el interpretador columnas mensuales

 

Las chicas de Letras se masturban así XVI (*)

Elsa Kalish

 

 

 

 


Con las novelas argentinas siempre pasa lo mismo, los primeros capítulos empiezan en Marruecos con una súper producción y los últimos terminan con un decorado de cartón pintado en La Salada.

Marcelo Polino, Quién es quién, Radio 10.

 

Heriberto Soares, quizá, ha logrado una proeza literaria, que conmueve los cimientos sobre los que descansaban los fundamentos y categorías con las que estábamos acostumbrados a leer la tradición literaria argentina y que plantea un enigma de cuya feliz resolución depende que todo aquel que escriba después de Heriberto pueda decir algo con su escritura.

¿Pero cómo hablar o desde dónde pensar a un escritor que ha dinamitado todos los paradigmas sobre los que descansaban nuestras certezas?

Solo una mirada ciega y cómoda en su necedad podría hoy ser capaz de afirmar que tiene la clave de bóveda que nos plantea este interrogante. Probablemente si se quiere tomar en serio el desafío al que nos enfrenta Heriberto Soares, con la reciente publicación de su novela Alguna vez yo también fui Madona, habrá que aceptar que todo lo que se puede decir de su obra son balbuceos, que en su precariedad elemental, nos llevan a decir algo en el límite mismo donde las palabras nos abandonan para dejarnos desnudos al borde del abismo. Así que no esperen en esta columna más que algunos balbuceos, lo cual no me impedirá dar cuenta de los diversos modos en que diferentes figuras han aceptado el riesgo de pensar la obra de este autor.

Heriberto Soares hace años viene construyendo de forma laboriosa y persistente, al margen de toda moda literaria y de toda crítica, una figura de autor y una obra desconcertante. Heriberto Soares es, antes que nada, un misterio en sí mismo. Una cifra que aglutina y dispersa en un solo movimiento todo lo que sobre él y su obra se ha leído, pensado o escrito. Es que hasta la aparición de Alguna vez yo también fui Madona, editada recientemente por Interzona, Heriberto era sólo una figura cuyo nombre circulaba de forma obsesiva en reducidos círculos de escritores y de la crítica especializada. Pero quién es Heriberto Soares y qué ha escrito antes de Alguna vez... ni sus más fervientes admiradores ni sus denostadores infatigables lo pueden decir con certeza. Sucede que Heriberto Soares ha hecho del silencio – del silencio llevado a sus últimas consecuencias – una voz poderosa que produce una cámara de vacío que hecha a andar una máquina que se apropia de todo discurso que lo imagine, hable o ignore. ¿Cómo ha logrado esto? De forma inusitada e impensable hasta él, sin publicar nunca una sola línea y sin dejarse ver o intervenir jamás en ámbito público alguno – claro que esto último es relativo si se piensa que la presencia-ausencia de Heriberto Soares ha logrado, sin estar en ninguna parte, estar como el perrito Droopy de los dibujitos animados de nuestra infancia en todas partes—. Así de simple, hasta hace tres meses, momento en el que publicara Alguna vez yo también fui Madona, de Heriberto Soares solo se conocía su nombre y todo lo que en torno a su nombre otros habían dicho sobre él. No por nada se lo acusó a Heriberto Soares de querer ser el Thomas Pynchon argentino, el autor de El arco iris de gravedad, al cual nadie – ni siquiera su editor – nunca ha visto su cara y poco y nada se sabe sobre su biografía. Pero si bien se lo puede asociar al novelista norteamericano, también habría que reconocer que Heriberto Soares lo supera, ya que no sólo hace un misterio de su vida sino que produce una obra de la cual todos se siente obligados a discutir sin nunca él haber dado a imprenta una sola palabra. Claro que esto se entiende porque hace años vienen circulando en forma clandestina fotocopias de borradores y libros de ediciones piratas supuestamente de su autoría. Soares jamás reconoció o negó que esos libros y fotocopias con su nombre y apellido hubieran sido producto de su trabajo. Yo, que he adquirido varios libros piratas de Soares – dos en parque Centenario y uno en librería Hernández –, me inclino a pensar que fueron producto de gente que quiso lucrar con el nombre de este autor, ya que los tres libros que poseo están pésimamente escritos y con estilos tan disímiles que resulta imposible imaginar que sean el trabajo de una misma persona. También se ha dicho que Soares no existe o que es un personaje inventado y pergeñado por el novelista Fogwill, cuyo presupuesto sería traspapelar en la realidad a un personaje de ficción para lograr poder afirmar en el futuro que la Argentina desde Heriberto Soares en adelante es su novela más lograda y así llegar a ganar el Premio Nobel de literatura. Que Soares no existe es absurdo, pero si no fuera así, si cupiere una posibilidad de pensar en su inexistencia, todavía quedaría por resolver su obstinado silencio con el cual los negadores de su vida y obra no pueden dejar de dialogar. Se me ocurre que Soares extrae toda su fuerza y vitalidad del mito. Un mito que como tal, lo dice todo, puede significarlo todo, a condición de clausurar a cal y canto la puerta detrás de la cual escondería los fundamentos de su verdad, y, por ello, se ofrece como un don que en su gratuidad de darse otorga una encarnación a las palabras y las cosas y se la sustrae en cuanto se lo quiere aprehender racionalmente. Por todo esto a Soares no sólo se lo ha comparado con Pynchon, sino con Borges, Arlt, Puig, Aira, Laiseca, Beckett, he incluso con Balzac.

Se lo ha comparado con Borges por la precisión matemática de sus historias y por hacer de la irrealidad un equivalente siempre inquietante de la realidad. En cambio se lo ha asociado a Arlt por cierto imaginario técnico asfixiante y paranoico que altera y desquicia la lengua de sus personajes. Por su parte, de Puig se ha resaltado que recoge y lleva al extremo su imaginario pop. De Aira tomaría sus "vueltas" delirantes y de Laiseca, dejar que su escritura se contamine con la realidad delirante que toman las palabras en el autor de La hija de Kheops y Los Sorias. En cambio su raíz beckettiana estaría dada por cierta ausencia de acción que expresa el vacío de la existencia del hombre, condenado a la soledad, y quizás por esto mismo, a inventarse la ficción de un otro. Y de Balzac su voluntad demoledora y desbordada de querer hacer un panorama total del "apogeo" y "decadencia" de los sueños y pesadillas de una época.

Aunque parezca desmedido y hasta imposible hacer coincidir poéticas narrativas tan diferentes y en no pocos casos opuestas, los lectores de Soares han visto confluir y sintetizarse en su pluma todas ellas. Incluso se ha llegado a decir que la escritura de Soares es un aleph, el punto ínfimo del universo a partir del cual podría verse fluir y confluir la historia total de la literatura universal.

Claro que el silencio de Soares ha sido tan rico y productivo como despiadadas las batallas que se han generado en torno a él. Ya que así como se lo ha querido ver como un heredero de todos los escritores citados unas líneas más arriba, también se lo ha visto como una mera fantochada de críticos trasnochados de postmodernidad, o escritores cooptados para alimentar el mito de un producto que la industria necesitaría para revitalizar el mercado. Pero lo cierto es que Soares frente al revuelo que generaba el elaborado silencio artesanal que fue tejiendo con los años se limitó a mirar ese espectáculo desde afuera y trabajar en su obra monumental que ahora por fin ve la luz y frente a la cual todos caen rendidos sin acertar a decir una palabra certera sobre ella.

A continuación intentaré reponer algunas de las criticas – balbuceos los llamaría— que se le han hecho a Alguna vez yo también fui Madona—.

II

Probablemente una de las que mejor entendió los desafíos que nos ofrece la novela de Soares sea Josefina Ludmer cuando en la revista Pensamiento de los Confites dice acerca de la misma:

Alguna vez yo también fui Madona nos lleva a la incómoda sospecha de que estamos hoy en otra etapa de la historia de la nación, que es otra configuración del capitalismo y otra era de la historia de los imperios. Para imaginar las formas de la imaginación pública del presente (para hacer algo así como una historia crítica del presente que sería testimonio, documental, memoria y ficción) necesitamos un aparato diferente del que usábamos antes de 1990. Necesitamos otras nociones y categorías porque no solamente la novela de Soares parecería alertarnos que ha cambiado el mundo sino los moldes, géneros y especies en que se los dividía y diferenciaba. Estas formas nos ordenaban la realidad: definían identidades culturales y fundaban políticas y guerras."

Por su parte el notable narrador y crítico Martín Kohan tendría más reparos a la hora de leer a Soares:

"Mediante la constatación de su propio nombre (que de hecho se propuso, a partir de un momento dado, hacer funcionar como una marca) y de cierto aparato publicitario editorial, Heriberto Soares verifica los límites que hoy tendría una provocación a la Duchamp. Y en los límites de aquella provocación hace surgir su propia provocación. Es difícil establecer qué aspecto se ve más agredido por este ejercicio suyo de la causticidad fría: si la vanguardia (cuyas consignas lacerantes mudan hoy hacia la fórmula promocional, hacia el argumento de venta) o si el mercado (que está listo a comprar no sólo lo convencionalmente normalizado, sino también cualquier fantochada que adopte las formas exteriores del vanguardismo). Todo parece indicar que mediante un golpe doble Soares impacta en los dos a la vez: en la vanguardia (que se vende en el mercado) y en el mercado (que compra la aparente vanguardia); o quizás esté golpeando una sola vez, en un solo punto, pero en un punto donde la vanguardia y el mercado han dejado de funcionar como antagonistas."

Otra lectura sumamente sugestiva sería la que nos ofrece Nicolás Rosa, en la que explora un aspecto al que Kohan parece no poder o querer pensar:

"Pero también la novela de Soares es un ojo angustiado que mira y solo ve mirar las cosas que miran a los otros ojos que miran, la reflexión reflejada o irreflexible. Digamos que la función escópica en Soares es determinante, una verdadera escopofilia continuante renegada por las aurículas de la oreja que oye el caer de las vertientes como verdaderas cascadas del significante, el ojo que vectoriza y sectoriza los meandros del significante por alusión y por elisión, una verdadera orgía de las miradas sesgada por tropismos de succiones y exhalaciones, otro ritual de las murmuraciones. Orgasmos y angustia son los correlatos de la función fálica, el fondo consistente pero algodonoso de la proliferación. Heriberto Soares muestra la castración real en la multiplicación imaginaria de su retórica: el delirio de una evaporación fantasmática de la realidad. Ej.: "No" "

Como puede observarse hasta aquí la novela de Soares, por su complejidad y riqueza, admite múltiples estrategias y entradas de lectura que se confrontan entre sí buscando desentrañar algo que la novela pareciera querernos decir y que se resiste a ser formulado. Por su parte Sylvia Molloy escribe:

"Si por una parte esta combinación de lo personal y de lo comunitario restringe el análisis del yo en Alguna vez yo también fui Madona, tan a menudo asociada con la autobiografía, por otra parte tiene la ventaja de captar la tensión entre el yo y el otro, de fomentar la reflexión sobre el lugar fluctuante del sujeto dentro de su comunidad, de permitir que otras voces, además de la del yo, se oigan en el texto."

Jorge Panesi, quizás, siguiendo las huellas dejadas por la lectura de Molloy, lee la novela en clave autobiográfica:

""No."

Hay varios enigmas en esta cita de Alguna vez yo también fui Madona: uno de ellos lo plantea la palabra "No" respecto de la literatura; otro es la relación de la teoría filosófica con la autobiografía (sin contar con el injerto léxico de "fui" y de "Madona" en el título). La historia ha sido convocada a la cita: la literatura es un invento moderno, un fruto de la Ilustración habría que agregar, y que se caracteriza por la posibilidad de decirlo todo. De decirlo todo al precio de pagar un precio, el de que se la escuche como ficción, e incluso como la ficción de decirlo todo. ¿Qué otros géneros, entonces podrían cumplir mejor con este mandato democrático moderno ligado tanto a la verdad como a la subjetividad, sino la biografía, la confesión y el diario intimo? Y es lo que confiesa la novela de Soares con una economía estremecedora: "No." "

 

Beatriz Sarlo, siempre precisa y clara, apunta sus temibles dardos contra Alguna vez yo también fui Madona:

"Este es el problema con la novela de Soares: su novela queda en un más acá de la osadía, como si todo contenido transgresivo estuviera completamente extinguido en la actualidad. Una literatura al día de las diferencias quiere parecer desprejuiciada y burlarse de la "buena" literatura. Pero al ser tan correcta y previsible, representando lo que legitimó antes la televisión, pierde toda capacidad de escandalizar. Y probablemente toda capacidad de divertir. (...) El tedio de Alguna vez yo también fui Madona es inevitable, y de él sólo puede salvarnos la imaginación. En este sentido la novela de Soares recuerda algunas viejas novelas del realismo socialista, novelas donde los campesinos eran solo campesinos, los explotadores solo explotadores, la miseria y la injusticia sólo miseria he injusticia. Y todos hablaban exactamente como el narrador y su público pensaban que debían hablar campesinos y explotadores. El costumbrismo aburre, aun cuando las costumbres descriptas sean desconocidas por el lector. Al prescindir de una idea de composición de lenguajes, se recurre a dialectos socialmente caracterizados por una pobreza semántica que no ha sido tocada por el trabajo, como si se tratara del producto de un escritor haragán que pasó velozmente de su grabador o su libreta de notas a su novela. La mímesis fracasa porque termina devorada por su propio impulso de limitarse exactamente a la idea que el narrador y el lector tienen del lenguaje de los personajes. Como describir a los leones haciendo que la página se cubra de rugidos. Falta el mínimo (o, en algunas estéticas, máximo) desvío."

Alguien que le ha salido al cruce y pone fuertes reparos a la sofisticada lectura de Sarlo, es la socióloga María Pía López que ha confesado en el programa de mi amada Tía, la Gorda Quiroga:

"A mí la novela de Soares me gusto. Me hizo desternillar (sic) de risa."

Por su parte, Ariel Schettini, en una reciente entrevista titulada "Quiero un casamiento con todo", donde el crítico fue invitado por revista CARAS a las islas Seychelles para hacer una producción de fotos y hablar de su trabajo y su intimidad, en un momento es abordado por el periodista que le pregunta:

"— ¿Qué es lo que le parece tan fascinante de la novela del siglo (el periodista alude a Alguna vez...)?

 

—Mirá, me fascinó el ritmo tan realista que mantiene la novela de Heriberto Soares. El libro prácticamente te lo comés y no puedes dejar de leerlo. El aspecto que tiene de cacería, la manera en que te lleva de una clave a otra, es un libro donde participás. El lector toma parte en tratar de averiguar qué significa cada anagrama y qué puede probablemente significar cada clave. Luego, cuando no se muestra la solución, la gente se golpea la cabeza, y dice: "¡Vaya! ¿Por qué no me di cuenta de eso?" Creo que es una de las razones por las que se hizo tan popular. Heriberto Soares es...



—Un enigma.

—Así es. Todos estamos familiarizados con muchas de sus obras y ahí lo tenemos, este hombre de inteligencia impresionante, que puede escribir al revés con ambas manos. Creo que el título mismo, el simple hecho de que incluya a Madona, tiene mucho que ver con la atracción que tiene. Adoramos a Madona. Todo el mundo la quiere."

 

Con una mirada más académica y alejada del mundo de la frivolidad y la farándula a la que nos tiene acostumbrados Schettini, y festejando la aparición de la novela en cuestión, Daniel Link, escribió en su blog:

"Heriberto Soares responde bien a esa genealogía de escritores desclasificados (desnacionalizados, desclazados, huérfanos de cualquier otra patria que no sea la escritura) con los cuales se lo relaciona insistentemente (Rimbaud, Kafka, Pavese). Y es, además, testigo del derrumbe de la imaginación humanista, cuyos últimos vestigios se quemaron en los hornos de Auschwitz, y un extranjero respecto de las líneas directrices del modernismo (inscripto, como toda vanguardia que se precie de tal, en la imaginación dialéctica) respecto del cual su obra supone un salto adelante, muy adelante, a un territorio donde la literatura ya no será nunca lo que era, hacia un tiempo en lo que lo único que importa es la performance de lo literario (lo que se llama pop): "No." "

Sebastián Hernaiz al reseñar la novela el mes pasado para elinterpretador.net, tomando un dato biográfico de Soares, hace una lectura arriesgada y que generó toda clase de repercusiones en diversos blogs:

"De Heriberto Soares se sabe todo y nada. Y en ese ni en el que pareciera fluctuar todo lo que se puede pensar sobre Soares, surge un dato más que sugestivo: éste sería hijo del fruto de una noche de amor casual entre Juan Domingo Perón y Rita Hayworth. Si le concedemos por un momento credibilidad a dicho dato nos conduciría a una reflexión muy productiva respecto a su novela. Ya que la novela, siempre si este dato es cierto, se podría leer como una novela familiar, como los Buddenbrook de Thomas Mann, o que plantearía una relación conflictiva con sus "precursores" genéticos similar a la del personaje de El lamento de Portnoy de Philip Roth. Quiero decir, si Rita Haytworth fue su madre esto conectaría cierta área de la novela con Puig, con la primer novela de Puig: La traición de Rita Haytworth. Si se me concede esto, aquí estaría desplegado en todo su esplendor el imaginario pop de Puig que se evidenciaría en la novela de Soares ya desde el título, que confiesa haber sido "Madona". ¿Y quién si no Madona sería hoy uno de los exponentes más claros del pop? Pero también si Perón fuera su padre, esto esclarece otra zona de la novela, probablemente su zona nodal más dramática y lograda, cuando el personaje dice "No." Esas palabras qué otra cosa representarían sino cierto imaginario plebeyo que el peronismo – "su padre"— alentó y produjo, y que la novela recrea, reformula y sintetiza con maestría."

En una reciente mesa redonda que reunió a Tomás Abraham y al Ruso Verea bajo el titulo de "Filosofía y calidad de vida: Heriberto Soares entre la filosofía y lo real", el primero arriesgó:

"La realidad debe exceder el pensamiento y es fundamental que haya un más allá del hombre: un dios, un animal, y bueno, el prójimo. Tres instancias que, mientras subsistan, pareciera querer advertirnos Heriberto con su novela, nos permitirán que la realidad aún pueda ser llamada humana".

Por su parte el Ruso Verea aportó:

"Como un médico a la antigua usanza que se inocula el virus de sus pacientes, Soares cree necesaria una intoxicación voluntaria en el clima de época que implique un distanciamiento en cuanto a sus efectos narcóticos, uno de los cuales es olvidar que existe un vínculo entre la vida que llevamos y la capacidad de pensamiento que nos corresponde. No es de extrañar que, ante su retrato impiadoso, la mala eris aconseje quitarle al propio Soares legitimidad en el campo de la filosofía, desplazarlo a los dominios de extrañas y nuevas ciencias que parecen ser nada porque se atreven a hablar de todo, corriendo los riesgos de la vacuidad, pero conservando la osadía del élan."

Lo único que cabría agregar a las contundentes palabras del Ruso Verea sería que lo supone a Soares no un autor de ficciones sino un filósofo. Claro que la obra de Soares como los de Borges o Kafka – a la que muy acertadamente la liga Link – promueven una lectura filosófica, e incluso, se podría agregar que, allí donde la filosofía no encuentra qué decir aparecerían las obras de estos autores para socorrerla de sus flaquezas y extravíos; pero, sin embargo, hasta ahora nadie, como el Ruso Verea, había hablado de Soares como filósofo, lo cual nos lleva a hacernos una pregunta – pregunta que lamentablemente nadie en el auditorio el día de la mesa redonda hizo – : ¿el Ruso conoce a Heriberto Soares?, y más, ¿ha jugado a la pelota con él? Preguntas que hoy no tienen respuestas, como tantas – ya demasiadas – que nos ha formulado este autor tan singular. Tan singular como Macedonio Fernández, podríamos agregar sin temor, seguros de que el Ruso Verea aprobaría nuestras palabras.

Habría que mencionar también aquí las palabras de la crítica de espectáculos Catalina Dlugui que en TN, al referirse al estreno de la adaptación teatral de la obra de Soares vio como nadie la relación de éste con Beckett. Lamentablemente no tengo video casetera y no pude grabar sus palabras, pero intentaré ser fiel a lo que dijo reproduciendo lo que recuerdo. Catalina recordaba en su micro de reseñadora de espectáculos de TN que una tarde tomando el té con la (sic) Cerrato, ésta le contó que a Becket un día un linyera lo apuñaló en la calle. Días después, cuando salió del hospital fue a visitarlo a la cárcel a su agresor y le preguntó por qué lo había apuñalado y el linyera le respondió que no sabía los motivos. Lo cual lo llevó a Beckett a confirmar el sin sentido de la condición humana. Y concluye Catalina Dlugui que Alguna vez yo también fui Madona repone de forma brillante y terrible esta certeza beckettiana, llevando los recursos minimalistas del irlandés a su máxima expresión, para lograr que durante casi dos horas quedemos aferrados a la butaca, en transe, en una mezcla de éxtasis y horror, y salgamos de la sala reflexionando acerca de la condición humana. Reflexión después de la cual ya no podremos ver la vida de todos los días como antes de haber visto la obra de Soares adaptada y dirigida por Ricardo Bartis en el Teatro San Martín.

Como en esta columna nunca hemos despreciado los chimentos y como sospechamos que la teoría literaria si aun está viva es gracias a las palabras que circulan en los pasillos de Puan, contaré que una tarde Graciela Speranza se cruzó con la gorda Derrida en el segundo piso de esta casa de altos estudios y se pusieron a charlar. La gorda Derrida con su verborragia usual, empezó a contarle que estaba loca leyendo la novela de Soares y Speranza empezó a formularle preguntas acerca de la novela, hasta que se descompuso y arrojando al piso los papeles y libros que llevaba, empezó a gritar: ¡NO, NO, NO! ¡PUIG ES MÍO, ES MÍO, MÍO SOLA! ¡AAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH! Y luego se arrojó como poseída por un demonio escaleras abajo y desde entonces – hace ya un mes – no se la ha vuelto a ver por la facultad.

El bibliotecario Lito Cruz, con más templanza y serenidad, para enfrentar los embates y rigor que exige esta obra, reflexionó:

"Ya desde el título mismo, Alguna vez yo también fui Madona, Soares pareciera querernos convencer de que frente a la idea de que todo colectivo cultural tiene un origen discernible en una voluntad de dominio, se yergue la idea de que la memoria no es la actualización astuta de un invento sino la omisión inevitable de un daño, de un horror sospechado o de un suceso desconocido."

Por su parte el crítico rosarino Alberto Giordano en su ensayo "Heriberto Soares, la conversación a que le garúa finito" pereciera querernos advertir sobre la farsa que sería pretender escuchar en la obra de Soares algo más que un inútil ejercicio que no tendría más alcances ni consecuencias que pretender sentarse a ver televisión y divertirse un rato, pero no deja la cuestión ahí y arremete:

"La voz de Alguna vez yo también fui Madona es nada más que un artificio de voz que muestra claramente la intención de imponer un discurso único, de impedir la pluralidad de ideas. Si se analiza los modos de realización de la representación de una voz que solo puede ser convencional y no la presentificación de un modo de decir estereotipado, esta voz que carece de toda aparición de ambigüedad radical, ¿a qué ideología adhiere? Porque cuando se detenta en una literatura el privilegio de ser la emisora de todos los mensajes y se obliga a los otros a ser receptores pasivos y mudos, ¿no se está perpetuando los restos sedimentados de una cultura de masas enajenada por la caja boba?"

Como pudo leerse hasta aquí la discusión en torno a la figura y obra de Soares está abierta y los alcances que tendrá en el futuro son impensables. Sencillamente, según mi tesis, porque Soares lo que plantea con su vida y su obra es la pregunta por el hombre, una pregunta que desde la antigua Grecia hasta el postmodernismo ha conmovido al pensamiento por su imposible resolución. Pero si esta pregunta siempre ha existido, se me podría recusar, a lo que yo respondería, sí, pero lo notable es que Soares ha logrado el prodigio de reformularla y de arrojárnosla a nosotros, sus contemporáneos, con toda su carga de presagios oscuros y días felices.

III

Para terminar, reproduciré la novela en su totalidad, violando todo derecho de autor – ¡¿acaso ya no lo dijo Mallarmé: nadie puede ser considerado autor o "creador" de una obra de arte?!–, pero con la seguridad que los lectores me agradecerán este gesto, y, por qué no, Soares, que ha hecho de la figura de autor y de su obra, un signo vacío, para que quien quiera lo llene con sus pobres o ilimitados deseos.

 

Elsa Kalish

 

                                HERIBERTO SOARES
                                          ALGUNA VEZ YO TAMBIEN
                                                        FUI MADONA
NO.

 

NOTAS

(*)Las personas o instituciones citadas en este texto, como lo que se opina sobre ellas, debe ser entendido en el contexto de una operación masturbatoria propia de una chica de Letras. Buscar en esta operación –palabra que, como dice Jorge Panesi, no hay chica de Letras y aledaños que no le guste hacer proliferar– agravios gratuitos sería un despropósito, ya que lo único a lo que se aspira al efectuarla es a encontrar el placer –¿o el goce?– de hablar mal del prójimo para acabar en el texto y sus voces.

 

 
 
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Elsa Kalish

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Imágenes de ilustración:

Margen inferior: Caricaturas y Ruslan Vashkevich, obra.