“Estoy
muy feliz, el BAFICI sigue estando abierto al público”,
dijo
Fernando Martín Peña en la ceremonia de cierre del
séptimo Festival de Cine Independiente de Buenos Aires. “Razones
no le faltan”, lo apoyaron en Clarín, auspiciante principal
del BAFICI. Y lo explicaron con cifras, como se estila en el importante
matutino, “porque la gente del Hoyts Abasto aseguraba que las
entradas vendidas, comparadas con la edición 2004, aumentaron
un 25 ”. “En todas las sedes –nos sigue informando
el diario—hubo 174.500 espectadores para las 857 funciones. Y
este año se vendió un 17.5 más de entradas”.
Chocho, el secretario de Cultura de la ciudad, Gustavo López,
agradeció a Peña, el director, y su equipo y habló
de “la diversidad cultural”, del “apoyo incesante
que damos al nuevo cine joven argentino” y del “reconocimiento
del público”, ¡claro! Para cerrar los discursos oficiales
–nos cuenta Clarín—“el vicejefe de Gobierno
porteño, Jorge Telerman, prefirió la metáfora:
‘Todos estamos enamorados del BAFICI, y como en todo buen amor,
este es correspondido’”.
¡Cómo
es Jorge con los metáforas!, ¿eh?
Algunos
comentarios.
Es
casi seguro que el Festival de Cine independiente es una de las mejores
cosas que pasan en la ciudad de Buenos Aires. Sí, una de las
mejores que nos pasan todos los años a algunos blancos, acomodados
y lindos que vivimos o transitamos la ciudad de Buenos Aires y que no
somos todos, ni mucho menos una porción considerable, de todas
las personas que viven o transitan la ciudad. Quienes por rutina de
clase y de gusto, vamos desde chicos al cine, más de una vez
por mes, contamos con esta gran posibilidad de gambetear durante dos
semanas toda la bosta que se estrena durante todo el año. Es
un gran regalo, una fiesta, una nueva navidad, unas pascuas sin viernes
santo, es bárbaro, en suma. Esas películas nos hacen mejores,
nos hacen felices, comprendemos más la vida por ellas. Sabemos,
por ejemplo, por ellas, que la vida es incomprensible y no nos conforma
del todo, pero al menos no estamos solos ante semejante novedad. Ese
director coreano o francés lo ve igual que nosotros y, seguramente,
los que están sentados al lado nuestro también.
Seguramente.
Porque
la vida en el festival nos provoca una serie de malestares que va a
ser mejor que revisemos, porque ya llevan siete años. Tratando
de ser precisos o metódicos digamos que hay fastidios chicos
y fastidios grandes. Y que buena parte de los fastidiecitos, en realidad
son la manifestación visible, la puntita, de cosas que intuímos
son profundas y que nos llevan a los fastidiezotes. Como el festival
dura dos semanas, los fastidios mínimos —que en una fiesta
de cumpleaños cualquiera viviríamos como un ligero nubarrón
anímico camino a la cocina a buscar una Coca— aquí
se hacen hacen estructura, recurrencia, podemos aislarlos y tematizarlos.
Y, al cabo, reírnos, que es una de las postales obligadas de
cualquier celebración.
Desde
hace siete Baficis, muchos miramos espantados a los pibes de anteojos
de diseño, con los morrales de jean cruzados, que hacen masa
en las distintas colas para sacar entradas y que visten su actitud de
estamos en casa. Pensamos, claro, “¡qué
boludos!” O, ¡qué boludas!, cuando sus novias o amigas
evalúan el lugar en la industria del cine que ocupa ese señor
que pasa por el corredor con una credencial y al que sacan del radar
en cuanto captan que no pasa de tiracables. Nos causan gracia otros
boludos que se sacan los zapatos en las salas y quedan en medias,
siempre estiradas en la punta, indicando no puedo más,
como quien lleva diez horas entubado en un jumbo volviendo de Europa.
Los
otros, si son muy distintos, nos irritan siempre y hacemos mal en hacerlo
saber porque eso empeora los vínculos humanos. El otro se lo
toma personal, afirma quién es; y lo que hace y que nos molesta,
lo hace mejor. Nosotros ratificamos el enfoque bélico y no superamos
nada. Nuestra irritabilidad, a veces, es un simple problema para socializarnos.
Eso también hay que tenerlo en cuenta.
Presentemos
algunos otros personajes y situaciones.
Este
año se incorporaron al festival cientos de estudiantes secundarios.
Llegan por rebote de todas esas orientaciones nuevas que armaron los
colegios privados para retener alumnado, en “comunicación
y medios”, en “rock”, en “cine y video”
y en las que se formatean alumnos “libres”, llenos de talleres,
de posibilidades de expresión. Son cinco años de “decí
lo que quieras” con un coordinador.
Quisiéramos
decir que sólo en tensión con lo establecido aparecen
las mejores cosas, las mejores películas, los mejores libros,
pero no sabemos si es verdad
Por
razones de seguridad, los shoppings son desde hace años un lugar
de encuentro de los adolescentes, por lo que esta asociación
— ya de siete años entre el Hoyts y el Bafici— no
pudo ser menos funcional estas semanas del 2005.
Entre
los asistentes al festival se cuentan también una nueva generación
de docentes, alejados del perfil de maestra pintarrajeada, y que integran
el nuevo eje educativo Palermo-Colegiales donde los jardines y escuelas
tienen nombres de arbolitos y donde los chicos, desde los tres años,
aprenden dramatización.
Los
niñitos todavía no van al festival pero no perdamos las
esperanzas de que en futuras ediciones se cree la sección “Niño,
no jodas con la video, tampoco” y vendrán estos dramatizados
a decir sus cosas de chicos de moda. El complejo Hoyts no se opondrá.
¿Ya
hablamos de las chicas con rulitos de carey, superadas por la agenda
infinita de películas? Bueno, mencionemos ahora a los muchos
varones preocupados por la diferenciación sonora dentro de las
salas. Al respecto, la prueba masculina —en un universo donde
escupir, hacerse el guapo o pasarse con las mujeres sobra— es
el estallido de risas. Gente que ríe exageradamente en las salas
del Bafici. Risas de haber comprendido. Podemos hablar de una risa
bafici, porque no se la puede escuchar en ningún otro lugar.
En la pantalla un actor dice algo gracioso. Algo contra los republicanos
norteamericanos y el de la risa bafici se ríe más
que el resto o solo y mal, como que captó algo más profundo,
como si hubiera estado en el rodaje, como si supiera que ese director
jugó una gambeta cómica que captan cuatro tipos, uno de
los cuales es él.
Pero
la risa bafici no funciona por oposición, si algo es
gracioso es doblemente gracioso en el Bafici; pero si algo es tonto,
no es doblemente tonto. No sabemos si esto es porque actúa la
inteligencia y se decide no denunciar la cosa boba, con un bufido, un
“uhh”, o que se trata de no poder aguantar estar viendo
algo demasiado bobo, por lo tanto, callar es una forma de que no se
den cuenta. O porque no les pareció demasiado bobo, directamente.
O porque el director los tiene tan en cuenta a la hora de hacer su película,
que el momento tonto no puede ser sino una genialidad encubierta.
Los
malestares grandes.
Nos
irritan, ya no nos reímos, el precio de las entradas que muchos
podemos pagar pero que implican un corte de poblaciones con ingresos
diferentes muy contundente y nos hace saber que no es que algunos no
vendrán porque no tienen cinco pesos para gastar en cine, sino
directamente porque no consideran que este festival les hable. Decimos,
entonces “¡qué falta de cerebro!” Y nos irritamos
con la publicidad de L’Oreal abriendo cada una de las funciones,
igualito
que en Berlín y en Cannes, promoviendo un programa
de pureza continua y destacando los valores de una cara tersa y
sin puntos negros. Sin puntos negros.
Decimos:
“¿hace falta?” o “¿qué falta
hace este formateo universal de caras en el espacio donde se pretende
desacomodar lo uniforme?” No hace falta. No nos gusta tampoco
que el espacio de relax, de living en la planta baja del Hoyts, sea
auspiciado por Levi’s. Nos molestan también los cocteles
diarios, ese estado de brindis que supone una fiesta sin sentido. No
es el cumpleaños de nadie, nadie se recibió, nadie ganó
un premio, nadie nació. Se hacen brindis porque sí. “¡Un
brindis!”. “Brindis, brindis” ”¿Otro
brindis?”. No porque no esté bueno brindar o tomarse una
copa de algo. ¡Está buenísimo! ¡Sam! Nos preguntamos
por el sentido. ¿Vale preguntarse por los sentidos de las cosas
en un lugar donde se proyectan signos?
El
festival, que ya tiene la inercia de una tradición, es guita,
acuerdos económicos que hay que realizar, viajes, hoteles, aduanas,
salarios. Visto antes de empezar parece un caos irrealizable: muchas
piezas, poco tiempo. Pero se acomoda, increíblemente, porque
la Argentina es un país donde cualquier ratón cree que
puede tener un restaurant. Entonces, ese espíritu emprendedor
y empresarial, hace las costuras necesarias. Pero aquí es donde
llegamos al espacio Levi’s o a la publicidad de L’Oreal
que abre las sesiones.
¿Hace
falta que el festival acuerde con una internacional de los uniformes
y con otra de la piel tersa? Muy bien, ponen dinero que permite la realización
del festival. Lo que automáticamente permite inferir que, sin
ese dinero, el festival no se haría. ¿Por qué no
se haría? ¿Porque el gobierno de la ciudad no tiene plata?
Falso, tiene un montón. Se haría igual, sólo que
es más fácil la lógica de que la plata la pongan
otros. Pero, increíblemente II, no por pijoteros sino porque
es más rápido el aporte del privado que la transferencia
del Banco Ciudad.
A
diferencia de lo que pasa con muchas películas que se pasaron
en estos siete años, que prueban que todo se puede pensar, para
que este festival exista hay cosas que no se pueden pensar. O que una
vez pensadas deben quitarse del orden reflexivo y no ser evocadas jamás,
como cuando tenés un mal pensamiento, tu papá golpeándote
delante de unos primos, algo feo, y no querés arruinarte el almuerzo
familiar.
Que
el festival se realice en cinco locaciones ubicadas en la zona norte
de la ciudad de Buenos Aires es un despropósito. Es claramente
injusto. Es decirles a los habitantes de la zona sur: ustedes tienen
el peor pavimento, la peor recolección de basura, la menor presión
de agua y los cortes de energía más frecuentes y prolongados,
pues a joderse, no pretenderán ver las buenas películas
que traemos todos los años.
Claro,
para quienes organizan, es más fácil imaginar a otro tomándose
un colectivo para ir al centro que imaginarse a uno mismo haciendo un
viaje a la periferia. Y la política y este festival es esclavo
de tan pobre imaginación, de tanto egoísmo. Alguien lo
pensó, seguro, pero no lo pudo seguir pensando.
Aunque
ahora vamos a hacer un desfile de personajes involucrados en este asunto,
permítaseme decir antes que pensar en esto es la obligación
de muchos, muchos actores distintos, incluidos los profes de las escuelas
de los arbolitos, la prensa y los chicos de anteojos de marcos enrulados.
Almuerzan
hoy.
Para
Aníbal Ibarra, el festival es un gol sin correr demasiado, un
penal sin arquero, una hora de un día en su agenda para la presentación
y rédito todo el año. Es una pregunta en la reunión
de gabinete de los martes: “¿Cómo estamos con eso?”.
“Bien, marcha”. OK, otro tema. “Fatala, ¿cómo
estamos con los aires acondicionados?”. No sabemos que Ibarra
vaya al cine, no se sabe que haya anotado nada para ver en este festival.
Había cuatrocientas películas, la mitad decentes, en un
festival importante que se hace en su ciudad y el tipo no va a ver ninguna.
¿Ninguna? A la novia que trabaja en Canal Nueve, ¿tampoco
le interesó ninguna para llevar al Intendente? Una peli, una.
Por curiosidad. Pero no, viejo. No hay nada que hacerle. Lo contamos,
solamente, para su cita anual con Maná en el Luna Park.
Para
el secretario de Cultura, Gustavo López, el que dijo “marcha”,
el festival es el gol que hace él (en la cuenta del gabinete),
este año y que, por ello, no vale doble ni nada, porque lleva
siete temporadas el Bafici y nadie reconoce nada que funcione por rutina.
Habrá caído López, seguramente, alguno de los fines
de semana a los cines, con algunos de sus hijos. ¡A ver alguna!
“¿Qué me recomendás, Ferrrnando?, le preguntó
por teléfono a Peña, el director del séptimo Bafici.
Y Peña, que ha visto a tipos como López en mil películas
malas, le responderá con cortesía y sintiéndose
mal, sin dudas, por avivar giles. López, que sirvió a
Shuberoff, fue radical de todas las versiones, personalista, antipersonalista,
sushi, siempre chorizo, y ahora está con el casco de soldado
internacional en el gabinete ibarrista, con el tema de su vida, el arte.
Para
los programadores, el festival es su guerra mundial. Veinte años
esperando que Hitler o quien sea invada Polonia y se pudra todo. Son
tipos estudiosos y apasionados. Enamorados de lo que hacen en un mundo
donde poquísimos se pueden dar los gustos. Los días del
festival se los ve culposos en esos momentos en que la fiesta se pone
nublada, porque son ellos y no otros los que programan y porque les
incomoda tener poder, cuando siempre hicieron sus cosas, sus notas,
sus libritos, sus revistas, a sus espaldas o a lo sumo a la sombra de
los que tienen la manija. Algunos, ¿no? Otros creen cosas increíbles
de sí mismos.
Si
se mira el staff del festival que figura en Internet y se considera
la distribución de tareas que se asume allí, hay que decir
que la falta de reflexión sobre los precios de las entradas,
sobre la distribución geográfica del festival y sobre
la apertura L’Oreal les cabe a estos actores mencionados, principalmente.
Y a todos, todos los otros, secundariamente.
Los
programadores son críticos y destaquemos ahora que el efecto
del Bafici sobre las nuevas generaciones de cinéfilos, es la
proliferación de escuelas de crítica de cine, institutos;
un invento argentino. Comprendemos que escribas sobre cine porque te
gusta, para entender, para divulgar, para cuestionar, para publicitar.
Lo que resulta más raro es ese plano cerrado sobre la idea de
la crítica de cine. ¿Recibirse de crítico de cine?
Es posible que los dueños de estos institutos sólo crean
en la posibilidad de ganarse unos mangos hablando de lo que más
saben, y que los que cursen allí sólo estén viendo
el modo de aterrizar en el mundo de los adultos, de una forma que les
evite trabajos alienantes y desgraciados, en un mundo de identidades
móviles. Bien, si es así, y nadie se cree demasiado o
para siempre lo del “crítico de cine”, estamos bien.
Pero
no es lo único que estos alumnos aprenden de sus profes. Son
raros, escasos, los críticos de cine que escriben sobre algo
que no sea películas, como si entre la casa y el cine no les
pasara nunca nada. Entrenados para ver y entender lo que ven, sólo
ven y se apasionan con lo que no existe, representado en una
tela. Que la masa crítica, que podría estar en la primera
línea de fuego para denunciar las faltas que mencionamos antes,
esté compuesta por esta elite desinteresada seguramente facilita
la perpetuación de las faltas y ese hiato que parece abrirse
entre lo que vemos en la pantalla y lo que el festival es en su totalidad.
Decíamos,
lo mejor del Bafici son las películas y se las debemos a los
programadores que las buscan por el mundo. Y nos dirán, los que
no admitan los malestares enumerados, “¡lo único
que importa son los films!” En promedio, las pelis nos muestran
un mundo donde las cosas no están del todo bien y son películas
de lucha o de catarsis las que, por alguna razón, suelen ser
las mejores. Hay películas felices que también están
muy bien, claro. Muchas de las que veíamos cuando eramos chicos,
por ejemplo, las de Louis de Funes, La pata o la pechuga.
En
aquella época, digamos 1978, salíamos del Luxor en Lavalle,
nos frotábamos los ojos con los dedos, como despertando, violentados
entre el día de verdad de afuera y los días y las noches
increíblemente falsos de dentro. Todos los chicos lo hicieron
y lo hacen y todos los grandes ya dejaron de hacerlo. No obstante, las
exageraciones respecto del cine se mencionan cuando uno es adulto, siendo
que la parte sensorialmente más loca quedó atrás.
El decir sobre el cine funciona dialécticamente con
la cinefilia que es un diferenciador social fuerte. Al menos aquí,
en Buenos Aires. Con una gran ventaja sobre los libros, viejo marcador
de distancias culturales, porque mirar una película es muchísimo
más fácil que leer un libro y hay poquísima gente
con la que se pueda hablar de libros. No se invita a alguien a ir a
leer juntos a la biblioteca.
Pero
esto último no es muy importante. Lo que importa es que el mundo
del arte, el que nos interesa más, es un mundo sin arreglo, descompuesto,
sí, for ever. No es como el mundo promovido por el mercado que
es perfectamente solucionable. En el fondo son mundos enfrentados. Y
si no se enfrentan, el problema es de los artistas y no de los capitalistas
que tienen como misión fundamental vendernos algo a todos.
Y
las pantallas del Bafici presentan ese mundo de catarsis, peleas y preguntas
importantes pero en su totalidad, el Festival no tiene más espíritu
que el que le ponen los directores de los filmes que el Bafici sólo
exhibe.
La
película Repatriation de Dong-Won Kim es un
documental que cuenta la historia de los coreanos del norte que quedaron
presos durante más de treinta años en el sur por espías
después de la guerra y quienes, pese a la tortura, nunca aceptaron
convertirse. Entraron jóvenes y comunistas, salieron viejos y
comunistas. ¿Por qué lo hicieron?”, se pregunta
el director. ¿Por qué no te convertiste y la sacabas más
barata?
A
la salida de la sala, estaban los empleados de Hoyts con sus viseras,
listos para la limpieza y para asegurar la rotación. Ese choque
entre el mundo adocenado de afuera y el mundo de catarsis, luchas y
preguntas de adentro debemos ganarlo. Y en esta séptima edición
seguimos perdiendo. Somos quienes éramos más Repatriation
pero no somos quienes éramos menos el programa de
pureza continua.
Saliendo
del cine, los jóvenes que nos irritan, los programadores, los
cinéfilos de filo y hasta los jubilados de pro que largaron el
Burako por un fin de semana, preservan su pacto con lo mercantil, su
mirar para otro lado y su lealtad a los uniformes, no a los que respetábamos
excesivamente de chicos sino a los que debemos combatir ahora.
Más
al norte todavía. El epílogo para el malestar grande.
En
algunos años más, en pocos, la empresa Patagonik habrá
logrado llevar el Bafici al Palermo Center, un emprendimiento conjunto
de esa compañía y el gobierno de la Ciudad. El P.C. es
una ciudadela de cines y patios de comida y negocios que se emplazará
sobre las ruinas de la Bodega Giol, entre las calles Godoy Cruz, Santa
Fe, Juan B. Justo y Paraguay. La novedad de este shopping abierto es
que dispondrá salas para el cine arte y que, si vivís
en Charcas y Godoy Cruz, ya no tendrás que buscar Paraguay o
Santa Fe para cruzar a Juan B. Justo. Directamente atravesás
la plaza seca y, por qué no, te tentás con alguna pavadita.
Entusiasta en su presentación del año pasado, dos meses
a.C. (antes de Cromagnon), el intendente Ibarra exclamó: “Esto
unirá los dos Palermos”. No hizo falta aclararlo. Se refería
a SOHO y a Hollywood. A las dos horas de pronunciadas estas palabras,
estallaron fuegos artificiales en París y Budapest. Enterados
en esas ciudades, quisieron celebrar que el Sena y el Danubio nunca
serán entubados y que habrá que caminar lo que sea hasta
los puentes para pasar del otro lado porque Aníbal no tiene ciudadanía
europea.
Pero
no hemos dicho nada. Patagonik es una empresa de Disney de la que participan
el grupo Clarín y Telefónica Media. La preocupación
de Clarín por el buen cine está a la vista todos los días.
Lo mismo lo de los telefónicos que controlan Telefé. Sorprende,
sí, Disney queriendo darle lugar a Kiarostami. Pero habrá
que rendirse a las evidencias cuando las tengamos. De todos modos, se
confirma esta asociación entre la alternatividad y los negocios.
Como
se ha dicho en algún texto famoso, el estado es un robo. Transitivamente
y no transitoriamente, el festival también lo es. Por eso esa
sensación de estamos en casa de los pibes que nos alteran
con sus poses, no es tan errada. Es de ellos, es el festival de los
cinéfilos, de los hijos de los burócratas estatales mejor
acomodados y de todos los hijos de los que tienen guita y mandan a los
nenes a la FUC (Fundación Universidad del Cine) que sale un ojo
de la cara por mes.
Una
lástima la falta de coordinación con la Secretaría
de Educación que, cada tanto, paga funciones de cine para los
pibes de la zona sur porque esa es la única posibilidad de que
vean una película no programada por Teleonce o el 13, en todo
el año o en todo lo que han vivido. Claro, para ello y como mínimo,
el Festival debería ser más que una pregunta en la reunión
de Gabinete; debería ser una reflexión y debería
tener un sentido.
Como
es independiente, el sentido, el componente justiciero que
la política siempre debe presentar en sus hechos, parece que
ya fue aplicado. Pero no, falta algo más. Falta que se te ocurra
cómo integramos población. Cómo damos las mismas
oportunidades.
El
botín del robo lo administramos de Rivadavia al norte. Contra
todos los discursos de privilegiar al sur, de equilibrar lo que el mercado
se encarga de desequilibrar, el estado se ha perdido otra oportunidad
de correr la ciudad, de mover los ejes que la articulan. Se pierde la
posibilidad de que miles de pibes de zona norte conozcan por primera
vez Mataderos, barrio al que conocen por avión. Que conozcan
chicas de Mataderos o que gasten plata allá, que es tan importante.
Que les den ganas de volver.
Peña,
el director, sumándose a regocijo López dijo
también que el balance del séptimo festival es “positivo”
y se sumó a la celebración de los números. “Un
17 por ciento más de público que en 2004”. Como
Tristán, en la compañía de los hermanos Sofovich,
una preocupación excesiva por el bordereaux y que desmerece
al tipo que restauró Los traidores de Raymundo Gleyzer. Fernando,
si querés más gente el año que viene, Manuel Quindimil
te fleta unos micros desde Lanús. El pone los micros y los negros,
vos tenés que poner las entradas. ¿Hay lugar para los
pobres de Lanús en las salas del Bafici?
A
diferencia de Cromagnon, donde la iniciativa privada mata a las personas
sin control estatal; en el Bafici, de iniciativa estatal, el control
privado de los detalles mata o anula el espíritu libertario,
contestatario o rebelde que, al menos, las películas nos dicen
que el festival es. El estado se deja, naturalmente; todos sus actores,
también. Unos, los funcionarios políticos porque necesitan
que la máquina funcione sin fricciones, renunciando a la historia
porque en el futuro estarán muertos. ¡Que no se prenda
fuego!, ¡que no salga mal!, son los gritos que resumen sus preocupaciones.
Otros, los especialistas, y organizadores del mundo del cine del Festival,
porque están superados. Durante el año, el maltrato de
los funcionarios es tan grande, con la plata que no llega, los salarios
que se postergan, los trámites que se olvidaron de hacer que,
al final del recorrido, lo único que quieren es levantar el telón.
En
todas las escalas pega también el porro capitalista. “Me
tengo que juntar con la gente de L’Oreal Paris”. Ah, ¡la
frase! ¡Excita!, sabemos que excita. Una caricia fría en
el ojo del culo.
Epílogo
de los malestares, chicos.
Suponemos
que las cosas que decimos tienen su origen todavía más
atrás o en una pregunta anterior a las interrogaciones y respuestas
que venimos dando aquí. Queremos saber por qué disponiendo
de semejante recurso humano, de tantos miles de tipos entrenados en
decodificar símbolos, sensibles, con anteojos de moda o con rulos,
lo mismo da, las cosas no están mejor. La respuesta no es fácil,
porque podemos arrancar pensando al revés y decir que es por
ellos, (y por nosotros), que no estamos peor. Y terminamos la charla
acá.
Repongamos
las imágenes. Miles de pibes hacen la cola en el shopping Abasto.
Van a un festival de cine que se define independiente porque
pasa películas que están fuera del mainstream,
lo cual significa que funcionan por afuera y muchas veces en contra
de la industria del entretenimiento. Que mantienen la pretensión
del arte, por sobre la de gratificar a las masas con lugares comunes,
y la no subordinación de la inteligencia a sensaciones primarias
como el miedo, el vértigo o las erecciones.
Los
chicos cuentan sus entradas como aquellos que nunca sacan las cintas
que les ponen las aerolíneas a las maletas para que no se pierdan
y que se acumulan como prueba de la posición a la que llegaste
o en la que te quedaste (que, a veces, es más preciso).
Estos
muchachos, hijos de las mejores familias de Buenos Aires, las más
ilustradas, las que vieron a Les Luthiers todos los años y exaltaron
a Bergman, se sacan los zapatos en el cine, se sientan en la sala, en
la diez o en la siete o en la doce y le preguntan a su amigo:
—Esta
de ahora, ¿cuál es?
—Una ficción chilena.
Disponen
ocasionalmente de la risa bafici como identificador personal,
y ven veinte, treinta películas, muchas, durante dos semanas,
lo que dura un Grand Slam. Son felices como los días de sports
en los colegios ingleses. Visto así, nada para decir.
Entonces,
¿queremos que chiflen cuando viene la presentación de
L’Oreal y el anuncio del sorprendente programa de pureza continua?
Sí, queremos.
¿Queremos
que abran con trinchetas los almohadones del Levi’s lounge para
ver si hay arena debajo de la guata? No, porque después los que
limpian son los pobres. Pero podemos querer que pasen al lado y digan
“yo acabo de ver Repatriation, no me boludées,
Levi’s” o “Telerman, López, Peña, hagamos
acero, no caramelos”.
Menos
adocenamiento, más indisciplina.
Que
el mundo complejo al que accedés cuando entrás en la sala
te sobreviva cuando salís y lo uses. Eso queremos.
Si
estos pibes uniformados por Levi’s, despolitizados, desinteresados
por todo el mundo de verdad, y a los que vemos haciendo las filas para
conseguir sus veinte, treinta entradas de cada año, estuvieran
un fin de semana haciendo la cola para entrar a la rave, clavarse energizantes
y hacerse los lindos, nos provocaría la vergüenza ajena
de siempre o la indiferencia de los últimos tiempos, pero se
meten con los símbolos, con el cine, con cosas que tienen sentido.
Con eso no se jode.-
©Esteban
Schmidt
*
Publicado originalmente en Los
trabajos prácticos. Allí se pueden leer otros
artículos de Esteban Schmidt y de otros articulistas como Ernesto
Semán, Huili Raffo y Quintín, entre otros.