el interpretador ensayos/artículos

 

Las cartas del mal:
correspondencia Spinoza-Blijenbergh

Caja Negra, 2006.

Presentación

por Florencio Noceti

 

 

 

 

      

Los lectores de Spinoza en lengua española somos muy desgraciados. Sabemos que el príncipe de los filósofos tuvo por lengua materna algún dialecto antiguo de nuestro idioma, sabemos que pensaba en ese dialecto y que la constante necesidad de traducir aquellos pensamientos al latín y al holandés le ocasionó, sobre todo en su juventud, más de un dolor de cabeza. Y sin embargo, todo lo que hoy conservamos de él está escrito en alguna de esas dos lenguas extrañas. Ocurre que, como se sabe, el holandés Baruch Spinoza nació Bento d’Espinosa en el seno de una familia sefardí llegada a Amsterdam recién hacia 1616 (o sea, apenas dieciséis años antes de su nacimiento). Los d’Espinosa habían huido de Espinosa de los Monteros, Cantabria, en 1492 perseguidos por sus intolerantes majestades los reyes católicos de España. Pero tal era la suerte de aquellos comerciantes judíos que el Portugal, reino que habían elegido como refugio, cayó en poder de los españoles en 1498. Si se tiene en cuenta que el asilo duró apenas seis años, abandonar la ciudad natal e ir a instalarse a Vidigueira, un pueblito de mala muerte en las inmediaciones de Beja, resultó para los antepasados del filósofo un pésimo negocio. Pero habían puesto en él todos sus recursos, y no tuvieron más remedio que permanecer allí como marranos o, más precisamente, como falsos conversos.

Casi un siglo tardó la fortuna en sonreírles de nuevo a los d’Espinosa. Para entonces, un hábil mercader de nombre Abraham, y su hermano menor Isaac, estaban a cargo de los destinos de la familia. La prosperidad de Abraham (que comerciaba bajo el nombre portugués Manuel Rodríguez) y la tolerancia del único rey simpático de la época, Enrique IV de Francia y III de Navarra, permitieron que los d’Espinosa abandonaran tanto Vidigueira como la apostasía, para instalarse en Nantes, de nuevo como judíos. Miguel, hijo de Isaac y futuro padre de Bento, pasó allí su juventud en relativa calma, mientras el negocio de la familia florecía. Pero las buenas rachas de los sefardíes del siglo XVII son famosas por su brevedad: Enrique de Navarra murió en 1610, y cuando Luís XIII heredó su trono en 1614 la tolerancia de la corona francesa llegó a su fin y con ella terminó la estancia de los d’Espinosa en Nantes. Así fue como Abraham, Miguel y los suyos, como muchísimos judíos hispanoparlantes, acabaron por repartirse entre Rotterdam y Amsterdam, premiando la tolerancia de aquellos estados holandeses con el indiscutible honor de ser escenario de la vida y las obras del más ilustre de sus vástagos.

Y sin embargo, hasta entonces, para nosotros, los lectores de Spinoza en lengua española, no todo estaba perdido. Aún en el exilio el joven Bento se educaba entre hispanoparlantes y en 1656, con apenas veinticuatro años, daba a conocer su primer escrito ¡en nuestro idioma! Pero allí sí nuestra desgracia sería doble y definitiva: El texto de marras era una breve Apología para justificar una ruptura con la Sinagoga que sellaba su ruptura con la colectividad sefardí hispanoparlante de Amsterdam a la que el destino de su familia de origen lo había integrado. Y para colmo de males ese primer y único documento en español se perdería casi inmediatamente y para siempre. No sabemos lo que aquella apología decía, pero sabemos qué respondieron la sinagoga y la colectividad. El texto completo de esa respuesta forma parte de esta edición, pero su última línea nos interesa especialmente aquí: “que nadie lea nada escrito o trascripto por él” ordenaban las autoridades de la colectividad a sus miembros y así nuestra (mala) suerte estaba echada. Exiliado hacía mucho de la península ibérica y excomulgado ahora de la colectividad sefardí, Spinoza no tenía a quién escribirle en español. Su Breve Tratado de Dios, del Hombre y de su Beatitud de 1660 sería un conjunto de notas que Jarig Jelles, discípulo y amigo, volcaría al holandés tras unas disertaciones suyas en latín; sus Principios de la Filosofía de René Descartes y sus Pensamientos Metafísicos se publicarían a lo largo de 1663, primero en latín y luego en holandés (traducidos por Pedro Balling, acaso el único amigo de Spinoza que entendía el español, y ampliados por él mismo), surgidos de lecciones dictadas en holandés para el joven Juan Caseariussus; y de allí en más toda su obra filosófica se resolvería, a su pesar y para nuestra desgracia, en esas dos lenguas tardíamente aprendidas. Todavía en 1664, y en el curso de la correspondencia con Guillermo de Blijenbergh, Spinoza se lamenta por aquella desgracia, que es también la nuestra: “Desearía poder escribirle en la lengua con la que me criaron”, dice antes de terminar la primera de sus cartas. Y su corresponsal, que no entiende nada ni de nuestra desdicha ni de la de Spinoza, contesta: “la posibilidad de escribir en la lengua en la que fue criado, no puedo negársela a Vuestra Señoría siempre que sea el latín o el francés.”

Pero el desencuentro entre Spinoza y Blijenbergh no es sólo lingüístico o idiomático, es a la vez filosófico, teológico, ético, geográfico y -acaso por sobre todo- político. Ocurre que el Spinoza de aquellos años (1664-1665) está muy lejos del ascético pulidor de lentes de la fábula. Pule lentes sí, pero como todo hombre de ciencias de aquella época para llevar a cabo sus experimentos, y no como medio de vida. Vive muy cómodamente gracias al dinero que le envían sus discípulos y admiradores, primero el propio Jelles, más tarde Simón de Vries -que ha fundado en Amsterdam un colegio spinoziano- y acaso hasta el propio Juan de Witt, por entonces el hombre más poderoso de Holanda. Se ha instalado en Voorburg -el suburbio bohemio de La Haya- para desempeñarse como ideólogo del partido que de Witt encabeza como secretario jurídico de los Estados Generales de Holanda que tienen su sede en esa ciudad. Ha abandonado la docencia y ha suspendido la redacción de la Ética, su máxima obra filosófica, para concentrarse en un Tratado Teológico-Político que constituirá la más acaba fundamentación teórica de la política de su partido.

En los por entonces ya remotos tiempos del dominio español, el poder en Holanda se hallaba dividido entre los duques de la casa de Orange, lugartenientes del emperador, por un lado, y los condes y los demás nobles menores, por otro. Obtenida la independencia, los duques de Orange se habían perpetuado como lugartenientes (aunque ya no estuvieran en lugar de nadie) controlando las fuerzas armadas y contando con el apoyo incondicional del campesinado, mientras que los demás aristócratas se habían autoproclamado regentes del estado reuniéndose periódicamente en Estados Generales para concentrar el poder económico y colonial, así como el favor de la pujante burguesía. Ideológicamente, el partido reaccionario del stadhouder, que así era como se decía lugarteniente, estaba asociado a los más conservadores y poderosos teólogos y pastores del calvinismo gomarista, mientras que la oposición liberal de los staatgesinden (regentes del estado, sí) se apoyaba en las tolerantes teologías minoritarias: mennonitas, calvinistas armiñanos o manifestantes y sobre todo, en el librepensamiento de los filósofos: Juan de Witt el joven, sobrino del estadista, los hermanos de la Court, y como un príncipe entre ellos: Baruch Spinoza. Hacia 1650, y en medio de una escalada de violencia entre ambos bandos, la sorpresiva muerte de Guillermo II duque de Orange había dejado acéfalo al partido del stadhouder, precipitando veinticinco años de dominio de los staatgesinden bajo el hábil liderazgo de Juan de Witt que ocuparía la secretaría jurídica de los Estados Generales de manera ininterrumpida entre 1653 y 1672. Dos curiosidades: En 1656, año de la ruptura de Spinoza con la sinagoga de Amsterdam, de Witt decretó la prohibición de confundir en territorio holandés las cuestiones teológicas con las filosóficas. En 1663, año de la instalación de Spinoza en los suburbios de La Haya, los Estados Generales reunidos en esa ciudad se declararon soberanos en un documento que ni siquiera mencionaba a la casa de Orange.

La disputa entre Baruch Spinoza y Guillermo de Blijenbergh que las cartas que integran esta edición reproducen es entonces y ante todo la disputa entre un filósofo republicano y un teólogo orangista. Blijenbergh, al igual que Spinoza, nace en 1632, por lo que ambos cumplen los treinta y tres años de edad en el curso de su intercambio epistolar. Pero esa coincidencia es casi lo único que los acerca. En los años de la correspondencia, que son los del apogeo de los regentes, Blijenbergh es un oscuro comisionista de cereales en el puerto de Dordrecht, mientras que Spinoza vive en las afueras de La Haya en casa del maestro Daniel Tydeman, a donde los personajes más influyentes del país acuden a retratarse con el pintor y a discutir cuestiones científicas, filosóficas y políticas con el sabio. En los años subsiguientes el filósofo publicará, bajo la protección de los Estados Generales y con todos los recaudos que la edición de un manifiesto revolucionario requiere, su Tratado Teológico-Político, que será acogido como el punto culminante de la filosofía práctica del período y alcanzará numerosas ediciones en poco tiempo, a pesar de la tenaz oposición de sus detractores. La obra del joven teólogo, por entonces, se limitará en cambio a unos pequeños panfletos de denuncia contra mennonitas, librepensadores y socinianos, destinados a los sectores más recalcitrantes de la comunidad calvinista.

Diez años más tarde, cuando la correlación de fuerzas entre los dos grandes partidos se haya invertido, cuando de Witt haya sido asesinado y Guillermo III de Orange restituido a la dignidad de su padre, Spinoza vivirá prácticamente recluido en una buhardilla de un barrio de ancianos en La Haya, dedicado primero a completar la Ética, que nunca podrá publicar, y luego a redactar un Tratado Político profundamente crítico del fracaso de su partido, que quedará inconcluso a su muerte en 1677. Para peor, en 1674, la Corte de Holanda, controlada por los partidarios del stadhouder, prohibirá la difusión del Tratado Teológico-Político. Al mismo tiempo Blijenbergh publicará, en Leiden y con apoyo oficial, su Vindicación de la Verdad de la Religión Cristiana y de la Autoridad de las Sagradas Escrituras contra los argumentos de los ateos, que por si hiciera falta llevará por subtítulo aclaratorio: una refutación de ese libro blasfemo llamado Tractatus Theologico-Politicus en la que se demuestra, tanto por el entendimiento natural y la filosofía, como por las Sagradas Escrituras, cuán perniciosas para el alma y para el país son las opiniones de su autor y cuán necesaria es para ambos la Religión Cristiana. (Se ignora si Spinoza llegó alguna vez a tener ese texto entre sus manos). El teólogo vivirá desde entonces, y hasta su muerte en 1696, como alto funcionario y tesorero del ayuntamiento de Dordrecht, publicando en 1682, tras la edición póstuma de las obras de Spinoza que sus amigos llevan a cabo, una Refutación de la Ética o Arte de la moral de Benedictus de Spinoza, principalmente en cuanto hace a la esencia y a la naturaleza de Dios y del alma,con un subtítulo igualmente llamativo: En la que a fuerza de razones tomadas de nuestro atento entendimiento no sólo se invalida y refuta la fundamentación de sus pruebas de ateísmo, sino que asimismo se demuestra claramente que analizado en profundidad el texto en general no cumple con las leyes de la demostración geométrica.

Hemos dicho ya suficiente acerca de los desencuentros políticos que jalonan la correspondencia que editamos en este volumen. De los lingüísticos o idiomáticos discutidos al comienzo de esta presentación, sólo nos resta decir que hemos tratado de mitigarlos en todo cuanto nos fue posible, traduciendo al español directamente el original holandés sin la insidiosa mediación del latín común a todas las ediciones preexistentes. Nos queda entonces señalar brevemente algunos desencuentros geográficos que hacen a esta relación: al principio del intercambio epistolar Spinoza visita Schiedam, donde reside su amigo y benefactor Isaac de Vries, y hacia el final se traslada a Amsterdam para encontrarse con el hermano de éste, Simón de Vries, que es además su fiel discípulo. Estos desplazamientos complican el envío y la recepción de las misivas de Blijenbergh que en ocasiones hasta se ve obligado a enviar dos copias de su carta, una en cada dirección, y a intercalar entre epístola y epístola breves mensajes para asegurarse de que éstas han llegado a destino. Por último, el 21 de marzo de 1665 y en viaje hacia Leiden, Blijenbergh visita a Spinoza en Voorburg. No sabemos qué ocurrió ese día, pero lo que haya sido no hizo sino precipitar la disolución del vínculo que las últimas cartas ya anunciaban. Y aclarar que como de los desencuentros teológicos, filosóficos y éticos se ocupa el filósofo francés Gilles Deleuze en los comentarios que completan este volumen a modo de apéndice, no diremos nada acerca de ellos aquí y en lo que sigue limitaremos nuestras anotaciones a cuestiones intratextuales o a referencias bíblicas o técnicas que hacían al sentido común de la época pero que con el correr de los siglos se han vuelto un poco más oscuras.

 

 

 

Florencio Noceti

 

 
 
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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Jacek Malczewski, Death (detalle).