Quería
contarle lo de Soiza Reilly desde hacía un buen rato. Es sábado
a la tarde, el sol está yéndose y hace frío. En
realidad, ya se fue cuando empezamos a acercarnos a Corrientes y comienzo
el relato. Lo mejor era el final, la última frase. Pero para
poder decirla y que suene como sé que suena, siempre hay que
hacer ese largo preludio lento, casi sin interés, aburrir tal
vez, pero crear el clima que esa última frase necesita para sonar.
Empiezo y por supuesto me interrumpo al entrar en la librería:
buscamos, esperamos, revolvemos un poco más. Ya me detuve en
la chica de la caja, está fumando sobre un cartel de prohibido
fumar, pero eso fue antes –durante el “revolvemos”.
Cuando nos abalanzamos sobre el último Barthes traducido por
Willson (todo va a sonar así, tan pequeño mundo. Cómo
contarlo sin que suene a pedantería o a estupidez. Habría
que contar la vida entera para que entonces los nombres no suenen a
nombres sino a detalles sin ninguna importancia, a barómetros,
a excusas, a telones de fondo. Mi vida entera como clima para estas
frases, para esos nombres.). No sé qué páginas
miraba él; yo miré el índice y fui directo a la
entrada “traducción”, página tanto, y ahí
estoy cuando oigo una voz entre nasal y rasposa. Pero te vas a morir.
Te lo digo porque yo me voy a morir de eso. Sí, yo hablé
esta mañana y está confirmado -mirá, susurro, ése
que está ahí, el viejo de la campera verde, es Fogwill.
Y ella, sin apagar el cigarrillo: No sabía que Saer estaba enfermo...
-¡¿escuchaste?!... dijo que se murió Saer. No me
diga, interrumpió un tercero libro en mano. Sí. Sí.
Hubo
un silencio y me pareció que Fogwill estaba triste. Bajé
la mirada pero no pude leer, veía la palabra “traducción”
(Ahora me escapé de este documento un rato, no sé cuán
largo, la traducción que intenté ayer estaba mal, muy
mal. Pero recién ahora me doy cuenta de que copié el régimen
verbal sin verificar si en francés también se necesitaba
la preposición y claro que no, y me quedé pensando opciones.
Qué desastre, pienso. Cuánto falta para poder traducir.
Cómo será la correcta -estoy esperando que alguien me
diga:
Rose réelle du narré/ qui la rose gentille
des jardins du temps/ dissémine/ et dévore(1)
Rose réelle du narré/ qui de la rose gentille des jardins
du temps/ dissémine/ et dévore.) y mientras trataba de
entender, de encontrar mi reacción -que tardó, que subió
lentísima desde no sé qué abajo, que tomó
un tiempo extensísimo; no, que recorrió un espacio extensísimo
para venir a buscarme- dijo algo que no pude entender, le besó
la mano y se fue con una revista que se llevó bajo el brazo.
Después fuimos nosotros a la caja: efectivamente, Fogwill había
dicho que Saer había muerto. Los tres nos quedamos un poco detenidos,
ninguno sabía que Saer estaba enfermo. Y la duda fatal: ¿Y
si no era cierto?¿Y si era uno de esos errores que se van repitiendo
de boca en boca hasta que nos alcanzan? Había que esperar a llegar,
a buscar en internet, a llamar a alguien más y preguntarle. Yo
también me llevé la revista: Planetario se llama. Mientras
volvíamos, sin saber si había o no que estar tristes,
terminé mi relato. Hice sonar la última frase. A la altura
de Plaza Once.
Era
cierto. Después, todo pareció un segundo plano de ese
único hecho. Lo único que realmente pasaba era que Saer
estaba muerto. Las cenas, los brindis, el despertar uno, el despertar
dos, todo sucedía como a lo lejos. De pronto la sensación
clarísima de que había otra obra terminada en la literatura.
También leí esa frase, más tarde o más temprano.
Y el intento de recordar: cuándo lo leí por primera vez,
cuándo pude entrar y permanecer en ese mundo por primera vez.
Fue ese verso. Rosa real de lo narrado/ que a la rosa gentil de los
jardines del tiempo/ disemina/ y devora. No lo leí, me lo leyeron
por teléfono. Lo puse como epígrafe de un parcial sobre
La invención de Morel (ése fue el primer escritor
que se murió para mí, y fue el mismo del te leo el
poema por teléfono el que me enseñó aquella
vez que el día en que se muere un escritor me quedo leyendo sus
frases) en la misma materia que ahora me llevaba a comprar esos dos
libros a esa librería para preparar una clase, para escuchar
que Saer estaba muerto. De lo que se escribió en todos estos
días, sólo una frase pudo entrar en esa temporalidad más
lenta y más cierta -continua debo querer decir. Tengo,
con esa frase que otro supo escribir, una sensación de verdad
similar a la que tuve tantas veces con esas frases de Saer que parecen
encontrar el secreto ritmo de las cosas, de la mirada sobre las cosas.
En un momento, la frase decía : el mismo "yo"
que ahora, huérfano inconsolable, escribe estas líneas.
Casi
tuve un momento de felicidad cuando imaginé cientos de lectores
abriendo sus libros, releyendo en voz alta o no algunas de sus frases.
Y pensé que Saer era eso. La continua lectura de cientos de frases
entrecortadas, lentas, como viniendo de antes, como sin final y como
por fuera de este tiempo.
Elena
Donato
(1)Es
ésta, o al menos es la correcta gramaticalmente.