Señor
Sergio Schmucler:
Al leer la entrevista con Héctor Jouvé, cuya transcripción
ustedes publican en los dos últimos números de La
Intemperie, sentí algo que me conmovió, como si no
hubiera transcurrido el tiempo, haciéndome tomar conciencia (muy
tarde, es cierto) de la gravedad trágica de lo ocurrido durante
la breve experiencia del movimiento que se autodenominó "ejército
guerrillero del pueblo". Al leer cómo Jouvé relata
suscinta y claramente el asesinato de Adolfo Rotblat (al que llamaban
Pupi) y de Bernardo Groswald, tuve la sensación de que habían
matado a mi hijo y que quien lloraba preguntando por qué, cómo
y dónde lo habían matado, era yo mismo. En ese momento
me di cuenta clara de que yo, por haber apoyado las actividades de ese
grupo, era tan responsable como los que lo habían asesinado.
Pero no se trata sólo de asumirme como responsable en general
sino de asumirme como responsable de un asesinato de dos seres humanos
que tienen nombre y apellido: todo ese grupo y todos los que de alguna
manera lo apoyamos, ya sea desde dentro o desde fuera, somos responsables
del asesinato del Pupi y de Bernardo.
Ningun justificativo nos vuelve inocentes. No hay "causas"
ni "ideales" que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata,
por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad
inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano.
Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad ante los otros
hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto ante lo que titubeantes
podríamos llamar "absolutamente otro". Más allá
de todo y de todos, incluso hasta de un posible dios, hay el no
matarás. Frente a una sociedad que asesina a millones de
seres humanos mediante guerras, genocidios, hambrunas, enfermedades
y toda clase de suplicios, en el fondo de cada uno se oye débil
o imperioso el no matarás. Un mandato que no puede fundarse
o explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí
y en todos, como presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como
ser sin ser. No un mandato que viene de afuera, desde otra parte, sino
que constituye nuestra inconcebible e inaudita inmanencia.
Este reconocimiento me lleva a plantear otras consecuencias que no son
menos graves: a reconocer que todos los que de alguna manera simpatizamos
o participamos, directa o indirectamente, en el movimiento Montoneros,
en el ERP, en la FAR o en cualquier otra organización armada,
somos responsables de sus acciones. Repito, no existe ningún
"ideal" que justifique la muerte de un hombre, ya sea del
general Aramburu, de un militante o de un policía. El principio
que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás
al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres.
La maldad, como dice Levinas, consiste en excluirse de las consecuencias
de los razonamientos, el decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte
de los hijos de los otros y levantar el no matarás cuando
se trata de nuestros propios hijos.
En este sentido podría reconsiderarse la llamada teoría
de los "dos demonios", si por "demonio" entendemos
al que mata, al que tortura, al que hace sufrir intencionalmente. Si
no existen "buenos" que sí pueden asesinar y "malos"
que no pueden asesinar, ¿en qué se funda el presunto "derecho"
a matar? ¿Qué diferencia hay entre Santucho, Firmenich,
Quieto y Galimberti, por una parte, y Menéndez, Videla o Massera,
por la otra? Si uno mata el otro también mata. Esta es la lógica
criminal de la violencia. Siempre los asesinos, tanto de un lado como
del otro, se declaran justos, buenos y salvadores. Pero si no se debe
matar y se mata, el que mata es un asesino, el que participa es un asesino,
el que apoya aunque sólo sea con su simpatía, es un asesino.
Y mientras no asumamos la responsabilidad de reconocer el crimen, el
crimen sigue vigente.
Más aun. Creo que parte del fracaso de los movimientos "revolucionarios"
que produjeron cientos de millones de muertos en Rusia, Rumania, Yugoeslavia,
China, Corea, Cuba, etc., se debió principalmente al crimen.
Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde
Lenin, Trotzky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara.
No sé si es posible construir una nueva sociedad, pero sé
que no es posible construirla sobre el crimen y los campos de exterminio.
Por eso las "revoluciones" fracasaron y al ideal de una sociedad
libre lo ahogaron en sangre. Es cierto que el capitalismo, como dijo
Marx, desde su nacimiento chorrea sangre por todos los poros. Lo que
ahora sabemos es que también al menos ese "comunismo"
nació y se hundió chorreando sangre por todos sus poros.
Al decir esto no pretendo justificar nada ni decir que todo es lo mismo.
El asesinato, lo haga quien lo haga, es siempre lo mismo. Lo que no
es lo mismo es la muerte ocasionada por la tortura, el dolor intencional,
la sevicia. Estas son formas de maldad suprema e incomparable. Sé,
por otra parte, que el principio de no matar, así como el de
amar al prójimo, son principios imposibles. Sé que la
historia es en gran parte historia de dolor y muerte. Pero también
sé que sostener ese principio imposible es lo único posible.
Sin él no podría existir la sociedad humana. Asumir lo
imposible como posible es sostener lo absoluto de cada hombre, desde
el primero al último.
Aunque pueda sonar a extemporáneo corresponde hacer un acto de
constrición y pedir perdón. El camino no es el de "tapar"
como dice Juan Gelman, porque eso -agrega- "es un cáncer
que late constantemente debajo de la memoria cívica e impide
construir de modo sano". Es cierto. Pero para comenzar él
mismo (que padece el dolor insondable de tener un hijo muerto, el cual,
debemos reconocerlo, también se preparaba para matar) tiene que
abandonar su postura de poeta-mártir y asumir su responsabilidad
como uno de los principales dirigentes de la dirección del movimiento
armado Montoneros. Su responsabilidad fue directa en el asesinato de
policías y militares, a veces de algunos familiares de los militares,
e incluso de algunos militantes montoneros que fueron "condenados"
a muerte. Debe confesar esos crímenes y pedir perdón por
lo menos a la sociedad. No un perdón verbal sino el perdón
real que implica la supresión de uno mismo. Es hora, como él
dice, de que digamos la verdad. Pero no sólo la verdad de los
otros sino ante todo la verdad "nuestra". Según él
pareciera que los únicos asesinos fueron los militares, y no
el EGP, el ERP y los Montoneros. ¿Por qué se excluye y
nos excluye, no se da cuenta de que así "tapa" la realidad?
Gelman y yo fuimos partidarios del comunimo ruso, después del
chino, después del cubano, y como tal callamos el exterminio
de millones de seres humanos que murieron en los diversos gulags
del mal llamado "socialismo real". ¿No sabíamos?
El no saber, el hecho de creer, de tener una presunta buena fe o buena
conciencia, no es un argumento, o es un argumento bastardo. No sabíamos
porque de alguna manera no queríamos saber. Los informes eran
públicos. ¿O no existió Gide, Koestler, Víctor
Serge e incluso Trotsky, entre tantos otros? Nosotros seguimos en el
Partido Comunista hasta muchos años después que el Informe-Krutschev
denunciara los "crímenes de Stalin". Esto implica responsabilidades.
También implica responsabilidad haber estado en la dirección
de Montoneros (Gelman dirá, por supuesto que él no estuvo
en la Dirección, que él era un simple militante, que se
fue, que lo persiguieron, que lo intentaron matar, etc., lo cual, aun
en el caso de que fuera cierto, no lo exime de su responsabilidad como
dirigente e, incluso como simple miembro de la organización armada).
Los otros mataban, pero los "nuestros" también mataban.
Hay que denunciar con todas nuestras fuerzas el terrorismo de Estado,
pero sin callar nuestro propio terrorismo. Así de dolorosa es
lo que Gelman llama la "verdad" y la "justicia".
Pero la verdad y la justicia deben ser para todos.
Habrá quienes digan que mi razonamiento, pero este no es un razonamiento
sino una constrición, es el mismo que el de la derecha, que el
de los Neustad y los Grondona. No creo que ese sea un argumento. Es
otra manera de "tapar" lo que pasó. Muchas veces nos
callamos para no decir lo mismo que el "imperialismo". Ahora
se trata, y es lo único en que coincido con Gelman, de la verdad,
la diga quien la diga. Yo parto del principio del "no matar"
y trato de sacar las conclusiones que ese principio implica. No puedo
ponerme al margen y ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio,
o a la inversa. Yo culpo a los militares y los acuso porque secuestraron,
torturaron y mataron. Pero también los "nuestros" secuestraron
y mataron. Menéndez es responsable de inmensos crímenes,
no sólo por la cantidad sino por la forma monstruosa de sus crímenes.
Pero Santucho, Firmenich, Gelman, Gorriarán Merlo y todos los
militantes y yo mismo también lo somos. De otra manera, también
nosotros somos responsables de lo que sucedió.
Esta
es la base, dice Gelman, de la salvación. Yo también lo
creo.
Lo
saludo.
Oscar
del Barco
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Publicado
originalmente en
Revista
mensual La Intemperie Córdoba Política
Cultura
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Rodríguez.
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