Queridos
Oscar, Nicolás, Alejandro,
los relámpagos iluminan la noche. Escribo la frase anterior,
que sin duda he leído muchas veces en otros lugares, y me sorprende
empezar con una descripción tan inmediata sobre lo que veo a
través de mi ventana. Pero ahora la releo buscando las próximas
palabras y creo reconocer los signos de otro mensaje. No me apresuro
porque, efectivamente, es la noche, y los relámpagos en la noche,
de este sábado 29 de enero. La tormenta me rodea mientras pienso
en ustedes, mientras escribo esta carta que existe porque ustedes escribieron
otras que he leído y me han inquietado. ¿Signos de otro
mensaje? La noche, afuera, se fragmenta. Los relámpagos persisten
y descubren rugosidades que la oscuridad antes suavizaba. Sé,
sin embargo, que no intento describir el encanto de la naturaleza; sé
que los relámpagos son metáforas. Imperiosas iluminaciones
que admiten y concentran sentidos insospechados; la luz construye –o
convoca- esos sentidos. El cielo y la tierra reconocen su distancia
mientras mi mirada los unifica. Describo lo que creo ver, aunque también
es cierto que al comienzo, apenas había anotado el vocativo con
el que los llamaba a ustedes a leer, tuve la percepción de que
la carta de Oscar del Barco enviada al director de La intemperie
había sido como un relámpago estallado no en medio de
un cielo luminoso sino en un espacio donde transitaban nuestros espíritus
y que mostraba preocupantes nubarrones.
Allí
están las cartas de ustedes a las que ahora se agrega la mía.
Hablan del mundo pero no vacilan en exponer nuestras intimidades; un
gesto que privilegia la amistad sobre cualquier diferencia en el tratamiento
de las ideas. No es sólo la convicción compartida de que
las biografías importan como documento de fidelidad al pensamiento,
sino que la vida, nuestras precisas vidas, han cruzado con más
intensidad la experiencia de existir que la búsqueda de ordenadas
especulaciones. El “director” de La intemperie,
a quién Oscar dirige su carta, lleva mi apellido y Nicolás
lo recuerda explícitamente, lo nombra como mi hijo, como el hermano
de Pablo, desaparecido, seguramente asesinado hace 25 años. La
de Oscar era una carta en la intemperie, sin protección,
sin reaseguro, en un acto similar al que había realizado enfrentándose
cara a cara con el general Menéndez para increparlo por sus crímenes,
para mostrarle su repudio a compartir con él un mismo espacio.
Un relámpago desamparado en la intemperie: desnudez repetida,
apertura multiplicada. El relámpago, fugaz y perfecto, como forma
de verdad que sorprendía a Walter Benjamin: la vida, la muerte,
la revelación amorosa y también la revelación divina,
aparecen como relámpagos; una luminosidad imprevisible e irrefrenable.
La oscuridad ha quedado quebrada y la noche, cuando regresa a su maciza
oscuridad, sabe que ha sido herida. La memoria retendrá la luz
y las consecuencias son incalculables.
El
escenario que se extiende más allá de la ventana se me
impuso sin duda porque la idea de relámpago, la idea de que la
carta de Oscar fue como un relámpago, me ronda desde que la conocí
en una primera versión que su amistad me quiso confiar y que
a mí me pareció oportuno compartir con Nicolás,
Ricardo y Alejandro porque hace tiempo que los temas que recorren la
carta salen y entran en nuestras conversaciones. A veces –lo veo
ahora- quedaban agazapados, postergaban los nombres buscando el momento
adecuado para que sean pronunciados. Sobre mi mesa están las
copias de las cartas de Nicolás y Alejandro y las que Oscar les
escribió luego de recibirlas. Sé que hay otras cartas
derivadas de la publicación de la de Oscar, que casi no conozco.
Las de ustedes, Nicolás y Alejandro, son las que me importan,
las que me interrogan, las que me quitan el sueño llamándome
a un estado de vigilia que ojalá sea de lucidez. Nada de lo que
se dice me es nuevo; pero tienen una intensidad inusitada. Mi vida ha
sido ya larga y en su transcurso más de una vez tuve la convicción
de que había senderos que ya no quería transitar. A veces
me pregunto porqué, además, no estuve en condiciones de
arrepentirme. En ese caso, me digo, tal vez hubiera podido optar por
caminos que no llevaran necesariamente a multiplicar las equivocaciones.
A esta altura no puedo evitar cierto tono confesional y lo que escribo
da cuenta, seguramente, de ese tipo de verdades que nos invade sin demostraciones
previas y de las que resulta imposible renegar. Abrirse a los otros,
a ustedes, incluye el pequeño escándalo de mostrar cicatrices,
marcas que no tienen porqué ser jubilosas ni invitar a la jactancia.
En
la carta a Alejandro, Oscar le sugiere que sus líneas tal vez
sólo sean un eco de “El grito” de Munch. Me contagia
el desgarro y la abrumadora claridad de las preguntas que se agolpan
en ese grito cuya sorda estridencia es un llamado que clama por nuestra
respuesta. Todo depende de nuestra voluntad de escucharlo. El Ulises
de la gesta homérica señaló el camino más
frecuentado por una humanidad que (la cita es lugar común entre
nosotros) ha ido acumulando ruinas a sus espaldas desde un tiempo ilimitable
aunque, para los que no nos hemos despojado del mito judaico, en el
principio pueda reconocerse la marca de Caín cuyo acto asesino
se repite sin tregua en la historia. El consejo de Circe a Ulises tiende
evitar cualquier respuesta a la voz verdadera de las Sirenas: o no escucharlas
o tramar las condiciones para imposibilitar la respuesta. Ulises tapona
los oídos de sus remeros y él mismo se hace amarrar a
un mástil para evitar toda tentación. La sentencia bíblica
que aconseja “tener oídos para oír” no es
muy distinta a la fábula de La Odisea. Tal vez la pobreza
de nuestras vidas cuando sólo procuran escapar a la tragedia
que inevitablemente nos envuelve, se sintetice en esta incapacidad de
oír. Pero Ulises, antes de escuchar las indicaciones de Circe,
ya había decidido seguir adelante. Hemos optado por
no escuchar, por separar el arte del conocimiento, por no dejarnos arrastrar
por las preguntas; hemos optado por creer que la política puede
prescindir de una ética que trasciende el vivir calculante y
que nos coloca en las huellas de lo absoluto, de lo infinitamente riesgoso.
La fatiga tapona nuestros oídos y nos atamos a un vivir, a un
decir que detestamos en el hablar pero que, como Ulises, ya tenemos
resuelto no abandonar.
Amigos
míos, ¿qué no supimos escuchar en nuestras vidas?
Estamos en el límite de descubrir que el no haber escuchado no
nos hace inocentes y nos obliga a desechar el repetido ejercicio de
apiadarnos de nosotros mismos o al revés: apiadarnos profundamente
por la pérdida de nuestras vidas entretenidas en murmullos tranquilizantes,
discursos armoniosos que nos impidieron ver. Cuando tantas veces nos
hemos preguntado por el misterio que nos rodea y que con frecuencia
se nos presenta como un peso insoportable y al mismo tiempo bienvenido;
cuando el dolor abandona las estadísticas y nos atraviesa como
puro dolor, cuando celebramos la palabra porque nos abre a lo inconmensurable,
lo indecible, ¿de qué hablábamos? No puedo leer
nada sino a través de mi vida. Sé que exagero al destacarlo
porque puede resultar obvio, repetido: la memoria de la vida de cada
uno, lo sepamos o no, está presente en cada acto. Visto así,
y lejos de aceptar algún determinismo que cancele la idea de
libertad, no puedo evitar preguntarme qué ha sido mi vida (¿“dónde
está la vida que hemos perdido en vivir”?, interroga Eliot);
a qué debo responder, es decir, de qué soy responsable,
a qué me obligan - sí, me obligan- los poemas que he leído
y repetido, los dolores que he padecido, los entusiasmos que me exaltaron,
los amores que triunfaron sobre la nada y las esperanzas que no pudimos
evitar que se murieran.
Las
cartas de ustedes hablan de mí tanto como ésta; me interrogan
y son exigentes en una respuesta que va mucho más allá
de cualquier argumentación. ¿Fue puro ruido lo que escribí
hace 25 años, cuando quería entender la suerte de mi hijo
desaparecido – entender, digo, y no sólo saber cómo
fue, cuándo, dónde, quién, aunque me desesperaba
por conocer todo esto, porque tal vez hubiera sido el comienzo de algún
consuelo que nunca llegó? Ya entonces se abrió en mí,
a través del relato de los que convivieron con la muerte en los
centros clandestinos de reclusión y habían seguido vivos,
un mundo de verdades más intensas que las clasificaciones estereotipadas,
esas que nos permite juzgar sin riesgo y reposar como víctimas
en las páginas de la historia. El orden de los héroes
y cobardes, de leales y traidores, de víctimas y victimarios,
de justos y réprobos, se diluía ante una realidad en la
que existían culpables sin matices pero resultaba confuso hablar
de inocencia, donde las responsabilidades compartidas no disminuía
ni un ápice la criminalidad innombrable. En mi impotencia por
salvar a mi hijo se me reveló el peso de una carga de la que
hasta entonces no era conciente y supe de las responsabilidades de quienes
me acompañaban así como de las infinitas maneras con que
se intentaba eludirlas. Seamos claros: yo (no sólo yo por supuesto)
había intentado que Pablo, mi hijo guerrillero, probablemente
buen tirador y riguroso en los duros principios de la organización
Montoneros, desertara de una guerra que a mí me parecía
inútil y que él la sabía perdida. Su deserción
era mi forma de salvarlo. En mi vida nunca había deseado algo
con tanta vehemencia. Los que continuaban ofuscados en el color de la
sangre y en la razón de la muerte preferían incorporarlo
en el triste listado de los héroes sacrificados; Pablo optó
por este camino. Por pensar de esta manera, por escribirlo para que
la desesperación pudiera ayudar al entendimiento, algunos amigos
y yo fuimos acusados, ya entonces, de habernos pasado al bando enemigo.
Ahora las cartas están sobre la mesa y no comprendo que aquel
momento pueda ser tocado por el olvido. En mí memoria aquella
guerra llena de crueldades es la infame muerte de Pablo, para la cual
no hay compensación posible; es el fracaso en mi intento de que
desertara. Pienso en mis corresponsales de hace 25 años y me
pregunto qué fibras tocaban mis escritos que los obligaba a taponar
sus oídos para no oír argumentos que ahora resultan banales.
¿Qué cuerdas, ahora, ha puesto a vibrar la carta de Oscar
que resultan mortificantes? ¿El correr de los años facilitará
la aceptación de que el asesinato como tal es repudiable e incomprensible
para quienes aspiran a un mundo en el que la vida humana sea irremplazable?
¿Es tan difícil comprender que condenar el asesinato porque
ningún ser humano debería creerse con derecho a negar
la vida de otro, no significa aceptar las ideas del otro y claudicar
en la lucha por establecer otras condiciones de existencia? Estamos
atravesados por todos los derrumbes de los que fuimos testigos. Vivimos
con ellos y no a su margen. No existen, por lo tanto, excusas para los
ocultamientos. Aunque la verdad, antes y ahora, sea un prejuicio, no
tenemos otra posibilidad que correr en su búsqueda ignorando
el cálculo instrumental que pretende reemplazarla. La verdad
está cerca de la estéril felicidad del conocer, lejos
de esa instrumentalidad que desde hace años hemos colocado en
la mira principal de nuestra crítica.
Así,
amigos, fueron siempre nuestros encuentros: pensábamos la política
desde la ética aunque el sistema (dentro del cual ahora reconocemos
rostros familiares) se mofara de nuestra inadecuación con la
época. La política siempre fue para nosotros una manera
de pensar el mundo y por eso renegamos del saber como camino al poder.
Habíamos puesto en cuestión, justamente, el poder, el
sistema de dominación, porque veíamos que allí
los hombres se volvían cosas. No sabíamos (y el no saberlo
debería llamarnos al arrepentimiento) que trabajábamos
para que todas las cosas (los hombres entre ellas) simplemente pasaran
al servicio de otro poder. Hoy lo sabemos y podríamos pensar
que hemos avanzado en la verdad. También que se acrecienta nuestra
responsabilidad.¿Cuándo, entonces, resulta conveniente
o inconveniente expresar los pensamientos? Siempre hicimos nuestro el
“pensar a contrapelo” benjaminiano y afrontamos, casi orgullosamente,
el malestar de lo inconveniente. Lo correcto políticamente evita
el peligro del descalabro pero nos inunda de gris. Si todo está
marcado por el cálculo (es sugerente la resonancia mercantil
de la acumulación de fuerzas como principio rector de la política)
cualquier idea de iluminación es irrisoria. El misterio no tiene
cabida en la diagramación de lo conveniente. Pero sin el misterio,
querido Nicolás, querido Alejandro, nuestras manos, por decir
nuestras almas, quedarían vacías, no sabríamos
qué hacer con ellas.
Justamente Oscar comienza su carta con un relato que sólo entiendo
en el espacio de la iluminación: otra manera de conocer lo ya
conocido. Cuarenta años antes Oscar daba clases en un colegio
de Bell Ville y allí, en la casa de un común amigo, conoció
a Ciro Bustos, integrante de un grupo guerrillero inspirado por el Ché
y que se proponía instalar un foco insurreccional al norte del
país. Ernesto Guevara pensaba en el mundo, en una especie de
final batalla en la que el bien socialista derrotaría al mal
capitalista aunque fuera al precio de un cataclismo nuclear. Orán,
casi al límite entre Salta y Bolivia, sería uno de los
puntos de arranque. Oscar y sus amigos de la revista Pasado y presente
éramos convocados al comienzo de la historia. Mi memoria no se
abre con facilidad a las evocaciones de esos días y me pongo
en guardia contra la tentación de inventar recuerdos. Está
Oscar, de regreso a Córdoba, contándonos su encuentro
con Ciro Bustos; está después el propio Ciro, su fragmentario
relato, mi escucha cargada de interés y escepticismo; está
nuestro pasado reciente en el Partido Comunista de donde fuimos expulsados
por publicar Pasado y presente; está nuestra admiración
por Cuba, nuestra convicción de que la Revolución era
posible y que los partidos comunistas prosoviéticos la frenaban
con su reformismo. Está la casa de Oscar, donde se alojaba Ciro
Bustos y una despedida en el aeropuerto (Ciro viajaba a Salta porque
era inminente el comienzo de las acciones) donde tuve la sensación
de que el avión que se perdía entre las nubes era portador
de la Historia. Y poco más. Salvo que, por nuestra mediación,
se habían incorporado al foco guerrillero un grupo de jóvenes
de Córdoba. Luego la historia fue una burla. Un juego sin grandeza
con la muerte, hueco e intrascendente. Ustedes conocen algunos detalles.
La memoria colectiva argentina no se detiene en el Ejército Guerrillero
del Pueblo que se empezó a desintegrar tras algunos meses de
andar a los tumbos, dolorosa parodia de sí mismo, sin un solo
enfrentamiento con las fuerzas que pretendía derrotar y con tres
condenas a muerte a integrantes del propio grupo: una en Argelia y dos
en el campamento salteño. A estos últimos se refiere Héctor
Jouvé en la entrevista publicada por La Intemperie.
El asesinato de Adolfo Rotblat por sus propios compañeros es
el momento consternante que inspira la carta de Oscar; seguramente merecía
una atención raigal en las cartas de Nicolás y Alejandro.
El asesinato (¿de qué otro modo llamarlo?) del Pupi Rotblat
impide hacer cálculos, sumas de datos positivos y negativos.
Cualquier argumentación justificatoria asentada en principios
de dignidad y justicia queda deshecha frente al crimen absurdo que sirve
como instrumento de cohesión (¿en qué se diferencia
del terror?) al grupo de hombres que sostienen la voluntad de llevar
adelante esos principios. Casi un siglo antes lo había descrito
Dostoievski en Los endemoniados: Rotblat es Shatov, asesinado
por abstractas razones en la que la sangre hermana a los “revolucionarios”.
Cuando “todo es posible”, incluida la decisión sobre
la vida de los otros, la ignominia pierde el nombre, el desamparo es
infinito porque la omnipotencia desplaza el amor que nos hace responsables
de los otros. Kirilov, que en el drama dostoievskiano se suicida para
demostrar la inexistencia de Dios y el poder soberano de los hombres,
ofrece el razonar desnudo: “Todo hombre es su propio dios; yo
soy dios y no hay más dios que yo”. Jouvé recuerda:
“También se hace un juicio contra el muchacho bancario
(Bernardo Gronwald). Ese juicio termina en un fusilamiento. Estuvimos
todos cuando se lo fusiló. Realmente me pareció una cosa
increíble. Yo creo que era un crimen, porque estaba destruído,
era como un paciente psiquiátrico. Creo que de algún modo
somos todos responsables, porque todos estábamos en eso, en hacer
la revolución”. El peso de la muerte, de lo absurdo, de
lo inmisericorde, del hundimiento en la nada, es el grito de Oscar desde
un dolor inenarrable (¿quién, mis amigos, no ha sentido
alguna vez que todo su cuerpo se transformaba en un dolor inenarrable?)
que clama por ser escuchado, porque el grito contiene el silencio del
asesinado, porque sus manos se han vuelto sospechosas de haber empuñado
el arma que remató a quien podría haber sido su hijo.
Sin
embargo, queridos amigos, no es sólo el registro de las interminables
muertes, aunque repugne hasta el martirio, lo que toca nuestras fibras.
No es sólo la contemplación de nuestras vidas gastadas
con generosidad en construir campos de muerte mientras proclamábamos
(porque lo creíamos) que estábamos trabajando para que
la vida fuera posible en todo su esplendor. No es sólo un fracaso
lo que ahora reconocemos con mirada perpleja. Tanto como la contemplación
de la muerte, me consterna nuestra responsabilidad por ella y permítanme
la evidencia de señalar que esta responsabilidad nada tiene que
ver con los encuadres jurídicos que legitiman una pena. Se trata,
y no puedo dejar de repetirme, de una obligación de responder,
de un sentirse responsable que sólo corresponde a cada uno, que
ningún igual puede enjuiciar, que ningún castigo puede
saldar. Hablo (y el eco de Levinas es evidente) de una responsabilidad
primordial, previa a todo acto, que acompaña nuestra condición
humana y que deriva de la fundante responsabilidad por el otro tanto
como de la libertad que nos permite decidir y sin la cual la idea misma
de lo humano se desvanece.
Por
condenable que sea, insisto, no es sólo la multiplicación
de la muerte lo que empaña la acción revolucionaria; no
es el costo en vidas lo que hace titubear la idea de revolución,
en cuyo nombre se actúa, cuya búsqueda justifica todos
los caminos y cuya presencia impregna de verdad los actos de quienes
actúan en su nombre. Es duro el desafío para quienes sabemos
que el ciclo de nuestras existencias ya puede presentir su final, pero
si no nos atrevemos a poner en duda la idea de revolución
el espíritu confundido de nuestra época terminará
de morir en un extenso gemido. Y se entiende que no se trata solamente
de los caminos a seguir para alcanzarla. La bienvenida discusión
sobre la lucha armada corre el riesgo de llevar a la creencia (como
ocurre en la ciencia) de que hay métodos independientes de los
fines. Como en la ficción de Dostoievski, cuando la revolución
ocupa el lugar de Dios, los hombres (que son quienes piensan la revolución)
se encuentran habilitados a actuar como dioses, la “razón
revolucionaria” se autojustifica, no hay otra libertad que la
que se deriva del reconocimiento de la “necesidad” revolucionaria.
Entiendo tu incomodidad, Nicolás, cuando no compartís
el texto de Oscar porque abre una polémica “sobre una extensa
generación de sobrevivientes de la lucha armada”. Pero
¿quiénes son –o somos- los sobrevivientes de la
lucha armada? ¿Aquellos que estaban en condiciones inmediatas
de morir, como los pocos (es pequeñísimo el número
si se lo compara con los que murieron) que salieron con vida de los
centros clandestinos de detención? ¿Los que eludimos el
riesgo de la muerte exiliándonos, es decir abandonando el campo
de una batalla en la que decidimos dejar de participar porque ya no
nos interesaba, porque se nos impuso el miedo o porque se nos hizo evidente
un error que sólo viviendo podríamos redimir? ¿Los
que permaneciendo en la Argentina pudieron sortear el riesgo a que los
exponía el haber participado, directa o indirectamente, en las
acciones que la dictadura buscaba suprimir? ¿O sobrevivientes
somos todos porque todos estuvimos en peligro, los nacidos y los no
nacidos, los de un bando y los del otro, todos los que sin saberlo plenamente
llevamos la marca de una época de oprobio de la que yo no puedo
despegarme porque las cicatrices me marcan y no quiero disimularlas
aunque se hundan en mi propia responsabilidad por lo ocurrido? Estar
vivo, creo interpretar a Oscar, obliga a hacernos responsables hasta
por los muertos.
Si
alentáramos reflexionar sobre todo esto desaparecería
el riesgo de caer en los frívolos remedos que constituyen los
“debates” periodísticos sobre lo que con tanta razón
alerta Nicolás. Sólo arriesgando ser “inconvenientes”
sortearemos el chantaje –de derecha y de izquierda- que quiere
obligarnos a reconocer como realidad sólo el pragmatismo de los
triunfadores. Vivimos en el irresuelto enigma del lenguaje por el cual
la palabra “crimen”, utilizada por Shakespeare, nos coloca
en el límite donde la claridad se separa de las sombras, y la
misma palabra, en boca de algún conductor televisivo se vuelve
desperdicio del que se alimenta la infamia humana. No es menor el tema,
aunque no sea puntualmente el de esta carta. Pero si no es éste,
si el sentido, la responsabilidad a que nos obligan las palabras deja
de ser nuestro tema, ¿cómo podemos seguir hablando? ¿Cómo
abandonar aquellos interrogantes si nosotros venimos de un largo, incesante
repudio a la vacuidad del charlatanismo, si no hacemos otra cosa que
espantarnos ante la insignificancia que crece en el mundo, si todavía
creemos que la filosofía, el arte y el amor (todas presencias
de Eros) no son meros adornos de nuestra impotencia ni sólo ocurrencias
de precisas exposiciones académicas o de escritos que nos recortan
un lugar (y a veces una paga) en las instituciones que enfrían
el mundo? ¿ cómo marginarlas si sentimos que están
en la raiz de nuestras angustias pero también en nuestros estallidos
de felicidad? Ninguna ética que merezca ser considerada -lo hemos
insinuado cien veces- desprecia el ámbito de lo cotidiano. Ninguna
abstracción debería tolerar un actuar que contradiga lo
que dictan nuestras teorías. Estamos obligados, atados a un contrato
primordial, ligados -también en la vislumbre religiosa del término-
a hacernos responsables de cada sí y de cada no que pronunciamos,
porque sabemos que para cada sí hay un no disponible. Porque
nos hemos escuchado afirmar en repetidos diálogos que la renuncia
es nuestra última e inexpugnable garantía.
Los
abrazo, Toto.
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Publicado
originalmente en
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