¿Cómo salir del claustro que el corsete de forma discursiva académica se dio a sí misma, cómo volver eficaz un discurso sin que pierda fundamento teórico, cómo sostener el valor crítico de un discurso que comienza por borrar todo lugar de enunciación, cómo abrir la discusión transdisiplinaria cuando la moral de la profesionalización sanciona toda intervención en ese sentido por falta de rigor? Esas son algunas de las preguntas de índole epistemológico que el libro se plantea llegando al final del recorrido.

 

Al principio del planteo de la lectura, afirme que el ensayo no había sido considerado desde sus posibilidades epistemológicas, más bien, lo que la crítica convencional consideró es que se trata de un género desde el cual no se puede construir más que un conocimiento parcial, reducido a la subjetividad del enunciador e incluso, muchas veces, al azar mismo, poco severo, ajeno a la rigurosidad del método científico, por lo tanto, poco productivo. Pero existe una cuestión fundamental que liga la reflexión acerca del ensayo con la epistemología y que en el libro de Giordano aparece de manera clara y efectiva hacia el final, aunque se anuncia en la manera desde la cual se sostienen y sujetan teóricamente los capítulos anteriores. Si en algún punto el ensayo se opone al discurso científico, es en que en la base de su condición de ser radica siempre la sospecha, la interrogación, en cambio en el discurso científico radica la certeza, las respuestas. Así el ensayo representa la forma discursiva más auténtica en la que se materializa la condición ética propia del sujeto crítico moderno, de aquel sujeto que se lanza a la aventura de la búsqueda pues así “se confronta con la precariedad de su situación”; de esa subjetividad inconformista propia de la modernidad que “no encuentra en lo existente (en lo que tiene, en lo que sabe) lo que desea”. Así desde sus orígenes históricos, pero también desde sus posibilidades epistemológicos, el género del ensayo encarnó en su propio cuerpo discursivo, tanto desde su forma como desde su voluntad interpretativa, un impulso crítico y una profunda interrogación respecto a las condiciones de producción de un discurso epistémico. Esta cuestión que no se reduce al mero reconocimiento en el ensayo de aspectos positivos allí donde la crítica convencional señaló las falencias, resulta esencial y resuena constantemente en el libro de Giordano. Conduce a una polémica y a una discusión más profunda; qué función cumple el ensayo como genero discursivo dentro de la esfera del estudio de las letras, pero, más amplio, aún, dentro del esquema del conocimiento y de la producción de conocimiento en el campo de las ciencias sociales que se modula bajo el signo de un liberalismo que se pretende culturalista cuando las mayoría de las veces acaba por someterse aun discurso de características puramente unidimensionales. Qué posibilidades ofrece el ensayo para desestructurar el circuito del discurso académico que no sólo se agota sobre sí mismo, sino que muchas veces –y esto quizás lo más grave-,  termina transformándose en un dique que aísla los problemas de la praxis y los planteos de la academia, de una forma discursiva que cae en la tautología ingenua por creer hacer acto de conocimiento en solo describir una parcela de lo real desde un lenguaje demasiado preocupado por su formalidad académica -pre-escriturada-, donde lo novedoso está desde el vamos fuera de compresión, pues no se ajusta a los verosímiles léxicos que las formas imponen.

 

 

V      Por estos motivos considero que la razón más sobresaliente de este libro construido desde el azar -muchos de los disparadores de los diferentes capítulos se deben a “fortuitos” encuentros del autor con los problemas- es intentar ser un recorrido por el ensayo literario, pero a la vez guarda fuertemente una voluntad teórica respecto al género. Hay en el trabajo un empeño por develar ciertas falencias que la crítica literaria se resiste en pensar tales como el para qué de su producción académica, su poder de cuestionamiento, como así también la posibilidad de restaurar una enunciación que recupere a la crítica literaria de la reducción en que ha caído por los planteos construidos desde una moral academicista que buscó alejarse de los interrogantes para acercarse a las certezas que le brinda la convención académica.

 

Para Giordano el ensayo no es una mera alternativa discursiva a la forma científica de producción/exposición de un conocimiento, sino que es la herramienta desde la cual poder repensar cómo se produce el conocimiento, qué tipo de conocimiento se produce desde los sistemas y las teorías, bajó qué moral se llega a ese conocimiento. Pero también es el ensayo, para el autor rosarino, el arma mejor para oponerse a quienes consideran al saber como algo acabado, como algo concluido. El ensayo, como ejercicio de lo provisorio, de lo íntimo representa el fundamento del conocimiento en tránsito, en sospecha, desafiante siempre frente a lo hegemónico a lo totalizador, o a aquellos quienes, desde la superstición “niegan a la experiencia que suponen conocer.”

 

 

José Fargas

 

NOTAS

 

1 Tomado de Alberto Giordano: Las Escenas del Ensayista.  Entrevista realizada al autor por Matías Picolo.

2 Alberto Giordano. Razones de la Crítica. Sobre Literatura, Ética y Política.  Pág. 95. Colihue Argentina 1999

 

 

 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Joel-Peter Witkin, Poussin-en-el-infierno (detalle).