Presentación
por
Alejandro Margulis
Seis
cuentos componen el primer libro de Manuel Emilio González (1964);
son suficientes para presentar una mirada del mundo descarnada y cáustica
que escarba en los “universos mínimos” y los “futuros
miserables” de hombres y mujeres embrutecidos por la carencia
de proyectos, el trabajo a destajo o las rutinas de la pobreza y la
promiscuidad. Lo hace con la misma sorprendente calma con que no de
sus muchos, fuertemente eróticos personajes femeninos -una lúbrica
jovencita rubia de minifalda- estruja sus muslos contra los bordes del
escritorio donde estudia filosofía el hombre que ella quiere
seducir. Los personajes de estas historias están en permanente
y soterrada disputa entre ellos mismos: son amigos que se engañan,
hermanas traicioneras y traicionadas; padres que abandonan o sancionan;
madres ávidas de hombres que se abran el pecho para mantener
su prole. Pero también, seres tristes y cándidos para
quienes la acción (el crimen incluso) no es más que la
única, imprevisible alternativa que poseen para romper con las
angustias de la espera. La carencia, la vacuidad, la sordidez y la envidia
son la sustancia de estos cuentos. Lejos del costumbrismo, este libro
escenifica irónicamente los rasgos más banales de un presente
atroz, casi con la misma “pericia y buen gusto” que emplea
otro de los personajes femeninos para decorar su casa. Los modos con
que la paranoia encarna en aquellos para quienes la vida es apenas un
insulso discurrir se presentan aquí con un estilo limpio y directo.
No hay espacio para los lugares comunes acerca de la familia o el matrimonio
como fin último o legado: la única paz posible, la felicidad,
está por el contrario en la decisión de quebrar las ramas
de lo establecido. Despojado, preciso en el lenguaje y en sus tramas
de finales imposibles de prever, Las ramas quebradas se lee
por cierto de un tirón. Si la gracia de un buen texto literario
es conseguir suspender la incredulidad del lector -al menos durante
la lectura- hasta lo inadmisible, no me parece un exceso decir que este
libro tiene grandes chances de ocupar su lugar en una biblioteca de
la desolación.
***
Manuel
Emilio González
La
hermana
El
último recuerdo que Alberto poseía de Mariana, la hermana
de su mujer, era el de una adolescente de pelo castaño y mirada
entre distante y cansada, que durante la fiesta de su casamiento con
Fernanda, permaneció toda la noche sentada al lado de su padre,
aferrada a su brazo. Esa imagen conservaba Alberto, una imagen poco
definida, sin rasgos, sin contornos, y la idea de algo escondido tras
los ojos de Mariana: un secreto o una promesa, o nada más que
indiferencia.
Alberto
vivía en el campo con Fernanda, en una casa rústica, lejana
incluso del casco de la estancia donde trabajaba. Del pueblo, espacio
de su juventud y del amor con Fernanda, lo separaban veinte años
y algo más de cincuenta kilómetros. Un breve pedazo de
tierra pagado durante años con parte del sueldo, una casa inconclusa
y un caballo arisco conformaban la suma de sus propiedades.
Por
esa tranquila precariedad en la cual vivían, o porque jamás
sospecharon la posibilidad, los tomó de sorpresa la llegada de
Mariana.
Fue
un domingo, de madrugada. Los golpes en la puerta sacaron a Alberto
de la cama. Abrió y vio a la mujer de la que apenas distinguía
a través de oscuridad y del sueño, los dientes de la sonrisa
y el cabello hasta los hombros. Preguntaba por Fernanda. Alberto ni
siquiera notó las valijas.
--Te
busca una mujer --dijo con voz pesada al tiempo que prendía la
luz.
Fernanda se acercó envuelta en una sábana y dudó
al verla.
--¡Vamos!
¿No vas a hacer pasar a tu hermana?
Se
abrazaron. También hubo lágrimas.
Alberto
las miraba incrédulo, sin poder rescatar del rostro de esa mujer
ningún rasgo de la adolescente de gesto distraído del
día del casamiento. Un momento después lo saludaba a él,
que contemplaba el inverosímil atuendo de la mujer: vestido ajustado
y tacos.
--¿Cómo
hiciste para llegar a través del campo con esos zapatos y encima
con valijas?
--¡Eh!
Veinte años sin vernos y me preguntás eso.
Para
Alberto había cambiado demasiado; Fernanda la veía levemente
distinta, pero no irreconocible como sugería su marido; para
ella los ojos, la nariz y la boca permanecían iguales.
Terminados
los saludos pasaron a la cocina y Fernanda preparó algo para
tomar. Mariana miraba las paredes sin revocar, los pisos de Pórtland
y las sillas desiguales. La casa tenía tres habitaciones y la
cocina; había una sola puerta, la de entrada. La luz, por momentos,
amenazaba con apagarse.
--¿Se
está por quemar? -- preguntó Mariana.
--No.
La electricidad viene de la estancia, nos tiran un cable; pero a veces
el generador anda mal y pasa esto-dijo Alberto señalando la lámpara.
--¡Parece
mentira veinte años! -- suspiró Fernanda.
--Desde
el casamiento. ¡Qué fiesta! --recordó Mariana
--Sí,
pero te quedaste sin cumpleaños de quince.
--Y
bueno, era en el mismo mes y el viejo, pobre, no tenía plata
para dos fiestas. Y un casamiento es más importante.
Pronto
comenzaron a contarse los pormenores de sus vidas. Mariana se excusó
por no haberlos visitado antes: cuando lo hicieron sus padres eligieron
fechas en las que ella había tenido la obligación de quedarse
estudiando. Terminada la secundaria ingresó como empleada en
la municipalidad del pueblo; la falta de dinero o algún novio
se lo habían impedido en las vacaciones.
--¿Y
no te casaste?--Interrogó Fernanda.
--No.
Tuve dos novios mas o menos formales, pero ya sabés cómo
es un pueblo: la que no se casa con el primero ya no se casa más,
a no ser que se vaya; en un lugar donde todos se conocen, nadie quiere
a la que pasó por otro. Después de eso me busqué
un tipo distinto cada fin de semana. Por eso los viejos dejaron de hablarme
y me fui a vivir a una pensión. De cualquier manera ya no pienso
casarme.
Continuó
hablando por un rato, de los motivos para no casarse, de su grata soledad.
Luego el desgano inundó el tono de su voz y calló. Se
retiró el pelo de la cara y miró el color de los ladrillos.
--¿Y
ustedes?--preguntó.
Alberto
y Fernanda relataron su vida insulsa y las escasas variaciones ocurridas
en esas dos décadas: la compra del terreno al buen patrón,
la construcción de la casa, el ocio en las tardes, alguna lluvia.
Los siete mil trescientos días juntos podían contarse
como uno; no por brevedad, sino porque el primero se había repetido
casi invariable hasta el último. Sin embargo mantenían
aún el mismo afecto y la imprudente alegría de los indigentes
recién casados. Gozaban su serena felicidad sin cuestionamientos.
Y la presencia de Mariana la acrecentaba.
Insensible
a la visita la rutina diaria siguió firme. A las cinco, Alberto
se despertaba para ir a trabajar. Una hora después lo hacían
las mujeres. Las dos compartían el trabajo de la casa, pese a
la oposición de Fernanda --hacer trabajar a la hermana iba en
contra de la hospitalidad-. Mariana justificaba su ayuda diciendo: "Si
me voy a quedar todo el mes de vacaciones no puedo pasármelo
sin hacer nada" Así es que tendían las camas, barrían,
daban de comer a las gallinas que andaban sueltas por el terreno y en
la pileta del fondo lavaban la ropa. Antes de las diez terminaban, entonces,
sentadas bajo los árboles que daban sombra a la pared Este de
la casa, iniciaban una charla que pretendía acercarlas, buscando
el parentesco perdido, suspendido por el tiempo. Al llegar el mediodía,
Fernanda juntaba toda su tenue voluntad y mataba un pollo para el almuerzo.
A veces preparaba la comida Mariana, pero su destreza para la cocina
era pobre: difícilmente se apartaba de las ensaladas. Con la
siesta dormirían ambas en la cama matrimonial, porque había
un solo ventilador, ya envejecido, que proveía más ruido
que aire. Pasadas las cinco, un vaso de leche fría y pan con
dulce darían forma a la merienda. Una charla de matices más
risueños acompañaría la caída del sol. Hablarían
del pueblo, de alguna amiga en común o a pedido de Mariana, Fernanda
relataría historias del campo: de aparecidos, de mujeres infieles
y de degüellos.
Alberto
llegaba de noche y pronunciaba una oración repetida desde hacía
semana.
--Tengo
que comprar otra montura. En cualquier momento se me cortan las cinchas.
Después
de cenar Mariana salía a mirar la oscuridad.
Ya
en la cama, por la ausencia de puertas en las habitaciones, y pese al
ventilador que a ella correspondía en su carácter de visita,
oía insomne las respiraciones entrecortadas y los jadeos maniatados
por el pudor provenientes de la pieza de Fernanda.
Pasó
una semana.
La
semana siguiente no fue distinta a la anterior. Las mujeres expresaron
su felicidad por el afecto fraterno recobrado. En las noches el comentario
sobre la montura se combinó con la confesión indiferente
del hartazgo de Mariana: dejaría el pueblo, se iría a
la ciudad; ya la habían cansado sus calles, sus habladurías
y los rostros de hábito y buenos modales.
Alberto
prometió un asado para el fin de semana. El sábado llegó
con el caballo cargado por los costados: carne, vinos y la montura deformaban
la silueta del animal.
--Compré
la montura. La vieja no aguantaba un viaje más -- dijo sonriente
a las mujeres.
Sentadas
contra la pared Este de la casa gozaban de la sombra y de la humedad
fresca de la enredadera adherida a la pared.
--Siempre
me gustaron las enredaderas -- dijo Mariana con las manos entre las
hojas de la planta.
--Son
lindas --dijo Alberto mientras dejaba la montura en un galpón
que pretendía ser un establo.
Al
volver con las mujeres inició un relato sobre cómo había
descubierto la enredadera y la oposición de Fernanda a dejarla
crecer. Mariana no le prestaba atención, tenía la conciencia
anegada por la llanura, sintiéndose en un abismo horizontal prolongado
hacia los cuatro lados.
Llegó
la noche y el viento sacudió el vestido de Mariana.
--Ya
casi está el asado--le avisó Alberto dándole un
vaso de vino. Mariana sonrió y fue a la mesa.
Comieron bajo la noche. La luz precaria de un farol de gas les brindo
alguna claridad. Bebieron y rieron hasta emborracharse. No llegaron
a las piezas: el pasto los recibió en las posturas inauditas
en las cuales cayeron cuando los derrotó el vino.
El
sol los despertó y volvieron a dormir, pero esta vez, lo hicieron
en las camas.
Los
catorce días restantes para el final de las vacaciones de Mariana
transcurrieron bajo el sosiego de los anteriores. Como novedad, Fernanda
le enseñó a montar a su hermana, a desmedro de su temor
y el mal carácter de la bestia. En los fines de semana, Mariana
pudo constatar en sus paseos a caballo, la monotonía atroz de
la llanura.
Culminó
el mes de vacaciones y Alberto y Fernanda sintieron temor por el trabajo
de Mariana.
--Si
sigue acá la van a echar.
--Ella
sabe lo que hace.
La
aversión por la descortesía los inhibió de sugerirle
que debía volver, que el mes había terminado hacía
días.
Pasó
el otoño y los árboles perdieron las hojas.
El
invierno se anticipó; llegaron las nubes, el frío, las
tardes de oscuridad y las noches tempranas. Ocurrió todo lo que
debía ocurrir, menos la partida de Mariana. Alberto consideraba
que la visita era excesiva y podía tornarse incómoda.
Sentía una tensión apretada contra la garganta, como el
calor húmedo del verano; era íntima, áspera y podía
ocultarla. Pero el tiempo la hizo más intensa, más ácida,
y ya fue demasiado como para seguir disimulando y no quebrar el silencio.
--¿Cuándo
se va a ir? --se preguntaba Alberto mirando a su esposa --¿Qué
quiere?. ¿No quería irse a la ciudad?. ¿Por qué
no se va?
--Es
mi hermana.
--Pero
la mantengo yo. Lo increíble es que ni siquiera amaga con agarrar
las valijas. Hasta ahora me quedé callado, pero no voy a soportarla
para siempre.
Alberto,
más allá de su enojo, no pidió explicaciones a
Mariana, tampoco lo hizo Fernanda. Mariana se debatía entre los
paseos caballo y la despreocupación.
El
avance del invierno insinuaba los primeros temporales. Alberto padecía
el temor a las heladas y a la consiguiente pérdida de las cosechas,
lo que perjudicaría la economía de su patrón y
por añadidura la suya. Ese miedo, la irrenunciable visita y alguna
otra secreta inquietud coincidieron para complicarle el sueño.
Sin embargo una noche, en lugar de las angustias, lo despertó
el frío. Dejó la cama. La oscuridad y el caos del sueño
interrumpido no le dejaron encontrar la llave de la luz. Siguió
la corriente de aire. Al llegar a la cocina comprobó que la puerta
de entrada estaba abierta. Una claridad fugaz iluminó el campo.
Salió y vio a Mariana con los ojos en la noche, en los relámpagos
ramificados en el cielo. Uno tras otros iluminaron de gris las nubes.
Mariana los veía nacer y resquebrajarse a partir del horizonte.
--¿Qué
estás haciendo?. Vas a enfermarte.
--Nada,
miro la noche.
--Entrá
antes de que el frío te mate.
Iban
camino a la puerta cuando dos nubes chocaron arrojándoles luz
en el cuerpo. Alberto la miró y creyó ver que lloraba.
La lluvia comenzó a caer y le quitó la posibilidad de
la certeza.
La
tormenta duró toda la noche. Las nubes esperaron una semana a
que el viento las disipara. Esos días Mariana los pasó
apática, contemplando la llanura con gesto ausente, indiferente
del frío. Al volver el sol retorno su buen humor, que se contraponía
a la exasperación de Alberto y al silencio de Fernanda.
El
espacio, la paz y el aire desaparecían ante la presencia de Mariana.
La naturalidad para permanecer en su casa sin justificarse provocaba
el asombro de Alberto. A veces deseaba matarla.
Al
llegar la primavera los esposos, íntimamente, sabían que
estaban perdiendo el afecto. Desde hacía meses la cama sólo
les servía para dormir y discutir en voz baja. La visita les
mataba el amor.
Regresó
el verano con días más húmedos. En la estancia
el generador tendía a descomponerse, dejando ocasionalmente sin
luz la casa. Una de esas tardes en las cuales el calor y la falta de
electricidad acrecentaban los enojos, Alberto se lo dijo a Fernanda.
Había llegado temprano de trabajar y la piel le ardía
bajo el sol.
--Mañana
le digo que se vaya.
--¿Y
si no se quiere ir?
--Se
va igual.
--¿Pero
y si no quiere?
--La
golpeo y la llevo a la rastra hasta la ruta.
--Son
diez kilómetros.
--No
importa, si hace falta la cargo al hombro.
--No
quiero estar.
--Entonces
agarrá el caballo y con cualquier excusa te vas.
Mientras
los anfitriones se preparaban para echarla, Mariana miraba al cielo
apoyada contra la pared de la enredadera. El viento enroscaba su cabello
entre las hojas.
Al
día siguiente Alberto llegó eufórico. El pasto
le parecía más verde y el calor que formaba una nube de
vapor alrededor de su cuerpo, era algo casi ajeno a sus sentidos.
Apenas
bajó del caballo encontró a Fernanda.
--Dejame
el caballo, voy a comprar leche al tambo --dijo guiñando un ojo.
--Está
adentro-agregó por lo bajo.
Alberto
demoró en entrar. Se lavó la cara con agua de la bomba
y bebió. Agitado por la humedad gozaba con la tardanza. La alegría
por el final de la molestia transformaba para él al flujo del
tiempo en un juego, o una rara variante del placer.
--¿Después
de tanto esperar que apuro hay? -- se dijo Alberto, susurrando.
Entró.
Se secó la cara con la camisa y caminó hacia la pieza
de Mariana. Como el generador se había roto la casa estaba vencida
por la oscuridad. Inexplicablemente las ventanas estaban cerradas; sólo
hilos de luz pasaban por las rendijas de las persianas.
--Mariana--la
llamó enceguecido por el cambio de ambiente.
Esperaba
verla en la cama, pero la encontró sentada en un banco, a un
costado de la entrada de su pieza. Tenía la cabeza apoyada contra
la pared y los ojos cerrados. Un haz de luz le iluminaba un perfil del
cuerpo; era lo único visible para Alberto, pero resultaba suficiente
para sugerirle la pollera por encima de las rodillas, las piernas abiertas
y la transpiración densa y viscosa en el cuerpo.
Mariana
insinuó media sonrisa, y con la sonrisa, una invitación
inequívoca. Abrumado, Alberto la atrajo hacia sí de un
brazo, la tomó de la cintura y le arrancó la pollera.
Después, le arrancó el resto de la ropa.
--No
le dije nada --dijo Alberto apesadumbrado a la llegada de Fernanda.
--Ella
dormía y cuando despertó se me había pasado el
enojo.
--Y
tanto que te hacías el macho.
--Y
bueno, ya se lo voy a decir.
Alberto
y Mariana siguieron encontrándose entre la oscuridad y el calor
de la pieza de ella: durante la siesta los fines de semana, al salir
Fernanda, o bien en las noches en que Alberto se volvía temerario
y saltaba de una cama a la otra. A Fernanda, Alberto trataba de no enfrentarla,
y sus diálogos tenían por límites los monosílabos.
Fue
en dos semanas. Alberto no llegó a notarlo hasta quedar convencido.
Ignoraba cómo y acaso nunca lo advirtió, pero de un modo
sutil, Mariana le infundió el propósito de matar a Fernanda.
--Me
gusta este lugar y me gusta estar a tu lado. Pero somos tres... y deberíamos
ser dos-le había dicho alguna vez.
La
idea se hundió en el interior de la mente Alberto. No hubo pudor
ni dilema moral. Y fue fácil para Mariana.
--¿Ya
pensaste como hacerlo? --le dijo Mariana una tarde.
--No.
Todavía no.
--El
domingo poné la montura vieja en el caballo. A la hora de la
siesta, después de que ella se duerma, vení a mi cama
y te dormís. Lo demás dejámelo a mí.
El
domingo por la mañana apenas despertó, Alberto salió
de la cama y cambió la montura.
Al
mediodía comieron silenciosos. Por temor a delatarse, el marido
no levantó los ojos del plato. Mariana se mostraba distante.
Fernanda pronunció algunas palabras a las que nadie respondió.
El vino les dio pesadez en los ojos, les hizo inevitable la siesta.
Fernanda
se durmió pronto. A pesar del esfuerzo Alberto también
se quedó dormido. Una hora después soñaba que lo
arrastraban de los cabellos. Logró salir de la pesadilla. El
tirón de pelo perduraba.
--Idiota, vas a venir o no --le dijo Mariana con la voz enronquecida
por la ira y aún con su cabello en las manos.
Salió
de la cama sin despertar a Fernanda. En la cama de Mariana ni siquiera
pensó en el sexo; el sueño llegó antes que el deseo.
A
las cinco despertó Fernanda y no vio a su esposo. Se vistió.
Al salir de su pieza encontró a su hermana, sin ropas, a la entrada
de la suya.
--¿No
viste a Alberto?
--Está
durmiendo.
--No...
--En
mi cama --la interrumpió Mariana.
Fernanda
abrió la boca sin resignarse a la verdad. Tuvo que verlo en la
cama para quedar convencida. Quiso hablar y no lo hizo: sabía
que iba a llorar.
Inexpresiva,
Mariana la miraba.
--¿Por
qué no te vas?--dijo Mariana.
La
tormenta que Fernanda tenía en la sangre la arrastró fuera
de la casa, hacia el establo; un golpe de fusta y el caballo la llevó
dejando un relincho en el aire.
Antes
de oscurecer llego un peón de la estancia para dar aviso del
accidente de Fernanda.
--¿Murió?--preguntó Alberto con torpeza al oír
la noticia.
No
sé. La llevaron al hospital del pueblo. El patrón me mandó
con la camioneta para que esté a su disposición.
El
miedo a que Fernanda siguiese viva le ayudó a modelar una expresión
adecuada para el accidente de una esposa.
En
el hospital preguntaron por Fernanda. Esperaron.
A
la media hora un médico le preguntó si era el esposo.
Segundos después, con prudencia, le confirmó su viudez.
Alberto,
que ya no soportaba la angustia, lloró.
Más
tarde vinieron las causas y las explicaciones: el corte de las cinchas,
la caída entre las patas del caballo, el páncreas reventado,
error al elegir la montura; después el velorio, los pésames,
el entierro.
El
día siguiente al entierro, Mariana lo pasó desnuda y risueña.
Alberto la sintió soez y generadora de una dulce obscenidad.
Colmado por su densa transpiración femenina comprendió
que Mariana, con sus imperativos y sus bajezas, lo humillaba; pero comprendió
también que prefería el yugo al amor, y que esa humillación
placentera, era la raíz de aquello que lo unía a Mariana.
Llegó
la noche, luego el día.
En
la mañana Alberto despertó solo. Mariana faltaba en la
cama y faltaba también en el resto de la casa. El caballo comía
en el establo. Ella se había ido y Alberto no podía entender
la forma, ni imaginar los medios. "Ya va a aparecer" pensaba.
Hacia
el mediodía tomó el papel que había visto sobre
la mesa apenas se levantó y que había pretendido ignorar.
Lo leyó.
El
principio lo confundió, acaso porque le resultó brutal
que se fuera para siempre. Después de asimilar esa primera parte
llegó a entender el mensaje.
Mariana
decía que había perdido las dos ilusiones a las que podía
aspirar una mujer en un pueblo: el matrimonio y el cumpleaños
de quince. Al primero se lo quitaron los prejuicios, al segundo lo perdió
por culpa de él y de Fernanda. Por años, mientras duró
el odio deseó la venganza, pero al morir los rencores pudo olvidar.
Con el tiempo percibió que en la naturaleza imperaba una justicia
elemental, que alternativamente otorgaba dones y castigos, compensaba
excesos y suplía las carencias. Esa justicia --lo supo-- le daría,
a su debido tiempo, el resarcimiento.
Una
mañana despertó sabiendo que debía ser el medio
por el cual se expiarían las culpas; despertó sabiendo,
también, que había llegado el momento en que le devolverían,
Alberto y Fernanda, la paz y la felicidad que a ella le habían
quitado. Entonces actuó, con inocencia, lejos del odio, impulsada
por la simple convicción de su deber.
A
su hermana la dejó sin felicidad al quitarle el marido, a él
lo dejaba sin paz al convertirlo en asesino.
La
carta seguía. Alberto no terminó de leer. Sintió
que el pecho se le cerraba, como si hubiesen vuelto a él los
pedazos disgregados del amor que sentía por Fernanda. Soltó
la nota y se llevó las manos a la cabeza.
Sus
rodillas tocaron el suelo antes que el papel.
Manuel
Emilio González