Mamá
era mala. Siempre mala. Se esforzó por enseñarme a odiarla
y a odiarme y eso fue algo que llegué a hacer sintiendo un placer
exquisito.
Papá
era bueno, o lo fue, hasta que dejó de serlo. Silencioso e inmutable,
sólo se limitaba a observar lo que pasaba. Hasta que un día
entendí que no era una cuestión de bondad, sino un acto
de terrible cobardía. Un pacto silencioso entre los dos me tenía
de exclusiva víctima. Y yo sufría. Era mi función
en esa casa, donde era el único hijo. Y una casa -a esa altura
y para un hijo- es algo tan grande como un único mundo.
Primero
víctima de mamá, de sus injusticias, de sus arranques
paranoicos y violentos cuando me acusaba de haber sido el causante de
su infelicidad con su marido. Yo no había hecho nada más
que nacer, salir de su vientre maldito.
Papá
me tenía guardada una sorpresa que me iba a cambiar la vida y
anular lo ínfimo de bueno que pudiera llegar a tener mi triste
niñez. Él empezó a tocarme una tarde cálida
de verano, cuando yo tenía sólo cuatro años. En
el parque, sentado a upa con sólo un shortsito liviano puesto,
de pronto sentí que se movía y ponía un gesto raro
en su mirada. Su bulto estaba duro y yo no entendía nada, entonces
me tiró al piso y ahí vi su pantalón mojado. Él
me hacía pis encima desde que yo tenía uso de razón,
y en ese momento me pareció normal ver éso. Es más,
me sentí felizmente identificado. Me miró con odio y se
metió adentro. Me había empezado a odiar él también
ese DÍA (más que mi madre) pero con la única diferencia
de que planeaba tomarse la venganza por mi nacimiento de una manera
más personal y carnal, una manera que iba a ir creciendo obsesivamente
con el tiempo.
Cómo
iba a entender yo. Pensaba que, como demostración de amor y respeto,
tenía que ceder ante ese abuso. Y el dolor seguía. Profundo.
Secreto. No tenía amigos. Me tenían prácticamente
encerrado. De casa al colegio. Y cuando llegaba el momento de quedarme
sólo con él temblaba como una hoja y sentía el
deseo irrefrenable de matarlo con mis propias manos en ese mismo momento
para que dejara de hacer éso.
Cumplí
doce años. Tenía problemas para relacionarme con los demás
chicos y ya estaba tildado de marica en el colegio. Yo odiaba el colegio
y el colegio me odiaba a mí. Todo era odio y yo no había
echo nada más que sufrir en silencio.
No
aguanté más. Esa tarde llego mamá de la casa de
una vecina y llorando a mares le conté todo. Me miró con
odio -con más odio que nunca- y me dijo que no abriera la boca
nunca en la vida, que no se me ocurriera hablar de éso, que era
un hijo de puta sin remedio:
-Un
demonio hubiera sido mejor parir… un demonio… tenés el diablo
en el cuerpo… que no te mato mirá… que te cortaría la
lengua, pendejo…
Me
dio una cachetada certera en el medio de la boca y me partió
el labio. No conforme con eso, cuando me fui corriendo a llorar a mi
cuarto, me corrió… me partió el palo de la escoba en la
columna sin miramientos y me arrastró hasta el borde de mi cama
dejándome ensangrentado en la alfombra. Me señaló
desde la puerta sentenciándome:
-Y
de ahí no salís pedazo de mierda, vas a aprender a seguir
mintiendo…
Cerro
la puerta con llave, me dejo adentro. Alma sola. Quieta. En silencio.
No
se a qué hora me dormí pero me desperté en el hospital
con la luz del sol, con el canto de los pajaritos que se escuchaban
mejor a la hora de la siesta, cuando el mundo está en silencio.
Me sentí liberado. Estaba solo por fin, sin miedo. Entró
el médico y me acarició la cabeza:
-Vas
a estar mejor… tenés que mejorarte para que sepamos quién
te hizo esto. Lo miré con los ojos inyectados en lágrimas
pero mantuve silencio.
-Tu
madre te encontró en el patio de adelante… desmayado… de los
golpes perdiste el conocimiento.
Mi madre me encontró. En su vientre me encontró. Y desde
ese DÍA me castigó, me sentenció e hizo todo lo
posible para hacerme sentir muerto. Supe que no había nada más
que hacer. Que tenía que escapar de todo eso. Mi madre entró
envuelta en lagrimas, se acercó a la cama, me abrazó y,
mirando al médico, me apretó fuerte la espalda justo donde
me había pegado. Esa noche no dormí, agarré mis
cosas y escapé sin saber qué hacer ni a dónde ir.
Nunca dieron conmigo, porque nadie me buscó, por supuesto. La
cosa cambió. Y cambié yo.
Una
puta en la estación de Caballito donde me había quedado
dormido me llevó a su casa. Hoy todavía siento que ella
fue mi madre. La que nunca tuve. En la casa se vivía en paz y
con mucho silencio, pero era una mujer cariñosa y me trataba
como si fuera su hijo o un nieto. No sabía nada de ella y ella
nada de mí. No había espacio para las preguntas, era como
si ella supiera que no tenía ni pasado ni futuro y que cada hora
que pasaba era un bendito resto que Dios le daba a cambio de sufrir
un poco menos. A veces teníamos comida y a veces no, pero siempre
era dulce y buena y prefería pasar hambre de comida y no el hambre
desesperado de alma que me hacían pasar en casa, aún teniendo
el estómago bien lleno.
Una
noche en que ella llegó con un tipo al cuartucho desvencijado
en donde dormíamos, me quedé en un rincón en silencio
y me excité. Ya había pasado casi un año. Cuando
ella se quedó dormida miré al tipo de reojo y él
me vio mirarlo con la pija dura en su mano. Se dio cuenta de que estaba
excitado y se vino al revoltijo de frazadas donde yo estaba durmiendo.
Me cogió. Y desde ese DÍA, supe que lo que quería
era éso, que me cogieran por el culo con una mezcla de placer
descontrolado y odio inmenso. Al terminar sentí asco. Cada vez
que me la metían me revolvía de placer, pero al final…me
levantaba y seguía con mis cosas como si no hubiera pasado nada.
Nunca hablamos del tema de mi homosexualidad con María pero todo
se sabía, y así como mi padre y mi madre en su momento
hicieron su pacto de silencio, también nosotros hicimos el nuestro.
-Naciste
en el cuerpo equivocado m`hijo… son cosas de Dios… viste.. Quién
va a querer que pase éso.. si no…
Tenía razón y eso me hizo elegir otros caminos. Nació
Sandra. La que soy hoy. Empezar de jovencita me ayudó, muchos
tipos se mueren por los menores y yo aprovechaba la situación.
Hice guita. Y pude devolverle a María todo lo que hizo por mí
hasta que murió, sin tener que preocuparse por la comida o los
remedios. Tengo dos departamentos, coche, un privado y algo más.
Ahora el culo no lo pongo yo por guita, un grupo de putitos jóvenes
trabajan para mí. La vida es un círculo siniestro…
Mañana
cumplo 33, la edad de Cristo. Pero no pienso morir clavada, estar clavada
es todo lo contrario para mí, es sentir que estoy viva.
Pero
nada es gratuito en la vida. Estoy embichada. Ese odio a mí misma
que nunca se me fue me hizo arrastrarme por la vida como una serpiente
promiscua picando al que se me antojara en una catarata de venganza
sin medida. De todos modos, me defiendo con un cóctel de valentía
y medicamentos. Pero queda un solo motivo de venganza y es el que me
interesa.
Guardo
el mejor veneno para su cuerpo. Un veneno para que se pudra como hizo
que se pudriera el mío por dentro para toda la vida. Sé
dónde está. Ya sé dónde está. Y gracias
a mi afición a la cirugía estética, ya no soy lo
que era. Le gusto. Sigue igual de perverso. Me mira con ojos desorbitados
de lujuria, sin reconocerme. Yo juego a la prostituta cuando el sale
del trabajo y le jugueteo en la esquina. Está muy viejo. Nunca
tiene plata. Lo dejo caliente, ya no me siento dominada ni obligada
a ser objeto de su placer. Lo miro y cuando se me acerca y me respira
me da asco su aliento. Pero mañana... mañana cuando salga
del trabajo va a firmar su sentencia de muerte. Estoy podrida, él
está viejo, y ese cuerpo no resiste el bicho que me habita. Mamá
ya no está, no hay quién lo cuide.
Mañana,
lo sé, al atardecer, como en esas tardes que bañaban de
perversión los rayos del sol en el patio hace ya mucho tiempo,
me va a estar esperando. Pero yo lo voy a estar esperando más
a él. Y sé que después va a venir la nada. Pero
qué importa…me pienso morir llena…pero muy llena…con el corazón
contento.
Agosto
2005
Naty
Menstrual