Pero
en la carrera, con pesada mano,
el destino me agarró del pelo.
Marina
Tsvetáieva
Primera
parte
1
Una
noche caliente acudió a la fiesta de aniversario de un músico
en un predio abierto, ya campo, en las afueras. Desde el enclave, relativamente
elevado, se divisaban macizos de cañabrava, laderas verdes, la
cuña lunar, un cielo picoteado de luceros. Antes que nada, en
primer plano, había un árbol de magnolias: iluminaba el
oscuro con una dentadura muy blanca, córneas de ojos muy blancas,
espuma de olas resplandeciente de noctilucas. Al retirarse, cumplido
el plazo del festejo, bajo el tema "De vuelta de los muertos",
quitó el candado y abrió el portón. Lentamente
la camioneta, su nueva fiel servidora, giró frente al árbol
de magnolias en dirección a la salida. Las ruedas resbalaron
sobre el balasto hasta que el vehículo, coleando un poco, se
alejó, delante de una nube de polvillo.
Sobre la avenida
principal, en el centro, ya de madrugada, compró una rosa a un
chico sin dientes que le sonrió. Le quedó en la retina
una gota plateada del árbol de magnolias. Le parecía divisar,
en cada esquina, a lo lejos, por calles que desembocaban en el estuario,
un copo flotante de espuma blanca. Hasta que percibió el bulto.
Alguien, Don Quién, caminaba en el mismo sentido que el vehículo.
Captó primero la espalda: una cortina de pelo fuliginoso fulguraba
bajo el alumbrado. Cargaba una mochila negra. ¿Dónde terminaba
la crin? ¿Dónde empezaba la mochila? La crin semoviente aminoró
la marcha. Tomás frenó para avizorar el hocico entre las
greñas. ¿Se trataba de una hembra? Imposible decirlo. El caminante
torció en una esquina. El coche dobló tras él.
Estacionó
en la vereda de enfrente. A causa de cierto desembarazo en la marcha
del desconocido, decidió que era varón. Cruzó frente
al coche y volvió la cabeza. El chofer saludó con una
venia. El anómalo bajó a la calzada, se acercó.
Sonreía. Se reía. Gritó dos veces:
–¡No soy una
mina!
No soy una mina.
Se definía por lo que no era.
–Ya lo sé.
Se había
dado cuenta en el momento mismo. El zangolotino paró cabe la
ventanilla. Cambió de postura, soltó una frase.
Tenía
que retenerlo a como diere lugar. Lo invitó a subir, cosa que
el otro hizo, con una sonrisa maravillada; se acomodó en el asiento,
ubicando la mochila entre las piernas.
–¿El auto es
tuyo?
La pregunta
le pareció no sólo abrupta, sino extrañamente descolocada,
como si el vehículo fuera más importante que su persona.
Craso, directo, el desconocido ponía en evidencia una escala
de intereses. Pero a la vez le brindaba un pretexto para hablar, de
modo que le siguió la corriente.
–Sí.
–Por la manera
en que contestaste pienso que debe ser tuyo. Los que usan el auto de
papá responden de otro modo. Son demasiado enfáticos al
asegurar que son los dueños.
Sobrepasado
el primer punto del examen, continuó:
–Mirame, para
que te vea bien. ¡Ah! Tenés cara de bueno. Debés ser buenísimo.
Habría
preferido otro calificativo. Es posible aprovecharse de los buenos.
Los buenos no resultan perturbadores. "No soy una mina", en
cambio, sí lo era. Bamboleaba las crines, que se detuvieron un
instante.
–¿Llevás
una motosierra en la mochila? –retrucó el chofer, intentando
robar el control de las preguntas.
–Sólo
traigo ropa.
Abrió
el bolso, como si estuviera frente a un oficial de aduanas. Tomás
desdeñó revisar el contenido.
–Pasé
dos días en casa de un loco. Nos peleamos y me llevé mis
cosas.
Era de Colón,
un barrio lejano. Lo invitó a dar un giro.
–No, gracias.
Quedé en encontrarme con unos conocidos en un bar.
–Te puedo acercar
adonde vayas.
–No, no vale
la pena.
La actitud del
reyuno no era naranjas de la China. Era sólo lo que era: seductora,
indolente. Tal vez estaba cansado. Tal vez quería posponer la
aventura para incrementar el deseo de Tommy. ¿Cómo cazar esa
paloma de camisilla blanca? Juli, Julián, Juliano, así
se llamaba. Sonrió; los dientes del "apóstata"
brillaron cuajados en la boca. Una magnolia ahogada. La cifra del verano.
Podía
pasarle el teléfono: esperar sentado a que lo llamase. Sentado,
en efecto; previó el ansia torturante, el acecho enloquecido
de un campanillazo, que sonaría o no sonaría, el salto
del corazón cada vez al descolgar, el desencanto al oír
el saludo de un pelmazo, no la voz esperada; y todo esto sin término,
por días y días. Ni siquiera traía un lápiz;
debería por tanto confiar en la memoria del otro. No, de ningún
modo; para asegurar la comunicación necesitaba el número
de la blancura alucinatoria.
–Quisiera verte
en otro momento. ¿Puedo llamarte?
–Tengo teléfono.
Pero no me gusta darlo a quien no conozco. Mi madre atiende, se preocupa.
Se lo di a un tarado que me llama todo el tiempo.
–No soy un plomo,
no soy un delirante. Ya viste que tengo cara de bueno. Tu madre no tendrá
quejas de mí.
La paloma vaciló;
tal vez hubiera pensado en las mismas cosas. Al fin produjo la cifra
mágica. El chofer la grabó en la mente a fuego, como una
marca sobre los cuartos de una vaca; la pelota estaba en sus manos;
podía llamarlo cuando se le ocurriese. (Curiosamente, no se le
ocurrió pensar que el número fuese falso.)
Tras algún
circunloquio, el "apóstata" dio a entender que su destino
presente era la discoteca de entendidos a la vuelta de la esquina.
–Justo allí
voy también yo.
Era verdad;
a falta de algo mejor, planeaba caer por esa disco; por lo tanto entraron
juntos. El chaval le pidió unas monedas para depositar la mochila
en ropería.
Si Tomás
tuvo alguna esperanza de ablandarlo en el bailongo a causa del trago,
no hubo trago: el otro no aceptó invitaciones. Desapareció
presto entre la gente, que era mucha; en noche de domingo sólo
cobraban la consumición. Para olvidarlo, al menos por esa velada,
dedicó notable energía a conocer a algunos que le despertaron
un interés mediocre. Topó de nuevo a "No soy una
mina"; intercambiaron dos o tres frases. Su dentadura, bajo la
luz negra, brillaba fosforescente. Se moría de ganas de hablar
con él, pero éste volvió a apartarse.
Cuando se dio
vuelta, después de seguirlo con los ojos, descubrió, frente
por frente, a alguien que hasta entonces no había visto; era
espigado, parecía una chica tímida; le recordó
a la hija del agregado cultural de la Embajada de Brasil, una muchacha
a quien había conocido de adolescente; ella se había enamorado
de él, persiguiéndolo con furia. Ahora la flaca brasilera
remontó el cauce de su mirada, se volvió a un costado,
a fin de depositar la copa vacía sobre la repisa. Tomás
aprovechó ese interludio para acercarse; se presentaron. Le llamó
la atención el modo extraño en que el guacho colocaba
la voz, que recordaba el graznido de un pájaro. Cada vez que
él decía una frase, Miss Brasil quedaba prendada de sus
labios; sí: era sordo; no, como dicen, "tapia", porque
algo oía. No tardó en presentarle al núcleo de
sus conocidos, todos más sordos que él; se comunicaban
por señas. No obstante bailaban con desenvoltura; oían
con la membrana de todo el cuerpo, explicó José –que así
se llamaba el falso brasilero de ojos verdes.
Al fin de la
noche "se repartía el pescado"; invitó a José
a tomar un trago en otro bar. Todos los locales estaban cerrados, por
lo que compraron una botella en un veinticuatro horas y enfilaron para
la casa. Mientras conducía –entraban a la Rambla– Miss Brasil
le puso una mano en el muslo.
–Tengo mucho
para contarte acerca de mi vida.
Se refugiaron
en el domicilio del chofer. Esperaba, respirando el aire lento.
–Cuéntame
tu vida –entrompó los labios, para que el sordo comprendiera.
Con una sonrisa
deslumbrada, en el espejismo de la hora y el alcohol, la melena crespa
a lo largo de la espalda hasta el coxis, José se veía
enormemente atractivo. Al poco rato habían olvidado las solemnidades;
se tiraban uno a otro los almohadones del sofá, saltaban y se
cruzaban, empujándose hasta hacerse caer; caían, se revolcaban.
Despatarrados,
sudando, ajustaron los cuerpos uno encima del otro. Frotó las
corvas, el tórax fibroso, las larguísimas piernas futboleras,
la ajorca que llevaba José en un tobillo.
Dos días
más tarde, ya con el sol alto, repuesto, en plena posesión
de su energía, estuvo en condiciones de pulsar el teléfono.
De no haberse agotado en una drástica gimnasia con Miss Brasil,
no habría resistido dilatar la llamada tanto. No obsta; la espera
fue un acierto.
–Creí
que no ibas a llamar –dijo Julián.
Fingido o real
en su urgencia, el reclamo, desde el otro extremo, denotaba una disposición
a reunirse. Combinaron para verse esa misma noche en el cruce de dos
avenidas céntricas.
La crin centelleante,
líquida, de un azul intenso, caía sobre el jeans blanco,
otra magnolia; en el principio del bochorno, la silueta se exponía
en la esquina como una bandera del vicio; un camión de negros
lascivos, a la izquierda, remontaba con pesadez la calzada de alquitrán;
¿llegarían antes que él? ¿Era posible que el avechucho
no hubiera soliviantado ya un motín? De haber arribado un poco
más tarde, ¿lo habría encontrado todavía peripuesto
en la parada?
Fueron al apartamento.
Al trepar los escalones, el lustroso alzó los hombros, hizo la
segunda de sus preguntas financieras:
–¿Esta casa es
tuya?
–No. Es alquilada.
Tales cuestiones
eran signos de advertencia; tuvo cuidado de esconder las llaves y la
billetera.
Como en la disco,
el rapaz rehusó un trago.
–Mi padre es
borracho; mi padrastro también. Cuando toman, se ponen violentos;
no quiero parecerme a ellos, ni repetir lo que ellos hacen, ni quedar
mal.
Sólo
tenerlo cerca, percibir el soplo sin alcohol, lo incendiaba.
Después
que se revolcaron, el galán no duró mucho tiempo entre
las sombras retintas de la cama. Tampoco reclamó dinero.
A partir de
entonces nuestro protagonista alternó la incitación ingenua
y astuta de elegir creencia entre dos muchachos; se apoyaba en el semisordo
para apaciguar el entusiasmo hacia Julián.
Con el semisordo
no tenía contemplaciones. Un día se retrasó. No
tuvo la paciencia de esperarlo. A su regreso encontró bajo la
puerta un mensaje que había escrito con un cortaplumas sobre
la hoja de un agave arrancada al jardín vecino.
Julián
le hacía visitas cortas de dentista –dos horas a lo sumo– en
horarios que implicaban una agenda nutrida. Paulatinamente las cosas
cambiaron. Empezó a venir a última hora y a permanecer
más tiempo, hasta que otra vez –tumbado por el porro– se quedó
a dormir. Pero me adelanto.
Una tarde, en
la época en que todavía venía temprano –serían
las siete– dijo que tenía que estar a las nueve en la playa.
–¿Por qué?
–Es la fiesta
de Iemanjá; quedé en encontrarme con unos conocidos para
hacer las ofrendas; ya compré el barquito de tergopol y las velas
que hay que encender; tengo todo aquí, en la mochila. Sólo
me faltó comprar los merengues porque no me alcanzaba el dinero.
–Si no te molesta,
yo me encargo de los merengues. Y te acerco en el coche.
Según
el calendario, la fiesta se celebraba al día siguiente, el dos
de febrero; pero algunos preferían festejar por anticipado, para
evitar la aglomeración en la playa y los empujones que estorbasen
la ceremonia y perjudicasen el fervor.
Al compartir
las devociones del muchacho, lo sostenía "con ambas manos",
impelido por una sensibilidad divertida y encantada; y esperaba, bien
criado y hasta demasiado bien criado, conocerlo mejor y meterse con
discreción en su vida.
En la playa
se reunieron con otros tres. El chofer reconoció a uno; era suave,
bajo, de manos diminutas; para realzar su figura usaba, cuando salía
de noche, zapatos de plataforma. Tomás había conversado
con él dos meses antes en una disco; lo había invitado
con un vaso, sin apartar la vista de sus ojos, que permanecieron vacíos.
Obtuvo, con todo, su teléfono, pero por una razón u otra
dejó pasar los días sin llamarlo; cuando lo llamó,
mucho después, y lo invitó a salir, el "suave"
se excusó ("Cualquier noche menos hoy") pretextando
que ya había marcado una cita con su novio estable.
Esa misma velada
lo cruzó en el centro; caminaba acompañado por quien dedujo
sería la dichosa pareja. Los dos jóvenes triscaban el
paso en animada conversación; el compañero reía
y agitaba la testa con vivacidad. Supo ahí y entonces que ese
momentáneo rival le atraía más que el garzón
a quien había telefoneado. Pero los jovenetos pasaron sin verlo;
se volvió, con todo, para echar una última ojeada. Clavó
los ojos en la vibrante crin del novio, que desaparecía rauda
entre el gentío.
"¡Hay que
morirse!" En la playa, al verlos juntos, se dio cuenta de que aquella
crin era la de... ¡Julián! ¿Cómo no lo había reconocido?
Sin que tuviera conciencia de que fueran una pareja, ¡había interceptado
a ambos por separado! "Puedo elegir." Había logrado
a uno; comparado con Julio, el otro desmerecía. Lo saludó,
aunque no encontró más palabra que oponer; obviamente,
los muchachos continuaban viéndose entre ellos.
Le fue presentado
el pai de santo; era un treintañero rapado; lo acompañaba
un pibe de quince, su amante. Incluyendo a Juli, todos eran cetrinos.
El pai de santo, hecho una pelota, cavaba en la arena, vecino
a la rompiente, y plantaba velas adentro de la fosa a fin de protegerlas
del viento. Si una vela se apagaba tres veces –explicó– quería
decir que "no tomaba", y no convenía insistir.
Se remangaron
los pantalones y entraron al agua. El pai bendijo, con palabras
rituales, a cada uno de los concurrentes. Los novios habían traído
sendos barquitos blancos de espuma de plástico. Se adentraron,
con el maestro de ceremonias, a través de una región de
olas pequeñas; llevaban consigo las piezas náuticas portadoras
de velas ardientes. El mar se callaba, reflejaba las llamas. La nao
de Julián cargaba los merengues de Tomás, ese azúcar
que eran los propios sentimientos ofrecidos.
Desde la costa,
parado en la arena, no despegaba la vista de su obsesión. Le
imponía un perfume blanco, sugerido por el tufo del mar. La tusa
suelta sobre la espalda se fundía, en la zona de los glúteos,
con las calzas negras, remangadas a lo pescador. Ese "pescador"
había hecho todo lo que tenía en su poder para convertirse
en diosa. Entraba con tal confianza que hacía tambalear; sin
género, a su juicio, era la propia diosa que se metía
en el agua; concentraba una virtud que le venía de lo ambiguo.
El principio de esa fuerza ocultaba el rostro con una visera inescrutable,
una cortinilla de cordoncillos o de dijes colgadizos, según aparece
en las ilustraciones; o con la veladura de una crin que le sirve de
chal: los cabellos de caballo de Julio.
Completado el
rito, las piernas y los pies pegoteados de arena, entraron a un café
de la costa a tomar refrescos. El chofer llevó al oficiante,
emparejado con el niño, hasta su domicilio. Después, a
la "diosa", la mejilla un poco enfurecida, inflada para soplar,
a la casa del "suave", donde pernoctaría.
Los volvió
a ver una semana después, de nuevo juntos, en la disco. Actuaban
como un casal de palomitos. Se tomaban de la mano. Eran pareja; todos
lo sabían. A ratos se peleaban y se separaban, a ratos se reconciliaban.
Tomás aprovechó que el otro había ido al baño
para invitar a Julián a su apartamento. Tras prolijas consultas,
idas y venidas, dio una mala noticia.
–Mi compañero
se siente mal. Mejor me quedo con él.
"Estoy
cansado de espíritu; la mayor gentileza que puedo rendirme a
mí mismo es ocuparme de mis asuntos, y sólo interesarme
en los demás cuando la ocasión lo justifique. Ya basta."
Y sin embargo
el pituso, días después, telefoneó. Pero en ese
entonces él ya había decidido cortar por lo sano.
Rehusó
concretar una cita. Se maravillaba por esta demostración de autocontrol;
había "resuelto" el embrollo con eficacia y aplomo.
Y ahí quedaron las cosas. Julio no se dio por enterado, sin embargo;
diestro en mover hilos, como un titiritero apoyado en larga práctica,
telefoneó siete días después.
–Me prometiste
que iríamos juntos a Parque del Plata.
En efecto: apremiado
por el atractivo mozo había proferido, sin pensarlo dos veces,
una invitación a pasar un fin de semana en el chalet de su tía
Irma, en ese balneario. El impulso prematuro le dio que lamentar. Juli
se lo había tomado al pie de la letra. Ahora, un poco más
familiarizado con sus andanzas y su romance con el "suave",
Tomás se volvió prudente, más cauto para expresar
sus emociones.
Imaginó
el terreno de la casa, la hondonada del jardín, el recorrido
hasta la alberca; se permitió unos momentos de libre observación;
cada vericueto era una trampa para su compulsiva tendencia a salirse
de horma. El entusiasmo podría inducirlo a verter incontinente
demostraciones de las que pudiera luego arrepentirse. Imaginó
la humillación resultante, de pronto insufrible, al regreso,
a lo largo de quilómetros de carretera, habiendo comprobado que
su némesis no le correspondía. Resolvió no caer
en la encerrona.
–Me invitaste,
con una firmeza poco común.
Se defendió
como pudo: pretextó ocupaciones; llegó incluso a insinuar,
no sin perfidia, que ya había llevado a cabo ese trayecto recientemente,
en compañía de otra persona.
Sin embargo,
aceptó encontrarlo en Montevideo. Julián había
ganado.
No más
llegar, le comunicó que había roto con su consorte. Según
él, el otro lo había cambiado por un potro flamante.
– Te usan y después
te tiran. Pero el coletazo está sobrepasado.
Las paletas
grandes y níveas de los dientes, el contorno évasé
de la cara, le daban el aire de un conejo. Ese conejo que él
veía de vez en cuando entre las manchas de la luna.
Para no traicionarse,
para no turbarse, bajo peligro de su vida, el anfitrión no se
atrevía a fijar la vista en el roedor arrellanado sobre el sofá,
las punteras abiertas. Robaba instantáneas parpadeantes, poco
precisas, que lo obnubilaban y rendían escasa información;
saludaba, hipnotizado, al bargueño.
Como Perseo
ante una Gorgona, sentía que se asfixiaba. Para contrarrestar
esa tendencia petrificante le habría gustado oponer un espejo
al reverbero de la risa de Julián; le habría gustado esconderse
tras el espejo para devolver a su foco, destello a destello, el conjunto
de chispas que lo amenazaba.
Se habían
conocido en la oscuridad; en esa ocasión el trigueño ofrecía,
sin duda a causa de los polvos que se aplicaba, el semblante lunar de
una japonesa, más pálido que el blanco. Descubrió,
más adelante, ya sin maquillaje, el tinte pastel del cutis. Sin
embargo las primeras impresiones son las más difíciles
de borrar; en particular ésta, que le servía de patrón
normalizador, ya que las sucesivas la corregían sin suprimirla:
lo veía blanco, y no atezado. En segunda instancia sin embargo
no cabía duda de que fuese mestizo. Los rasgos, con todo, le
habían parecido mongoles desde el comienzo; proviniese de las
Planicies, de Alaska, de la frontera de la República Oriental:
era un indio. Cuando anotó, en un cuaderno, el número
telefónico que había confiado a la memoria, agregó,
junto al nombre, el calificativo "piel roja", para no confundirlo
con ningún otro. "Lo que lo vuelve misterioso es el pelo:
grueso, lacio, retinto; no me lo imagino como una almeja pelada. Contribuyen
al aspecto aborigen la nariz corva, los pómulos altos, los labios
regordetes que denotan, abiertos o apretados con impaciencia, un capricho
sensual sin escrúpulos ni cortapisas."
Una negrita
se enjabona la piel y se la frota con una esponja de alambre, para sacarse,
dice, el color, porque tiene vergüenza de ser negra: era el recuerdo
de un filme que había visto de chico.
–Te podría
refregar los grumos chocolate de los ijares con un cepillo de acero.
¿Pensás que desaparecerían?
–Ya sé
que soy oscuro. Mi abuelo paterno, por si te interesa, está enterrado
en el cementerio indio cerca de Tambores. Fue uno de los últimos
combatientes suicidas en los entreveros contra las tropas criollas que
exterminaron a los indios.
Tomás
conocía la historia.
El primer presidente
de Uruguay, apenas nacido el nuevo Estado, atrajo a los charrúas,
una etnia de cazadores nómades, que eran los pobladores originales
del territorio, a reunirse con él para discutir el plan de un
supuesto robo de ganado en el Brasil. Los indios llevarían a
cabo el secuestro; el presidente prometía darles cobijo, a su
vuelta, en el recién creado país bajo su jurisdicción.
Organizó
con todo cuidado un operativo de genocidio sin atenuantes. La trampa
final consistió en atraer a los indios, infundiéndoles
la mayor confianza y asegurándoles su buena disposición
y amistad hacia ellos, a un terreno conveniente para llevar a cabo una
acción de sorpresa en su contra. Pese a los recelos de algunos
caciques, los charrúas aceptaron al fin reunirse con el presidente
y su ejército en los potreros del arroyo Salsipuedes.
Antes de atacarlos,
las tropas que los cercaban se apoderaron de sus armas y caballos. Un
escuadrón se lanzó veloz sobre las chuzas y algunas tercerolas
de los indios, tomándolas en su mayor parte y arrojando al suelo
bajo el tropel a varios hombres. Apenas el presidente, cuya astucia
se igualaba a su serenidad y flema, hubo observado el movimiento, dirigiéndose
a Venado, el cacique principal, le dijo: "Empréstame tu
cuchillo para picar tabaco". El cacique desnudó el que llevaba
a la cintura y se lo dio en silencio. Al recogerlo, el presidente sacó
una pistola e hizo fuego sobre Venado. Era la señal convenida
para la matanza. El segundo regimiento buscó su alineación
a retaguardia de los que se habían lanzado sobre las chuzas y
los demás escuadrones, formando una gran herradura, estrecharon
el círculo y picaron espuelas al grito de "Carguen"
y con sus sables y bayonetas los sorprendieron y atacaron en su campamento
y allí mataron tanto a hombres como a mujeres y niños
sin consideración ni piedad. Muy pocos pudieron huir. Los sobrevivientes
fueron llevados a pie a Montevideo, los hombres con las manos atadas
a la espalda, y repartidos al mejor postor entre las familias de pro
y entre los capitanes de barco fondeados en el puerto. Quien recibía
a una india joven debía también aceptar a una vieja, y
no se admitían devoluciones.
–Una tía
abuela, que vive en Tambores, guarda, dentro de una cueva, lanzas, arcos,
carcajes con flechas, un mazo de hondas para tirar piedras, una boleadora
con que peleaban, una estera de junco en que consistía su toldo,
que cargaban las mujeres, riendas, lazo, y un quillapí, que era
un poncho de pieles. Todo eso le quedó, y nadie lo usa.
El corazón
de Tomás se había vuelto demasiado grande para su pecho.
–¿Dijiste quillapí?
–preguntó con voz apagada.
De una impaciente
ondulación de la mano, el muchacho continuó:
–A los de mi
familia, cuando nacen, les meten, a un costado, en la cintura, un pedazo
de cuerno debajo de la piel, para certificar que pertenecen al grupo,
o más bien a la familia, porque no hay grupo. Dicen que si la
"mujer gorda" que, según ellos, vive en las estrellas,
no ve el pedazo de cuerno incrustado en la piel, no reconoce a los de
verdadero espíritu, ni los deja seguir surfeando por las alturas.
–¿Y dónde
está tu pedazo de cuerno? –habló deliberadamente con una
elaborada tersura.
–Mi madre, que
vino de joven a Montevideo, hizo, después, que me extirparan
la incrustación. No le gustaba que el hijo tuviera una señal
de barbarie. Acá se marcó la cicatriz, ¿ves?
Se atormentaba
en secreto con la eterna pregunta de si Julián acudiría
o no a las citas. Éste, entrado en confianza, ya no se preocupaba
por hacer buena letra frente a su ocasional compañero; desde
que se sentaba en la sala, aceptaba un vaso de alcohol.
Se ubicaba sin
trasparecer emoción alguna, sin entusiasmo perceptible. Era un
animal de exposición, un ídolo a ser venerado por su propia
irradiante presencia. Nunca iniciaba las caricias. Si éstas empezaban
de la otra parte, respondía ágil y acompasado. "Soy
devorador de corazones, soy devorador de tu ilusión", berreaba
el profético CD.
El muchacho se limpiaba la espuma de los labios con la punta de la lengua.
Entonces dejaba el vaso sobre un estante y procedía al "asunto".
Esa lasitud
empujó al dueño de casa a decir:
–Parecés
indiferente.
–Es lo que me
dicen todos.
–¿Quiénes
son todos?
Quería
y no quería saber.
No estaba interesado
en acreditar una experiencia demasiado amplia en el carné de
calificaciones del mancebo; a pesar de lo cual contaba con las indulgencias
plenarias y circunstanciales; es más, "oía"
un sordo barullo, un terreno de alusiones, un ajetreo de idas y venidas.
Si bien a él no le cobraba por complacerlo, después de
una comida confortable, le preguntó a quemarropa si era taxi-boy.
–No soy, pero
tengo amigos taxis.
Se mostraba
buen jugador con las palabras. No se le podía sonsacar algo que
no quisiese decir. No revelaba el trajín oculto, cualquiera que
fuese, pero tampoco retaceaba el buen humor.
Sabiendo que
cada uno era infiel al otro ninguno de los dos tenía interés
en sincerarse. Se agarraban, se trenzaban, en aparente paridad de condiciones,
ostensible compartido ardor; después de arrancar, el visitante
se calentaba tanto como Tomás. Ese babear y temblar de labios
casi empezó a tener sentido. Algo ocurría, una especie
de pantomima que, si bien no lo dejaba del todo estupefacto, lo tenía
hechizado. Entonces el chaval, con prolijo empeño, rellenaba
uno y otro vaso cada vez que quedaban vacíos. Un interés
mayor se había presentado, sin embargo: la felicidad de ese dolor,
o el dolor de esa felicidad. "Hay un halo de luz que quiebra el
miedo, hay un toque de amor que inunda el sueño."
Después
del coito, se recogía y adormilaba; prefería no romper
con palabras el momento privilegiado de la unión; era casi completamente
feliz, con los párpados cerrados, dentro de una mística
comunión y derrame de jugos. Pero el chico, pronto a la censura,
lo sacudía siempre con el mismo reproche:
–Te dormís
como un viejo.
¿Había
inhalado polvo antes de llegar? Trotacalles trasnochador, posiblemente
recién se levantaba de la siesta y se sentía "fresco
como una lechuga" (una de sus expresiones favoritas) entrando a
la primera etapa de su jornada nocturna. Tanto hinchó con "tenés
frío, o tenés calor, como un viejo" que el acusado,
considerándose en salud y venturoso, contestó un día:
–¿Qué
puedo hacer? Será entonces que soy un viejo.
Santo remedio:
la comparación cayó de sus labios para no reaparecer jamás.
En lo que concernía
a su casa literal y averiguada, a su habitación de cal y ladrillo,
Tomás mantenía francas, de par en par, las puertas de
todos los roperos.
El joven acusó
la provocación.
–¿Por qué
dejás todo abierto?
–El contenido
está a la vista. Se puede meter la mano. Perdón, es que
soy desordenado; la próxima vez cerraré, te lo prometo.
Sin complicaciones
de artificio mutuo, Tomás siempre anclaba frente a José
en la disco; se ponía bajo su resplandor. Una pelusilla simpática
bajaba hasta sus labios apelotonados; era más alegre, bastante
más depravado que la original Miss Brasil. Crecido rápido
en el país de los sordos, hacía rueda con ellos, gobernados
paradójicamente por una música que no oían.
Un profesor
de historia, cuyo aspecto evocaba el retrato de juventud de Luis II
de Baviera: ojos claros, boca chica, labios en forma de arco de Cupido,
surgió de ninguna parte y le plantó a Tomás un
beso en la boca. Se habían conocido ligeramente un mes antes,
en la barra de Valizas, en ocasión de unos días de playa.
Lo introdujo
a José y compañía.
Bailaron todos
juntos, formando ronda, pero Luis II, casi enseguida, interrumpió
el zangoloteo y lo fregó a chupones, a vista y paciencia de los
sordos.
Contra su propia
expectativa, él no se resistió al embate; antes bien lo
secundó; en lo que estuvo mal; ya que se encontraban en presencia
de José.
La yegua negra
no tenía desperfectos. Pero Tomás sentía curiosidad
por el recién venido. Para mitigar su vergüenza arrastró
al rey loco hasta un rincón oscuro. Allí continuaron los
toqueteos. Después abandonaron el local por la cama.
Luis de Baviera
estaba dotado de un ínfimo palitroque; lo empujaba con furia
ciega en el intento de franquear pasaje entre las nalgas. El esfínter
de su víctima sufrió embestidas que lo desgarraron. Después
que hubo lavado la sorpresiva abundante sangre, Tomás enfrentó
la plática.
–Bien, si te
parece que me quede, me quedo y conversamos –dijo el pichón de
estudioso.
–¿Cuál
es el camino temerario de la verdad? ¿Cuál es su historia, cuáles
son sus efectos, cuál es su entramado con las relaciones de poder?
–Hay que dejarlo
a la ciencia –respondió el historiador.
–Pero ¿quién
puede establecer una repartición entre ciencia e ideología?
Esta posición de árbitro, de juez, de testigo universal
es un papel que rechazo absolutamente.
–Hay que verificar
los datos.
–A partir del
momento en que se quiere hacer una historia que tiene un sentido, una
utilización, una eficacia política, no se la puede hacer
correctamente más que a condición de estar ligado de una
manera o de otra a los combates que se desarrollan en ciertos terrenos.
Fue aburrimiento
puro. El rey hablaba de sus preferencias, siempre de mal gusto, pero
no latía allí ni un criterio ni una inquietud. Miraba
sin ver, admiraba sin inteligencia. Después que redondearon la
charla, al anfitrión le pareció que sería mejor
dejar de verlo; era su conclusión firme, sin lamentarlo.
A causa de la
guerra bávaro-prusiana, el semisordo dejó de telefonear.
Ante sí mismo y ante los presentes en la ronda, había
sido alevosamente sustituido; el comportamiento de Tomás era
inexcusable.
–No soy celoso
–dijo la primera vez que se cruzaron.
Una noche, al
salir de la disco, lo topó junto a la puerta. El club ya cerraba,
no admitían a nadie. Entonces, cualquiera fuese el grado de molestia
de José, tratando, con éxito, de rearmonizar lo que había
parecido un principio de separación, Tomás lo invitó
a dar una vuelta. Miss Brasil sonrió su consentimiento a nada
menos que la convocatoria de volver a follar.
Después
del acto, criticó severo a Luis II.
–Parece mala
persona.
–Es malo en la
cama –corrigió su acompañante.
Las emociones,
en los sueños lúcidos, cubren el espectro de la experiencia
despierta, se extienden desde una aceptación neutral del sueño
lúcido a escansiones de libre y exaltado estímulo. Los
soñadores lúcidos habituales, por casi unanimidad, subrayan
la importancia del desapego para prolongar la experiencia y retener
un grado de lucidez.
Tomás
no quería seguir de chaperón de Miss Brasil en las fiestas,
ni esperar el agujero postizo de las visitas esporádicas de Julián.
Tuvo la idea de apartarse del foco de su atención aunque fuera
un poco: viajó a Buenos Aires.
Un salto trae
otro. No tardó en reconocer que le interesaba salir del circuito
lascivo e internarse en la "Argentina profunda". En una inauguración
conoció a una dibujante de Córdoba, Eudoxia Semionova,
que le dio novedades de la sierra.
- Allá
soy menos susceptible de admitir la coexistencia simultánea con
otro, por superfluo que sea – acabó la frase con un golpe sobre
la mesa de los tragos, que hizo tambalear todas las botellas, y un rugido
de ultratumba.
Tomás
se excitó, como le sucedía a veces cuando acababa de cortarse
el pelo y se miraba en el espejo del baño.
- Me gustaría
pasar algún tiempo entre olor de peperina, un ténder de
nubes suspendido sobre la cabeza, estereofonía natural, verdadera
evidencia con la boca abierta y los dedos dentro.
La sorpresa y
el halago le arrancó a Eudoxia un aullido de bestia.
Con la tranquilidad
que necesitaba para su trabajo; el burro, la parra, cambiarían
su corazón y le permitirían ver claro. En el suplemento
turístico del diario porteño Clarín leyó
acerca de una institutriz flamenca, la cual, convocada al campo de la
Patagonia para educar la prole de un estanciero viudo, terminó
casándose con él y compartiendo su vida por un cuarto
de siglo. Puso entre paréntesis la estancia y los caudales; jugó
con la idea de un novio tierra adentro. Temía –seguía
temiendo– encerrarse en el carril de su absoluta obsesión por
Julián; buscaba un proyecto alternativo para la retirada.
Eudoxia vivía
en La Cumbre, y hacia allí se encaminó.
–Oh, en cuanto
a mí, soy perfectamente discreta. La perfección no llega
rápidamente –su fogosidad alcanzaba un diapasón casi desagradable
para él; un privilegio más soportado que admitido.
Estableció
contacto con dos directores teatrales de Córdoba capital; envió
demos de sus trabajos musicales para la escena.
Uno le respondió,
haciéndole más justicia de la que se había atrevido
a esperar, con la oferta de que se ocupara tanto del sonido como de
las luces de una pieza que pensaba poner en escena en la siguiente temporada.
Ema, una relación
de Eudoxia, nacida en el terruño de La Cumbre, encontró
para él una casa sobre una calle muerta frente a un bosque, a
trescientos metros del campo de golf, dotada de un jardín espacioso.
Ya que se encontraban fuera de temporada, el alquiler era razonable.
Sobre la falda
de un cerro se erguía un mamotreto construido en los veinte,
adquirido y reformado en los treinta por el esposo húngaro de
Heddy Lamarr, un industrial con vinculaciones nazis y peronistas. El
castillo semejaba la estación de esquí delineada en cartón
al principio de Treinta y nueve escalones, de Hitchcock. Pertenecía
a la Secretaría de Inteligencia del Estado. Los jerarcas visitantes
bajaban en helicóptero para jugar al golf. Al revés del
agrimensor de Kafka, Tomás no intentó acercarse a la mole,
ni merodeó su vecindad bien custodiada.
Con la misma
avidez tardía con que los protagonistas abandonan los personajes
de ficción que les asigna el libreto, y se entregan al anonimato
de una natural cópula, vagaba, según su impulso, a través
de senderos en herradura, transitados por burros trashumantes que hacían
"la ruta de las estancias", o por ciclistas enfundados en
licra, montados en bicicletas de cubiertas robustas.
Desde la sombra
verdosa de la enredadera, que fingía podar, Belarmino, el jardinero
de la casa que había alquilado, un italiano mayor, lo asediaba.
Un minuto después golpeó la puerta.
- ¿Quiere que
monte a la azotea para revisar el tanque?
Una tarde Belarmino
lo invitó a una inauguración en una casona de Los
Cocos. Los cuadros, de colores estridentes, artificiales, representaban
cascadas, bosques de encinas, una iglesia corpulenta y "pintoresca"
aprisionada por enredaderas; todo adornado, blando, muy verde.
Una mujer de
Cornwall, de carne indisciplinada, tomó posesión de Tomás
y le relató cuatro intentos seguidos de suicidio tras abandonar
el país natal y afincarse en la sierra. Había llegado
aquí liada a un jugador de polo cordobés. Fue abandonada
por el jugador a las primeras de cambio, pero permaneció, a pesar
de todo, como un fósil procedente de un mar del pleistoceno levantado
por plegamientos terrestres a la cima de estratos rocosos; la suicida
no pertenecía ni al mar ni a la montaña; no encontraba
en el globo lugar donde ubicarse.
Tomás
abrió los ojos y vio la cara de la mujer muy cerca, completamente
desorbitada, entorpecida por el furor, untándose las encías
con una bomba de crema de chocolate.
- Algo – gritó,
decidiendo ir al grano de una vez. – Para llenarme. No somos otra cosa
que masas de carne, órganos, fluidos en estado de intercambio.
Esa historia,
narrada con fervor compulsivo, fue la iniciación, para él,
al mundo quieto, sutil, del invierno semi rural que lo rodeaba.
Otra mujer en
la inauguración, que parecía un hombre, de nariz ancha
y recta, ojos acuáticos, una cinta negra alrededor del cuello
como la Olimpia de Manet, miraba en calma, con un éxtasis soñador,
una larga oruga que se desplazaba por el marco de la ventana. Había
huido de la flexibilización laboral en Buenos Aires e impartía
órdenes precisas acerca de todo, como si el rumbo al que ahora
se entregaba respondiera a un plan y no a los caprichos de la desesperación.
Sólo
dos parejas lésbicas vivían, aparentemente felices, en
sus huertos de nabos.
Belarmino pasó
junto a la pileta vacía, trepó una cuesta muy suave, atravesó
la glorieta, todavía vestida con los restos florales del verano.
Miraba desde lejos, con una especie de gratitud desapegada. Lo hacía
con una sola meta. Obligar a Tomás a abrirle la puerta, atraerlo
y resucitar una conversación con el pretexto de la escasez de
agua para el riego.
Al abrir la
puerta principal, el jardinero entró eyectado. Saludó
con entusiasmo, tomándolo primero de un brazo, luego de un hombro
y finalmente de la nuca. Lo atrajo a sí y lo besó rápido.
- Quiero invitarte
a mi residencia, para los manjares de una cena superior.
Pasó a
moverse en el plano de esa simpatía inestable y desconcertada
que, a falta de un recurso mejor, la urgencia del deseo emplea como
vehículo y disfraz para abordar a su objeto sin espantarlo. Sólo
hay un espectáculo más penoso que el del amor contrariado:
el del deseo no correspondido. Así, mientas Tomás volvía
aliviado a su nido de indiferencia, Belarmino por su parte entraba en
uno de esos estados de ebullición que sólo pasan inadvertidos
a quienes los padecen: el cambio de ritmo en la respiración,
la inminencia de una pérdida de control, que llegó a neutralizar,
pero cuyos ecos siguieron flotando a su alrededor.
Ese mismo raspaje
exhaustivo a que los cirujanos someten a veces el útero enfermo
de ciertas mujeres, Belarmino parecía haberlo sufrido no en el
cuerpo, cuya vitalidad, aunque muy deliberada, no dejaba de ser genuina,
sino en el espíritu, que alguna herramienta de jardinería
parecía haber arrasado. Y como no tenía secretos, empezaba
a enrojecer, como si tocar a Tomás fuera una manera de pedirle
perdón.
Los propietarios
de la finca donde vivía, y que administraba, eran de Buenos Aires
y no venían nunca. Él se encargaba de todo y operaba como
señor de la hacienda.
La tarde prefijada
introdujo a Tomás a una amplia galería donde ardía
el más reconfortante fuego.
Mientras cenaban,
contó:
- Fui propietario
de un invernadero en La Plata. Me enamoré de Benegas, un jovencito
potro que necesitaba protección. Me di cuenta de que para apaciguar
sus relinchos tenía que sacarlo de La Plata. Nos mudamos a la
sierra por amor. Aquí yo quería guardarlo como en un relicario
o joyero, para conservar la pareja. Primero, con el producto de la venta
de mi negocio, compré una casa grande en el centro de La Cumbre,
pero después el caserón se me hizo oneroso y lo vendí.
Nos mudamos a una casucha en un cerrito cubierto de un monte espeso.
Llegar hoy es casi imposible porque la subida es abrupta y se nos acabó
el dinero para reparar el camino. Esa barranca frondosa nos aisló
del mundo. Así pasamos varias décadas.
De manera indirecta,
a través de pudorosos circunloquios, dio a entender que Benegas,
a pesar de sus precauciones, lo había traicionado con un muchacho
del pueblo, que hacía el reparto de una verdulería. Generoso
en los repartos, Belarmino le dejó a Benegas la casucha y se
vino a vivir en hacienda ajena.
- No podía
mirarle la cara, no lo podía perdonar.
Tomás
vio a través de la ventana las copas de los árboles que
giraban contra el cielo y ahogó un gemido en su muñequera
de toalla.
Belarmino se
acercó a la silla y le puso la mano sobre el hombro.
- ¿Vamos al living
a tomar un café?
Empezaba a anochecer,
y se entretuvieron escuchando añosas grabaciones de zarzuelas
ibéricas y cubanas de la colección de Belarmino. En medio
de un aire de Agua, azucarillos y aguardiente el jardinero confesó,
cada vez más comunicativo, que en el terreno amatorio no tenía
al día de hoy ningún lazo que lo retuviese. Cuando el
alcohol coronó su influjo, durante el crescendo de La alegría
del batallón, se puso a revolver el puño y el brazo
en un vórtice de molinillo. En el final retumbante, el dorso
de su manaza desfalleció sobre el posabrazos del bergère,
entreabriendo con lasitud callosos dedos. La mano parecía solicitar
iniciativas de su convidado.
–Si uno está
aquí solo, el campo debería ser suficiente consuelo –acotó
Tomás con ligereza inconvincente–. Basta abrazar los eucaliptos.
No le pareció
que el dictum fuese cruel. Apenas abanicaba aire frío
sobre quien amenazaba con tirársele encima.
Tales deslindes,
por fortuna, convencieron al jardinero de que no era llegado el momento
de tocar la zona, mirada de soslayo, del pantalón.
–¿Cómo
es? –respondió, confundido. Siempre que perdía el hilo,
recurría a esa muletilla.
Éste era
el mundo de Tomás. Al jardín llegaban oxidados ladridos.
El íntimo, leve paso de las aves, especies desconocidas para
él, daban al entorno un aire subrepticio de confabulación.
Esculcaban los canteros, hacían su panzada de insectos y de semillas.
Un ejemplar de pico corvo y fino como una caña de pescar era
el más aventajado para desenterrar lombrices. Sobre los eucaliptos
anidaba una ruidosa colonia de cotorras. Entre los aromas del jardín
sobreflotó un estimulante olor a bosta. Contra el tejido de alambre
que lo separaba del vecino, asomaron la cabeza un tordillo y un zaino.
Eudoxia Semionova,
huesuda y alta como un ciprés erecto, se levantó y se
puso el sombrero. Fue caminando hacia la puerta, el felpudo de felpa
verdosa; hizo girar con trabajo la redonda cabeza de vidrio del picaporte.
Se detuvo, volvió dos pasos, el sombrero en la nuca, adonde la
madre senil bordaba un encaje de bolillos.
–Esta noche jugaremos
con Tomás al dominó.
Algunas tardes,
después de tomar un plato de sopa, recogían el mantel
y jugaban una partida.
El que perdía
estaba obligado a pagar una prenda, que no consistía en tocar
un instrumento, sino en decir una guasada; "delimitaciones intuitivas"
llamaban a esas suertes de confección propia o ajena, acerca
de un tópico que se decidía por anticipado.
El montevideano
dijo los versos de un poeta del Chaco:
La experiencia
que no tuve:
el diablo
en el cuerpo;
y mientras
el cuerpo expiraba en la página,
la página
tenía cuerpo de mar;
una membrana,
un párpado
horizonte:
el diablo
en el piélago;
y mientras
el diablo se desplegaba
yo escribía
el pliego,
y mientras
el diablo navegaba
yo lo seguía
en mi bote de papel;
pero yo no
sabía qué era el diablo;
más
bien el diablo estaba en otro lado
y yo no conocía
ese lado.
Eudoxia, con
el aire dulce y superior de quien inventa cuentos, respondió:
¿No ves que
el diablo soy yo
y que mi infierno
sos vos?
La mamá
senil se devanaba los sesos, que sus ojos acuosos, delineados por órbitas
calcáreas, localizaban en el cielorraso. "Encarnaba",
según ella misma decía, a un escritor de nombre Diego
Ramírez, cuyas coplas habían recorrido la sierra:
Devil es el
diablo que está en el cielo;
y dios tirando
piedras se ve muy feo.
–"Tarde
o temprano" –una onerosa deuda atrasada de secreta severidad– "por
cada minuto de placer que vivimos, sufrimos años de pena: no
es la venganza de dios, es la venganza del diablo" –contribuyó
Tomás.
Eudoxia abrió
un libro y leyó al tuntún:
–No vio al diablo
todo lo que, en un mundo perfecto, le habría gustado.
La mamá
sacó de la costura una corneta de cotillón. Sus débiles
pulmones le permitieron hinchar, contra toda esperanza, la lengüeta
roja, que se expandió: un apéndice rígido, como
un pirigundín; daba un pitazo agudo, ahogado, fuera de propósito.
La sequía
se prolongaba ya por varios meses. La reserva de los diques flaqueó.
De las canillas goteaba sarro verdinoso. Camiones aguateros vendían
agua a domicilio. Los cerros quedaron cenizos, descacharrados.
Belarmino, impedido
de regar, con una buena voluntad fuera de control, se empeñaba
en la poda, pinchándose las yemas con espinas. Éste era
su pretexto favorito. Golpeaba la puerta y solicitaba alcohol; Tomás
acudía con el frasco y el algodón, desinfectaba los rasguños.
Salía
al campo en plena noche. La falta de alumbrado destacaba el vértigo
ondulatorio del cielo; una copa vertida, que volcaba tentáculos
de cuspe. En su ascender, los álamos chirriaban como bisagras;
se desenrollaban hacia las centellas con la violencia de cohetes.
No tenía
valor, le pareció, para perseverar en la auscultación
de ese vientre derramado. Volvía a la casa con un trote sencillo;
no se sentía mal ni malquerido, apenas un sobresalto de conjetura
en las venas.
Algunas noches
aullaba el viento; oía temblores característicos de origen
imprecisable: postigos que tableteaban, quebradero de ramas, retumbar
de ciclones en el caño de la chimenea, forzando el paso con una
especie de ululante silbido.
La chimenea
se movía, se bamboleaba, corría el riesgo de caerse y
por lo tanto de causar colaterales destrozos.
Entretanto él,
allí agazapado, consultaba los leños, removía las
brasas, esquirlas crujientes. Penetraba capas de silencio. "Entro
por el hueco."
Sobre el sofá
dejó el cuerpo amodorrado. Atravesó el caño, subió
por el oscuro, no sabía adónde. Se explicó separando
las palabras, suave pero gravemente: "Las ocasiones se muestran
a la vez en sitios muy alejados unos de otros. Yo abandonaré
mi cuerpo y volveré a él durante años, hasta que
se queme, y entonces ya no volveré más".
A fin de disponer
las secuencias sónicas para Dos hombres y un caballo,
la obra teatral que le habían encargado, alquiló algunas
horas el estudio de grabación perteneciente a un conocido músico
que vacacionaba en la zona.
También
asistía a los ensayos en la sala Casal de Córdoba. Sobre
el escenario de tablas desgastadas que habían sido negras, dos
hombres, dos soldados, aún sin uniforme, ensayaban sus partes,
sentados en sillas o tirados en el suelo.
Regimientos
del Tercer Reich, perseguidos por partisanos serbios, se repliegan,
al fin de la guerra, entre barrancos de tierras malas; abandonan equipo
a medida que progresan; en una retirada nocturna, que más que
retirada es un desbande, dos soldados pierden contacto con el resto
de la compañía. Uno está herido en el torso y en
una pierna. Mientras avanza con dificultad, amanece en medio del bosque.
Se refugian en la cueva de un cerro, al borde de una cañada,
tras peñas y vegetación.
El que está
sano caza para los dos. Recoge bellotas, como en la edad de oro. Pero
los partisanos serbios reconquistan el terreno paso a paso; en cualquier
momento estarán allí.
Al disolverse
la compañía habían captado la provisión
de cigarrillos a repartirse entre la tropa. Endebles como están,
el tabaco, fumado debajo de una manta, les provoca trances. Vuelan todas
las noches a una playa nudista en el Japón.
Libres de la
disciplina militar, les cuesta creer que fueron soldados una vez.
Jan, el herido,
proviene de Berlín. En su adolescencia, en los años de
Weimar, había sido amante del escritor inglés Christopher
Isherwood.
–Isherwood vivía
en el palacio Hatzfeld, sede del Instituto de Investigaciones del Dr.
Magnus Hirschfeld, al que llamaban el "Einstein del sexo",
pero más bien deberían haberlo llamado el "Einstein
del estilo" –opinó Jan– porque estudió, en Travestis,
la erotización, que nos concierne, de la vestimenta.
El inglés
y el futuro soldado dormían con frecuencia en una buhardilla
en el obrero barrio este de Berlín, que Jan ocupaba junto con
sus padres. El padre era un tipógrafo anarquista que toleraba
por principio el amancebamiento de los jóvenes; la madre bendecía
el pan que les llegaba vía Isherwood.
Recorrían
Berlín en expediciones de Wanderlust. Dos lesbianas los
pintarrajeaban y les prestaban pieles y botines de alto empeine. En
un show de cabaret entonaban a coro: "Somos las señoritas
del camión diecisiete,/ colocamos caños en los retretes./
Si quieren estrenar un inodoro funcional,/ no tienen más que
¡telefonear!"
En esa sala
había teléfonos mesa a mesa, una novedad en el momento,
para tomar pedidos y concertar citas.
Cuando la risa
lo agota, Jan jadea, se encorva, escupe sangre.
Nadie diría
que el bien alimentado actor será convincente en su rol de agonía
la noche del estreno. Su nombre es Ramón; además de actuar,
remienda la carpintería del teatro. Tomás simpatiza con
él. Rebatiendo las pausas, juegan al ajedrez; el director baja
por una escala de madera para quejarse de su conducta, e invita a Ramón
a retomar sus líneas.
Entre los cuerpos
sucios, las hundidas bocas cuarteadas, el berlinés evoca el ojo
de un niño mendigo, cuando él también era niño;
vacilaba entre el verde y el ópalo y le recordaba un ojo de jaguar.
Esa pupila resumía para él el Wanderlust.
Gusti, su compañero,
a quien el escorbuto le hace caer los dientes, venía de los alrededores
de Schwäbish Hall, en la Selva Negra. Sus padres cultivaban la
tierra. A los quince fue sorprendido por la policía copulando
con un camarada en un orinal público de Heilbronn. De haber salido
al campo, pensó, de haber eyaculado entre las vacas, como solía,
no habría sido arrestado. Sus primeras armas las hizo con las
gallinas y con las ovejas. A las ovejas les metía hormigas en
el culo. Lo destinaron a una cárcel de menores, pero el compañero
con quien había copulado en el baño de Heilbronn, que
ya era adulto, fue enviado a un lager donde murió. Gusti fue
sometido a un tratamiento de hormonas para "cambiarle el sexo".
En consecuencia se masturbaba cada media hora pensando en un rapaz hondero
con quien había corrido, de chico, a través de los sembrados,
con quien se había escondido en los bosques. A los trece el hondero
se ahorcó colgándose de un árbol, porque sus padres
insistían en que entrase a un seminario católico para
ordenarse sacerdote. Gusti lo encontró, pendido, al borde de
un claro. Las moscas lo habían descubierto antes que él.
Abrazó al hondero, raspó el cachete contra la emisión
que acartonaba su pantaloncillo, decidido a rechazar, de allí
en adelante, cualquier restricción impuesta a sus tendencias.
"El cuerpo vive, el cuerpo pide. Y nada más."
Junto a las
brasas encubiertas –una fogata los denunciaría– Gusti toma la
cabeza de Jan: con un trozo de vidrio (la navaja quedó en la
mochila del equipo, arrojada a una zanja para aligerar la huída)
afeita su barba. La cara sin carne es toda ojos y dientes: una máscara
del furor. Pasa el dedo por sus labios emparchados. Los dientes se conservan
blancos, enteros, la pálida lengua ya le hace una pavorosa señal.
Disfrutan del
olor de las propias heces. Poco a poco el hambre los extenúa.
De noche se tapan con la misma manta. Las estrellas huyen por un costado,
paralelizando la retirada de las tropas alemanas. Un tanque arde en
las cercanías. El tufo del petróleo ardiendo les llega
por ráfagas.
"Estoy
muerto", murmura el agonizante. "Muerto y consumido, como
todo el resto. De mí queda esta piel hundida, los huesos empapados,
pero igual veo todo. Hasta que lleguen y me quemen con un lanzallamas
seguiré volviendo a este cuerpo después de cada noche."
Un caballo pasa;
Gusti extrae la pistola y hace ademán de dispararle. Pero no
le tira. El fogonazo alertaría a sus perseguidores; además
ya es demasiado tarde; no le atrae la idea de morir junto al cadáver
de un caballo.
Telón.
Desde la montura
del caballo alquilado Tomás saludó al decrépito
ex de Belarmino, que avanzaba por el borde de un arroyo. Como si fuera
una araña culandrona, daba pasitos laterales para evitar las
piedras. Vestía un overol de jardinero, trabajaba haciendo jardines,
igual que Belarmino. Pero trabajaba menos. Echaba para atrás,
a cada paso, una cabeza calva de forma ovoide. La voz recordaba un cloqueo
de bataraza. El pescuezo era demasiado angosto.
- Aquí
me tiene, azada en mano, pero yo nací para cantar. Sí,
me gustan los tablados. Y en el teatro, sí, en las tablas, habría
podido lucirme, levantando polvo de estrellas como Miguel de Molina
y María Antinea.
Intencionales
o no, se desataron dos incendios favorecidos por la sequía. Una
negra columna de humo sobresalió en las inmediaciones del poblado;
otra humareda más vasta y poderosa se elevó desde el confín
del horizonte contra un cielo sin nubes. El incendio del bosque cercano
había quemado una casa y la mitad de otra. Tomás se metió
entre las brasas. Una hilera de gotitas de sudor perfectamente alineadas,
todas del mismo tamaño, brillaban sobre la piel tostada de un
niño que acarreaba baldes, seguido de otro mayor, hacia los restos
que humeaban.
Entonces, como
en esos concursos de belleza en que las aspirantes al trono esperan
el veredicto en fila, multiplicando por diez una sola y misma ansiedad,
y el jurado lo anuncia a una de ellas, una sola da un paso al frente,
así, con esa misma arbitrariedad, se adelantó un mozo
oscuro, de llamativa cola de caballo.
Recorrieron el
costillar de ramas incendiadas, ya medio sofocado el fuego por la banda
de niños. Tomás preguntó al mozo oscuro cuál
era el mejor camino para acercarse al otro fuego. El "nacido y
criado" en la sierra, indígena notorio, se ofreció
a transportarlo en su camión de reparto. Era un Mercedes antiguo,
que él manejaba, estacionado allí como a propósito
para su salida; lo señaló con honesto orgullo.
–Si querés,
te llevo.
Invitado y persuadido,
Tomás se sentó en la cabina; practicó el arte de
la escucha simpática.
–Queda cerca
del río Pinto.
A medida que
se aproximaban, el resplandor resaltó cada vez más grande.
Era una puesta de sol fuera de foco, inmóvil, como si se hubiera
detenido el tiempo.
Ya a punto de
asfixiarse, empezaron a toser.
Para evitar
que el camión se incendiara, el indio lo detuvo sobre un regato
de agua. Acto seguido se quitó la camisa; descubrió un
torso chorreante, espejeante, del tono y la cualidad del caramelo.
–Estoy abafado
–dijo.
¿Qué
es abafado? Una palabra portuguesa; le extrañó
oírla en la sierra.
Repicaba en
sus oídos la frase de disculpa, como si él pudiese tener
objeciones de que el "nacido y criado" se quitara la tricota;
la fogarada destelló sobre el torso que se derretía.
Buen humorista,
el indio propuso que se acercaran aún más al incendio
a ver si podían prevalecer dentro del círculo de llamas;
no fue necesario, en ese plan, conservar las ropas. El comechingón
sonreía; el motivo del tatuaje, ahora Tomás lo distinguió
bien, era un colmillo de lobo; se marcaba o se borraba según
girase con relación al fuego.
Helos aquí
en el aprontamiento de sus placeres repentinamente confesados, con la
urgencia de una catástrofe que sirve de ocasión y estímulo.
Pasando por una
ligera depresión del terreno, el pie de Tomás quedó
un instante pisando el vacío. El indio lo recogió de un
brazo de una manera brusca, le agarró la mano y la llevó
a sus genitales.
– ¡Chúpatela!
Había
demasiado poca luz, o ésta era excesiva, según se inclinara
o se volviera hacia los troncos ardientes, cuyos lengüetazos, reflejados
en los pechos del indio, parecía que los iban a licuar, otros
tantos pabilos que ardían y crujían al unísono,
mascando la calma y la selva.
Tras esa pared
vibratoria, tras esa membrana derretida de caramelo Tomás detectó
con la palma, de un modo bruto, el corazón, el hígado.
Metió un dedo en el ombligo y lo desbraguetó, demorando
la paja. Levantó la cabeza para admirar la doble hilera de dientes
blanquísimos, el latigazo de la coleta mojada sobre la cola.
Mientras desataba, con la mano libre, el nudo de las chuzas, sintió
que los coletazos lo abanicaban. Se arrodilló para succionarlo.
Los pechos enhiestos del indio temblaban como atravesados por un tiento
que los estirase, jalándolos cada vez más hacia el fuego,
en un baile del sol, hasta destrozarlos, destornillándole los
pezones. Era, sí, el lugar donde él supuso que se abrasarían
juntos, como todo el resto.
En la mañana
que siguió al estrago se encontró con Ema, cuyos campos
habían soportado el impacto mayor de la quemazón. Había
perdido dos potreros y una avenida de alisos. El fuego tomó una
forma más aguda al fondo de una cañada y sobre unos barrancos
de considerable filo y grandeza. Disputable, sin embargo, en cuanto
al importe total de los destrozos, que todavía humeaban, Ema
deploró con particular sentimiento la pérdida de la avenida
de alisos, amén de los dos potreros para pastoreo de ganado,
en el momento álgido de la sequía.
No convenía,
por ahora, visitar esos lugares, ni nadie tenía urgencia por
constatar las pérdidas.
–Para contrabalancear
la idea del fuego, démonos un chapuzón en el río
Pinto –propuso Ema.
Fue aceptada.
El hijastro de quince y su hijo de cinco los acompañaban.
La carretera
se volvía por momentos vertiginosa; daba la impresión
de que estaban volando. Interrumpido por roquedales, incrustado entre
zócalos y laderas abruptas, el Pinto caía en cascadas,
chorreaba sobre ollas de piedra, sesgaba todos los montes y se retraía
en bolsas y meandros de sorpresa indiscutible.
Hoy soltaba
una baba ennegrecida por la papilla de los tizones; el lecho estaba
completamente negro.
A pesar de sus
cortos años, el niño conocía el lugar que escogieron
como la palma de su mano. Siguiendo un aparente sistema de secreto y
ocultamiento, oficiaba de guía para el visitante. Se apartaron
de los otros, meandro a meandro, bordeando y atravesando la corriente.
Que él
se hubiera ligado a un niño de tal firmeza de temple y buen juicio
le pareció una circunstancia afortunada. En un remanso construyeron
un canal y un puerto para botes de papel, que adornaban de plumas. Botaban
los botes y los sacaban de puerto; éstos giraban entre corcovos,
ya presa de los remolinos, o eran tragados por los rápidos en
materia de segundos.
Una colonia
de sapos tan voluminosos que casi parecían chimpancés,
lomos cubiertos de verrugas, aparecieron sobre la ribera, a medias bajo
el agua. De repente, sin quid pro quo, el niño levantó
el espécimen más fino, color verde botella con ojos saltones
como lamparillas congeladas. Los deditos apretaban con decisión
los flancos gruesos del animal, las patas se debatían en el aire.
Tomás se sorprendió de que el niño explorador no
sintiera asco; él mismo no se avenía a tocarlo. En la
base de su repulsión alentaba sin duda una anécdota de
infancia; una pariente le había advertido que la orina del sapo
causa ceguera. Cierto: de las glándulas epiteliales de las ranas
trepadoras, que viven en las regiones tropicales, fabrican los indios
un veneno sumamente eficaz para poner a sus flechas, tan potente como
el curare. También el sapo del Río Colorado, el bufo
alvarius, posee una ponzoña que ataca instantáneamente
el sistema respiratorio de animales tanto o más grandes que el
hombre. La muerte es segura. No obstante, el mismo veneno ordeñado
artificialmente y puesto a secar en una cápsula de vidrio se
neutraliza y da paso a una drástica droga. Desde dentro, el tiempo
del reloj desaparece y se hace eterno. El sujeto se desintegra; uno
no sabe dónde está ni quién es.
El niño
contrajo los labios y apretó la panza del sapo. El anuro produjo
un chorro abundante de orina, que trazó un limpio penacho y cayó
en el agua. La mueca de la boca que dibujó entonces la cara infantil
le recordó a Tomás la que marcaba su propio abuelo siempre
que hacía un esfuerzo. El niño, en cierto sentido, era
su abuelo. Resultaba más experimentado en materia de sapos, por
lo pronto.
Un bando de
sanguijuelas, suerte de ninfetas-faunillos que saturaban la corriente,
se le había adherido a las nalgas. Para librarse del chupeteo
y despegar una por una las sanguijuelas, se quitó el bañador.
–Cuidado con
ellas –avisó el infante–. Se te meten por el culo y no salen
más.
Así advertido,
limpió los corpezuelos con la mayor cautela y trepó a
una roca para secarse. La criatura también se quitó el
bañador; seguramente quería comprobar si tenía
adherencias y si había cogido huéspedes en la cola. Después
se echó sobre la roca, desnudo, boca abajo. Libradas a sí
mismas, sus nalguitas inquietaron a Tomás; temblaban apenas,
como un doble postre royal, bajo el impacto de la vida. Frente al desparpajo
del faunillo-ninfeta, cobró conciencia de su propia lascivia;
su mente entró en la perturbación que la perplejidad repentina
de sus emociones había creado. Consciente de que Ema y el hijastro
adolescente se preguntarían la razón de tan larga ausencia,
se incorporó y le pegó un tinguiñazo al niño
en la espalda para que se espabilara y lo siguiese.
Al confrontar
al quinceañero, que permanecía solitario, la espalda contra
una roca, masticando una pajilla, se volvió consciente de un
secreto incómodo. El quinceañero posó sobre los
recién venidos una mirada grave de la mayor concentración,
que Tomás registró entre caliente y torva, condenatoria
por despecho; y soportó su aguijón con estolidez.
Ema, la verlos,
traicionó inquietud, que su tacto le impedía por cierto
verbalizar. Con una mano se ajustaba automáticamente la malla
sobre el muslo izquierdo.
Noches más
tarde Tomás fue invitado a cenar. Mientras servía el locro,
en medio de una conversación que se refería a los comicios
agrícolas, Ema mencionó, como al acaso –o recordó
de pronto– haber tenido un sueño en que Tomás aparecía.
- Mi hermana,
que es lésbica, aunque la última temporada aquí
mantuvo un affaire con el propietario de un campo vecino, vive
en Boston. Cada sorpresa tiene su anunciador; en el sueño ella
volvía de Boston y me acusaba de no entender la nueva moral:
"Desde ahora, dijo, en la línea de vida que favorecemos,
o que deberíamos favorecer, infinitamente la más interesante
y recomendable: está permitido hacer el amor a los infantes".
Estabas presente. Entonces te pregunté cuál era tu opinión
acerca del asunto. No respondiste directamente. Pero comentaste: "Lo
que hago, lo hago por cariño".
Roberto
Echavarren