Ella
era joven y tomó una caja de fósforos para descabezar
una a una las cabezas rojizas. Las pisó en un mortero e hizo
una pasta y, después, una bolita. Miró la bolita apenas
apoyada en la palma de su mano: pequeña, aunque un gran fuego,
de detonarse. Ella creía que era profundamente infeliz, la bolita
ahí, en la palma de su mano y ella misma, ahí, hermosa
pero secreta, en ese pueblo. Por eso se tragó la bolita y sintió
cómo se desgranaba en su garganta y se acostó larga en
la cama y se durmió mientras lloraba. Ella pensaba, antes de
dormirse, en su pobre madre, entrando en la mañana y en el intento
vano de despertar a la hija muerta. Blanca, larga, ya todo habría
pasado, en la mañana, y sin embargo no podía dejar de
llorar. Pero en la mañana sólo vomitó y dos ojeras
grises debajo de los ojos durante el día fue todo el rastro de
su desdicha inacabada e inacabable.
Treinta
años después se lo contó a sus hijos: ella, cuando
era joven, había tomado una caja de fósforos e intentado
suicidarse. Había descabezado los fósforos y puesto, como
burbujas, las doscientas veintidós cabezas en un mortero y las
había triturado hasta formar una pasta y con la pasta una única
burbuja densa y pesada y se había tragado la burbuja. Me la tragué
–les dijo- y, en la cama, toda la noche, toda la noche, esperé
morirme mientras lloraba y me ganaba el sueño, que yo creí
era la muerte, hasta que al día siguiente desperté. Los
hijos callaron. Los hijos eran cinco y ya grandes. Los dos mayores,
una mujer y un varón, se habían casado y tenían
sus propios hijos; los otros traían sus novias a cenar los martes
en la noche o se tomaban fines de semana libres para viajar con ellas
a las sierras, o a Mar del Plata en temporada baja. ¿Por qué
nos contás esto ahora? –preguntó uno y ella no supo
qué contestar, pero se rieron mucho de la ingenuidad que su madre
tenía a los quince años. Qué idea -dijeron- suicidarse
con fósforos. Ella también rió mientras pensaba
en lo estúpida que había sido: en el galpón trasero
guardaban veneno para ratas, en el botiquín del baño había
navajas de afeitar rápidas y afiladas: también, sino,
hubiera podido meter la cabeza dentro del horno y abrir la llave. No
recordaba por qué había elegido los fósforos.
Cuando
ya tenía muchos nietos y un día quedó viuda –Horacio
murió leyendo el diario, sentado en un silloncito de hierro,
en el patio, un domingo- su hija menor recordó la escena: su
madre temblando, las doscientas veintidós cabezas rojas deslizándose
como un pequeño mar en el fondo curvo y blanco del mortero, la
bolita mortal, etcétera. Recordó, también, la tarde
en que se los había contado. Todos eran jóvenes y los
tres menores todavía vivían en la casa, el padre acababa
de jubilarse, los domingos a la tarde jugaban a los naipes y comían
tortas recién horneadas. Su madre les había dicho que
cuando era joven intentó suicidarse. Se los dijo sin tener por
qué, después de terminado un partido, y sirviéndose,
del plato, una porción de bizcochuelo. La hija menor recordó
todo esto y dejó los niños con la sirvienta, sacó
el auto del garage y manejó hasta la casa de su madre. La encontró
mirando la novela.
—¿Nos
contaste porque querías suicidarte entonces, de nuevo? —preguntó
la hija menor.
—Sí,
a lo mejor sí —contestó ella, que ahora era vieja,
amable y sabia.
Y
hablaron de los nietos, de la niñera, y de podar las rosas.
La
hija, ya más tranquila, volvió a su casa. Pasó
por el almacén y compró leche y dos botellas de champú.
Encontró a sus niños peleando por el manejo del control
remoto y a la sirvienta peleando, a su vez, con ellos.
Su
madre murió tiempo después, de una bala perdida, una noche
de año nuevo en que sacó una silla al patio para respirar
aire fresco, cuando ya todos sus hijos y sus nietos se habían
marchado y ella no lograba conciliar el sueño.
Federico
Falco