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Ensayo de dos retóricas

por Pablo Martínez Gramuglia

 

 

      

 

 

 

 

 

 

Estos ensayos se contraponen, para nuestro beneficio, en la misma medida en que se asemejan. Como Dalmaroni reconoce (luego de aclarar que no había leído el trabajo de López y que ésta no había leído el suyo al momento de sendas publicaciones), comparten algunas “conclusiones e insistencias”, lo cual tendría “cierto valor confirmatorio”, sobre todo porque López trabaja “menos con ficciones y poemas que con intervenciones y gestos de Lugones”. Es decir, Dalmaroni lee la figura del bardo cordobés y su modo de posicionarse frente al Estado en su producción literaria, mientras que López escribe un ensayo (cuyo subtítulo juega, precisamente, con la ficción: “entre la aventura y la cruzada”) basado en su imagen pública, en sus publicaciones en la prensa periódica y en el escenario de conferenciante. Sin embargo, no sólo algunas conclusiones son las mismas, sino también el aparato de lectura o, para decirlo con menos aparatosidad, el modo de leer es similar: ensayar, hablar de otra cosa, tomar breves y fulgurantes iluminaciones textuales (sea en poemas o en artículos) para demostrar una hipótesis cuyo eje, de todos modos, no se refiere a la textualidad, sino que se enmarca en una sociología y una historia de los intelectuales.

Sin embargo, la límpida prosa de Dalmaroni (quien no se priva, claro está, del juego irónico del ensayista ni del regodeo en la forma que es su privilegio) remite efectivamente a un “entre-nos” distinto del de López. No diría veredas enfrentadas, pero en todo caso habría que buscarlos en distintas oficinas en la Universidades Nacionales de Buenos Aires y de La Plata. Si López llega a la literatura (para hacer sociología) desde la sociología, Dalmaroni parte de la literatura (para hacer sociología) hacia la sociología.

Poco claro, ¿no? Digo, para López, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales, escribir en la vena ensayística es, además de (a esta altura, ligeramente) transgresor, situarse en una tradición particular de esa Casa y de esas disciplinas -no casualmente el libro se publica en una colección dirigida por Horacio González. Estudiar la sociedad argentina (o lo que sea que los sociólogos estudian) a través de los escritos menores de uno de sus escritores mayores difiere radicalmente de usar encuestas, entrevistas y datos demográficos del INDEC y, en consecuencia, hacer una apuesta a una cierta epistemología de la investigación social, cuya militancia de izquierda no le impide ser posmodernamente relativista. ¿Puede conocerse algo con la sociología? Pueden, contesta de manera implícita López, hundirse puñaladas de saber en la masa dura de la realidad, hacer manar algo de sangre y, si uno se anima al vampirismo, beber de ella. Si en el camino aprendemos algo (o creemos que aprendemos algo) sobre esa realidad, habremos justificado nuestra lectura, nuestro puesto en una facultad, nuestra beca del CONICET; en fin, una función social para el intelectual. Pero lo mismo sirven esos intentos, esos ensayos, que la monografía o la tesis documentada: la misma (o incluso superior) capacidad argumentativa y explicativa, el mismo aporte al conocimiento general, el mismo grado de confiabilidad para sus conclusiones. “Posmodernamente relativista”, pues, dado que si las ciencias (y en particular, pero no sólo, las ciencias sociales) son entendidas como un relato más del holgorio de discursos que componen la vida social, ¿por qué no habrían de escribirse esos relatos con la misma intención estética que la literatura? Es decir, si la ciencia es tan ficción como la literatura, ¿a qué aburrirse leyéndola? En esa apuesta a la amenidad y al asombro frente a la idea como rayo (o como puñalada) es que cifra su mayor mérito el texto de López.

Dalmaroni, en cambio, parte de una tradición distinta, cuya afición por la “pura belleza infecunda” no es culposa ni debe excusarse: estudiar la literatura ha sido siempre un puro gasto o, en el mejor de los casos, un placer para el espíritu que puede redundar en su mayor vigor. Encuadrándose en la serie monográfica de la editorial Beatriz Viterbo (cuyo público real e imaginado es casi exclusivamente el académico), Dalmaroni revindica como diferencia, curiosamente, una moral crítica que no agota un texto en “su interés cultural, histórico, antropológico, político”, sino que se sostiene en “la creencia en que lo que llamamos literatura es un arte y merece algo así como un juicio de calidad”. Es decir que, pese a encarar un estudio cuyo objetivo principal es analizar la relación entre el escritor y el Estado, que, en consecuencia, cae menos en la categoría de crítica que en la de historia cultural -aunque la primera provea, como decía antes, de los instrumentos de interpretación y de sintonización fina de lo vislumbrado en la serie histórica factual-, reivindica una tradición (que denomina una “moral crítica”, esto es, un modo de actuar correcto para el crítico) de juicio de gusto. No olvidemos que hay, parece decir Dalmaroni, buena literatura y mala literatura (1). No todo es operación crítica, disputa por el canon, trama de citas, filiaciones reconocidas u ocultas; hay algo en ese puro gasto verbal que es el arte -distinto, entonces, de los registros científico, académico, teórico, político, etc.- irreductible a la intelección, hay algo del orden espiritual que ocurre cuando para decir que cayó un rayo alguien escribe “una fulmínea verga rompió el aire al soslayo”, incluso en la serie indefinida de sentido que encierra la metáfora y la inesperada (tal vez incluso involuntaria) asociación que permite esa verga y ese romper (2).

Mencionaba antes las distintas oficinas: Facultad de Ciencias Sociales, Facultad de Humanidades. Lo curioso es que la científica termina en el relativismo y el humanista se refugia en un núcleo recóndito, mínimo, pero irreductible, de legitimismo artístico. Pero ahí justamente el punto de contacto entre ambos, que se pretenden otros en sus respectivas capillas. Y eso es lo que se traduce en dos retóricas, dos modos de argumentación, dos formas de desplegar las ideas y de llegar a las conclusiones, dos lugares donde apoyarse para decir lo que se dice. Una, la de López, más de punta, que puede resolver en un golpe poético un dilema lógico. Un ejemplo es cuando dice que 1903, 1913 y 1923 son tres fechas clave en la vida de Lugones porque representan el intento de sostener el orden político (en el discurso apoyando la candidatura de Quintana a la Presidencia), la consolidación del orden de la lengua (en las lecturas públicas de El payador) y el abono soñador de un futuro orden militar (en las conferencias en el Coliseo que darían lugar al libro Acción); tres órdenes que escribe con itálicas para reforzar la despareja serie que arma, y que encastran mejor por una cronología doble: los años terminados en tres y la estructura pasado-presente-futuro (sostener algo que se cae (el roquismo), consolidar algo que existe, abonar un futuro). Aprovecha así la flexibilidad del ensayo para enviar a otro lado (a la mente del lector) la conexión causal elidida o fraguada. Pero que sin, con todo, se preocupa por la minuciosa y sagaz lectura de archivos (3). La otra, la de Dalmaroni, con doble filo, que se apoya en la inevitable nota al pie cada vez que se agrega información, denunciando un modo erudito de operar. Tanto la recuperación y discusión eficaz de la crítica previa (del revés), que le permite operar en el campo como académico, como la cita de los textos literarios trabajados (del derecho), que lo autoriza como lector atento, dejan en otro lado, al final del capítulo, la legitimidad de lo que se dice: la trama de lecturas que se acumulan en la nota al pie como garantía de erudición (4).

Qué garante lo que dicen, entonces, es lo que instala una diferencia (que, por cierto, no les exclusiva) en sus disciplinas: si la sociología científica retrocede frente al ensayismo de López, el ensayismo elegante (y en otras ocasiones vacuo) de la crítica literaria se complementa con el rigor en la metodología de lectura y el uso y la discusión de hipótesis provenientes de las ciencias sociales en el trabajo de Dalmaroni.

 

 

Pablo Martínez Gramuglia

 

NOTAS

(1) Lo parece contradictorio, en todo caso, es que Miguel Dalmaroni elija deliberadamente la que el considera mala.

(2) (La cita es, juro solemnemente, azarosa, y pertenece al “Salmo pluvial”; ahora me levanto y busco El payador para aportar otra.) También hay, a mi juicio, si se hace el esfuerzo de poner la ideología entre paréntesis, una construcción verbal admirable en ese famoso reclamo: “la plebe ultramarina, que a semejanza de los mendigos ingratos, nos armaba escándalo en el zaguán, desató contra mí al instante sus cómplices mulatos y sus sectarios mestizos. Solemnes, tremebundos, inmunes con la representación parlamentaria, así se vinieron. La ralea mayoritaria paladeó un instante el quimérico pregusto de manchar a un escritor a quien nunca habían tentado las lujurias del sufragio universal. ¡Interesante momento!” Confiesa, escéptico lector, si no quisieras más de una vez refutar de este modo a tu antagonista.

(3) Brillante, por ejemplo, la puesta en duda (que de todos modos abreva en las sospechas de Fernando Devoto en Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna) de que en el público de El payador haya estado presente el presidente Sáenz Peña, repetida en toda la bibliografía (y yo mismo he caído en eso) por inercia y falta de trabajo de archivo, pues a López le bastó recorrer los periódicos para sembrar esa duda.

(4) López, claro está, también incluye referencias para sus citas; no me refiero a la nota al pie como dispositivo paratextual, sino como garantía de erudición y de verdad de lo afirmado.

 

 

 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Pablo Martínez Gramuglia

pmgram@gmail.com

Ha publicado trabajos sobre la poesía gauchesca, el ensayo argentino en el siglo XX, el cine argentino y la literatura colonial. También da clases de varias cosas y tiene una vida mayormente ordenada. Su libro de poemas Guayaquil city será publicado a comienzos del año que viene. Escribe infrecuente pero irregularmente en http://trompadademogolico.blogspot.com/

Publicaciones en el interpretador:

Número 19: octubre 2005 - En las entrañas del monstruo -Impresiones de viaje- (aguafuertes)

Número 28: septiembre 2006 - Ensayos sobre Lugones -Incluye reseñas de Una república de las letras, de Miguel Dalmaroni (Beatriz   Viterbo, 2006), y Lugones, entre la aventura y la Cruzada, de María Pía López   (Colihue, 2004) (libros)

   
   
   
   
   
 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Francisco de Goya, El perro semihundido (detalle).