El
arte, que es en sí mismo una forma de engaño, experimenta
una serie de crisis de desmistificación: se impugnan y sustituyen
ostensiblemente los viejos objetivos artísticos; se modifican
los mapas arcaicos de la conciencia.
Susan Sontag.
Alguna
vez Mark Twain advirtió que es mejor mantener la boca cerrada
y pasar por estúpido antes que abrirla y despejar cualquier duda.
Sabemos que no son hoy, ni lo fueron nunca, los escritores argentinos
los más propensos a guiarse por está máxima. Las
páginas del suplemento Ñ del sábado
11 de junio dan cuenta de ello y actualizan la regla. Sin embargo vale
destacar que los hombres de letras involucrados en la nota central de
ese día se mostraron bastante elusivos. Si bien desde la tapa
se seduce al lector con dos hiperbólicos gallos enfrentados como
símbolo de una promisoria pugna rica en oprobios y exabruptos,
al recorrer el texto lo que se encuentra es una suerte de híbrido
que aúna la reseña –más publicitaria que
crítica- con una edulcorada entrevista colectiva. Desde el suplemento
hacía ya algún tiempo que se venía promoviendo
sin demasiado éxito el género “polémica”,
con este nuevo fracaso lo que se evidencia es el poco sólido
basamento teórico -o simplemente intelectual- en que se asienta
el suplemento “cultural” del prestigioso diario de Fortabat.
Evidentemente, something is wrong in Piedras.
Lo
que el artículo deja claro –incluso de modo explícito-
es que salvo un par de inocentes académicos –vaya oxímoron-
y algún joven con ansias de ser famoso a fuerza de entrevistas
y aspecto de aggiornado galán de telenovela, prácticamente
todos los personajes invocados se mostraron reticentes a intervenir
en la polémica. Curioso es el caso de Martín Kohan que
si bien, asegura la autora de la nota, se niega a entrar en el intercambio
dialéctico, no sólo participa de un modo fecundo sino
que suma una nota de opinión. Algo así como “No
voy a aportar nada porque...” y comienza la larga serie de aportes.
Mejor recordar a Twain y pasar por estúpido...
Depurado
de este tipo de intervenciones forzadas, el esqueleto del artículo
queda constituido por una serie de citas chabacanas del libro de Damián
Tabarosky, Literatura de izquierda, y del de Guillermo Martínez,
La fórmula de la inmortalidad. El resultado: un elegante
ejercicio de intertextualidad y una “polémica” que
no pasa de los dos gallos que protagonizan la tapa. El esfuerzo es claro,
quizás bien intencionado, pero infructuoso. Desmedido –diría-
para un espacio donde los objetivos resultan exagerados para la escasez
de herramientas con la que se los quiere alcanzar.
Seré
breve: puesto que pareciera que no hay nada actual que discutir en el
mundo de las letras, la autora, Raquel Garzón, y varios de los
aludidos se esfuerzan por circunscribir el debate bajo el signo de rótulos
que en algún momento resultaron eficaces pero que hoy nos suenan
como vacíos clisés. Así vuelven a asomar rancias
antinomias como academia vs. mercado (como si Manuel Puig no nos hubiese
enseñado que se puede llegar a Broadway sin dejar de escribir
bien) o experimentación vs. narración lineal (como si
Jorge L. Borges o Antonio Di Benedetto pudiesen encasillarse fácilmente
bajo uno de los títulos). La nota, en definitiva, no es más
que un artificio retórico que, como si eso no fuera poco, incurre
en formas elementales de maniqueísmo. El vacío que la
nutre –pareciera- es el mismo que habita los espacios literarios.
En
realidad –creo advertir- existe un único motivo de debate
que nadie asume porque parece ser demasiado compromiso, algo así
como “ensuciarse las manos”. Reconozcamos que la orientación
estética ya no divide las aguas, la causa de diferenciación,
antes que cualquier otra, resulta hoy la posición que se ocupa
en el mercado. Se escribe en el mercado y –aunque no se quiera-
para el mercado. No pretendo ahondar pero creo que así las “escuelas”
cobran nitidez: Rodrigo Fresán, Andrés Newman y Gonzalo
Garcés conocen las ventajas de cobrar en Euros; Pablo De Santis,
Guillermo Martínez, y Federico Andahazi alternan exclusivamente
entre las grandes editoriales con sede en Buenos Aires y son las esporádicas
vedettes de los suplementos culturales; Martín Kohan, Ricardo
Ferreyra y Carlos Gamerro se posicionan en la intersección de
las editoriales anteriormente nombradas, como Sudamericana
y Norma, y las menores pero con prestigio académico
como Simurg o Beatriz Viterbo; en las orillas, pero
del lado de adentro, aparece un escritor cada vez más renombrado
como Sergio Chejfec, además del casi completo plantel de poetas.
Despojados
de cualquier parafernalia esteticista, los diferentes sectores resultantes
quedan definidos, de este modo, como grupos de interés. El criterio
estético, la mayoría de las veces, se sobreimprime y actúa
como máscara, pero, como el “debate” promocionado
por Ñ lo demuestra, carece de sustento y es
fácilmente delatable. Una polémica honesta y a la medida
de las circunstancias actuales no puede sino ser planteada en términos
de cuál es el lugar que cada escritor desea ocupar en el proceso
de diferenciación de mercancías requerido –en este
caso- por la industria cultural. Aunque parezca pedestre y poco artística,
la consigna así planteada no peca de artificialidad. La confrontación
de estéticas, mientras tanto, dejémosla para el momento
en que la producción efectiva nos autorice y argumente por sí
misma.
Joaquín
Leonac