En
los últimos diez años se ha generado un cambio en el mundo
editorial: Empiezan a primar libros dedicados a mujeres. No, no nos
referimos a libros para el cuidado de belleza o a melodramones tipo
Corín Tellado. Es una nueva narrativa escrita por mujeres y para
mujeres, desmarcada de la vieja prédica feminista y muy distante
de las corrientes literarias habituales. Desde Lucía Etxebarría
y sus novelas de mujeres deprimidas y despertares sexuales hasta Espido
Freire y sus historias sobre sagas femeninas o anorexia, pasando por
la pluma eróticamente empalagosa de Antonio Gala; la nueva literatura
tiene otro cuerpo, otros lectores y otra manera de crearse.
El
eje de toda esta nueva producción literaria está en la
aparición de un nuevo tipo de consumidor : Es mujer, sobrepasa
los treinta años con largueza, es profesional, económicamente
independiente, bastante informada y con un estado civil rayano entre
la separación y el divorcio. Una mujer producto de los cambios
sociales de último cuarto de siglo y que dista de la mujer liberada
y dueña entusiasta de su cuerpo que pronosticaba la revolución
sexual de los años sesenta. Más bien hablamos de una profesional
amargada y consumista. En Europa y Estados Unidos las podemos contar
por millones y se han convertido en un mercado ya objeto de todas las
editoriales. Incluso la televisión se ha enterado de este estrato
y ha producido joyas del género como Ally McBeal o Sex
and the city, que hablan de los traumas habituales del tipo de mujeres
que nos estamos refiriendo.
La
producción literaria no destaca precisamente por su narrativa
experimental, su compromiso político o su manejo innovador del
lenguaje (medallas propias de los grandes escritores contemporáneos
como Paul Auster, Lobo Antunes o incluso un sobreviviente Carlos
Fuentes) más bien son narraciones lineales, ausentes de marcos
políticos o históricos, de vocabulario sencillo y lleno
de profundas reflexiones sobre la propia intimidad.
Intimidad.
Ése es el asunto. Es una literatura que habla de los problemas
cotidianos de las mujeres pero desde la perspectiva (irónica
o amarga) de las mujeres. Los escritores hombres han dibujado hermosos
retratos de mujeres (Ahí están la Emma Bovary de Flaubert,
la Nora Helmer de Ibsen, la Pelaguéia Nílovna de Gorki)
pero parece que nadie se ha encargado de la mujer de a pie, de la de
todos los días. Cosas como enfrentar un día de vértigo
teniendo la regla o interrogarse sobre su futuro siendo una mujer cuarentona,
sola y algo fea. De esos asuntos menudos se encargan las actuales escritoras
y algunos artistas homosexuales (como el ya citado Gala o el caso del
cineasta Pedro Almodóvar y su oscarizada Todo sobre mi
madre).
La
imagen de la mujer también ha ido cambiando en esas páginas.
Ya no vemos ni a la leona comehombres ni a la niñita bonita de
las telenovelas. Sus mujeres son contradictorias, gozan de mala uva,
tienen flojera, desprecian cualquier construcción teórica
sobre sus problemas, llegan al cinismo. Además son mujeres que
fuman cajetillas enteras, se drogan pero no les gusta el trago, comen
mal y hacen patéticos esfuerzos para bajar de peso o mejorar
su autoestima personal. Cocinan pésimo y lo suyo no es la aguja
y el hilo. A nadie le apetece casarse con estos personajes y más
o menos ése es el tema principal de la producción literaria
que abordamos.
Que
las escritoras suelen crear una imagen negativa del macho ya es historia
vieja, pero lo nuevo es que los hombres que aparecen en los relatos
no son necesariamente repulsivos. Lo repetimos, adiós a los antiguos
modelos feministas : Aquí el hombre aparece apetitoso, algo
imbécil pero lleno de atributos que hacen que a la propia autora
de la novela se le caiga la baba, incluso encontramos a varones seguros
de sí mismos, que hacen trampas, pero rabiosamente irresistibles.
Y esa es otra imagen nueva. La mujer subyugada por un tipo que rebosa
simpatía e inteligencia, aunque proclive a las canalladas. Buena
parte de la mitología del metrosexualismo (varones hermosos
e inteligentes, viriles pero sensibles, fanáticos del sexo anal
pero buenos cocineros y escanciadores de vino, que saben seducir y saben
escuchar...y no sigo con esa sarta de sublimaciones disparatadas) se
debe a esta nueva literatura femenina. Más que la denuncia del
mono desnudo, lo que hay es una introspección de las debilidades
y vacíos del carácter femenino, llegando incluso a reírse
cruelmente de sí misma.
Visto
el arsenal temático no es de extrañar que las escritoras
de hoy no sean necesariamente amantes de la literatura o la filología,
y más bien próximas a las artes (y a las ciencias) de
la comunicación. Helen Fielding, la autora de Los Diarios
de Bridget Jones (novela, película y banda musical de aplastante
éxito mundial) es una periodista de la BBC. Melissa Banks, autora
de una novela de renombre con el sugestivo título de Manual
de caza y pesca para chicas es publicista y el propio libro fue
casi una operación de márketing. Carmen Posadas, que ha
ganado incluso premios literarios, ha sido modelo de pasarela y guionista
de TV, amén de ser conspicua integrante de la jet-set española.
Elvira Lindo, novelista tras su matrimonio con el sufrido escritor español
Muñoz Molina, empezó de locutora radiofónica. Las
ya citadas Etxebarría y Espido Freire tienen formación
literaria, pero eso no ha sido óbice para que se lancen a escribir
libros de pseudosociología o redacten en los periódicos
opinando sobre todo. El tirón es tan fuerte que ha tentado a
Marina Castaño (viuda feliz de Camilo José Cela) y a Ana
Botella (esposa del ex-presidente José María Aznar) a
lanzarse al mercado editorial con sendas mediocridades en forma de libros.
Lindando
con la propia desvergüenza, tenemos el caso de Ana Rosa Quintana,
conocida presentadora de la televisión española, quien
se hizo famosa publicando un best-seller avalado por una editorial del
prestigio y calibre de Planeta...aunque luego se descubrió que
esa novela más o menos fue escrita por un "negro" (un
escribidor sin nombre y a sueldo para componer una narración
que luego firma quien la paga) y bien nutrida de plagios de otras novelas.
En todo caso el escándalo evidenció la preocupación
de las editoriales por un estrato social que compra y lee, aunque no
sea exigente en integridad artística y en calidad literaria.
Pero
no todo son malas noticias. En la onda de este género que algún
académico ha tachado despectivamente como "literatura para
menopáusicas" también hay agradables sorpresas. Desde
Rusia aparece Alexandra Marínina, escritora de más de
una veintena de novelas policiales de éxito internacional, las
mismas que han hecho famosa a la protagonista: la comandante Anastasia
Kaménskaya, cuyo perfil es sintomático: treintona, soltera
pero con un eterno novio, que lleva mal el cuasidivorcio de sus padres,
perezosa, empedernida fumadora y bebedora de café, de físico
corriente, torpe con las armas, de fría inteligencia y propensa
a enfermedades cardiovasculares. Una auténtica antiheroína
de la cual se ha enamorado hasta un servidor.
(Algunos
escritores hombres, presionados por los editores, ávidos de ganar
dinero y un quizá un poco envidiosos; han seguido la moda. Dicen
las malas lenguas que Vargas Llosa también se ha fijado en ese
mercado y para ellas fue su irregular Los cuadernos de Don Rigoberto,
vendido en España como un manual de fantasías sexuales
para la tercera edad).
żDurará
mucho la moda ? żO, más que moda, estamos hablando ya de
un género literario ? En todo caso es de agradecer que este
nuevo sector social compre libros y le de un renovado impulso a la industria
de las letras. Ojo, no es descabellado que ellas terminen siendo
el principal soporte de la narrativa del futuro y dictaminen su evolución
estética. Y es que en pleno siglo XXI, cuando en todas partes
se pronostica la muerte del libro frente al imperio multimedia de la
nuevas tecnologías ; surgen fenómenos sociales y
editoriales que dicen lo contrario. Y si no, ahí están
los millones de niños capaces de leerse las 600 páginas
de las aventuras de Harry Potter... Otro sector social en alza -los
llamados geen- que, como se ha visto, están relanzando
la narrativa infantil y potenciando literaturas antes consumidas por
lectores de mayor edad (nos referimos a la saga de Tolkien, por ejemplo).
Fenómenos que, seamos sinceros, tienen que ver con el empuje
del entorno audiovisual que es la literatura en el mundo de hoy.
A nuevos sujetos, nuevos medios. Y más que un arte para menopáusicas
o una subliteratura comercial, lo que contemplamos es una nueva manera
de consumir bienes culturales. Nos guste o no.
Javier
Garvich Rebatta