Tribulaciones
frente a los textos de Tatián
Los textos de Tatián
son una calma postal que se aprenden a leer con la misma mirada con
que miran el mundo que construyen. Su mirada es clave de lectura. Prosa
“breve, distendida, banal” (La visita), de “ruidos
mínimos que forman una composición incomprensible”
(Eternidad). Su motor narrativo es la búsqueda por percibir la
distancia entre los que no perciben -todos, acaso- algo y lo no percibido:
“Nadie pareció darse cuenta de nada” (La
visita), “¿Dónde mueren los pájaros?”
(Tribulaciones frente a una silla), “a veces pasaba días
sin reparar en él, pero la inminencia era nítida como
una vibración o un enigma” (Gramma), “un
trompetista tocará sin saber” (Réquiem con
trompeta), “una inmensa perfección desperdigada y oculta”
(Perfección).
La
prosa de Tatián es austera, es una narración por yuxtaposición
no disyuntiva, un acercamiento a las implicancias de lo fortuito: podría
pasar esto, o lo otro, podría estar haciendo esto o aquello,
podría ser así o asá... No es una o de opciones
excluyentes, sino una o que asume la radicalidad somera de lo que acontece
y lo acontecible. Un cóctel de dejos borgeanos con máximas
del subcomandante Marcos.
El
pulso de su prosa austera va en consonancia con el ojo que busca percibir
la “sutil inestabilidad de las cosas” frente a
la que se continúa la vida al tiempo que se constata que “las
cosas están ahí”. Entre las cosas que están,
la inestabilidad y su impercibilidad, ahí, los textos que publicamos
en éste número del interpretador, ahí su apuesta
por inquietar.
La
narrativa de Tatián busca ser un ruido preciso y leve justo un
paso detrás del lector. Es la mano tirando de ese “hilo
invisible que une todas las cosas”, la que busca volver el
ojo sobre el misterio que el uso ha aplacado en las cosas. Quiere ser
el pájaro que puede tumbar un árbol con sólo posarse
en su rama al tiempo que quiere ser las tres fotos que muestran el hecho:
al pájaro volando hacia el árbol, al pájaro posándose
sobre el árbol, al pájaro volando desde el árbol
y al árbol desbarrancándose. O quizás, quizás
sea esto otro, al árbol continuando estático, fingiendo
que nunca existió el pájaro, o, de hecho, ignorándolo
sinceramente.
Sus
hojas, entonces, pájaros, postales de bosques y sus o.
Sebastián
Hernaiz
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Diego Tatián
Relatos
cortos
La
visita
Una tarde cualquiera golpearon la puerta. La leña crepitaba en
el hogar, los niños jugábamos en silencio, mi madre cocinaba
o leía, mi padre la miraba. Cada tanto alguien hablaba y alguien
respondía, o se formaba un remanso colectivo de palabras que
en seguida se perdía en el silencio. Los objetos, en tanto, circulaban
por la casa con una armonía decantada al cabo de muchos años
tranquilos –la verdura estaba en la mesa, la ropa en los cuartos,
los platos en su sitio y también las naranjas con las que mi
padre nos había explicado cómo se forman los eclipses.
Una lámpara iluminaba las figuras lentas y familiares de las
cosas cuyo uso había despojado de misterio.
En
la puerta había una mujer de mediana edad que saludó con
naturalidad y entró. Me pareció que mis padres se miraron
perturbados; sirvieron té. En un momento de la conversación,
que fue breve, distendida y banal, sentí de repente que en alguna
parte de la casa se soltó un hilo invisible, el hilo que unía
todas las cosas, y que una a una quedaban abandonadas a sí mismas.
Al
cabo de poco tiempo saludamos a la mujer –una vieja amiga, había
dicho mi padre sonriendo-, que nunca más volvimos a ver. Nadie
pareció darse cuenta de nada, algo como una sutil inestabilidad
de las cosas, y fuimos a acostarnos como siempre.
La
condición frágil que percibí esa noche se volvió
derrumbe en pocos meses. Se atribuyó al accidente doméstico
que sufrió mi hermana al día siguiente de la visita el
origen de una “vorágine de desgracias” –según
había expresado alguien- que se abatió sobre mi casa hasta
el colapso mental de mis padres, incapaces de sobreponerse a lo ocurrido.
En
las madrugadas miro las criaturas asechadas, descuidadas y abiertas
a todos los encuentros. Me estremezco al pensar el peligro que corre
el árbol cuando un pájaro se posa en él.
Gramma
Llevo ya muchos años en medio del bestiario que crece pacífico
y, presumo, inagotable. Recuerdo el primer animal que comenzó
a caminar, lento, circunspecto y sin aturdimiento. Era un lagarto adulto,
hoy ya un viejo compañero inmóvil en el rincón
que habita desde hace algunas semanas. Mi casa no es grande pero tiene
muchas posibilidades de intimidad y está poblada por completo.
Aquella madrugada me levanté de la mesa de trabajo, cansado después
de escribir durante toda la noche y sin energía ya para releer
lo escrito en la decena de páginas que quedarían allí,
abandonadas en desorden hasta la tarde siguiente. No me había
alejado más de tres pasos cuando sentí un ruido preciso
y breve detrás de mí. Al volverme vi al lagarto sobre
la mesa, vacilante. Desde entonces deambuló manso por la casa
hasta que llegó al rincón en que ahora está. A
veces pasaba días sin reparar en él, pero su inminencia
era nítida como una vibración o un enigma. Un mes más
tarde, interrumpí el trabajo en mitad de la noche para ir al
baño y al regresar encontré al mono sentado sobre las
páginas en las que estaba escribiendo. Poco a poco, aunque de
manera sostenida, de la páginas escritas fueron naciendo animales:
dos pequeños topos, una gran araña, una vizcacha, un gato,
un zorro, una comadreja, un castor... que han ocupado ya toda la casa.
Ninguno de estos seres se me ha acercado nunca; cada tanto me observan
silenciosos a prudente distancia, como si quisieran cerciorarse apenas
de que estoy bien o como si me cuidaran.
Tal
vez esta página será pájaro.
Tribulaciones
frente a una silla
La silla había pertenecido a mis antepasados desde tiempo inmemorial;
al menos seis generaciones, si no más, habían hecho uso
de ella en los muchos días y noches de su tiempo. Se trata de
un objeto, el único objeto, que por azar o por milagro se había
abierto paso a través de los años, los hombres, las mujeres
y los niños de una misma sangre. Podría haberse perdido
en una de las incontables mudanzas que debió soportar, o deteriorado
en las fiestas innumerables, en algún trabajo para el que habrá
sido empleada, en alguna de las tantas violencias domésticas.
No es una silla sólida ni parece haberlo sido nunca, sino un
mueble común y sin particularidades de ningún tipo. Ahora
mismo, sentado frente a ella, miro las cosas a mi alrededor y me pregunto
cuál de todas será la última en desaparecer del
mundo (¿habrá alguna que persevere aún luego de
que mi nombre sea pronunciado por última vez? -¿quién
pronunciará mi nombre por última vez?), cuál la
que llegará a las manos más lejanas, cuál el objeto
predestinado a la sobrevivencia de los otros cuando ya los vivos no
sean recordados. Pienso en el desconocido muerto que habrá usado
esta silla por primera vez; pienso en el ignoto no nacido que recibirá
alguno de mis objetos sin saber que era mío. ¿Será
la silla misma? ¿Y si la pusiera patas arriba sobre una base
de piedra para asegurar su perduración como obra de arte? Sentados
en ella, hombres de muchas generaciones han comido, escrito, leído,
conversado, bebido, decidido un suicidio, o sólo descansado.
¿Habrá servido la silla para lastimar a alguien? ¿Fue
reparada alguna vez? Quizá haya sido dibujada por algún
artista, tal vez esté maldita, o sea el mensaje secreto de un
hombre a otro distantes en el tiempo –acaso un mensaje cuyo destinatario,
aunque incapaz de descifrarlo, soy yo mismo. No siento ante ella veneración
ni temor sino una tribulación vaga, nueva, y pienso: tantas son
las maneras en que podría interrumpir su misteriosa marcha hacia
lo que siento me concierne pero sin saber por qué; puedo dejarla
con sólo tres patas para volverla inutilizable, o pintarla de
otro color para disimular su vejez, o enterrarla. Dejarla en la puerta
de la casa como al descuido para que alguien la tome y la lleve consigo
–o en el techo, como afrenta a la memoria y ofrenda a todas las
inclemencias. O acaso la desarme y haga con ella un ataúd para
un pájaro muerto. ¿Dónde mueren los pájaros?
Réquiem
con trompeta
La mañana del día de mi muerte no tendré ningún
recuerdo de la infancia, nadie golpeará mi puerta, no tomaré
agua.
A
la mañana siguiente de ese día, mi mujer saldrá
a la calle sin dinero, sólo para caminar y mirar, y las cosas
estarán allí; le asombrará sentir el aire más
intenso, el cuerpo más leve, una inmensa despreocupación.
Mi hija mandará al colegio a la suya, que aún no ha nacido,
alguien escuchará Love is here to stay mientras se lava
la cara, en la tumba contigua de la mía una anciana dejará
flores como siempre. Esa mañana nacerá un perrito que
muchos años después morderá a un poeta cuando aún
no había escrito nada, una mujer que en alguna parte de su casa
conserva una foto mía sin recordarlo tomará su té,
alguien que leyó mi nombre en el periódico con el que
mata el tiempo saldrá de prisión.
Y
esa noche, la noche de esa mañana ya sin mí, un trompetista
tocará en la oscuridad sin que nadie lo escuche, sin saber que
he muerto, sin saber siquiera que había nacido.
Perfección
No conozco ninguna persona que haya guardado los dientes que perdemos
a lo largo de la vida. En mi caso, reviso todo el tiempo mis veinte
chiquititos dientes de leche, a los que siento como si hubieran sido
de otro, de un desviado o un perdido. Lo cierto es que todas las semanas
debo trasladarme hasta la ciudad de P. porque ningún dentista
en mi pueblo acepta el trabajo de mantener los dientitos preservados
de la corrosión del mundo. Sólo un joven dentista de la
ciudad de P. los examina semana tras semana, los limpia, mantiene su
coloración. No alcanzo a concebir por qué esos pequeños
elementos en su mayor plenitud y perfección abandonan nuestro
cuerpo, que viaja de manera continua hacia el deterioro. Son los dientes
perdidos en la niñez, que nadie conserva, lo único perfecto
que dejamos en el mundo. Ningún sistema educativo advierte a
los niños a tiempo sobre el particular, los sistemas de educación
enseñan sólo a tratar en vano de conservar lo que tiene
la pudrición por destino. A veces me parece que tal vez sea yo,
entre tantos seres humanos malogrados por nuestras Instituciones, el
único en conservar, por azar o revelación, el secreto
de sí mismo. En algún lugar, pienso, estarán dispersos
todos los dientitos que enteras generaciones de hombres han dejado caer
como si nada; una inmensa perfección desperdigada y oculta a
la que han contribuido hasta los seres más malvados resiste desde
alguna parte a las Instituciones, a los sistemas educativos, a los dentistas,
a la
Eternidad
La casa está a oscuras, encantada por su ausencia, envuelta en
el sonido de los insectos y las ranas; se diría que ese sonido
es lo único que existe ahora donde antes había un lugar
con una casa. Me acerco con lentitud hasta tocar la puerta y abrir.
Una vez adentro, la presencia de las ranas y los grillos se desvanece.
Camino hacia el interior y permanezco inmóvil en el centro de
esa inexistencia oscura y silenciosa; sereno el aliento hasta casi extinguirme
también yo. En ese instante de abandono perfecto, una cadencia
de respiraciones infantiles, pequeños quejidos de muebles cansados,
una discreta gota de agua, un reloj, y otros ruidos mínimos forman
una composición incomprensible. Acerco despacio el oído
al pecho de las criaturas que duermen elementales, escucho los corazones
ininterrumpidos. Y me pregunto qué es esa eternidad en las respiraciones
crédulas y los indiferentes corazones de los seres que duermen
cuando llego en la noche.