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El juego de los cortes

Sobre El intervalo, de Ramiro Quintana

(Editorial Tantalia, 2006)

por Alejandro Soiffer

 

 

      

 

 

 

 

 

 

En El intervalo, la novela de Ramiro Quintana (Mar del Plata, 1981) que editó Tantalia, los límites estrechos de un cuarto de hotel o del propio cuerpo, o incluso de la subjetividad, encadenan una serie de sucesos irrelevantes, unas cuantas horas, un día quizás, que, en la descripción milimétrica, desarrolla toda su razón de ser.

 

El personaje central de la novela, Virgilio, en su exilio voluntario escapa a todo contacto social y se deja llevar por su imaginación desbocada. En el medio, y como meta, la regeneración de una figura ideal que se muestra en una foto ajada por el tiempo: Irupé. Y en la obsesión por recrear esa imagen ideal, una muñeca de plástico que será sometida a cortes, recortes, tajos y empastes.

 

Pero la manía creacionista no se limita a los procedimientos quirúrgicos a los que somete el plástico, sino que se expanden en la obsesión del narrador por reconfigurar lo dado, por excavar, por hurgar en los límites y pliegues no visibles de lo existente. Así, Virgilio opera como un cirujano que reconfigura la anatomía de la muñeca para darle el parecido de su necesidad o de su imaginación, al tiempo que él mismo se cortará la lengua con una maquinita de afeitar, en una operación de microcirugía que genera una “nueva lengua”, casi tan real y palpable (la sangre, el sabor, las nuevas sensaciones producto de tener un tajo en la lengua) como la nueva lengua que genera la operación de microcirugía que desarrolla el narrador con una prosa permanentemente entrecortada por el uso repetido de comas que quiebran los sintagmas en pequeñas medidas aleatorias, imprimiendo al relato un ritmo pausado y particular.

 

Los pequeños segmentos en los que se reparten los sintagmas (el signo gráfico coma adquiere toda su potencia como marca, como incisión) son como los trozos del cuerpo de la muñeca, separados y pegados en una misma unidad (el cuerpo mismo de la muñeca o la oración que une, en definitiva, a las cláusulas coordinadas), al mismo tiempo que configuran en su conjunto la posibilidad de distintos significados, dependiendo del reacomodamiento de las piezas. Procedimientos quirúrgicos que se repiten en la obsesión por los detalles (la cantidad de fósforos de una caja, el precio exacto de una compra), la asepsia de la misma prosa y el barbijo que tiene que utilizar Virgilio para proteger/protegerse al/del mundo. Sumado a esto, la constitución de algo nuevo a partir de lo olvidado, que se muestra en la exploración de formas de lengua anacrónicas y adjetivación acorde, en contraste con la obsesión de Virgilio por la búsqueda en los diarios de la noticia del último partido de Argentinos Jrs., un acontecimiento que parece haber sido olvidado por los editores de los diarios o no haber sucedido en absoluto.

 

Enfermo (quizás), viviendo sus últimas horas (quizás) y con la posibilidad de una extraña cura en una extraña situación (también quizás), Virgilio vive unos pocos hechos que le sirven de base para poner en juego la construcción de una nueva realidad. El narrador hace lo mismo con los escasos recursos de una trama breve y con el apoyo del instrumental de una personal interpretación de la lengua. Tan personal como el corte que se hace Virgilio en su propia lengua. Porque tanto el narrador como Virgilio, el protagonista absoluto de El intervalo, operan como expertos cirujanos que miden al milímetro cada una de sus acciones para su realización, para la creación de lo nuevo partiendo de lo viejo. Son entonces cirujanos, sí, cirujanos plásticos.

 

Alejandro Soiffer

 

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Alejandro Soiffer

Nació en 1983, estudia Letras en la UBA, tiene una novela inédita y administra el blog:

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Margen inferior: Joel-Peter Witkin, Poussin-en-el-infierno (detalle).