el interpretador narrativa

 

Polirubro Ama-Faby

Ignacio Molina

 

 

 

 

En Bam, una ciudad del norte iraní, un terremoto causó la muerte de al menos quince mil personas. Fabián recuenta con la yema de un dedo los ceros, desvía la mirada del diario y la fija en un punto del mostrador. Intenta hacerse una idea aproximada del lugar que ocuparían semejante cantidad de cadáveres, tendidos uno junto al otro, pero lo distrae una voz que lo llama desde la vereda.

—¿Vos sabés quién tenía una rata? –le pregunta un hombre a los gritos, señalando el suelo y elevando la mirada hacia los balcones.Panza arriba, entre el cantero de un árbol y la pizarra de las ofertas, un hámster agoniza con los ojos abiertos. Fabián llama por el portero eléctrico al encargado del edificio, y, en el instante en que la recoge con el diario, ve cómo la pequeña bolsa de huesos deja de respirar.

Esa noche baja la persiana diez minutos más tarde que de costumbre, esperando en vano a que alguien venga desde el tercer piso a retirar el cadáver, y a la mañana siguiente, cuando abre la puerta del local y aunque ya está avisada, Amanda no puede contener un grito de impresión.

*

Amanda conoció a Fabián cinco meses atrás, cuando, sin comprar nada, le preguntó desde la vereda del kiosco por la calle Nueva York. Era fines de marzo y ella, que había caminado veinte cuadras después de bajar de un colectivo, se sacaba el sudor de la frente con el dorso de una mano. Fabián la hizo pasar al local, le señaló el plano de la ciudad que colgaba de una de las paredes y le convidó un trago de la gaseosa que estaba tomando.

A los tres días, con la excusa de comprar curitas sueltas, Amanda volvió a pasar por el negocio.

—Me están matando, por suerte falta menos para el invierno –dijo, ya sentada y descalzada, y Fabián, después de mirarle sin disimulo los pies, los dedos y el empeine, las franjas pálidas que las sandalias no habían permitido broncear, vio las cintas marrones y blancas que le envolvían los tobillos.

Dos sábados más tarde, a la salida de la cancha, él confesó que, si bien en el secundario había sido un jugador aceptable, nunca había ido a ver un partido de fútbol profesional. Acostumbrado a mirar los resúmenes por televisión, en los que sólo pasan los goles y las jugadas emotivas, durante el primer tiempo había sentido que lo más interesante no sucedía en el campo de juego. Tras descifrar los gritos de Amanda y los cantos de las hinchadas, se había impresionado al oír, luego del único gol del partido, el rugido formado por las dos mil personas que ocupaban la tribuna de enfrente.

*

Amanda vive con su madre; juntas pagan el alquiler de un departamento de dos ambientes en Saavedra, a pocas cuadras de la General Paz.

Casi cinco años atrás, luego de divorciarse y de atravesar algunos meses de duelo, Viviana salió a trabajar por primera vez en su vida. Junto a su consuegra del momento instaló un negocio –una casa de comidas en Devoto– pero la sociedad se disolvió al mismo tiempo que el noviazgo de su hija, antes de que pudiese recuperar el dinero invertido. Desde entonces se dedica a llevar una vida monacal; administra una herencia, sin permitirse lujos, cuidando cada moneda como si fuese de oro.

Cuando la conoció, la noche del último sábado de abril, Fabián la notó más avejentada y menos lúcida de lo que la había imaginado.

—Bueno, ya fue, hubieses traído una naranja del negocio –dijo Amanda, sin tono de reproche, mientras diluía en medio vaso de agua las últimas gotas de un jugo concentrado.

—¿Qué negocio tenías vos, una verdulería? –preguntó Viviana, y Fabián, aún después de responderle, se quedó mirando fijo una miga sobre el hule, menos sorprendido por la confusión que por el término, extraño en boca de Amanda –como extrapolado de otra clase social–, que la había generado.

*

El lunes siguiente, y como pasaba más tiempo en el negocio que en su casa, Fabián decidió mudar el televisor; viajó a su lado en el colectivo y lo ubicó, junto a un helecho mal regado, sobre la heladera exhibidora. Durante los dos primeros días pudo sintonizar sin problemas los canales de aire, pero en el resto de la semana tuvo que subir cinco veces a la terraza del edificio, con el permiso del encargado, para mover a ciegas la antena.

Unos días más tarde, mientras acomodaba mercadería, Fabián pensó en voz alta que, en el tiempo que llevaba como kioskero, el contacto con las golosinas y los nenes le había permitido darse cuenta de dos cosas: de que los chupetines verdes no eran de menta sino de manzana, y de que varias canciones infantiles, como Que los cumplas feliz y El payaso plín plín, tenían la misma melodía.

Amanda ni siquiera sonrió; absorta miraba hacia el televisor imaginando en la terraza al ordenanza de su trabajo, un hombre mayor de cincuenta años que le había ofrecido, por un módico pago, hacer una conexión clandestina.

Como la pantalla tardaba en transmitir novedades, Fabián esperó a que algún cliente de confianza entrara al edificio y subió a la terraza para avisar que en cualquier momento volvería el encargado. El hombre le dijo que la demora se debía a la gran cantidad de líneas muertas; después del boom de diez años atrás, explicó, mucha gente había pedido la baja y las azoteas se habían transformado en cementerios de cables.

El televisor quedó sintonizado en un canal de dibujos animados. Al volver al local Fabián vio cómo dos chicos, de entre seis y ocho años, miraban a un gato que volaba a la altura de las nubes esquivando las flechas que le tiraba un ratón.

—Malísimo, mirá que va a volar, mirá que van a hacer eso –protestó, con tono superado, uno de los nenes.

—Pero es un dibujo animado –dijo el otro, aún más superado, y sin saberlo, pensó Fabián, con una clara noción de ficción.

*

A comienzos de junio, sin que Fabián se lo pidiese y bastante antes de lo que él hubiera deseado, Amanda empezó a ayudar en el kiosco de una manera sistemática. Cada tarde, entre las cuatro y media y las cinco, llegaba desde el trabajo y se quedaba hasta el anochecer. Juntos atendían al público, limpiaban las estanterías, tomaban mate y miraban televisión, recibían a los proveedores y hablaban con los chicos que salían de la escuela.

Recién a fines de mayo, durante el entretiempo de un partido y luego de tres años, Amanda había vuelto a ver a su padre. El estaba sentado unas gradas más abajo, fumaba y le hacía señas a un hombre que le gritaba desde la platea, y mirándolo con disimulo ella calculó que, a lo largo de esos cuarenta meses, el tamaño de su panza había aumentado en forma directamente proporcional a la caída de su pelo. Después se alejó unos metros para esconderse detrás de una bandera, y aunque siguió intentándolo no pudo evitar que, en algún momento del segundo tiempo, sus miradas se cruzasen en la tribuna despoblada.

La distancia entre ambos había comenzado a insinuarse cinco años atrás, luego de que él se divorciara en malos términos, y se había concretado una mañana en que ella, mientras hacía trámites por el Centro, decidió pasar a visitarlo sin previo aviso. Al entrar a la oficina no le dio tiempo de nada a la recepcionista, y cuando abrió la puerta del despacho sin golpear vio a su padre acunando en brazos a una bebé de meses, idéntica a ella cuando tenía ese tiempo.

Durante un segundo Amanda intentó atribuir ese parecido a la casualidad, pero cuando notó cómo la sonrisa de su padre se transformaba en un rictus de espanto y, casi al mismo tiempo, vio salir del baño privado a una mujer tan joven como ella, a la que creía haber visto más de una vez, embarazada, en las inmediaciones de la oficina, no tuvo dudas acerca del vínculo que unía a ese bebé con su padre, y con ella misma por carácter transitivo.

*

En la primera semana del invierno, a Amanda la despidieron del trabajo y a Fabián un corredor de una marca de alfajores, a punto de cambiar de rubro, le preguntó si no quería que lo recomendase en la empresa para ocupar el puesto que dejaría vacante.

Después de pensarlo unos días, y pese a la mala experiencia y el consejo de su madre, quien le aseguró que las sociedades comerciales nunca terminan bien, Amanda, aportando casi la mitad de su indemnización, empezó a trabajar en el kiosco por las mañanas, con un horario fijo y con los mismos derechos y las mismas responsabilidades que Fabián.

Consensuada la negativa a la posibilidad de abrir los domingos, la primera medida que tomaron juntos fue la de ampliar el horario de atención. También hablaron de agregar artículos de almacén a partir de agosto y de cambiar la estética de la fachada y el nombre de fantasía pintado en la vidriera ("Polirubro Ama–Faby, con y griega", propuso, riendo, Amanda).

Una tarde, ya instalado en la nueva rutina y con la esperanza de sorprender a su socia, Fabián le compró una bicicleta por treinta pesos a un hombre que se la había ofrecido a cuarenta. Después de pasarle un trapo húmedo a los caños la dejó estacionada entre las heladeras, y a la mañana siguiente, luego de subir la persiana, Amanda tardó menos de un minuto en reconocerla, pese al cambio de color y a la falta del guardabarros delantero.

Para Fabián, ni la intensidad del orgullo que había sentido al conseguir la rebaja fue comparable a la de bronca que sintió al enterarse de que esa bicicleta era la misma que le habían robado a Amanda, dos meses atrás, en la puerta de su ex trabajo. Aunque ella trató de convencerlo de que no tenía razones para sentirse humillado, él se prometió no olvidar la cara del ladrón hasta volvérselo a cruzar, y desde ese día tuvo una motivación extra, además del pequeño sueldo y de las comisiones, para caminar por la ciudad cada mañana, entre las ocho y las doce y media, detrás del carro cargado de alfajores.

*

Ya a principios de agosto, durante una transición de turnos y mientras se lavaba las manos con detergente, Amanda dijo casi a los gritos, para que Fabián la escuchara pese al tráfico de la calle y a la puerta del baño, que se había dado cuenta de que mucha gente, sobre todo los nenes, necesitaban tocarle los dedos al entregar las monedas. Tras perder una venta de cigarrillos por falta de cambio, Fabián se llevó las manos a la nariz, olió una mezcla de chicle, tierra, papel, tabaco y metal, y empezó a seleccionar las golosinas que Amanda le llevaría a su media hermana al día siguiente.

Recién en la última semana de julio, ella había aceptado la invitación que su padre le hiciera periódicamente desde fines de mayo. Las noches anteriores a la cita las pasó casi en vela, planeando cada uno de los reproches que le haría, pero cuando estuvo sentada frente a él no supo cómo empezar.

Mientras compartían una pizza no se hicieron preguntas, evitando forzar situaciones, y recién en la sobremesa abordaron, aunque de manera tangencial, algunos temas trascendentes. Juan Carlos dijo que había vuelto a la cancha luego de su última separación, y Amanda respondió que, tras ir sola durante mucho tiempo, algunos meses atrás había encontrado un nuevo acompañante, un kioskero con el que ya se había asociado y que, como cada vez que iba a un partido tenía que cerrar el negocio, la mayor motivación que tenía para alentar a Platense era que ascendiera de categoría y, de esa manera, pasase a jugar los domingos.

*

Tres días después de presenciar la agonía del hámster, y mientras por la radio anuncian que en Bam las víctimas del terremoto, entre desaparecidos y muertos, ya superan las treinta mil, Fabián nota cómo empalidecieron los pies de Amanda, a lo largo de los cinco meses que pasaron desde que los conoció, y planea preguntarle a Juan Carlos, el sábado próximo –para hacer una comparación y, de paso, entrar en confianza con él–, cuántas personas entran en la cancha.

Debido a la tradicional ola de calor de fines de agosto muchas mujeres volvieron a usar sandalias, y, aunque moderada, según la estadística de Fabián, eso provocó una reactivación en la venta de curitas.

—Gracias al veranito de San Juan entonces . . . –empieza a decir Amanda, sentada junto a él en la entrada del local, pero la detiene la mirada de una mujer mayor, canosa y vestida de negro, que se para frente a ellos como pidiéndoles permiso.

—Disculpen chicos, ¿saben si la siguiente avenida es Constituyentes?

—La segunda, para aquel lado –responde Fabián–. Pero falta mucho todavía, como quince o veinte cuadras.

—Bueno, no importa, veo hasta dónde llego –susurra la mujer, la cara vuelta hacia el semáforo que ya le permite cruzar–. La semana pasada se murió mi marido y no quiero estar sola en mi casa –explica en voz más alta, antes de arrastrar los pies hasta la esquina y mirar en dirección a las nubes que hay al fondo de la calle.

Más bien veinte o veinticinco, calcula Fabián mientras se cruza de piernas y gira la cabeza hacia el interior del local. Después de abarcar en un solo paneo a las golosinas, las estanterías despobladas, los envases vacíos y las cajas reservadas para los cartoneros, se queda unos segundos mirando el plano de la ciudad que cuelga de una de las paredes, y al final de la barrida nota cómo, empañada por la humedad, la puerta de la heladera exhibidora anuncia tormenta.

 

Ignacio Molina

 

 
 
el interpretador acerca del autor
 

 

               

Ignacio Molina

Nació en Bahía Blanca en 1976.

A fines de mayo Editorial Entropía publicará Los estantes vacíos, su primer libro de cuentos.

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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Wassily Kandinsky, Composition 8 (detalle).