Un
engaño demagógico sutil, maestro, es la imagen con que
consiguió ser asociada la demagogia: alguien que desde un estrado
o un balcón o por un medio masivo arenga a la multitud. En realidad
si la demagogia es el arte de conducir a la gente con engaños,
también hay demagogia sin demagogos, sin palabras altisonantes:
una demagogia impersonal, prudentemente recatada, de procedimientos.
Incluso hay la que se da el lujo de presentarse en contra de las demagogias.
La demagogia del suplemento cultural es peculiar: no tiene relación
con la del líder carismático, pero tiene sus destinatarios,
su hipotético pueblo lector, y tiene un proyecto de engaño,
presentar un modelo cultural e implícitamente anunciarle a todos:
"ésta es la buena cultura", "ésta es la
verdadera cultura", o inclusive, muchas veces, "ésta
es la única cultura". También advertirles: "si
aspiran a ser cultos, acéptenla". La reacción de
los lectores no puede ser uniforme, pero hay que reconocer que muchos
desean ser engañados: quieren conectarse con la cultura y leen
los suplementos, quieren 'hacer cultura' y procuran, a veces con desesperación,
aparecer en sus páginas. Al menos en dichos casos, que no son
excepcionales, los suplementos triunfan: consuman un engaño que
se repite semanalmente. Luego están los escritores que no se
engañan; por el contrario, no por motivos económicos sino
queriendo asociarse al plan periodístico colaboran en las páginas
de los suplementos con la mayor asiduidad posible: piensan provocar
así la ilusión de ser los protagonistas de la cultura.
La
demagogia del suplemento cultural tiene sus bases persuasivas en su
objeto y en su nombre. Como objeto su capacidad de maquillarse con el
color de lo necesario, sobre todo mediante el uso de la repetición
y la regularidad, hace que hoy sea inconcebible un país sin ellos,
no obstante su absoluta innecesariedad; y la necesidad de lo innecesario
es característica de lo que se conoce bajo el nombre de adicción
o vicio. A ello se suma la ambigüedad de la palabra cultura, que
oculta una pluralidad tanto como una singularidad tras un nombre genérico.
Sobre esta conjunción equívoca se sugiere o propone un
imposible: que, si la cultura es la multiplicidad de formas con que
se manifiesta la vida en una sociedad humana, el suplemento puede ser
el lugar que dé cuenta de ella. Antes de que las realizaciones
desmientan esta propuesta, la breve extensión de cualquier suplemento
de un diario dice de su ridículo.
El
objeto dice más; para empezar, muestra cómo considera
la cultura: la secciona, la vuelve una parte de algo y al mismo tiempo
algo aparte, concretamente un suplemento del diario. La gente que quiere
tomar contacto con la cultura, según esta propuesta, debe leer
una sección especial, que también es una sección
semanal. Pero la cultura no se manifiesta cada tantos días, ni
es una parte de la realidad humana sino su realidad misma. Negar esto,
que es negar la cultura, se corresponde con la principal vocación
de este periodismo, abstraer a los lectores de lo que los rodea y de
ellos mismos, distraerlos con noticias que son chismes sobre lo inmediato.
Por otro lado el "operativo suplementario" trata de hacer
de la cultura (de la literatura, del arte, pero también de los
modos de relacionarse con el mundo propio y el ajeno) un suplemento.
Para ello, si vale la figura, en un primer paso, quirúrgico,
recorta una parte del todo como quien amputa del organismo un miembro
y luego afirma con orgullo "tengo en mis manos la quintaesencia
de la organicidad". Paralelamente en un segundo paso, taxonómico,
coloca el miembro amputado en formol y pega en el envase una etiqueta
clasificatoria que dice "esto es la cultura". Inmediatamente
lo ubica en un estante con otros envases que dicen esto es la política,
esto es la economía, esto es el deporte, etc. Así trabajan
los diarios. Por supuesto el suplemento se puede conservar por los siglos
de los siglos en algún archivo o al día siguiente ir a
parar al tacho de basura; está hecho para eso: el archivo o la
basura.
La
palabra suplemento, con doble elocuencia, como derivado de la palabra
suplir refiere a una falta, a una carencia, y luego a una suplantación.
Y el suplemento cultural, haciendo de su nombre una suerte de emprendimiento
cultural, se dedica por un lado a promover, más allá de
toda política de faltas, de omisiones selectivas, una falta mayor
(la de la cultura), y luego a suplirla, a reemplazar esta ausencia forzada
con su presencia. A ponerse en lugar de la cultura y hacer sus veces;
efecto ilusionista de la parte, en este caso ínfima, que ocupa
el lugar del todo. Si el objetivo del suplemento fuera suplementar,
ayudar a corregir un defecto, en su caso el defecto sería falso,
forzado por el suplemento mismo, que además sólo puede
disimularlo cubriéndolo con sus faltas propias, que son verdaderas.
Disimular
con las faltas del suplemento la relación con la cultura que
tienen sus páginas, es un truco generalmente exitoso: muchos
observadores, cautivados por él, sacan la atención de
la cultura para fijarla en lo que la suplementa. De hecho la crítica
más refractaria hacia estos apéndices periodísticos
suele pensarlos desde el defecto: los critica porque su tarea es parcialmente
errónea o insuficiente o irrealizada. Lo que implica pensar el
suplemento no desde el objeto mismo sino por comparación con
un supuesto suplemento ideal y perfecto. La comparación es imposible,
en tanto uno de los términos no existe, y el desplazamiento es
inútil: resulta en un análisis de las suposiciones sobre
las intenciones, esto es, en una acumulación de juicios sobre
lo injuzgable. Pensar lo que se hizo conforme a lo que se quiso hacer,
y lo que se quiso hacer conforme a lo que se pudo haber hecho; afirmar
que los suplementos culturales de los diarios son defectuosos, es pensar
desde la propuesta del suplemento: desde una supuesta intención
irrealizada o un supuesto fracaso. Pensados en cambio desde los objetos
mismos, no hay defecto, hay proyecto; no hay fracaso, hay un éxito
que se puede apreciar en la propia realización.
Las
revistas literarias o culturales suelen ser un ejemplo notable: muchas
veces, queriéndose enfrentadas a los suplementos, no enfrentan
su proyecto sino sólo sus realizaciones, como un rival en situación
de competencia. El resultado, digno del equívoco, es que con
estas críticas a los suplementos suelen ser sus mejores aliadas,
los mejores militantes del proyecto "enfrentado": se imponen
el destino de reparar o superar las faltas y defectos ajenos incluyendo
en sus páginas lo que los diarios no incluyen. Las revistas,
muchas que se pueden leer hoy en día, terminan así constituyéndose
en suplementos de los suplementos, esto es, en sus complementos.
Respecto
a los lectores los suplementos eligen con tanta habilidad qué
es lo que publican y cómo, que logran volverse un mecanismo de
inmunización: impiden el placer de la lectura en la medida en
que impiden el decir del escrito: lo rodean, lo controlan y resignifican
con textos e imágenes (títulos, copetes, volantas, glosas,
biografías, otros textos, imágenes) que pasan a formar
parte de él. Y lo que es peor, el escrito pasa a formar parte
de lo que lo rodea; esto de algún modo se lee y causa displacer.
En cuanto a la literatura, resignificada por los suplementos, pasa a
ser —periodismo, publicidad, política— otra cosa;
en este sentido la firma del escritor que allí aparece es una
falsificación; en última instancia el que firma y dice
es siempre el suplemento. Y en la medida en que usa el nombre del escritor
para decir lo suyo, dice contra el escritor; en este caso, como el ventrílocuo,
hace de la figura del autor una suerte de muñeco.
La
literatura y el periodismo, el último indisolublemente entrelazado
con la política y la publicidad, son dos discursos similares,
en tanto están hechos de lenguaje, y a la vez opuestos: la escritura
cuyo fin es hacer arte y el oficio que hace de la escritura un instrumento
para ciertos fines, desde imponer una visión de la realidad,
o imponer una realidad para la visión, hasta tomar el poder de
esa visión, además de lucrar, por ejemplo, promocionando
lentes de aumento. La literatura y el complejo periodismo-política-publicidad
recuerdan la vieja narración de Caín y Abel: los dioses
preferirán siempre las ofrendas de la literatura a las del periodismo
y todos los golpes que aquélla reciba de éste lograrán
herirla de muerte. Pero a diferencia de la historia bíblica la
literatura es Abel y Caín al mismo tiempo: muere y renace una
y otra vez, se ve condenada a vagar sobre la tierra y es fácilmente
reconocible por las cicatrices que la identifican.
Alguien
podría aducir que esta perspectiva es errónea, que la
única función del suplemento —al fin y al cabo un
órgano periodístico— es relacionarse con la literatura
desde la noticia. De cumplir esta función el público lector
estaría en condiciones de saber de qué se trata, o al
menos de leerlo con la expectativa de informarse. Nueva decepción.
Igualándose con el resto del diario —¿por qué
debería ser de otro modo?— los suplementos no se proponen
informar sobre lo que pasa en literatura, porque quieren que no se sepa
sino una parte: eligen qué libros, autores, noticias difundir.
El suplemento, tras su pretensión periodística de equidistancia
y objetividad, es un lugar ocupado desde el cual se impulsa una política,
una plaza donde se hace fuerte una facción de intereses. Sin
embargo, porque contrariamente a algunas revistas oculta la evidencia
partidista, la política de un suplemento no puede ser sino su
modo de disimular; se lee no tanto en lo que incluye como en la manera
de hacerlo, en el modo de excluir al incluir, y más abiertamente
en el muestrario de sus exclusiones. El suplemento decide qué
publicar cumpliendo antes que nada con compromisos extraliterarios;
únicamente cuando excluye puede ser libre, dar rienda plena a
su gusto. Esta es su paradoja: sólo puede ser literario en la
omisión de lo literario. En cuanto a su fachada periodística,
el mero intento de relacionar la literatura con la noticia es miserable:
informar y deformar, a eso se dedican los suplementos y el periodismo,
son peculiares modos de despreciar la forma, esto es, aquello que es
distintivo de la cultura.
El
suplemento también introduce la noción de público
como razón de su existencia, y en esto una vez más se
muestra antiliterario: la imaginación más pobre para un
escritor o lector es la idea de un público, de una levedad que
niega el vacío. Porque la idea de público se entronca
con la idea de éxito, y si hay algo no inevitable pero sí
muy frecuente es que el éxito vuelve estúpidos a los escritores,
esto es, los vuelve autores. Les da una palabra, su nombre, para que
se imponga a los demás, pero a cambio les exige una impostura,
una voz concentrada en imponerse. A partir de ella los autores deben
decir no lo que es propio sino lo que convenga al éxito. La palabra
éxito literario etimológicamente significa salida de la
literatura, y efectivamente no hay que ser demasiado lúcido para
advertir que público, éxito y nombre de autor no están
imprescindiblemente relacionados con la literatura sino con la industria
y el comercio editorial, que son los que sostienen económicamente
a los suplementos en la medida en que éstos sostengan sus negocios.
No hay por qué asombrarse si en el Buenos Aires de fin de milenio
los periodistas de un mismo suplemento que escriben narrativa son publicados
por un mismo sello editorial; más bien conviene revisar cuánto
espacio el suplemento dedica al susodicho sello. Digamos que editar
un libro a un periodista puede ser una forma de pagarle y que los comentarios
bibliográficos suelen ser la tarea publicitaria retribuida. Digamos
que las editoriales buscan tener agentes en los suplementos
y que no todos los periodistas resisten a tener editoriales de las que
agenciarse retribuciones; digamos que algunos suplementos publican
sólo lo que es retribuido de algún modo, y que ésta
es su forma de ser culturales. En este círculo de complicidades
la literatura no puede ser sino un convidado de piedra: aparece en todas
partes, clonada, pero no toma parte como lo que es, literatura; al fin
y al cabo editoriales y diarios no buscan placeres literarios, sino
el poder y el lucro. Esta es la clave del problema, su nudo demagógico:
entender el suplemento es no olvidar en ningún momento que forma
parte de un enorme negocio, con ramificaciones políticas y económicas.
Como se dice cultural, la literatura forzosamente pasa por
sus páginas a fin de alimentar esa ilusión: las tetas
de la literatura suelen amamantar demasiadas ilusiones.
El
que piense que no debería haber más suplementos se equivoca:
eliminarlos sería tan necio como cerrar las cloacas. Por el contrario,
lo deseable es que los suplementos se multipliquen, aumenten sus páginas,
aparezcan diariamente. En definitiva, puesto que los suplementos existen,
es necesario, en vez de considerarlos una fatalidad misteriosa, reflexionar
sobre ellos. No muchos pueden hacerlo. Hay una forma argentina de pensar,
también estimulada por estos medios, que es falsamente argentina
(a lo sumo de alpaca, posiblemente de latón bañado), y
dudosamente una forma de pensar: abstenerse de ser uno mismo, repetir
lo instituido o lo que dicen los grandes nombres, esto es, los nombres,
ideas y esquemas que acumularon valor de cambio. Es la tradición
intelectual argentina de practicar el pensamiento ajeno, que se relaciona
con una de las funciones de este periodismo, incrementar el valor de
cambio de los nombres, y con una de las funciones de la sociedad, reproducir
la realidad tal cual está ordenada.
Alguien
me contó la siguiente historia: un compañero de trabajo,
oficinista apasionado por la literatura y riguroso devorador semanal
de todos los suplementos culturales que se publican en Buenos Aires,
leyó el comentario bibliográfico de un libro titulado
Introducción a lacan. La palabra lacan estaba
escrita así, con minúsculas y sin tilde. No habiendo terminado
de entender la reseña, este señor recurrió a mi
conocido y le preguntó "¿qué es un lácan?".
El nombre, la marca de autor, se había convertido en una cosa.
El tráfico de las cosas: impidiéndolo a su modo, sustituyéndolo
suplementariamente, desde la función de obstáculo, los
suplementos realizan el objetivo de la cultura.
Jorge
Santiago Perednik